Diario de lecturas

Camille Paglia: Sexual Personae (I)

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Camille Paglia: Sexual Personae. Arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson. Pilar Vázquez Álvarez (tr.) Madrid: Valdemar, 2006.

Apuntes del primer capítulo de Sexual Personae, la obra fundamental de Camille Paglia.

Sexo y violencia, o naturaleza y arte

– La búsqueda de la belleza, de la forma, de lo apolíneo, significa en la civilización occidental una huida de lo telúrico, lo ctónico, lo dionisiaco, es decir, de la Naturaleza. Frente a una Naturaleza idealizada, típica de humanistas del estilo de Rousseau, Paglia defiende una visión demónica de la misma, en la estela de Nietzsche o Sade. La vida instintiva no es un edén como supuso Rousseau. El conflicto y la jerarquía son consustanciales a la Naturaleza. No existen las “relaciones sexuales placenteras, desproblematizadas, sin complicaciones…” El Romanticismo, la vuelta a la Naturaleza, siempre termina en sado-masoquismo.

– En la tragedia griega se resume el movimiento mil veces repetido de la cultura occidental. Edipo intenta escapar por todos los medios de la Naturaleza pero la acción lo devuelve al útero-tumba del que pretendía escapar. La tragedia es el desesperado intento masculino por huir de la fatalidad de la nuestro origen.

– El carácter despiadado de la Madre Naturaleza puede percibirse claramente en la diosa Kali de la cultura budista. Símbolo de fertilidad y, al mismo tiempo, rodeada de calaveras. Al tiempo que da la vida, puede borrar del mapa a miles de individuos con un simple monzón.

– La última de las sociedades occidentales que adoró al principio femenino, dionisiaco, fue la Creta minoica. Fue aplastada por la cultura guerrera micénica descrita por Homero. Micénicos y dóricos se unieron para formar la Atenas apolínea que marca el inicio de la nuestra civilización.

– La visión occidental de la historia como progreso lineal en el tiempo es una formulación masculina. La percepción cíclica del tiempo es típicamente femenina. La historia es un invento masculino, un “apogeo fálico“, para liberarse de las cadenas de la Naturaleza.

– La igualdad que persigue la mujer es siempre una autonomía a costa de su propio cuerpo. Cuanto mayor sea la cota de igualdad más feroz será la lucha contra su cuerpo, contra la Naturaleza. Esta se expresa de forma palmaria en el aparato reproductor femenino. Cada mes la menstruación recuerda a la mujer la materia viscosa de la que provenimos y a la que nos encaminamos. Como individuos, sentimos una repulsión evolutiva hacia ese origen informe. Sentimos pánico ante esa herida sangrienta, esa “raja“. Intentamos superarlo mediante los eufemismos del amor y la belleza pero en el hombre vulgar se manifiesta la verdad: la naturaleza y el sexo son soeces, procaces.

– El arquetipo de la femme fatale es una especie de formación reactiva. A medida que nos apartamos de la Naturaleza resurge el arquetipo de la mujer fatal como una especie de mala conciencia o retorno de lo reprimido. Paglia entiende el sentido estético como una “forma de huir de las fuerzas ctónicas”, “análogo al paso de los cultos terrenales a los cultos celestes”. Cuando decimos que la Naturaleza es bella hemos seleccionado y realzado lo que queremos ver. La femme fatale, bella y distante, también es una idealización. En realidad, las hembras de las especies suelen ser más feas que los machos. “La belleza, un éxtasis visual, nos droga y nos permite actuar”.

– La venganza del hombre contra la Naturaleza, Medusa castradora, es la homosexualidad masculina, un intento valiente para liberarse de sus grilletes. No es extraño que nuestros grandes logros culturales siempre hayan ido acompañados por una alta incidencia de la homosexualidad masculina: “la Atenas clásica y la Florencia y el Londrés renacentistas”. La lascivia y la promiscuidad propias de la homosexualidad masculina son factores vigorizantes para la cultura. En las mujeres la promiscuidad es una mala idea. Incluso la mujer liberada o la lesbiana escucha el susurro de la Naturaleza: “mantén limpio el canal de nacimiento”. El homosexual artista es de hecho quien más se aparta de la madre castradora. Y, sin embargo, sus logros son insuficientes. La Mona Lisa representa bien esa soberbia e indiferente autonomía de la mujer.

– La función excretoria, común a hombres y mujeres, está presente en la comedia. Pero el arte no puede nada contra la menstruación y el parto. Esa fealdad gigantesca es imposible de transformar, de sublimar.

– El dominio masculino en el arte, la ciencia y la política es necesario. Al hombre le corresponde ir más allá de la Naturaleza: las matemáticas, la poesía o el amor a todas las cosas son un alejamiento de ese fondo ctónico que nos amedrenta. La explicación es también fisiológica:

La proyección masculina de erección y eyaculación es el paradigma de toda proyección y conceptualización cultural: desde el arte y la filosofía a la fantasía, la alucinación y la obsesión. Si las mujeres han tendido a conceptualizar menos históricamente no es porque los hombres se lo hayan impedido, sino porque no necesitan hacerlo para existir… Una erección es una idea… La concentración y la proyección quedan notablemente demostradas en la micción, una de las compartimentalizaciones de la anatomía masculina más eficaces. Freud cree que el hombre primitivo se vanagloriaba de su habilidad para apagar un fuego con un chorro de orina.” (p. 51-52)

– La historia se ha equivocado al suponer que el judeocristianismo venció al paganismo. Este ha resurgido con fuerza en la cultura de masas: el porno, el arte pop o la publicidad.

– El arma más eficaz contra el carácter demónico de la Naturaleza es el arte, que comenzó siendo uno con la religión. El arte es orden frente al caos, pero no siempre el orden es moral. El arte y la crueldad pueden ir de la mano.

El arte hace cosas. En la naturaleza, como ya he dicho, no hay objetos, sólo la agotadora erosión de las fuerzas naturales, salpicando, dilapidando, triturando, reduciendo toda materia a líquido, el espeso caldo primigenio del que asoman nuevas formas, boqueando, luchando por vivir. A Dioniso se le identificaba con los líquidos: la sangre, el esperma, la leche, el vino. Lo dionisíaco es la secreción, la fluidificación telúrica de la naturaleza. Apolo, por otro lado, da forma, moldea, diferenciando un ser de otro. Todos los artefactos son apolíneos. La confusión y la unión son dionisíacas; la separación y la individuación, apolíneas. El muchacho que deja a su madre para hacerse hombre enfrenta lo apolíneo a lo dionisíaco. El artista que se siente obligado para con su arte, que necesita crear palabras o imágenes como otros necesitan respirar, está utilizando lo apolíneo para vencer a la naturaleza ctónica. En el sexo … el hombre posee esa cosita que tiene que estar metiendo continuamente en la disolución dionisíaca: ¡peligroso asunto! (p. 66-68)

– El marxismo es una huida a un paraíso perdido. Sólo es viable en sociedades preindustriales. El impulso apolíneo es más acorde con el capitalismo, continuo productor de objetos.

– Uno de los peores reflejos del feminismo es criticar la sociedad patriarcal, pero es la sociedad patriarcal la que ha liberado a la mujer. “Si la civilización hubiera quedado en manos de las mujeres, seguiríamos viviendo en chozas” (p. 77)

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