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Marcos Manrique Crespo: Acerca de “1984”

Orwell, 1984

Orwell, 1984

Marcos Manrique Crespo: Acerca de 1984.

Profesor: Eugenio Sánchez Bravo. I. E. S. Valle del Jerte, Plasencia. 2º C. 2014-2015.

En 1984, Orwell refleja el modelo social del ficticio superestado de Oceanía, que comprende geográficamente desde América a las Islas Británicas. En este, el totalitarismo del Socing o “Socialismo inglés” organiza la sociedad en tres clases: el Partido Interior, que ocupa el poder; el Partido Exterior, funcionarios al servicio del Estado; y los “proles” o trabajadores, que no pertenecen al Partido; por encima de todos ellos está el Líder, el Hermano Mayor. Orwell retrata así el sistema al que él creía que se dirigía el totalitarismo estalinista de la URSS: la propia descripción física del Hermano Mayor nos invita sutilmente a pensar en Stalin. A pesar del formato elegido, quizá no el más típico para ello (narrativa de ficción), la obra está cargada de profundas resonancias filosóficas y consideraciones políticas dignas de ser tenidas en cuenta. En ella están presentes desde las teorías socioeconómicas de Marx o la teoría crítica de Horkheimer, hasta la ética de Nietzsche o el psicoanálisis de Freud.

“La telepantalla emitía y recibía al mismo tiempo. Era capaz de captar cualquier sonido que hiciera Winston por encima de un susurro muy bajo. […] Mientras estuviera en su campo de visión podían verle y oírle, pero era imposible saber si te estaban observando o no en un momento dado. Con qué frecuencia o sistema la Policía del Pensamiento encendía la telepantalla de cada uno eran puras conjeturas. Incluso era concebible que vigilaran a la vez a todo el mundo. […] Tenías que vivir dando por sentado que escuchaban todo lo que decías y que observaban […] todos tus movimientos”.

La Oceanía de 1984 es un perfecto modelo del “mundo administrado totalitariamente” al que, según el filósofo alemán, nos dirigimos. Todo, hasta el pensamiento de los miembros del Partido, está rigurosamente controlado con procedimientos sociológicos y psicológicos. El desarrollo tecnológico provocado por la constante guerra contra los otros estados existentes (Eurasia y Esteasia) ha permitido la supervisión por parte del Estado de todos los miembros del Partido a través de las telepantallas, televisiones que emiten sin descanso imágenes y sonido de la estancia que observan, y que por supuesto se encuentran en todas las viviendas y lugares de trabajo de los funcionarios y altos mandos del Partido. La Policía del Pensamiento es la que se encarga del control de los actos de cada persona, y de su encarcelamiento y “vaporización” en caso de crimen ideológico. Pensemos ahora, sin ir más lejos, en las cámaras de seguridad que mantienen bajo constante vigilancia las calles de Nueva York o, en un ejemplo más cercano, los pasillos de muchos institutos públicos. ¿Sabemos dónde se envían esas imágenes? ¿No es acaso posible que el gobierno de un país controle cada paso de la vida de un ciudadano común? Tal vez deberíamos replantearnos las preferencias de nuestras democracias occidentales. Dice Horkheimer que justicia y libertad son ideales contradictorios: a mayor justicia, menor libertad, y a mayor libertad, menor justicia social. En la actualidad, como en 1984, hemos añadido un nuevo ingrediente: la seguridad. Anteponemos la seguridad del país y de los ciudadanos sacrificando nuestra privacidad, nuestra libertad de opinión y de reunión, de manifestación, por miedo al terrorismo internacional. La paranoia post-11S continúa y a mí, personalmente, me parece una excusa para mantener una incansable vigilancia sobre Occidente.

En este punto se nos plantea inevitablemente una pregunta: ¿Por qué habría un Estado de controlar a sus ciudadanos –y en ocasiones a ciudadanos de países extranjeros? Se podrían sacar muchas conclusiones: para conocer las intenciones políticas de otros dirigentes y mandatarios poderosos (véase el teléfono pinchado de A. Merkel), para conocer de antemano los movimientos financieros más importantes, incluso por el bien de los ciudadanos O bien…

“-Nos estáis gobernando por nuestro propio bien –dijo [Winston] con voz débil-. Creéis que la gente no puede gobernarse a sí misma…
[…] –Te diré la respuesta –respondió [O’Brien]-. El Partido ambiciona el poder en sí mismo. No nos interesa el bienestar ajeno, sino únicamente el poder. Ni la riqueza, ni el lujo, ni la longevidad, ni la felicidad: solo el poder en estado puro. […] El poder es un fin, no un medio.”

Terminemos señalando que el protagonista, Winston, guarda ciertas esperanzas de que el Partido, y por tanto el superestado que ha concebido, sea derrotado por una fuerza mucho mayor que él: los proles, las masas de gente que un día tomarán conciencia de su situación y comenzarán la revolución. O’Brien lo niega: “no lo harán”. Como dice Horkheimer, esto nunca ocurrirá pues en las sociedades capitalistas actuales se ha elevado al obrero a la categoría de consumidor, se le ha dotado de capacidad adquisitiva, se le ha permitido participar en el juego capitalista, anulando sus ansias revolucionarias. Se los ha arrancado así del nada-que-perder y se los ha depositado sutilmente en la cautela, en el sindicalismo moderado y pacífico, en el miedo. La revolución no es, entonces (y como asegura Horkheimer), sino un acto terrorista. En 1984, para conseguir ese estado de miedo basta con mantener a los proles alertas por la Guerra y solo preocupados por su supervivencia inmediata, alejándolos de planteamientos revolucionarios.

“La dificultad estribaba en conseguir que los engranajes de la industria siguieran funcionando sin aumentar la riqueza real del mundo. Debían producirse mercancías sin llegar a distribuirlas. […] El acto esencial de la guerra es la destrucción, no necesariamente de vidas humanas, sino de los productos del trabajo de la gente. La guerra es un modo de hacer pedazos, lanzar a la estratosfera o hundir en las profundidades del mar materiales que podrían usarse para mejorar el nivel de vida de las masas y, a largo plazo, volverlas más inteligentes. […] Un esfuerzo bélico se planifica siempre para que consuma cualquier exceso de producción.”

Este es un extracto del “libro prohibido” del primer (y único) opositor al régimen del Hermano Mayor: Goldstein, que fue ejecutado por traición. Como bien dice, los excedentes de producción del capitalismo suponen, como dice Marx, algo que el capitalista debe eliminar si no quiere que descienda su cuota de ganancia y aumente la riqueza general, lo que conllevaría a largo plazo una progresiva desaparición de las desigualdades y a la destrucción de la jerarquía económica. La solución es la destrucción de las mercancías o la limitación y el control de las industrias de ciertos países por parte del propio mercado, de forma que se puedan regular la oferta y la demanda y mantener unos precios que retribuyan riqueza únicamente al empresario. En 1984, esto genera una situación de escasez que, unida a la guerra, hace parecer razonable que una casta privilegiada controle el poder.

Vemos cómo Orwell va un paso más allá en su cruda crítica al sistema estalinista, asegurando que la Revolución rusa solo cambió una clase dominante por otra.

“El objetivo de la clase alta es permanecer donde está. La clase media pretende quitarle su sitio a la clase alta. El objetivo de la clase baja, cuando lo tiene, es abolir todas las diferencias y crear una sociedad donde todas las personas sean iguales. Así, a lo largo de la historia, se ha repetido una y otra vez una lucha a grandes rasgos idéntica. Durante largos períodos de tiempo la clase alta permanece en el poder, pero antes o después […] la desplaza la clase media, que se atrae a su bando a la clase baja fingiendo luchar por la libertad y la justicia. Nada más lograr su objetivo, la clase media devuelve a la baja a su situación de servidumbre y se convierte en clase alta”

Este es otro extracto del libro del opositor político Goldstein (un personaje de grandes resonancias trotskistas: se opuso al Hermano Mayor –Stalin- y fue ejecutado por traición, al tiempo que su vida y obra se eliminaba de todas las imágenes y archivos y quedaba reducida a calumnias que el Ministerio de la Verdad le atribuía). Pensemos por ejemplo en la Revolución democrático-burguesa que amenazó con destruir los seculares privilegios de las clases altas de toda Europa en 1848, que finalmente triunfó y aniquiló el absolutismo en gran parte del continente. La burguesía alcanzó así el poder político, dominando ya el económico, pero devolvió a las clases bajas a su estado de servilismo. La posterior revolución proletaria de 1871 de la Comuna de París, que pretendía el paso de la “democracia burguesa” a la “democracia obrera”, sin embargo, fracasó.

Por otra parte, el gobierno del Partido está cargado de resonancias platónicas: recordemos que, para Platón, la ciudad ideal es la ciudad virtuosa (en este sentido el término “Estado” es perfectamente intercambiable: en la Grecia clásica las ciudades-estado eran el modelo político dominante). Pero el concepto platónico de virtud tiene una raíz pitagórica; la virtud consiste en prescindir del cuerpo y los instintos carnales, como recoge el filósofo griego en el Fedro y el Fedón. Los miembros del partido son educados en el rechazo del sexo (instinto humano por excelencia); incluso se ha formado una plataforma de jóvenes y futuras generaciones conocida como “Liga Juvenil Antisexo”. La castidad, entendida completamente fuera del contexto de la religión (que en 1984, obviamente, aparece como algo prohibido e ilegal), y la abstención son cualidades “muy dignas” de los miembros del Partido.

El personaje de Julia, por su parte, representa la crítica de Nietzsche a la moral platónica y cristiana: ella se acuesta sistemáticamente con miembros del Partido, su acto de rebeldía consiste en una afirmación de los instintos, de la vida. El acto sexual entre Julia y Winston no es sino una rebelión, una victoria contra el Partido, “un acto político”.
Cabe señalar que Orwell, a pesar de la prontitud de su publicación (en 1949) dio en el clavo con lo que el sistema soviético estalinista terminaría por ser: un totalitarismo de carácter incontestable. El propio Orwell pudo asistir a la persecución ideológica por parte de Stalin a sus opositores cuando, combatiendo en las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española, se alistó en las filas del POUM y conoció de primera mano el encarcelamiento y ejecución de sus dirigentes, como Andreu Nin.

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