Cine

Kiarostami: Y la vida continúa (1991)

Fotograma de Y la vida continúa (Kiarostami, 1991). En su siguiente película, A través de los olivos, Kiarostami "rueda que rueda" esta escena.

Kiarostami suele agrupar esta película junto a A través de los olivos (1994) y El sabor de las cerezas (1997) para formar una trilogía cuyo nexo común es la reflexión sobre el valor de la vida. En Y la vida continúa el protagonista es el propio director que conduce a través del Irán devastado por el terremoto de 1990 hasta el pueblo de Koker. Acompañado por su hijo, va en busca del niño que había protagonizado su película anterior, Dónde está la casa de mi amigo (1987).

El viaje a través de la catástrofe se convierte en una sucesión de iluminaciones, de instantes reveladores.  Kiarostami utiliza varios recursos formales para borrar las fronteras entre ficción y documental de modo que el resultado final se parece bastante a un ensayo filosófico sobre el problema del mal: ¿para qué hacer cine tras un cataclismo que acaba con la vida de 40000 personas en segundos?, ¿cómo reaccionar frente al dolor y la muerte, el caos y el sinsentido? La respuesta de Kiarostami se articula a través del discurso de varios de los personajes. Pero todos coinciden en el amor incondicional a cada uno de los instantes fugaces que constituyen la vida. La belleza de la vida se esconde tanto en la obra maestra como en el partido de fútbol televisado, en la inocencia del joven como en el dolor del anciano… El milagro en el cine de Kiarostami consiste en que, como diría Wittgenstein, esa belleza no es algo de lo que se hable sino que se muestra.

Al igual que en El sabor de las cerezas es un viejo sabio que el protagonista recoge haciendo autostop quien da las claves del pensamiento de Kiarostami. El Señor Ruhi dice lo siguiente: primero, no puede culparse a Dios del terremoto. Dios quiere a sus criaturas, aunque no siempre consigue protegerlas cuando lo necesitan. Aunque la mayoría desconfíe, Dios no es el origen del mal.

– Señor Ruhi: A veces pienso, si ha muerto tanta gente inocente, niños, mujeres, si casi todo el mundo ha perdido sus casas, y la nuestra ha quedado intacta significa que el Señor está conmigo.

– Kiarostami: ¿No será usted un beato, verdad?

– Señor Ruhi: ¿Beato? No me interprete mal.

– Kiarostami: Perdone, pero…

– Señor Ruhi: Lo que ha ocurrido es que este desastre ha sido como un lobo hambriento que ataca y va devorando a la gente por donde pasa, dejando a la gente viva por donde no ha pasado. No, esto no es obra del Todopoderoso. Él quiere a sus siervos. Así es como lo veo.

Segundo, la función del arte ha de ser la búsqueda de la belleza y la belleza es vida. Cada instante, un instante de luz. Seguir vivo es el arte más sublime de todos.

– Hijo: Papá, ¿puedo hacerle una pregunta al señor Ruhi?

– Kiarostami: Claro.

– Hijo: Señor Ruhi, ¿por qué era usted más viejo cuando salía en la película “¿Dónde está la casa de mi amigo?”. Además, tenía usted joroba.

-Sr. Ruhi: Sí, es lógico que te extrañe. Esa joroba me la pusieron los del cine. Me dijeron que tenía que parecer más viejo y yo hice lo que me dijeron. Pero no me gustó ni pizca. Aquello fue una injusticia. No sé qué clase de arte es hacer que la gente parezca más vieja y más fea. Arte son las cosas bellas y alegres que te emocionan. Arte es rejuvenecer a las personas, no convertirlas en vejestorios.  Bueno, y seguir vivo también es un arte. Supongo que el arte más sublime de todos, ¿no cree usted?

-Kiarostami: Desde luego. Y gracias a Dios usted sigue vivo y más joven que nunca.

Tercero, un optimismo metafísico tal y como lo definía Milan Kundera en La insoportable levedad del ser. Así lo explica el Sr. Ruhi:

– Sr. Ruhi: La mayoría de la gente no aprecia el valor de la juventud hasta que no llega a la vejez. No sabe disfrutarla. Y no aprecia el valor de la vida hasta que les llega la muerte.

– Kiarostami: Estoy de acuerdo.

– Sr. Ruhi: Si nos diesen la oportunidad de volver a vivir nuestras vidas después de muertos, seguro que sabríamos aprovecharla mejor.

– Kiarostami: Eso es muy cierto.

Y así lo decía Kundera:

Unos días más tarde se le ocurrió la siguiente idea, que registro como complemento al capítulo anterior: En el universo existe un planeta en el que todas las personas nacerán por segunda vez. Tendrán entonces plena conciencia de la vida que llevaron en la tierra, de todas las experiencias que allí adquirieron.
Y existe quizás otro planeta en el que todos naceremos por tercera vez, con las experiencias de las dos vidas anteriores.
Y quizás existan más y más planetas en los que la humanidad nazca cada vez con un grado más (con una vida más) de madurez.
Esta es la versión de Tomás del eterno retorno.
Claro que nosotros, aquí en la tierra (en el planeta número uno, en el planeta de la inexperiencia), sólo podemos imaginar muy confusamente lo que le ocurriría al hombre en los siguientes planetas. ¿Sería más sabio? ¿Es acaso la madurez algo que pueda ser alcanzado por el hombre? ¿Puede lograrla mediante la repetición?
Sólo en la perspectiva de esta utopía pueden emplearse con plena justificación los conceptos de pesimismo y optimismo: optimista es aquel que cree que en el planeta número cinco la historia de la humanidad será ya menos sangrienta. Pesimista es aquel que no lo cree.

Milan Kundera: La insoportable levedad del ser. Barcelona: Tusquets, 1992, pp. 225-226

Ficha técnica de Y la vida continúa (Kiarostami, 1991)

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