Diario de lecturas

Don DeLillo: Players (Jugadores, 1977)

jugadoresDon DeLillo: Jugadores. Miguel Martínez-Lage (tr.). Barcelona: Seix Barral, 2011 (epub).

Jugadores comienza con una capítulo enigmático semejante al inicio de Punto Omega (2010). En la cabina de pasajeros de un vuelo comercial se proyecta una película en la que un grupo terrorista masacra a unos golfistas. Es cine mudo así que el músico del piano-bar improvisa una banda sonora. Todos ríen. Uno de los pasajeros es capaz de contener su compulsivo bostezo de aburrimiento. Probablemente sea Pammy, una de las protagonistas de la novela.

No es inconcebible que lo que dé más comicidad a todo esto (para algunos) sea la naturaleza del juego. El golf. Una ronda anal de precauciones escrupulosas y mezquinos pesares. Ver masacrar a unos golfistas, con un trino de arpegios y otros ornamentos, parece provocar a los del bar del piano, como mínimo, una risa sardónica.
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El terrorismo televisado es algo que nos gusta, nos fascina. En cierto modo cumple una función vital dentro del sistema: neutraliza el tedio, el aburrimiento, el vacío del fin de la historia. Obsérvese cómo nos hipnotiza el metraje completo de la retransmisión de los atentados del 11/S por la CNN. Escuchar una y otra vez el “oh, my god”, “holy shit”, es reconfortante: por fin, algo ha tenido lugar. De todos modos, la publicidad del inicio es casi tan mágica como las colisiones.

Pammy y Lyle son la pareja de yuppies (young urban professional) sobre la que gira la historia. Viven en Nueva York. Pammy trabaja para una consultora de duelo y escribe cartas explicando cómo la empresa puede colaborar en la aceptación de la pena. Las oficinas de la consultora están en el World Trade Center. La obsesión con el significado de las torres gemelas es una constante en DeLillo. Esos rascacielos gigantes representan como ninguna otra obra arquitectónica el triunfo de un sistema que ha transformado al hombre en engranaje, en mercancía, en objeto prescindible. Todo está diseñado a una escala no humana. Los ascensores son “sitios” y el lobby es “espacio”. Afuera sólo queda el caos.

Pammy consideraba los ascensores del World Trade Center como «sitios». No sin cierto desdén morboso se preguntaba: «¿Cuándo llega este sitio a la planta 44?» O: «¿No es sólo cuestión de tiempo hasta el día en que este sitio se quede atascado y yo me quede dentro?» Los ascensores en principio debían ser recintos. Aquéllos eran demasiado grandes, la verdad, para encajar en tal descripción. También contaban con distintas puertas para entrar y salir, lo cual sin duda era rasgo propio más de los sitios que de los ascensores. Si los ascensores eran sitios, los vestíbulos eran «espacios». Tenía la sensación de que era necesario el empleo de términos abstractos ante tan tiránica grandeza. Cuatro veces al día se encontraba reducida, progresivamente jibarizada, al atravesar esa moqueta entre morada y azul. Espacios. Localizaciones indefinidas. Posiciones consideradas como si algo las ocupase.
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Lyle es un broker de Wall Stret. Trabaja en el parqué donde se fabrica la riqueza del mundo. Vive extasiado contemplando la sucesión de números que representan los valores de los activos financieros: el dinero transfigurado en “ondas y radiaciones” ha adquirido una dimensión teológica, un atributo de ubicuidad e inmmortalidad. Afuera sólo queda el caos.

Lyle a veces llevaba encima, durante días seguidos, trozos amarillos de papel de teletipo. Observaba los números y los símbolos de los activos, y veía en todo ello una artística reducción del mundo exterior a una mera producción impresa, el modelo codificado de la exactitud según la máquina. Un segundo de estudio, una simple mirada era todo lo que necesitaba para recuperar una impresión de realidad desconectada de la resonancia de sus sentidos. Se refinaba la agresividad, el instinto de posesión. Veía las fracciones, los decimales, los signos de adición y sustracción. Una representación gráfica del mecanismo competitivo del mundo, de los bordes dentados y engrasados de un engranaje, que no estaba a su alcance de ningún otro modo. El papel contenía impulsos nerviosos: un dígito sináptico, un fonema, un punto sin dimensión en el plano. Era sabedor de que a la gente le gusta ver su propia saliva goteante en la trama vista del arte. En la hoja de papel que tenía en la mano no había indicio de las vidas definidas en razón de los objetos que las rodean, hileras mórbidas de inmortalidad. Sólo veía cifras entintadas. Era una propiedad privada por derecho propio, escondida, su particular participación (a un grado de distancia) en el cuerpo animal que resollaba en la noche.
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En el distrito financiero todo tendía a desplazarse más allá de los límites de lo aceptable. Los edificios altos y apiñados contenían los objetos, reflectaban unos en otros el calor, canalizaban las ráfagas de viento oceánico durante todo el invierno. Era un ambiente de prueba también para los estados de ánimo extremos, mujeres con carros de la compra llenos de basura, un hombre que arrastraba un colchón, borrachuzos de a pie que llegaban desde la zona portuaria, desde los cráteres de los solares en construcción cerca del Hudson, gente que iba descalza por la calle, amputados, lisiados, friquis, hombres que se separaban de grupos de hombres que dormían sobre cajones de pescado, bajo los pasos elevados, y que cojeaban al deambular por delante de los terraplenes, el helipuerto, Broad Street, andrajos vivientes. Lyle pensaba en tales individuos como si fuesen infiltrados en el distrito. Elementos que se habían filtrado. Innominados despliegues de existencia. El recurso de la locura y la sordidez como textos para la denuncia del capitalismo no le parecía que encajase, y ello a pesar de las apariencias. Era otra cosa lo que habían terminado por significar tales hombres y mujeres que gritaban a voz en cuello y arrastraban el vómito pegado a los pies.
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Es la pantalla del televisor la que encierra los secretos de nuestra civilización. Lyle la contempla como si hiciese un acertijo zen. Oprime el botón de mute y cambia de canal cada pocos segundos. Todo en ella es irrelevante (las historias, los discursos, la coreografía forzada del porno, los anuncios) excepto el destello en sí donde se disuelve lo real. Cuanto más repetitiva y vacía de contenido la imagen más se acerca al misterio de la mutación de lo real en “ondas y radiaciones“.

Lyle pasaba el tiempo viendo la televisión. Sentado en la penumbra a poco más de medio metro de la pantalla, cambiaba de canal cada medio minuto poco más o menos, a veces con frecuencia mucho más alta. No buscaba algo que pudiera suscitar y mantener su interés. No se trataba de eso. Simplemente disfrutaba con el destello de cada nueva imagen. Exploraba el contenido sólo hasta cierto punto. El deleite entre táctil y visual que le procuraba cambiar de canales era aún mayor, y transformaba incluso los momentáneos contenidos aparecidos al azar en plácidas abstracciones territoriales. Ver televisión era para Lyle una disciplina como las matemáticas o el zen. Los anuncios, los cortes de emisión, los programas en español daban de sí mucho más, por norma, que la programación al uso. La naturaleza reiterativa de los anuncios le interesaba. Ver muchas veces idénticas secuencias era una prueba de fuego para sus recursos oculares, para su capacidad de seleccionar, de fraccionar el tiempo y subdividir cada instante. Rara vez ponía el sonido. El sonido era mucho mejor en las emisoras de UHF que empleaban un equipo de emisión defectuoso o lenguas que no fueran el inglés.
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De vez en cuando miraba un rato alguno de los canales en abierto. Todas las semanas había una hora más o menos reservada para la pornografía de fabricación casera, trabajo de artesanos nativos. Encontraba en la pantalla una verdad más descarnada, más tosca desde luego que en toda la carne lustrosa de las revistas de papel satinado. Se sentaba en su cuenco de espacio curvo, en su luz polvorienta. En toda esa cantidad de agresividad genital había una falta de modestia llamativamente pueril. Gente de la calle en busca de alguna cosa que succionar. Cámaras sostenidas a pulso en busca de una entrepierna pescada al azar. Lyle permanecía impávido mientras duraba esta secuencia de cuerpos pequeños y grises. Lo que acertó a ver retuvo su atención por completo, a pesar de que no estimulaba sus sentidos. La hora que transcurrió así le parecieron cuatro. Fatigado como estaba, vaciado, aburrido de ver a aquellos desesperados hacer posturitas, con facilidad podría haberse pasado la noche entera viéndolos, atrapado por el efecto red de la televisión, por el resplandor electrostático que semejaba un estado de privilegio, a caballo entre la onda y la imagen visual, un secreto de energía celestial. Se preguntó si no se habría vuelto un individuo demasiado complejo para contemplar cuerpos desnudos y excitarse.
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Pammy y Lyle, parecen los nombres de una “pareja de chimpancés“. Arrasados por el tedio, anulados por el desierto de lo real que se ha desvanecido en “ondas y radiaciones”, buscan poner en su vida un “acontecimiento“.

Lyle se infiltra en una céluca terrorista que pretende atentar contra el capital detonando una bomba en el parqué de Wall Street antes de que sea demasiado tarde y el dinero empiece a orbitar por encima de nuestras cabezas. Los terroristas piensan, como Palahniuk al final de El club de la lucha, que derribando rascacielos darán “rienda suelta a todos los demonios”, anunciarán el apocalipsis. Sin embargo, DeLillo los retrata tal como son: una excrecencia del sistema mismo, un consuelo estúpido para nihilistas envejecidos. Nada tiene sentido.

Pammy se va de vacaciones con una pareja homosexual a una “casa rural” en Maine. Allí se da cuenta de que detesta el lago, comidas y cenas, atardeceres y amaneceres. El único acontecimiento en manos de Pammy es el sexo triste con Ethan. Jack, cuyo atributo fundamental es la capacidad para ver las cosas en sí mismas, termina sintiéndose perseguido por ovnis multicolores y se suicida a lo bonzo. Nada tiene sentido.

Por último tres observaciones mágicas de DeLillo sobre la angustia que nos atrapa entre el momento en que apagamos el televisor y nos quedamos dormidos, el peligro de los “sitios nuevos” y la desolación incurable que nos asalta ante la pérdida de un ser querido.

Pasó el tiempo y cada vez le resultaba más difícil apagar el televisor. Sabía que una depresión inmensa se apoderaría de él entre el instante en que lo apagase y el momento en que por fin se quedara dormido. Tendría que volver a asumir demasiadas cosas. Por eso se le hacía tan difícil apagar el aparato. No podría dormirse de inmediato. Quedaría un hueco por rellenar. Apagar la televisión le causaba un desgarro tremendo. Estaba allí mismo, era parte de la implosión de la luz. La habitación que ocupaba le resultó por un momento desconocida. Tuvo que aprenderlo todo de nuevo.
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… sitios nuevos, cuando son nuevos, desconocidos, te hacen ser más consciente de ti mismo. Eso puede ser peligroso. —Yo quiero mi saco de dormir —dijo Jack. —Todo lo que hay lanza destellos hacia ti. Es como un espejo. Terminas por estar contigo mismo, sólo que despojado de las formas externas más familiares, los aderezos, el entorno. Si es demasiado nuevo, puede dar verdadero miedo. Recibes demasiada retroalimentación que no viene predeterminada por nada. —Me apetece dormir fuera —dijo Jack—. Al fresco. —El miedo es una intensa conciencia de uno mismo.
Location 1895.

Se le ocurrió que la gente de manera inconsciente honra los procesos del mundo físico, danza de manera fatalista con la naturaleza siempre que la muerte se lleva a un ser cercano. Creyó que Ethan quería sentir lo que había allí. Si lloviera, no se movería del sitio. Si ella le echase un jersey sobre los hombros, igual podría quitárselo. Nos reducimos a comer y a dormir, como mucho. Rudimentos, pensó. El mínimo, sea lo que sea. A eso nos vemos reducidos.
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Trepidante, profunda, compleja, magistral. Así estaba anotado el ejemplar de Players de David Foster Wallace.

Inside cover of David Foster Wallace's annotated copy of Don DeLillo's Players. Harry Ransom Center.

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