Diario de lecturas

Jean Améry: Más allá de la culpa y la expiación

Jean Améry: Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia. Enrique Ocaña (tr.) Valencia: Pre-Textos, 2004.

Jean Améry es en realidad Hans Maier, judío nacido en Viena en 1912. En la década de los treinta inició una prometedora carrera de novelista que se vio truncada por el ascenso del nazismo. Exiliado a Bélgica, participó en la resistencia anti-nazi distribuyendo propaganda hasta que fue capturado, torturado y deportado a Auschwitz. Allí coincidió con Primo Levi, autor del libro de memorias Si esto es un hombre. Levi fue muy crítico con las posiciones radicales de Améry. Para éste no había lugar para el perdón y el olvido. Por el contrario, Améry reivindica el resentimiento como reacción legítima al genocidio nazi y se opone radicalmente a la idea de otorgar sentido al sufrimiento como parte de un proceso de expiación. Améry se niega a olvidar y rechaza esa idea obscena para la víctima de que el tiempo todo lo cura. Se suicidó en 1978.

Además de dos interesantes prólogos del propio Améry el libro lo componen los siguientes ensayos breves:

  1. En las fronteras del espíritu,
  2. La tortura,
  3. ¿Cuánta patria necesita el ser humano?,
  4. Resentimientos y
  5. Sobre la obligación e imposibilidad de ser judío.

En el prólogo a la segunda edición Améry se enfrenta a la paradoja de un superviviente de los campos de concentración que tiene que escuchar cómo sus lectores de izquierda comparan al Estado de Israel con el fascismo nazi por su actitud hacia Palestina. Un tema espinoso donde los haya. El prólogo a la primera edición, más conciso, resume en una frase el contenido del libro, “se describe cómo se sufre la violencia, eso es todo.”

En “En las fronteras del espíritu” Améry marca distancias respecto a otros intelectuales que también estuvieron internados en Auschwitz como Primo Levi. Afirma, en primer lugar, que no cabe comparar sus sufrimientos con los de Levi. Al contrario que este, Améry no sabía desempeñar ningún trabajo útil lo cual lo excluía de cualquier tipo de privilegio. Cuando Levi en Si esto es un hombre recuerda cómo le ayudaron a sobrevivir algunos versos de Dante, Améry afirma que, en aquellas circunstancias, la poesía, ni siquiera la de Hölderlin, tenía sentido. El embrutecimiento de los campos de concentración demostraba que el arte y la belleza no lo pueden todo. Para Améry el hombre común resistía mejor los castigos del campo. El intelectual, el hombre de espíritu, carecía de defensas frente a sus exterminadores pues no dejaba de hacerse preguntas por el sentido, era incapaz de aceptar la terrible realidad. La fe religiosa o de cualquier otro tipo era de mucha ayuda para los internos del campo pero Améry carecía de las creencias religiosas que le proporcionasen esa defensa. Resultaba, además, curioso, cómo se desplomaba cualquier tipo de idea romántica de la muerte. No preocupaba la muerte sino sólamente el cómo se habría de morir. Por último, Améry aclara que del campo de concentración no salieron más sabios ni más maduros moralmente sino “desnudos, expoliados, vacíos, desorientados”.

“La tortura es el acontecimiento más atroz que un ser humano puede conservar en su interior” (p. 83) La tortura no fue para el régimen nazi un recurso más sino que formaba parte esencial de él. Améry recuerda así la violencia sufrida a manos de la Gestapo:

Para realizar el análisis de la tortura que me he propuesto, por desgracia no puedo ahorrar al lector la descripción objetiva de cuanto sucedió, sólo puedo intentar hacerlo de forma concisa. Del techo abovedado del bunker colgaba una cadena que corría en una polea, de cuya extremidad pendía un pesado gancho de hierro balanceante. Se me condujo hasta el aparato. El gancho estaba sujeto a la cadena, que esposaba mis manos tras mis espaldas. Entonces se elevó la cadena junto con mi cuerpo hasta quedar suspendido aproximadamente a un metro de altura sobre el suelo. En semejante posición, o más bien suspensión, con las manos esposadas tras las espaldas y con la única ayuda de la fuerza muscular, sólo es posible mantenerse durante un periodo muy breve en posición semi-inclinada. Durante esos pocos minutos, cuando ya se han consumido las únicas fuerzas sobrantes, el sudor nos cubre la frente y los labios y comenzamos a resoplar, no se podrá responder a ninguna pregunta. ¿Cómplices? ¿Direcciones? ¿Lugares de encuentro? Estas palabras apenas son audibles. La vida recogida en un único, limitado sector del cuerpo, es decir, en las articulaciones del húmero, no reacciona, pues se encuentra agotada completamente por el esfuerzo físico. Un esfuerzo que ni siquiera en personas de constitución robusta puede prolongarse mucho. En cuanto a mí respecta, tuve que rendirme pronto. Oí entonces un crujido y una fractura en mis espaldas que mi cuerpo no ha olvidado hasta hoy. Las cabezas de las articulaciones saltaron de sus cavidades. El mismo peso corporal provocó una luxación, caí al vacío y me encontré colgado de los brazos dislocados, levantados bruscamente por detrás y desde ese momento cerrados sobre la cabeza en posición torcida. ‘ Tortura, del latín torquere, luxar, contorcer, dislocar: ¡Toda una lección práctica de etimología! Además sobre mi cuerpo crujían los golpes con el vergajo, y algunos de ellos desgarraron los pantalones ligeros de verano que vestía ese 23 de julio de 1943. (pp. 96-97)

¿Qué tipo de hombre es capaz de ejercer este tipo de violencia? Améry recomienda abandonar la teoría de Hanna Arendt sobre la banalidad del mal según la cual estos individuos son simples pequeño burgueses embrutecidos. Améry recurre a Bataille y Sade para dar cuenta del fenómeno de la tortura. Reduciendo al prójimo a carne y dolor se le envía al reino de la nada y el verdugo se convierte en señor de la vida y de la muerte, en semidiós. Améry recuerda avergonzado el respeto absoluto que sentía por sus torturadores. Esta experiencia, dice, es una herida que no cicatrizará nunca: la víctima queda inerme ante la angustia, la desesperación, el resentimiento y la sed de venganza. Quienes piden olvido y mirar hacia adelante como método de superación ofenden al dolor único de la víctima. Este es más o menos el discurso de Despentes en Teoría King Kong acerca de la violación.

La respuesta de Améry a “¿Cuánta patria necesita a un hombre?” es clara y concisa: “necesita tanta más patria cuanto menos pueda llevarse consigo”. Para un judío vienés cuya única patria era su profundo conocimiento de la cultura alemana el exilio fue una experiencia devastadora pues los nazis se apropiaron completamente de ella. De repente, Améry, el judío, fue consciente de que jamás había tenido patria. Una experiencia insuperable pues no puede crearse una nueva: esta será siempre la de la infancia y la juventud, la de la lengua materna.

“Resentimiento” es el ensayo más duro del libro. Améry reconoce que le resulta insoportable contemplar cómo sus propios compañeros judíos como Martin Buber o Gabriel Marcel pedían perdón y reconciliación. Améry no podía sino experimentar rencor y resentimiento hacia un país que lo había destruido en cuerpo y alma. Justificar este resentimiento frente a las críticas de Nietzsche y la psiquiatría moderna es el objeto de este capítulo. Dice Améry que “mis resentimientos existen con el objeto de que el delito adquiera realidad moral para el criminal, con el objeto de que se vea obligado a enfrentar la verdad de su crimen”. Renunciar al resentimiento, mirar hacia el futuro es un práctico reflejo de supervivencia que poco tiene que ver con la justicia. La reconciliación es imposible: no sería más que venganza reprimida o renuncia a la individualidad. Améry insiste, el nazismo no puede borrarse, forma parte de la tradición alemana, y de él formó parte el pueblo alemán lo que hace posible hablar de culpa colectiva. Améry mantiene su rencor por salud mental y para obligar al pueblo alemán a recordar.

“Sobre la obligación y la imposibilidad de ser judío” es el título del último ensayo del libro. Enuncia bastante bien la paradoja de la condición judía de Améry. No tuvo una formación religiosa en la infancia y no comparte con la comunidad judía ni la lengua, ni los ritos, ni las creencias, ni las tradiciones. Pero el número de Auschwitz tatuado en el brazo es una marca judía más auténtica que el Pentateuco o el Talmud. La solidaridad con la comunidad judía emerge ante la amenaza constante en que vive su pueblo.

Más allá de la culpa y la expiación es, antes que nada, un testimonio incomparable sobre la violencia y el dolor.

5 replies »

  1. ¿Cómo va a perdonar este hombre si le eliminaron todo lo que él era? Toda su identidad cultural e individual fue exterminada a conciencia; exterminarle, acabar con él era un objetivo.

    Por otra parte, perdonar y olvidar… a veces no depende de uno mismo, sino que a veces no se puede, y no se puede hacer nada. Si se despertaba todas las noches pensando que seguía ahí, en Auschwitz, ¿cómo perdonar algo que le sigue doliendo?

    Me recuerda, en parte, la historia de un combatiente francés que fue torturado por los alemanes y que desde aquel día sangraba todos los días por una herida interna incapaz de cerrarse pero controlable médicamente. Decía que había perdido la fe en la humanidad. ¿Perdonar y olvidar para volverse loco? Si no hay algo más fuerte que “suplante” el recuerdo, será imposible.
    Creo que no es algo en que se pueda decir “tiene o no tiene razón”, sino que es, más bien, “puede o no puede hacerlo”.

    Un saludo.(cada día me gusta más tu blog)

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  2. Aunque físicamente puedas recuperarte de la tortura es posible que las heridas psicológicas, las que no se ven, no cicatricen nunca. En esos casos pedirle a la víctima que perdone y mire hacia adelante es obsceno, es una falta de respeto hacia el terrible dolor que experimenta. El problema es que anclarse en el resentimiento es admitir que la tortura terminó contigo, que sigues vivo pero no eres más que un muerto andante, una lenta agonía.

    Saludos Fran.

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  3. Cuanto resentimiento debió sentir hacia ambas partes de la guerra: los alemanes que le torturaban por ser judío, y los judíos a los cuales él ni profesaba su religión, la cultura, las costumbres ni nada.

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  4. No es el resentimiento lo que lleva al suicidio, sino las secuelas psiquicas, los recuerdos imborrables, pero sobretodo el saberse menos capaz y enfermo como consecuencia de la tortura. El profundo daño en la autoestima de quien se ve expuesto al escarnio psiquico y a la degradacion moral. Es muy dificil restablecer el amor propio cuando ya te lo han robado de un modo tan cruel.

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