Diario de lecturas

Noam Chomsky: La (des)educación (2000)

Chomsky, La (Des)educacion

Noam Chomsky: La (des)educación. Donaldo Macedo (ed. e int.), Gonzalo Djembé (tr.). Barcelona: Crítica (Austral), 2014.

Este libro es  una recopilación a cargo de Donaldo Macedo de entrevistas y artículos de Noam Chomsky. Todos los textos tratan de forma más o menos directa el papel de la educación dentro de las democracias de mercado. La (des)educación Incluye los siguientes capítulos:

  1. Educar para la libertad. Un diálogo con Donaldo Macedo.
  2. Democracia y educación.
  3. El arte de la “maquinación histórica”.
  4. La democracia de mercado en el sistema neoliberal: realidad y doctrina.
  5. La pedagogía de las mentiras. Un debate con John Silber.

Las tesis de Chomsky están expresadas con toda claridad en el primero: “Educar para la libertad”. La escuela, afirma desde el inicio, desempeña una función de control y adiestramiento, de modo que los “individuos libres” dentro de la sociedad de consumo asimilen que las críticas al sistema neoliberal no son más que disparates del pasado y origen de totalitarismos, al tiempo que se les acostumbra a no cuestionar la versión oficial de la historia y la actualidad. En la “sociedad del conocimiento” se confunden verdad y propaganda de un modo tan intrincado que el “ciudadano” termina convertido, en último término, en mero autómata espectador-consumidor.

Uno de los síntomas más evidentes de que la escuela funciona como mecanismo de coerción es la insistencia con que se machaca a los estudiantes con principios democráticos teóricos y lo poco que se aplican esos principios en la práctica, en la acción cotidiana. Cualquiera que esté mínimamente familiarizado con el funcionamiento de un centro educativo en la actualidad no puede sino confirmar las observaciones del autor. En las modernas democracias de mercado las elecciones generales padecen la misma problemática: las masas son convocadas cada cuatro años para elegir representantes pero luego se les prohíbe intervenir en ningún aspecto de la política económica o exterior del país.

En nuestra democracia, cada cierto tiempo los miembros del «rebaño» tienen la posibilidad de participar en la aprobación de uno u otro líder, mediante un proceso conocido como «elecciones». Una vez han aprobado a este o a aquel miembro de la clase especializada, deben retirarse y convertirse de nuevo en espectadores. Cuando el «rebaño desconcertado» intenta ampliar su papel como mero espectador, cuando la gente intenta participar en la acción democrática, la clase especializada reacciona en contra de lo que se pasa a denominar una «crisis de la democracia». (p. 30)

Hablando en términos marxistas, pero que pueden encontrarse también en pensadores ajenos a Marx como John Dewey, la escuela fue diseñada para que los estudiantes comprendan la necesidad de apoyar la ideología que favorece los intereses de la oligarquía. Esta, consciente de que no puede aplicar los mecanismos habituales del totalitarismo como la represión y la censura, utiliza un complejo aparato de propaganda destinado a deformar y suprimir aquellas ideas que puedan resultar incómodas a las estructuras de poder.

Las páginas de La (des)educación están llenas de ejemplos que ilustran cómo la desinformación es el principal objetivo de la escuela. Por ejemplo, la idea de que la lucha de clases es cosa del pasado o la propaganda favorable a las “intervenciones humanitarias” en Kosovo e Irak. Sin embargo, la intención de Chomsky no es, aunque a veces lo parezca, reescribir la Historia desde la “objetividad” sino confiar en el deseo y la capacidad innatas del ser humano para abrirse paso por sí mismo hasta la verdad. Son evidentes las resonancias platónicas e ilustradas de su discurso pedagógico.

En el caso de la enseñanza, se trata de los estudiantes; no hay que verlos como un simple auditorio, sino como elemento integrante de una comunidad con preocupaciones compartidas, en la que uno espera poder participar constructivamente. Es decir, no debemos hablar a, sino hablar con. Eso es ya instintivo en los buenos maestros, y debería serlo en cualquier escritor o intelectual. Los estudiantes no aprenden por una mera trasferencia de conocimientos, que se engulla con el aprendizaje memorístico y después se vomite. El aprendizaje verdadero, en efecto, tiene que ver con descubrir la verdad, no con la imposición de una verdad oficial; esta última opción no conduce al desarrollo de un pensamiento crítico e independiente. La obligación de cualquier maestro es ayudar a sus estudiantes a descubrir la verdad por sí mismos, sin eliminar, por tanto, la información y las ideas que puedan resultar embarazosas para los más ricos y poderosos: los que crean, diseñan e imponen la política escolar.  (p. 28-29)

A la oligarquía dominante le conviene que la mayoría piense que no está capacitada para buscar la verdad por sí misma o tomar decisiones políticas complejas. La televisión es, en este aspecto, un instrumento esencial, pues sirve para explotar económicamente las “necesidades emocionales de los espectadores” y mantenerlos “desconectados de las necesidades de los demás”.  El espacio público, la asamblea, es sustituida por el centro comercial, el templo sagrado de las sociedades de consumo. En general, Chomsky actualiza y critica los mitos fundacionales del fascismo que podemos encontrar en las metáforas de la nave y de la bestia en el libro VI de la República de Platón.

Es fácil conectar a nivel sentimental con el discurso de Chomsky. Sin embargo, a pesar de la solidez de sus argumentos y la fiabilidad de sus fuentes, hay en su pensamiento un optimismo teórico que no comparto. Este optimismo se apoya en ideas propias de la Modernidad y la Ilustración como “verdad”, “objetividad”, “naturaleza humana”, “anarquismo libertario” o “pueblo” en las que a estas alturas es difícil confiar.

Pero si pienso en mi práctica docente cotidiana descubro una cierta influencia de Kant. Cuando entro en el aula actúo como si hubiese en todos y cada uno de los alumnos una tendencia hacia el saber y la verdad, como si el arte filosófico de preguntar y razonar pudiera ofrecerles una alternativa más próxima a la verdad que las historias con que los bombardean en la prensa, las redes sociales, la escuela y los mass media. Sin embargo, a esa determinación práctica le acompaña siempre la sombra del escepticismo, la desconfianza y el pesimismo teórico. En mi caso, es la urgencia diaria del enseñar la que impide que la “duda postmoderna” convierta al pensamiento de Chomsky en una antigüalla inservible.

4 replies »

  1. Otro artículo para enmarcar.
    Cuando miro hacia atrás e intento recordar aquello que aprendí de memoria para los exámenes, descubro que de eso queda muy poco en mí. Sin embargo, recuerdo con nitidez cosas que descubrí o repasé escuchándote en clase. Recuerdo detalles incluso de la EGB, alguna maestra que se molestó en querer ayudarme o que vio en mí algo que nadie se preocupa en ver (hablo de mí, pero en realidad somos todos, a cada uno nos ocurre algo parecido). Hay profesores que nos dan cuerda y luego ya seguimos nosotros andando…
    Bueno, espero que no haya tanto calor por ahí como por aquí.
    😉

    • Hola ente,

      me hubiese gustado extenderme más en los ejemplos de “desinformación” que da Chomsky. Es ahí donde se ve su estilo de pensamiento: riguroso, contenido, fiel a los hechos… Pero a estas alturas del curso…

      Entre profes y alumnos nos damos cuerda mutuamente. El día que entre en clase sin ese “como si” en todos los alumnos existiera esa tendencia a la verdad me da un ataque de pánico.

      Aquí el calor es tan hostil como el frío pero todo es adaptarse, aclimatarse. 🙂

      Un abrazo.

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