Diario de lecturas

P. K. Dick: VALIS

P. K. Dick

Philip K. Dick nació en Chicago en 1928. Pronto se mudó con su familia a Berkeley, California. (Estados Unidos es un país enorme y complejo que oscila entre dos polos: la “cuasi-fascista” Tejas con su pena de muerte, su puritanismo y su fanatismo religioso, y la progresista California, abanderada de las libertades individuales y cuna del movimiento hippie). Dick vivió el esplendor de la cultura de Berkeley: drogas visionarias (LSD), drogas estimulantes (anfetaminas), sincretismo religioso (budismo, cristianismo, judaísmo, gnosticismo…), anarquismo, amor libre, la lucha por los derechos civiles. Y también padeció sus “consecuencias”: adicción a las drogas, depresiones, delirios paranoicos, intentos de suicidio, cuatro matrimonios (por cierto, uno de ellos con Anne, prototipo de los personajes femeninos de sus novelas, demasiado dominante, demasiado histérica. Dick le tenía auténtico pánico porque pensaba que había matado a su primer esposo y que lo mataría a él también).

A los dieciocho años, para independizarse de su madre, también demasiado absorbente, buscó trabajo como dependiente de una tienda de equipos de música. Ahí, de modo autodidacta, se formó musicalmente. En sus novelas abundan los “equipos estéreo cuadrafónicos” del futuro y una admiración religiosa por la música de Dowland. Volviendo a su madre, recuerdo el retrato de la madre de uno de los personajes en Fluyan mis lágrimas, dijo el policía: la típica madre con algo de Medea, chantajista, obsesionada por ser el centro de atención, que anula la vida de los demás y que para ello es capaz de provocarse cualquier enfermedad, física o psicológica. Cuando esta madre le cuenta a su hija que, por fin, va a morir de cáncer de riñón, la madre ya la tiene tan harta que la chica se va a una carnicería con ella y pide “pastel de riñón”.

En los años cincuenta inicia una exitosa carrera como escritor de ciencia ficción, que incluye El hombre en el castillo (premio Hugo, 1962), Tiempo de Marte (1964), La penúltima verdad (1964), Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965), ¿Sueñan los androides con ovejas electricas? (1968, llevada al cine como Blade Runner en 1982. Dick no llegó a verla ), Ubik (1969) y Nuestros amigos de Frolix-8 (1970)

En los años 70 Dick cree que está siendo perseguido por el FBI, intenta suicidarse y no lo consigue de milagro, su cuarta esposa lo abandona llevándose a su hija en común y entra en una fase de crisis creativa, de “página en blanco”. De esta mala racha sale gracias a una iluminación religiosa que a partir de ahora ocupará el núcleo de sus novelas. A esta etapa pertenecen Fluyan mis lagrimas, dijo el policía (premio John Campbell Memorial, 1974), Deus Irae (1976), Una mirada a la oscuridad (1977), VALIS (1981), La invasión divina (1982), La transmigración de Timothy Archer (1976). De algún modo, Dick llega a autoconvencerse de que este mundo no es real, que él es otro en otro mundo verdadero, que él está realmente vivo y que todos nosotros, estamos muertos. MATRIX.

Textos para comentar

  1. Delirios metafísicos: Dioniso, Jenófanes, Heráclito, Parménides, Platón, Valentín…
  2. Acerca de la psiquiatría.
  3. Parecidos de familia: Philip K. Dick, F. W. J. Schelling y el gnosticismo

Dick, P. K.: VALIS. Barcelona: Minotauro, 2001.

1. Delirios metafísicos: Dioniso, Jenófanes, Heráclito, Parménides, Platón, Valentín…

Una de las mayores muestras de clemencia de Dios es la de mantenernos en una perpetua ignorancia acerca de nuestro futuro.

Philip K. Dick: VALIS, p. 13

Dios, nos dijo, le había disparado un rayo de luz rosa directamente a la cabeza, a los ojos; Fat se había quedado temporalmente ciego y la cabeza le había dolido durante días.

ibid, p. 26

36. Tendríamos que poder escuchar esta información o, mejor, esta narración, como una voz neutra dentro de nosotros mismos. Pero algo no funcionó bien. Toda la creación es un lenguaje y nada más que un lenguaje que, por alguna razón inexplicable, no podemos leer fuera ni escuchar dentro. Por tanto afirmo que nos hemos convertido en idiotas. Algo le ha sucedido a nuestra inteligencia. Mi razonamiento es el siguiente: el ordenamiento de las partes cerebrales es un lenguaje. Nosotros somos parte del Cerebro; por tanto, somos lenguaje. ¿Por qué, entonces, no lo sabemos? Ni siquiera sabemos lo que somos, para no hablar ya de la realidad exterior que nos contiene. El origen de la palabra «idiota» es la palabra «privado». Cada uno de nosotros se ha vuelto privado y ya no es parte del pensamiento común del Cerebro, salvo en el nivel subliminal. Así, pues, nuestra vida real y nuestros objetivos se desarrollan por debajo del umbral de la conciencia.

ibid, p. 30

Que el universo entero —tal como lo experimentamos— podría ser una ficción, es una afortunada idea de Heráclito. Una vez que esta idea, o esta duda, le ha entrado a uno en la cabeza, se está entonces preparado para considerar el problema de Dios.

(…) En el Fragmento 123 Heráclito dice: «La naturaleza de las cosas tiene por hábito el ocultamiento». Y en el Fragmento 54 dice: «La estructura latente domina la estructura de lo obvio».

ibid, p. 48-49

Anotación 30 de su exégesis:

El mundo fenoménico no existe; es una hipóstasis de la información que procesa la Mente.

35. La Mente sólo habla por intermedio de nosotros. El discurso pasa a través de nosotros y su dolor nos impregna irracionalmente. Como lo advirtió Platón, hay una veta de irracionalidad en el Alma del Mundo.

En otras palabras, el universo mismo –y la Mente que lo sustenta– está loco. Por tanto, alguien que tiene contacto con la realidad, por definición, tiene contacto con la locura: la irracionalidad lo impregna.

(…) Francis Cornford, no hay otra autoridad que se le parezca en el antiguo pensamiento griego. Y Cornford es quien dice que Platón pensaba que hay un elemento de irracionalidad en el Alma del Mundo.

ibid, p. 50-51

-Tú encontraste el camino que lleva al reino superior -declaró Kevin-. ¿No es así como lo apuntaste en tu diario?

48. Hay dos reinos: el superior y el inferior. El superior nació del hiperuniverso I o Yang, Forma I de Parménides es sensible y volitivo. El reino inferior o Ying, Forma II de Parménides, es mecánico, determinista, sin inteligencia e impulsado por una causa eficiente y ciega, ya que emana de una fuente exhausta. En tiempos antiguos se lo llamaba «determinismo astral». En general, estamos atrapados en el reino inferior, pero nos liberamos a través de los sacramentos, por mediación del plásmata. Mientras no se quiebre el determinismo astral, ni siquiera lo sabremos, tan impedidos estamos. «El Imperio nunca terminó.»

ibid, p. 58-59

Yaldaboath es un monstruo incubado por Sofía, que se cayó del Pleroma –dijo Fat–. Se imagina que es el único Dios, pero se equivoca. Algo lo perturba; le es imposible ver. Crea nuestro mundo, pero como es ciego malogra lo que hace. El verdadero Dios contempla desde lo alto, quiere salvarnos, su clemencia lo decide a trabajar por nuestra salvación. Los fragmentos de luz del Pleroma son…

Mirándolo con fijeza Maurice preguntó: –Quién inventó todo esto, usted?

– En lo fundamental -dijo Fat-, mi doctrina es valentiniana, siglo II E.C.

– ¿Qué significa E.C.?

– Era Común. La designación reemplaza a D.C. El gnosticismo de Valentino es la rama más sutil, contraria a la iraní, que, por supuesto, tiene una fuerte influencia del dualismo zoroástrico. Valentino percibió el valor ontológico y redentor de la gnosis, pues invertía la condición primordial de ignorancia, el estado de caída, la perturbación del Dios que tuvo por resultado la frustrada creación del mundo fenoménico o material. El verdadero Dios, que es por entero trascendente, no creó el mundo. No obstante, al descubrir lo que Yaldaboath había hecho…

– ¿Quién es ese Yaldaboath? ¡Fue Jehová el que creó el mundo! ¡Así lo dice la Biblia!

-La deidad creadora pensaba que era el único dios; por eso era celoso y dijo: «No tendréis otro dios más que a mí», a lo cual… -continuó Fat.

ibid, p. 108

Anotación 48. DE NUESTRA NATURALEZA. No es desatinado decir: somos bobinas de memoria (portadores de ADN capaz de almacenar experiencia) en un sistema de pensamiento computadorizado, y que aunque ha registrado y guardado información durante miles de años, y todo con diferentes nociones acerca de otras formas de vida, no funciona bien en cuanto a la recuperación de memoria. En ello radica la dificultad de nuestro subcircuito particular. La «salvación» mediante la gnosis -más adecuadamente, la anamnesis (la pérdida de la amnesia)-, aunque tiene significación particular para cada uno de nosotros -un salto cuantitativo de la percepción, la identidad, la cognición, la comprensión, la experiencia del mundo y de uno mismo, con inclusión de la inmortalidad-, tiene mayor importancia todavía para la totalidad del sistema, puesto que estas memorias son datos necesarios y valiosos para un buen funcionamiento.

Por tanto, se encuentra en proceso de autorreparación, que incluye: reconstrucción de nuestro subcircuito por medio de cambios del tiempo lineal y ortogonal y también una continua señalización dirigida a nosotros para estimular los bloqueados bancos de memoria y recuperar lo que hay allí almacenado.

La información externa o gnosis, pues, consiste en desinhibir las instrucciones, con el núcleo de contenido que nos es concretamente intrínseco, es decir, que ya se encuentra allí, en nosotros. (Esto lo observó por primera vez Platón, para quien aprender es un modo de recordar.)

Los antiguos dominaban técnicas (sacramentos y rituales) utilizadas ampliamente en los misterios religiosos grecorromanos, incluido el cristianismo primitivo, para producir el despertar y la recuperación, sobre todo, por el valor restaurador que tiene para los individuos; los gnósticos, empero, percibieron el valor ontológico de lo que llamaron la divinidad, la entidad total.

La divinidad está dañada; hubo en ella alguna crisis primordial que nosotros no entendemos.

Fat rehízo la anotación 29 de su diario y la agregó a la que tituló DE NUESTRA NATURALEZA:

29. No caímos por causa de un error moral: caímos por causa de un error del intelecto que consideró como real el mundo de los fenómenos. Por tanto, somos moralmente inocentes. Es el imperio en sus múltiples disfraces el que nos dice que hemos pecado. «El Imperio nunca terminó.»

ibid, p. 121

Jenófanes estaba en lo cierto.

«Hay un dios que en nada se asemeja a las criaturas mortales, ni en cuanto al cuerpo ni en cuanto a la mente.»

ibid, p. 147-148

«El tiempo es un niño que juega a las damas; el reino pertenece a un niño.» Así lo escribió Heráclito hace dos mil quinientos años. Es un pensamiento terrible, desde muchos puntos de vista. El más terrible que pueda concebirse. Un niño que juega… con toda forma de vida, en todo lugar.

ibid, p. 221

De todos los dioses griegos, Dionisio era el que mayor probabilidades tenía. Y, desdichadamente, Dionisio estaba loco. Dicho de otra manera —invirtiendo la enunciación—, si un dios se adueña de uno, no importa el nombre que reciba, lo más probable es que se trate en realidad de alguna forma de Dionisio, el dios loco. Era también el dios de la intoxicación, lo que significa la ingestión de toxinas, es decir, tomar veneno. El peligro está presente.

Si se lo percibe, se intenta huir. Pero si se huye, lo tiene a uno en su poder, pues el semidiós Pan era la imagen del pánico, que es el incontrolable impulso de huida, y Pan es una subforma de Dionisio. De modo que, al tratar de huir de Dionisio, uno está en su poder de cualquier manera.

ibid, p. 223

2. Psiquiatría

En contra de lo que las novelas míticamente sostienen, no es mucho lo que ocurre en una institución mental. Los pacientes no dominan realmente a los miembros del personal y éstos realmente no asesinan a los pacientes. Los reclusos sobre todo leen o miran televisión, o se quedan simplemente sentados fumando o tratan de echarse en cama a dormir, o beben café o juegan a las cartas o caminan, y tres veces al día les sirven la comida en una bandeja. La llegada de los carritos con comida marca el transcurso del tiempo. Por la noche vienen visitas que siempre sonríen. Los pacientes de los hospitales mentales no logran entender por qué la gente de afuera sonríe. Por lo que a mí se refiere, hasta el día de hoy sigue siendo un misterio.

La medicación, a la que se da siempre el nombre de «medí», se administra a intervalos irregulares en unas minúsculas copas de papel. A todo el mundo le dan Thorazine y algún otro remedio específico. Nunca nadie se entera de lo que le ha sido prescrito y las enfermeras vigilan para asegurarse de que los pacientes se tragan las píldoras. A veces las enfermeras se equivocan y traen dos veces la misma medicina. Los pacientes siempre les dicen que ya la han tomado hace diez minutos y las enfermeras vuelven a suministrarlas quieras o no. El error nunca se descubre hasta culminar el día y los miembros del personal se niegan a informar a los pacientes que han ingerido por entonces el doble de Thorazine.

Nunca conocí a un paciente mental, ni siquiera a un paranoico, que creyera que la doble dosificación era una táctica para drogar deliberadamente a los reclusos. Es patéticamente obvio que las enfermeras son estúpidas. Ya bastante dificultades tienen en conocer a cada uno de los pacientes y en encontrar la copita de papel que le corresponde a cada cual. Esto es consecuencia de la población de la sala que cambia constantemente; llega gente nueva y a la vieja la dan de baja. El verdadero peligro de una institución mental consiste en que por error se interne a alguien que esté interrumpiendo el consumo de PCP*También conocido como Polvo de Ángel. Muchos hospitales mentales adoptan la política de rechazar a los consumidores de PCP y obligar a las fuerzas policiales a que los procesen. Las fuerzas policiales intentan llevar al centro psiquiátrico a los consumidores de PCP y dejarlos allí entre los pacientes y los técnicos inermes. Nadie quiere tener trato con el consumidor de PCP, y con buenas razones. Los periódicos siempre cuentan de cómo un monstruo adicto al PCP arrancó la nariz de un mordisco a algún paciente vecino o de cómo otro se reventó deliberadamente los ojos.

ibid, p. 68-69

3. Parecidos de familia: Philip K. Dick, F. W. J. Schelling y el gnosticismo.

[9] Tomada de la fuente de las cosas e igual a ella, el alma humana tiene una co-ciencia de la Creación. En el alma reside la claridad suprema de todas las cosas; el alma no es sabiendo, sino que es la ciencia misma.

[10] Pero en el hombre el principio supramundano no es libre ni se encuentra en su limpidez [Lauterkeit] inicial, sino que está vinculado a un principio menor. Este otro principio mismo es un principio que ha llegado a ser, y en consecuencia es por naturaleza ignorante y oscuro; y además oscurece necesariamente al principio superior, al cual está vinculado. En éste reposa el recuerdo de todas las cosas, de su estado originario, de su devenir, de su significado. Pero esta imagen primigenia de las cosas duerme en el alma como una imagen oscurecida y olvidada, si bien no completamente borrada. Tal vez no volvería a despertar jamás si en esa imagen oscura no se encontrara el presentimiento y el anhelo del conocimiento.

F. W. J. Schelling: Las edades del mundo. Jorge Navarro Pérez (tr.) Madrid: Akal, 2002. p. 50

[11] Esta división, esta duplicación de nosotros mismos, este comercio secreto en que se encuentran dos seres, uno que pregunta y otro que responde, uno que sabe o que más bien es la ciencia misma y otro que no sabe pero que lucha por la claridad, este arte interior de la conversación (el auténtico secreto del filósofo) es aquello de lo que el arte exterior, que por eso se llama dialéctica, sólo es la copia y, allí donde se ha convertido en una mera forma, el reflejo y la sombra vacías.

Ibid., p. 50

Por aquí va, pues, la frontera entre teosofía y filosofía, que quien ame la ciencia intentará mantener en su pureza. La primera aventaja a la última en profundidad, plenitud y viveza del contenido tanto como el objeto real aventaja a su imagen, la naturaleza a su exposición; y además esta diversidad llega hasta la incomparabilidad cuando se toma como término de comparación una filosofía muerta, que busca la esencia en formas y conceptos. De ahí la preferencia de los ánimos interiores por ella, lo cual es tan fácilmente explicable como la preferencia por la naturaleza en contraposición al arte.

Ibid., p. 52

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