Diario de lecturas

Foster Wallace: La broma infinita (1996), VII y final.

Duchamp: L.H.O.O.Q. (1919) El acrónimo corresponde fonéticamente con "«Elle a chaud au cul»", es decir, "ella está sexualmente excitada"

Duchamp: L.H.O.O.Q. (1919) El acrónimo se corresponde fonéticamente con “«Elle a chaud au cul»”, es decir, “ella está sexualmente excitada”

David Foster Wallace: The Infinite Jest. Little, Brown & Co. Boston: 1996. [Versión en castellano, La broma infinita, Marcelo Covián (tr.) y Javier Calvo (rev.). Barcelona: Mondadori, 2002].

Finalmente Joelle van Dyne, actriz protagonista del corto de entretenimiento “La broma infinita”, revela en un interrogatorio a la Oficina de Servicios No Especificados el contenido del mismo. Joelle traspasa una puerta giratoria y reconoce a alguien de su pasado entrando en el edificio al mismo tiempo. En lugar de seguir su camino, Joelle continúa dando vueltas. A continuación, a la salida, se acerca a la cuna donde está instalada una cámara con lentes borrosas que imitan la mirada del bebé, y formula decenas de variantes de la expresión “Lo siento”. La adicción que mata es, por tanto, una Madre Originaria, la Madre de todas las Madres, que nos pide disculpas una y otra vez. Los Venenos y las Sustancias no son más que sustitutos para aplacar la necesidad de que alguien safisfaga esa deuda primigenia. Foster Wallace parece decir que experimentamos una necesidad metafísica de que alguien se haga responsable de habernos traído a una existencia cuyo destino inevitable es el dolor y la muerte, o tal y como lo formulaba  Anaximandro de Mileto:

Donde tuvo su origen, allí es preciso que retorne en su caída, de acuerdo con las determinaciones del destino. Las cosas deben pagar unas a otras castigo y pena según sentencia del tiempo.

Anaximandro de Mileto, citado en Simplicio, Física, 24, 13-25. Traducción de Jaime Gil de Biedma: Las personas del verbo, p. 10.

Molly Notkin, casi catedrática de Teoría del Cine y Cartuchos Fílmicos, enamorada fatalmente del titular de la cátedra G. W. Pabst, que padece la convicción neurótica de que existe un número finito de erecciones en el mundo y se siente terriblemente culpable cuando roba erecciones a otros seres humanos que las merecen más que él en el tercer mundo, Molly Notkin, como iba diciendo, anfitriona de la fiesta en la que Joelle van Dyne, alias Madame Psicosis, intenta suicidarse con una sobredosis de cocaína, analiza para la Oficina de Servicios No Especificados el argumento de “La broma infinita”. Joelle van Dyne, con su belleza a lo Helena de Troya, representa tanto la figura de la madre como de la muerte, ambas siempre femeninas. Es un hecho que la mujer que te mata es siempre tu madre. En el corto Joelle se inclina hacia una cámara subjetiva que imita la mirada del niño para pedirle, frenética y apasionadamente, perdón por haberle echado encima la carga de existir. Las relaciones entre madre e hijo son, en esencia, el intento de las madres de “enmendar un crimen que ninguna de las dos partes recuerda realmente”.

Hasta aquí hay cierta sensatez en el discurso de Foster Wallace. Sin embargo, no hay que perder de vista tanto el título del corto asesino como el de la propia novela: la broma infinita. Del mismo modo que toda obra de arte es susceptible de ser anulada por la ironía (véase la Gioconda excitada de Duchamp), cualquier discurso puede ser ridiculizado, vaciado de sentido o reinterpreado de modo ininteligible. Esta es la característica esencial de las vanguardias, que conduce al fenómeno de la “muerte del arte”, y de la Postmodernidad filosófica respecto a valores, utopías, etc. Es bello el espectáculo de la destrucción pero termina aburriendo cuando la ironía termina fagocitándose a sí misma. Todo discurso literario o filosófico parece, en último término, una parodia recurrente y enfermiza. Así, por ejemplo, la referencia de Molly Notkin al libro no escrito de Gilles Deleuze, Incesto y la vida de la muerte en el entretenimiento capitalista, para dar las claves del corto en cuestión.

Que, por ende, puesto en seria duda el ángulo prometeico de la culpa con respecto al suicidio del auteur, a la doctora Notkin le quedaban muy pocas dudas de que todo ese mito del entretenimiento perfecto como Liebestod en torno al cartucho supuestamente mortífero no era más que un ejemplo clásico de la función antinómicamente esquizoide del mecanismo capitalista postindustrial, cuya lógica presentaba el producto como un escape de la ansiedad por la mortalidad, escape que en sí mismo es psicológicamente letal, tal como describe con todo lujo de detalles Gilles Deleuze en su póstumo Incesto y la vida de la muerte en el entretenimiento capitalista, que ella prestaría de todo corazón a las figuras que están un poco más allá de la llama blanca de la lámpara, una de las cuales golpetea irritantemente en la pantalla cónica y metálica, si le prometen devolvérselo sin marcas.

La broma infinita es, por tanto, una obra capital de la Postmodernidad porque, al tiempo que despliega todos sus encantos, muestra también su predecible extinción. Con esto no quiero decir que sea una obra perfecta. Los escenarios y tópicos fallidos abundan y aburren: la obsesión por el tenis, la desmesura en el horror, el decorado sci-fi, los enrevesados detalles ópticos y matemáticos, el fetichismo de las notas a pie de página, el tono autobiográfico disimulado en la exageración pantagruélica de personajes como Hal Incadenza o Don Gately… A pesar de ello, el uso maestro de la ironía y el cinismo corrosivo del autor nos mantienen vivos a través de sus 1208 páginas de letra impresa y 1617 de la edición digital.

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