Diario de lecturas

Thomas Bernhard: Goethe se muere

Sin título

Thomas Bernhard: Goethe se muere. Miguel Sáenz (tr.). Madrid: Alianza Editorial, 2012.

En este libro se reúnen por expresa voluntad de Thomas Bernhard cuatro relatos que consideraba debían publicarse juntos.

En 2009, en memoria del vigésimo aniversario de su muerte, se tradujo al castellano un texto menor, un libro de memorias titulado Mis premios, y cayó en mis manos la reedición de una novela corta, Amras.

Hace ya unos veinte años que leí con pasión todas sus novelas. Me atrevo a recomendar algunas como lecturas imprescindibles : los cinco volúmenes de su Autobiografía (El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño), El sobrino de Wittgenstein, Trastorno, Tala, El malogrado, Corrección, Helada y, por encima de todas, y Maestros antiguos.

También recuerdo haber leído su libro de poemas Ave Virgilio y algunos versos me parecieron tan horrorosos que no podía parar de reír. Fue poeta al principio de su carrera pero pronto abandonó; hizo bien. Su teatro, en cambio, resulta tan inteligente como su prosa. Hay un volumen de Alianza que reúne tres obras que me gustaron: El ignorante y el demente, La fuerza de la costumbre y La partida de caza.

En el relato Goethe se muere podemos observar el triángulo habitual en la literatura de Bernhard (véase Trastorno): un místico que ha alcanzado una sabiduría inefable que le lleva a la autodestrucción, un testigo que escucha sus devastadoras observaciones filosóficas y un narrador que da cuenta de los hechos. Goethe se muere plantea un atractivo anacronismo. Antes de morir, Goethe quiere conocer a Wittgenstein en persona. No hace más que repetir uno de los tópicos favoritos del filósofo vienés: el dudar y el no dudar. El autor del Fausto, el fundador de la literatura alemana, anulado por el autor del Tractatus, ese hombre digno del mayor respeto. Wittgenstein entró en contacto con lo místico y concluyó en la proposición séptima que de lo que no se puede hablar, mejor es callarse. Goethe, por su parte, reconoce que su obra no ha sido más que un desahogo de sentimientos íntimos.

Lo que yo escribí fue sin duda lo más grande, pero también algo con lo que paralicé la literatura alemana para siglos. Yo he sido, amigo mío, dijo Goethe al parecer a Riemer, el paralizador de la literatura alemana. Todos han caído en la trampa de mi Fausto. En definitiva, todo, por grande que sea, ha sido sólo un desahogo de mis sentimientos más íntimos… (p. 28)

Goethe no puede evitar reconocer que el Tractatus de Wittgenstein está por encima de cualquier cosa que haya podido escribir o pensar. Desea compartir unos días con él, alojarlo en su casa, estar en su presencia, aunque no se digan una palabra. La adoración de Bernhard por Wittgenstein se extiende por toda su obra. Léase, por ejemplo, Corrección.

El segundo relato, Montaigne, es un homenaje a la filosofía y, especialmente, a la luminosidad de los Ensayos del pensador francés. Nunca tuve ni padre ni madre, dice el protagonista, pero siempre tuve a Montaigne. De sus padres dice algo más que, en mi opinión, es fundamental: habían leído todo Schopenhauer pero sin comprender realmente nada. No se puede leer y comprender realmente a Schopenhauer y tener hijos.

Porque cada mañana se nos recuerda inevitablemente que nuestros padres, con espantosa sobrestimación de sí mismos y, realmente, con su megalomanía procreadora, nos han hecho y parido, y nos han echado a este mundo, más horrible y repulsivo y mortal que agradable y útil. (p. 51)

Reencuentro insiste en la idea anterior de un modo obsesivo y demoledor. Los padres traen hijos al mundo para echarles la culpa de todas las culpas. Los hijos encarnan la culpa del mundo y los padres se vengan en ellos, aniquilándolos lentamente.

Los padres hacen hijos y procuran por todos los medios aniquilarlos, dije, mis padres lo mismo que los tuyos y todos los padres juntos y por todas partes. Los padres se permiten el lujo de tener hijos y los matan. Y todos tienen sus métodos más diversos, como corresponde. Nuestros padres nos aniquilaron al reprocharnos continuamente que éramos culpables de su intranquilidad y, en definitiva, de todo lo que a ellos se refería. Nuestros padres nos echaban la culpa de todas las culpas, esa es la verdad. Por eso no puede alejarse la sospecha, dije, de que nuestros padres nos hicieran por el único motivo de encarnar su culpa, dije, que posiblemente no fuimos ni seguimos siendo en nuestra vida más que los representantes de su culpa, que teníamos que responder por ellos. Que nuestros padres sólo nos hicieron con el único objeto de poder descargar así su culpa sobre nosotros y echarnos la culpa, dije. (pp. 91-92)

Por último, Ardía, es el clásico ajuste de cuentas de Bernhard con su Austria natal, un Estado sumamente lesionado, arquitectónicamente lamentable, lleno de católicos y nacionalsocialistas, Pero más importante es su observación sobre la, así llamada, ayuda al Tercer Mundo.

Los europeos se aburren mortalmente y sólo para escapar a ese mortal aburrimiento europeo se meten por todas partes en el, así llamado, Tercer Mundo. Lo misionero es una antivirtud alemana, que hasta ahora sólo ha traído al mundo desgracias, que ha precipitado siempre el mundo entero en crisis. La iglesia ha envenenado a África con su repulsivo Buen Dios y ahora está envenenando con él a América Latina. La iglesia católica es la envenenadora del mundo, la destructora del mundo, la aniquiladora del mundo, ésa es la verdad. Y el alemán de por sí envenena continuamente todo el mundo de fuera de sus fronteras y no descansará hasta haber envenenado mortalmente a todo ese mundo. (p. 111)

Este libro ha supuesto un agradable reencuentro con un Bernhard en plenas facultades. Lo recomiendo a quien quiera iniciarse en la lectura del maestro del pesimismo.

En 2012 se ha publicado la correspondencia con su editor Siegfried Unseld, libro del que espero contar algo dentro de poco.

9 replies »

  1. Parece que, de alguna manera, el alemán termina envenenándolo todo. Hasta Schopenhauer no les quería bien y era su compatriota.
    Yo antes idolatraba a Goethe, pero le he perdido algo de cariño. Las penas del joven Werther me llevaron con 19 años a la perdición. Luego, después de leer Fausto, aquello me pareció el dominio total de lo literario, la obra cumbre, por encima de todas las modernas, pero es todo artificio, siento que con los años se me caen esa clase de ídolos tan superlativos. Mi preferido sigue siendo Cervantes, mucho más pegado a la Tierra. Le siguen los rusos (Chejov, Gorki, Dostovieski), los franceses (Zola, Balzac, Stendhal y Flaubert) y los ingleses (Sterne, Thackeray, Dickens, las Brontë…) Porque ellos hablaban mi lenguaje, el de las personas humildes.
    Saludos.

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  2. Tomar a Goethe al pie de la letra puede significar la perdición. No hay aire para respirar. Dice Bernhard que al final de su vida no gritó ¡Más luz! (Mehr Licht!) sino ¡Más nada! (Mehr Nicht!). De los escritores que citas sólo sigo releyendo a Dostoievski. Guardo cariño a algunos de los demás, Zola y Sterne, por ejemplo, pero no los necesito para los temas en los que pienso ahora. Aunque no lo parezca intento viajar ligero de equipaje.

    Saludos.

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  3. En eso te comprendo y creo que voy en la misma dirección. El problema, estimado Eugenio, es que tengo la estúpida creencia de que escribiré mejor leyendo a Zola, Balzac o Flaubert, es parte de una obsesión ridícula. Pero así soy yo.
    Bueno, gracias a ti he conseguido valorar a los escritores que van al grano, que no se andan con adornos, como Juan José Millás, que creo que le gusta mucho a los alumnos, ¿verdad?

    Gracias.

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  4. ¡Qué curioso lo que me dices de “Mehr Nicht”! Anoche ojeaba Fausto y tiene anotaciones que me recuerdan las erratas de imprenta que acaban por agradar a alguien y ahí se quedan. Sobre todo si ocurren después de muerto.
    Es curioso que en una versión anterior de Fausto “éste se convierte en revolucionario social y pide ayuda al diablo para hacer desaparecer las injusticias. Convertido en nihilista, pide al diablo su propia aniquilación”: La vida, las obras y el viaje al infierno de Fausto (de Klinger, 1791). Para otro, Lessing, Fausto quiere saber y se rebela contra Dios. Siempre me llamó la atención que Dios no quisiera que probásemos la fruta del árbol del conocimiento.
    Saludos.

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  5. No entiendo el comentario “hasta Schopenhauer no les queria y era su compatriota”: a esto le llamo yo confundir el tocino con la velocidad.
    No se debe mezclar patria, literatura, Cervantes, etc…

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  6. Febrer Viledo, otro sabio de la Red que sabe más que Dios y usa la ridícula y dichosa frase del “tocino y la velocidad” para pasar por inteligente. ¿Quién mezcla patria, literatura, Cervantes…? Yo hablo del odio que manifestaba Schopenhauer por los alemanes y de los gustos literarios míos.
    Quede usted en su trono de dictador que no entiende.

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  7. Schopenhauer sobre el nacionalismo:

    “El verdadero carácter nacional de los alemanes es la pesadez. Salta a la vista en su paso, en su modo de ser y obrar, en su lengua, relatos, discursos y escritos, en su manera de comprender y pensar, pero sobre todo en su estilo. Se conoce en el gusto que tienen de construir largos periodos, pesados, confusos.

    Su objetivo parece ser el de colocar en cada frase una puertecilla de escape, y luego darse aires de aparentar decir más de lo que en realidad han pensado. En fin, son estúpidos y aburridos como gorros de dormir.

    Desprecio a la nación alemana a causa de su necedad infinita y me avergüenzo de pertenecer a ella”

    Schopenhauer. El amor y otras pasiones. La libertad. Editorial Libsa Madrid. 2001.

    En lo literario, estoy de acuerdo con Schopenhauer. La patria y la literatura están más ligadas de lo que algunos desean que ocurra.

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  8. Por si alguien está interesado en el tema de la literatura alemana y la monstruosidad en que cayó esa nación, tan grande en lo cultural, puede escuchar una conferencia realizada por la experta Rosa Sala Rose en: http://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.aspx?id=561&l=2
    Y acudir a su ensayo: El misterioso caso alemán. Un intento de comprender Alemania a través de sus letras (Barcelona, Editorial Alba, 2007). 398 páginas, ISBN 978-84-8428-340-9
    De los que he tenido noticias gracias a un compañero de la Red.
    Saludos.

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