Diario de lecturas

Gilles Lipovetsky y Jean Serroy: La pantalla global (2007)

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Gilles Lipovetsky y Jean Serroy: La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna. Antonio-Prometeo Moya (tr.) Barcelona: Anagrama, 2009.

Lipovetsky es un filósofo posmoderno con el que apetece entrar en discusión. La Teoría Crítica o el Situacionismo tienen un discurso demasiado pesimista y previsible. Sus profecías conspiranoicas sobre los peligros del uso maquiavélico de las nuevas tecnologías para manipular políticamente al individuo o banalizar cualquier tipo de manifestación artística tienen parte de razón, pero creo que es fundamental escuchar también el punto de vista contrario. Lipovetsky es, a estos efectos, el pensador ideal, por su celebración impertérrita de lo que llama segunda modernidad o era hipermoderna, es decir, lo que todo el mundo llama postmodernidad.

La pantalla global es un libro dedicado a analizar las metamorfosis que han sacudido el cine en las últimas décadas. Donde todos ven la muerte del arte, del cinedel libro, Lipovetsky nos sorprende con una apología inesperada de estos nuevos tiempos.

Este post tendrá la forma de un diálogo desenfado entre Lipovetsky (G. L.)  y yo (E. S.). Para más claridad sus textos van sangrados con letra de color azul y mis respuestas en negro.

G. L.Un hecho es innegable: la era triunfal del cine se acabó hace mucho. Estamos en la época de la multiplicación de las pantallas, en un mundo pantalla en el que el cine no es más que una entre otras. Pero el ocaso de su centralidad «institucional» no equivale en absoluto al ocaso de su influencia «cultural.» Todo lo contrario. (…) El cine se ha convertido en educador de una mirada global que llega a las esferas más diversas de la vida contemporánea. (…) Nada es más vulgar que oponer cine y publicidad. Así, podríamos definir la hiperpublicidad por la introducción de las lógicas del cine hipermoderno en el orden de la comunicación comercial.

E. S.: De acuerdo. Nada que objetar. El ritual de ver cine en la gran pantalla ha muerto y no volverá por mucha nostalgia que le echemos al asunto. Es tiempo de la multiplicación de pantallas: el ordenador, el smartphone, las tablets, las consolas, los televisores de plasma… Sin embargo, el cine no ha desaparecido sino que su fuerza creativa se ha introducido en lugares de donde parecía excluida. Por ejemplo, las series de televisión, la publicidad o los vídeojuegos. El éxito mundial de Juego de tronos, cuya tercera temporada logró un récord absoluto de descargas en internet, las aportaciones de David Lynch al mundo publicitario o la calidad superlativa de algunos videojuegos son buenos ejemplos. El cine ha transubstanciado esos otros medios para continuar siendo el “educador” de nuestra mirada sobre el mundo.

G. L.: ...la modernidad del cine no pasa por el radicalismo vanguardista, porque el cine no puede hacer tabla rasa de nada, a causa de su absoluta novedad. (…) Hay una revolución moderna del cine que no tiene nada que ver con las vanguardias: es la que ha producido un arte radicalmente nuevo, totalmente democrático y comercial, un arte de consumo de masas. (…) Un arte de esencia democrática, cosmopolita, con vocación casi planetariaVariantes perpetuas en la producción fílmica, dimensión fascinante de las estrellas, inmediatez y facilidad de los placeres del espectáculo de distracción: son muchos los aspectos que relacionan estructuralmente la modernidad del cine y el orden frivolo de la moda.

E. S.: Otra vez de acuerdo, la diferencia entre las vanguardias y el cine es que las primeras rompen bruscamente con la Modernidad y, por desgracia, con el público. El cine, por el contrario, nace como un arte de masas sin complejos siguiendo la lógica de la moda y la obsesión por lo nuevo.

G. L.: Estamos en los tiempos de la democratización, la legitimación, la proliferación del sexo duro. No hablamos del cine «sucio» a la antigua, avergonzado, furtivo y destinado a una minoría, sino de un género nuevo, con actores profesionales conocidos y reconocidos (los «sementales» y las «cachondas») y dirigido a un público de masas: la industria del porno estadounidense produce unas 10.000 películas al año con un beneficio mayor que la producción hollywoodense. Y no ya las X, sino las XXX hiperrealistas e hipertróficas que presentan las prácticas más extremas, como los gangbangs y otras multipenetraciones en primer plano. Después de la «parte maldita», cara a Bataille, la parte del teleobjetivo libidinal. No ya la transgresión, sino la exacerbación pura e ilimitada de los órganos y de las combinaciones eróticas. Exclusión radical del sentido, de la afectividad, de lo relacional: sólo queda lo híper. A este respecto, el porno se presenta como una ilustración particularmente representativa de la época del hipercine que se abandona al maximalismo, al enseñarlo y verlo todo, como corresponde a la escalada posmoralista de la supereficacia y el sexo en abundancia.

E. S.: No hay problema: dos fenómenos aparentemente marginales como el porno y la moda son los pilares de esta segunda modernidad o modernidad al cuadrado. Si queremos comprender esta época hipermoderna la evolución del porno en las últimas décadas es la metáfora perfecta: el exceso, la violencia, la novedad cada vez más bizarra, la viralidad… Es evidente que el cine de Tarantino es obsceno en muchos sentidos.

G. L.Se pasa entonces, por hablar como Deleuze, de la imagen-movimiento a la imagen-tiempo: «Es un cine de videntes, ya no es un cine de acción» lo que surge. (…) El cine, con el mismo derecho que la sociedad global, ha entrado ya en un nuevo ciclo de modernidad, una segunda modernidad que aquí llamamos hipermoderna. El espectador de cine quería soñar; el hiperconsumidor del nuevo mundo quiere sentir, ser sorprendido, «flipar», experimentar sacudidas en cascada. A la taxonomía de Deleuze hay que añadir una categoría tan crucial como necesaria: la imagen-exceso.

E. S.: Me parece conveniente la taxonomía de la imagen de Deleuze para hablar de la evolución del cine a lo largo de su historia. Primero, la imagen-movimiento, clásica del cine mudo, Chaplin por ejemplo; luego, la imagen-tiempo, propia del cine culto, de autor o vanguardista, donde el espectador se coloca ante la pantalla como si fuese la obra de arte en el museo: Godard, Rivette, Fellini, Visconti, Tarkovsky…  Por último, estoy de acuerdo en que al cine de estos últimos años le corresponde la imagen-exceso, típica de la era hipermoderna, donde el espectador es un hiperconsumidor y busca la velocidad, la sucesión intensa de emociones, efectos especiales, mundos virtuales, la novedad del 3-D. Es el mundo de Matrix. Algunos, con nostalgia, objetarán que la proliferación de la imagen-exceso coincide con la muerte del cine, que Michael Bay y sus Transformers no son cine, que el arte cine no se ha vuelto viral sino que está muerto y bien enterrado. A esto se puede responder que el gran público lo mismo bate récords con su asistencia a la reciente exposición de Dalí en el Prado que premia en taquilla el cine espectáculo de J. J. Abrams o Tarantino. Hay múltiples tipos de consumidores e infinitos productos donde elegir. El consumidor no es un sujeto pasivo sino activo, consciente de su elección exige variedad y renovación en las mercancías. En el imperio de la moda todas valen igual. Es el discurso que intenta separar arte verdadero de arte de masas el que ha muerto.

G. L.: Hiperindividualismo no quiere decir confinamiento en el espacio doméstico, sino sociabilidad selecta y autoconstrucción del espacio-tiempo personal relacionado con el cine.

E. S.: Lo siento, esta afirmación me parece excesiva. Suena más a agencia publicitaria que a razonamiento filosófico. La homogeneización de la mirada es un hecho: la adicción a la velocidad y la rapidez alejan al espectador de Lynch o Cronenberg, también directores hiperbólicos, excesivos y amantes de la violencia lo mismo que lo apartan de un libro en favor de Twitter. Esto es un hecho y un problema muy grave. El adiestramiento de la mirada suprime la capacidad para disfrutar cierto tipo de productos.

G. L. Esta generalización del proceso de cinematización ha dado lugar a un torrente de críticas que denuncian el control de las conductas, el empobrecimiento de la vida, el hundimiento de la razón, la pérdida de contacto con la realidad, el formateo de la cultura. (…) Pero ¿es lícito condenar la estandarización de las mentes y los modos de vida, y el empobrecimiento del mundo estético e imaginario, basándonos en esto? No está tan claro. La verdad es que la difusión generalizada del estilo-cine suele ser inseparable de una tendencia a elevar las exigencias estéticas de la mayoría. No estamos tanto en la época de la proletarización del consumidor y de la destrucción de la vida personal como en la época de la artistificación general de los gustos y los modos de vida. Cinevida, cinemanía, cinevisión no quiere decir inmersión total en el mundo de las imágenes. Si aumenta la influencia de éstas, también crece la capacidad individual de reflexionar y guardar distancias respecto del mundo y la cultura, tal como se presentan ambos. Lo que ha traído el universo de la pantalla al individuo hipermoderno no es tanto el reino de la alienación total, como se afirma con demasiada frecuencia, cuanto una capacidad nueva para crearse un espacio propio de crítica, de distancia irónica, de opinión y deseos estéticos. La singularización ha ganado más terreno que el aborregamiento. 

E. S.: Insistes mucho en este tema. Es importante y el eslabón más débil del libro. Supongamos que existe ese sujeto donde se da una “artistificación” de los gustos y no alienación o aborregamiento. Ese tipo o sujeto tendría su origen en algo que no has querido mencionar en todo el libro: el p2p. Pero en el p2p no hay consumo ni propiedad privada sino que se comparte libremente. La condición necesaria para el advenimiento de ese sujeto del que hablas es justamente algo que no quieres mencionar: la socialización de la cultura. La fobia que tienes a los grandes relatos es una obsesión posmoderna que te impide ver este hecho esencial.

G. L.: ¿qué es el cine? Pregunta tanto más actual por cuanto aparece en una época caracterizada por la multiplicación de los disentimientos -aborto, droga, fecundación in vitro, matrimonio gay, homopaternidad, laicismo, velo islámico, eutanasia- y la disolución de las normas sociales que contextualizaban la primera modernidad. Con la galopante individuación que redunda en la caída de la antigua fuerza de cohesión de las instituciones colectivas, la hipermodernidad aparece como una época de pluralización de modelos, de búsqueda identitaria y de autorreflexión generalizada. Es este proceso lo que refracta el cine, anunciando el fin de la inocencia del primer nivel y abriendo el camino a enfoques más distantes. (…) El cine ya no es sólo una industria del sueño: a través de él se conjuga algo que lo desborda, que llega a las profundidades del individuo, a sus raíces, a su identidad étnica o religiosa. Todo invita a creer que este proceso continuará: faltan por visitar muchas zonas sombrías de la historia y son muchos los recuerdos desaparecidos u ofendidos. En un mundo globalizado se buscan todas las identidades.

E. S.: Otro argumento débil. Según dices, el fracaso de los metarrelatos, de las grandes utopías (marxismo, fascismo) provocan el retiro del individuo hacia la esfera privada o cotidiana y el cine con sus historias mínimas y diversas refleja esta demanda. Pero aquí ocurre lo mismo que arriba. El p2p, la condición para ese nuevo sujeto consumidor que “artistifica” su gusto y no se deja manipular, huele a materialismo histórico a kilómetros de distancia. La búsqueda de identidades individuales, las luchas de las minorías por hacerse un hueco en el espectro social (feminismo, gays, etnias y cultos religiosos diversos) es uno de los aspectos esperanzadores de nuestras democracias pero también su talón de Aquiles. Tras la lucha de las minorías existe un problema universal que es el que impone un sistema capitalista que reparte la riqueza de un modo injusto y se sostiene en la explotación del hombre por el hombre. Si descartamos hablar de este problema convertimos la política en folklore. Esta es más o menos la argumentación de Žižek y, al menos, hay que tenerla en cuenta.

G. L.: El individualismo hipermoderno no es sólo consumista: quiere reconquistar espacios de autonomía personal, construirse apropiándose del exterior, poner en imágenes y en escena el mundo, un poco a la manera de un reportero, un fotógrafo, un cineasta. Filmo, luego existo.

E. S.: Otro eslogan publicitario. Las redes sociales en manos del adolescente consumidor sólo producen un narcisismo vacío. Insistes una y otra vez en el carácter activo del sujeto consumidor y lo llevas incluso al terreno de la política hablando de una teledemocracia donde podríamos juzgar a los gobernantes en todo momento. Pero ese invento está condenado al fracaso. Tenemos las herramientas pero estas no implican necesariamente un aumento de libertad. Facebook y Twitter no fueron los detonantes de la primavera árabe, por ejemplo, sino el odio del mundo islámico a la política neocolonial que Occidente lleva practicando durante décadas en zonas estratégicas en lo que al petróleo se refiere.

G. L. :  Jean-Luc Godard, en una famosa intervención en la ceremonia -televisada- de los César,  definió la imagen cinematográfica con una imagen de impacto: en un cine, el espectador levanta los ojos para ver la pantalla; cuando ve la televisión, los baja… (…) el espectáculo es «que en el imperio de la pasividad moderna no se pone el sol», según decía Debord. (…) La tesis del «confinamiento interactivo general», tal como lo describe, por ejemplo, Paul Virilio.

E. S.: Citas como antagonistas a Godard, Debord y Virilio. Para los tres es la pasividad del espectador televisivo la que ha fagocitado al cine. Las redes sociales no unen a los individuos sino que los confinan en su espacio privado. Me parece que tienen argumentos más fuertes que tú pero estoy de acuerdo en que su nihilismo y desesperanza provoca que, en cierto modo, se autorrefuten. 

G. L. La pantalla hipermoderna no dará rienda suelta a todas sus potencias sino en compañía del insuperable ejemplo de los maestros y guías de sentido que nos presenta la cultura del libro y de las humanidades clásicas. La telepresencia de las pantallas pide el compromiso y la presencia muy real de padres y docentes. Hay que promover no sólo la pantalla informativa y convivencial, sino también la pantalla asistida. El peligro es muy real: muchos informes señalan el retroceso de la lectura entre los jóvenes, los adolescentes, los estudiantes y los ejecutivos, así como una reducción de los que se consideran «grandes lectores», desafección que viene con una pérdida de prestigio del libro y una reducción de la tirada media en muchos dominios. Las perspectivas que podemos trazar razonablemente son, pese a todo, más moderadas sin duda que las que invitan a imaginar los juicios apocalípticos. El libro tiene valores que la pantalla no podría disputarle: la comodidad de lectura, la manejabilidad, el placer táctil y visual que ofrece, todo lo que en conjunto hace del libro uno de los inventos más perfectos que haya concebido la inteligencia humana. Aunque diferenciemos, para esquematizar, tres ejes en el dominio del libro (libro-saber, libro-placer, libro-práctico), el sector práctico (enciclopedias, bibliografías, manuales) será el más afectado por la informatización y, a riesgo de desaparecer en beneficio propio, el que se juegue todo su porvenir en la pantalla, lo cual sin duda desequilibrará el mercado global de la edición. Pero en lo que se refiere a los otros dos sectores y sobre todo al libro como vehículo de pensamiento, de cultura, de placer, de conocimiento, mantendrá todavía durante mucho tiempo su irreemplazable puesto.

E. S.: La proliferación de pantallas no es un elemento liberador si no va acompañada de una guía humanística o “pantalla asistida”. Esta es la tontería más alarmante de tu discurso. Es discutible que las redes sociales hagan que disminuya el número de lectores. Supongamos, como dices, que es un peligro real. En este caso la culpa no es de las nuevas tecnologías sino del retraso de las humanidades que han perdido el paso hace ya tiempo. A continuación le restas importancia al fenómeno porque confías en la supervivencia del libro-papel por su “placer táctil y visual”. Error grave que puede disculparse porque La pantalla global se publicó hace seis años. El libro electrónico (la mezcla abigarrada de texto, imágenes, música, vídeo) reemplazará al libro-papel. Es cuestión de tiempo. La cultura humanística se ha quedado atrás y no es necesaria ni irreemplazable. Necesita una revolución estética o desaparecerá.

14 replies »

  1. Hola.
    El diálogo es bueno y ayuda. Tengo la vista cansada, pero he ahorrado para un lector de tinta electrónica con conexión a la Red. Puedo leer usando el nuevo formato que traen estos tiempos (que hoy son modernos). El crítico está dentro de uno mismo desde que nace. El aborregamiento consiste en matar al crítico. Los excesos son malos. Una película reciente para pensar en ello: This is the end (2013), aquí la titularon: Juerga hasta el fin. El joven, al crecer, depende de drogas que le ayudan a soportar el cambio natural, la hilera de muertos de su yo. El niño moderno, con padres de clase media o alta, tiene una niñez de Rey Midas, el materialismo por encima de un abrazo. Contrarresta en su juventud todas estas carencias con excesos: drogas, bebidas, adicción a la realidad virtual de los videojuegos. Incluso sin tener el problema afectivo, el cambio, la muerte del niño que era, del adolescente que era, etc., desemboca en un exceso como puede ser adicción al sexo o al móvil. La naturaleza es cruel y nos hará pasar por el sufrimiento hagamos lo que hagamos. El sufrimiento parece el único camino, a pesar de todo. ¿Cómo soportar el sufrimiento? Puede que con un amigo, con un perro, con un paseo de varias horas…
    El cine no es más que el cuento de un hombre de las cavernas en su versión del siglo XX, seguirá estando en nuevas versiones de ese cuento, como bien dices, en los últimos formatos.
    Saludos. Muy buen artículo.

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  2. Cuando no me entran las letras por tener la cabeza saturada de ideas, palabras, angustias…, acudir a Bach me ayuda, es cierto. Hay salidas.
    Últimamente me he dado cuenta que los muchachos comentan las introducciones de los grandes videojuegos; son como secuencias de una película, pero en un entorno interactivo. Siguen el lenguaje cinematográfico. Recuerdo que Pac-man (1980) ya me animaba a diseñar “sprites” para el MSX, ¿recuerdas los “sprites”? En un cuaderno a cuadros podías hacerlos antes de pasarlos a código binario; con 13 años hice algunos para un juego de “V: Los visitantes”. Qué mal programador era y sigo siendo. Nunca pillé el “código máquina”. Los videojuegos entonces me parecían una forma de continuar contando historias.
    Gracias.

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    • Los videojuegos son relativamente nuevos comparados con el cine. Igual que este irán ganando en complejidad, en guiños a otras artes y a su propio pasado. De todos modos, no soy un experto. El blog de Alejandro Lozano es mucho más interesante al respecto que lo que yo pueda decir.

      No recuerdo los sprites, sino el ZX Spectrum con memoria RAM de 32 kb. Programaba los juegos de naves que disparan contra alienígenas. Tampoco se me daba muy bien pero era divertido.

      Decía Rafael Reig que decidió ser escritor cuando leyendo las aventuras de los cinco se dio cuenta de que lo que él quería era ser el amo de la historia y no simplemente lector.

      Saludos.

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      • El Spectrum era el más vendido. Un profesor mío lo tenía y nos animaba a programar. Qué tiempos aquellos, en el quiosco había revistas como Micromanía, con programas para teclear uno mismo en el micro-ordenador. Se iban las tardes en eso y en aprender el BASIC. La cosa era más creativa que ahora. Me gustaba mucho esa época, era fantástica.
        Saludos.

        PD. El creador del Spectrum se arruinó con el proyecto de una moto futurista.

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  3. Perdonadme por alargarme en mis comentarios, pero se me quedó algo en el tintero: el novelista, el programador de videojuegos, el director de cine…, de alguna manera quieren crear un mundo y poder controlarlo.
    Eugenio, siento quitarte tiempo, pero el tema es apasionante.
    Saludos.

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  4. Hola a ambos.

    Antes que nada mencionar, que este artículo me refuerza personalmente la idea de que la filosofía está en todo, y no mucho menos en las nuevas tecnologías, aunque parezca para muchos un concepto y una temática antigua de por sí.

    De acuerdo con Eugenio en que Twitter y Facebook son herramientas a nuestro alcance que no somos capaces de utilizar, no entiendo a qué te refieres con el retraso de las humanidades, supongo que lo Lipovetsky defiende en ocasiones es un ejemplo de ese retraso, (si no lo he entendido mal), un filósofo que defienda el papel y abogue por un fracaso del libro electrónico se presenta muy bien como tal.

    La reducción de lectores a causa de las redes sociales pienso que se debe meramente a un tema de vagueza humana. Al final y al cabo las redes sociales las puedes configurar para que te informen de lo que quieres que te informen. Aunque sí estimula al menos a mi parecer el subconciente revolucionario, y este revolucionario lo entienda cada uno como quiera.

    Saludos.

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    • Hola Alberto, muchas gracias por tu opinión pero el libro de Lipovetsky me parece muy conservador. En un arranque kantiano le da por decir que la cultura de las pantallas está vacía si carece de la asistencia de las Humanidades. Además, profetiza la supervivencia del libro-papel.

      Mi opinión es justo la contraria: son las humanidades las que tienen que aprender del nuevo orden que imponen las pantallas y que el libro papel desaparecerá.

      Intentaré extenderme más sobre este punto.

      Saludos.
      Eugenio.

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  5. Pingback: La pantalla global

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