Diario de lecturas

José Ovejero: La ética de la crueldad (2012)

José Ovejero: La ética de la crueldad

José Ovejero: La ética de la crueldad

José Ovejero: La ética de la crueldad. Barcelona: Anagrama, 2012. Premio Anagrama de Ensayo 2012.

El origen de La ética de la crueldad son unas “conferencias sobre el exceso” que el Humanities Center de la Universidad de Lehigh solicitó a Ovejero en 2010. La Universidad de Lehigh es una Universidad privada de Pensilvania que ocupa, según el Wall Street Journal, el puesto número doce en cuanto a Retorno de la Inversión, lo cual me parece un criterio bastante “cruel” para medir las bondades de un centro educativo. 🙂

Dentro del exceso, la crueldad le pareció al autor el tema más familiar (ya se sabe: España, toros, empalados, Lazarillo, Quijote, Goya…) Además, esta senda le serviría para clarificar un pasaje polémico de su novela Un mal año para Miki, en el que se había mostrado irreverente con los atentados del 11/S. El público estadounidense es muy sensible al respecto, aunque, por otra parte, no parece interesado en plantear dudas razonables a la peculiar versión oficial de lo ocurrido.

La crueldad está también muy presente en la deriva del arte contemporáneo. Basta con recordar alguna performance de Marina Abramović o cierta pieza teatral de Handke donde se insulta al espectador. Y, por último, es evidente cómo se ha introducido cada vez con más virulencia en el mundo del entretenimiento masivo: series de televisión, videojuegos, cine… Sin embargo, desde un primer momento, Ovejero traza una frontera muy clara: la crueldad en el entretenimiento es una especie de alivio para la violencia reprimida del espectador mientras que la crueldad en el arte verdadero sitúa al público frente a incertidumbres oscuras e incómodas. Es la diferencia que hay entre ver en televisión la Super-Bowl o The Walking Dead y tomar en serio el cine de Haneke o Lars von Trier.  En este último caso la crueldad tiene una función moral: obliga al espectador a plantearse cuestiones, a reflexionar.

Existe, por tanto, una crueldad complaciente y una crueldad subversiva y transformadora. La primera puede darse en dos formatos: a) en la épica, donde toda violencia está justificada porque remite al origen glorioso de la nación y b) en el gore, donde el público da rienda suelta a sus pulsiones agresivas.

En el polo opuesto, la alta literatura utiliza la crueldad con una función moralizante pues obliga al lector a revisar sus valores, a cuestionar sus certidumbres. Dos ejemplos:

a) Es un tópico de nuestra época considerar que la mera lectura es ya de suyo enriquecedora. No es cierto, no hace falta investigar demasiado para darse cuenta de que la mayor parte de los libros son meramente recreativos. La habilidad para desmontar este tópico es lo que hace de Auto de fe de Elias Canetti una novela clásica. Todas las catástrofes de la trama se desencadenan cuando el protagonista decide que quiere tener una biblioteca más grande.

b) Gracias al cine todos tenemos una idea de la Conquista del Oeste como un episodio violento pero heroico, al servicio del progreso y la civilización, donde quedaba bien clara la diferencia entre buenos y malos. Meridiano de sangre de Cormac McCarthy arrasa con ese mito estúpido y ofensivo y nos sitúa frente a lo que probablemente fue el puro imperio del horror.

En Un mal año para Miki, la polémica novela de Ovejero, el protagonista salta de la retransmisión en directo de los atentados a las Torres Gemelas a una peli porno sin que nada de lo que ve en la pantalla le conmueva lo más mínimo. El autor usa la crueldad para que el lector se cuestione si tantas repeticiones del derrumbe del World Trade Center no habrán convertido esas imágenes en un mero simulacro, en algo que incluso disfrutamos porque, al fin y al cabo, qué suerte tuvimos de no estar allí.

El humor cruel también es una forma de que el lector reflexione sobre su mezquindad y falta de empatía. A este respecto, Ovejero cita el mismo chiste sobre el Holocausto que quitó la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Madrid a Zapata.

Convertir el Holocausto en un chiste banal es una forma de quitarle importancia, de aprovechar nuestro gusto por la sorpresa ingeniosa para desensibilizarnos, fomentar nuestra indiferencia, de forma que la masacre se vuelva lejana, insignificante. (p. 97)

Frente al cinismo y la ironía propio de la mentalidad postmoderna, Ovejero defiende una alta literatura que use la crueldad para desestabilizar al lector y obligarle a cuestionar los prejuicios que el poder le impone. Este párrafo resume sus ideas al respecto:

Una literatura que provoca indecisión, incertidumbre, y a la vez exige esfuerzo, va en contra de las expectativas del lector y de la lógica capitalista. El ocio sirve para descansar, el esparcimiento es preferible a la concentración, el lector necesita ser entretenido, recuperar fuerzas para poder después continuar produciendo, y sobre todo no le hace ninguna falta que siembren dudas en su cerebro sobre el bien y el mal, sobre una existencia que se niega a ser la del consumidor/productor. La literatura realmente cruel, la que desbarata nuestras certezas, parece abocada, si no a la desaparición, a ser cada vez más marginal. No es ni pop ni afterpop, ni moderna ni posmoderna; más bien, se filtra en los entresijos de las poéticas de usar y tirar, es elitista porque insiste en no rumiar la misma papilla que nos dan casi gratis y que nos dificulta despegar los labios, reniega de la pedagogía pero no se resigna a que no se pueda aprender nada, derriba sin saber qué construir en lugar de lo derribado, hace daño y niega después el consuelo. La cuestión que todo escritor, y todo lector, debe plantearse antes de empezar un libro cruel es: ¿quieres mirar o prefieres seguir confortablemente transitando sólo por las aceras iluminadas? La pregunta es legítima, cualquier respuesta también. No seré yo quien niegue el cansancio, quien se diga ajeno a esa tentación de dejarse llevar, de comulgar con pastillas  de sabor a fresa… (p. 115)

Ejemplos de esta alta literatura que Ovejero comenta son los ya citados Canetti y McCarthy, más el existencialismo de El astillero de Onetti, las perversiones de la familia burguesa en Deseo y La pianista de Elfride Jelinek, la pornografía inquietante de Historia del ojo de Bataille  y la España profunda de Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos.

Ante todo, se agradece al autor la claridad del lenguaje y la brevedad de La ética de la crueldad. Sin embargo, hay dos cuestiones en las que difícilmente puedo estar de acuerdo:

a) La literatura cruel no es inocente, no sólo destruye certidumbres, sino que también imprime en el lector una visión cuestionable del ser humano. En más de una ocasión este tipo de autores se deja llevar por el sadismo y pierde de vista la supuesta función moral de su discurso. Ovejero es consciente de ello pero a la hora de dar un ejemplo del caso utiliza la misoginia de Canetti y no las oscuras imágenes de Jelinek. Sea como sea, la literatura cruel no solamente derriba sino que también construye. Es más, sus transgresiones son las que alimentan con el tiempo las distintas variantes del entretenimiento masivo. La relación entre ambas no es de oposición sino de simbiosis.

b) Cabe añadir algún matiz a los libros que Ovejero recomienda como ejemplos de literatura cruel y ética. El astillero es, como todo existencialismo, un objeto que el lector consume para adornarse con una subjetividad de lujo. La pornografía de Bataille no está lejos de las snuff movies. Tiempo de silencio queda descalificado por ser lectura obligatoria en Bachillerato. Las disculpas de McCarthy, además de llegar un poco tarde, son ideales para que Tarantino las lleve al cine y las convierta en épica. A Jelinek no pienso leerla jamás porque no quiero volver a tomar antidepresivos y Canetti… me aburre.

En cualquier caso, mi crítica principal a esta glorificación de la literatura cruel que lleva a cabo Ovejero es que no existe nada “en los entresijos de las poéticas de usar y tirar”. Hay mercancías y hay consumidores. Eso es todo.

18 replies »

    • Hola carlitos, es difícil tomar en serio a estas alturas distinciones como la que establece entre literatura de verdad (que es la que yo leo) y puro entretenimiento (que es lo que lee el resto de la humanidad). Ya no me lo creo. 🙂

  1. Nunca dejará de ser interesante esa cursilería disfrazada, propia de una generación o gente de una cierta franja temporal (50-60s), que identifica lo salvable con la actitud crítica. Lo puede leer uno de cualquier forma posible (literatura que plantea preguntas, no respuestas, que escribió un insigne crítico); es un dejo de actitud subversiva, de new age hippie tarado intelectual con coleta. El único mérito que le encuentro es que gente tan distinta, gente con coleta y perilla y conservadores de máxima entidad e incluso el mismísimo Mario Vargas Presley haya virado en ésta dirección en los últimos tiempos.

    Por supuesto que tiene fecha de caducidad, ahí tenemos a Fernández Porta, que dice totalmente lo contrario: todo lo que Ovejero y cía llaman poco más que basura, Porta lo convierte en centro del canon occidental actual. Ya puede fallar todo lo que quieras Fernández Porta, pero por lo menos tiene gracia.

    Lo único que me hace daño es que sufra Canetti por ésto, un auténtico humanista y escritor que le dedicó la mitad de su vida a una obra fallida pero que es puro nervio (Masa y Poder), que en medio de ochocientas páginas a veces bien densitas dice cosas con tanto espíritu como aquello de “el régimen más opresivo es el régimen que se permite hacer las preguntas más intrusivas” y calificó los aforismos de Lichtenberg como la obra más rica de la historia de la humanidad. Auto de fe me parece una novela extraordinariamente aburrida y etraordinaria, aunque sólo sea por que alguien sea capaz de sacar quinientas páginas de un argumento que puede resumirse en cinco líneas máximo.

    Saludos!

    • Hola Matías, en mi opinión subordinar la estética a la ética y establecer un canon artístico es algo que no ha funcionado nunca.

      Siempre quise que me gustara Canetti por el cariño que le tiene Baudrillard. Pero sólo me entró bien el tomo de su autobiografía donde habla de Hermann Broch y Robert Musil. Creo que ese volumen se titula “El juego de ojos”. “La muerte de Virgilio” es algo más que una gran novela y no es cruel.

      La crítica es una mercancía más. Está tan devaluada la palabra que se usa sin rubor en cualquier asignatura de secundaria. Esos que critican sin cuestionar la autoridad son los auténticos perversos (Zizek, citado en Ovejero). Hay mucho arte de museo, bienales y galerías que es bastante “perverso”.

      Saludos.

    • El autor José Ovejero hace bien en prevenir contra estas estrategias mediáticas para disminuir el shock de imágenes crueles como esta.

      La crueldad puede tener un efecto catártico y transformador en el espectador y el lector. Bien leída, la Ilíada puede interpretarse como un texto que lleva al pacifismo a través de la crueldad. Pero del mismo modo que los funerales pueden terminar convirtiéndose en un ritual aburrido así también ocurre con la crueldad. La disfrazamos, la embellecemos para evitar mirar aquello que podría estremecernos.

      Hay técnicas más y menos sofisticadas para devaluar el poder de la crueldad. Esta captura de pantalla que aportas es mezquina, absurda. El siguiente paso será premiar al fotógrafo y a la Agencia de Noticias por la imagen. Convertir el horror en espectáculo es otra forma también de dinamitar el poder ético de la crueldad.

      Es muy complicado que ese poder ético de la crueldad llegue a una gran mayoría. Hay que eliminar obstáculos y exponer el alma y sufrir un daño para que sea efectivo. Y a nadie le interesa que eso ocurra. La vulgaridad es la norma en el ser humano. ¿Para sobrevivir? No sé.

      Un abrazo.

  2. Cuando yo era pequeño, sería aquel el año de 1981, vi en la playa de Los Cristianos a un niño ahogado que intentaban reanimar sin éxito. No tenía color y echaba espumarajos por la boca mientras un hombre le hacía la respiración boca a boca. Es de las imágenes más duras que he visto en mi vida. Esta fotografía del pequeño en la playa, huyendo con su familia de la guerra, tiene más fuerza que la de un presidente asesinado. Hoy vi cómo llegaban los exiliados a Alemania, los nativos les ofrecían juguetes a los niños y algo de comida a todos, mientras gritaban y aplaudían para darles ánimos. Eso es totalmente distinto a lo que representan otros muchos, que morirán habiendo sido unos miserables.

  3. La súplica de un niño sirio:

    “Just stop the war and we don’t want to go to Europe”.
    Creo que tiene el sentido de: “Parad la guerra y nosotros no querremos ir a Europa”.
    Un abrazo.

  4. Buenas tardes Eugenio.

    A que te refieres cuando dices que ‘El astillero’ de Onetti, como cualquier obra existencialista es un objeto para para con una subjetividad de lujo?

    Muchas gracias.

    • Hola, se refiere a Eloy Fernández Porta y su discurso sobre el existencialismo en general. La idea es que “sentirse existencialista” implica tener las condiciones burguesas para ser feliz pero adoptar una pose de infelicidad atractiva. Como los personajes en las películas de Wenders. Cuanto más profunda la infelicidad más auténtica la pose.

      El existencialismo es más de lo que dice Fernández Porta pero su crítica da en la diana.:)

      Saludos.

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