Leyes

Platón: Las leyes, libro VIII

Symposium. Pared norte de la Tumba del Nadador. Paestum, 470 a. C.

Symposium. Pared norte de la Tumba del Nadador. Paestum, 470 a. C.

Los temas a tratar en el libro VIII de Las Leyes son tres: las festividades religiosas, la vida sexual de los ciudadanos y la organización económica de la ciudad. Es especialmente interesante el discurso del Ateniense sobre cómo regular por ley la vida sexual de hombres y mujeres. Platón se muestra aquí mucho más conservador e intolerante que en El Banquete, donde las confesiones íntimas de Alcibíades equilibran el discurso sagrado de Diótima.

De igual modo que el calendario cristiano reserva un día para cada santo, Platón propone que en cada uno de los 365 días del año se realicen sacrificios a alguno de los dioses para beneficiar no sólo a la ciudad sino también a los ciudadanos y sus posesiones. Habrá asimismo doce fiestas, una por mes, para celebrar a los dioses de cada una de las doce tribus. Habrá danzas corales, certámenes musicales y torneos de gimnasia. En el mes de Plutón se realizarán las fiestas en honor de los dioses infernales encabezados por Hades. El mes de Plutón es junio, el mes en el que la primavera pierde vigor. Es extremadamente importante que los guerreros de la ciudad tengan buena relación con el dios de los infiernos pues para cumplir su misión han de creer verdaderamente que “la unión de cuerpo y alma no es de ningún modo mejor que la separación”.

Del mismo modo que los seres humanos tienen una vida feliz si no cometen injusticias y no las padecen, lo mismo le ocurrirá a la ciudad en su conjunto. Sin embargo, aunque es relativamente fácil controlar el no cometerlas es imposible evitar el no padecerlas. Así que, sabiendo lo inevitable de la guerra, la ciudad, “si posee inteligencia”, saldrá de maniobras militares al menos una vez al mes. Sin importar tormentas ni calores, incluyendo a mujeres y niños, una vez al mes, la ciudad entera se ejercitará en el arte de la guerra. Las maniobras imitarán la guerra del modo más realista posible. Si alguien muriese en estos simulacros se absolverá al culpable pues “si mueren algunos hombres, crecerán nuevamente otros no peores…” Las causas de que estas maniobras totalmente necesarias para la seguridad de la ciudad no se celebren en las ciudades griegas son dos vicios de sus habitantes: uno, el amor a la riqueza que hace que los hombres sólo lleven algo a cabo si pueden obtener una recompensa económica, y, dos, la carencia de un verdadero orden político pues democracia, oligarquía y tiranía se parecen en que “ninguno gobierna voluntariamente a quienes voluntariamente aceptan su gobierno, sino que gobierna siempre arbitrariamente a quienes no aceptan su gobierno por medio de alguna forma de coacción.” (832c). En los certámenes atléticos, insiste Platón, sólo se deben practicar las disciplinas que sirvan a la guerra. Así, por ejemplo, no la carrera simple sino la carrera con armas que irá desde la pura velocidad a la maratón. Habrá tres niveles: niños, adultos y adolescentes. Las niñas correrán desnudas hasta la pubertad y las adolescentes podrán participar hasta su casamiento, no más allá de los veinte años. La lucha y la pelea también habrán de ejercitarse con armas: arcos, escudos livianos, jabalinas… y podrán ser de uno contra uno, dos contra dos o diez contra diez.

Llegados a este punto, el Ateniense se pregunta cómo controlar la lascivia de esta juventud bien alimentada y libre de trabajos excesivos. ¿De qué manera se pondrá limite al deseo sexual? Adultos persiguiendo niños y niñas, mujeres a hombres y hombres a mujeres, una pulsión inevitable de la que se derivan innumerables males para el individuo y la ciudad. Ni las costumbres de Creta ni las de Lacedemonia convencen al alter-ego de Platón, el Ateniense, pues ambas favorecen en exceso “las relaciones sexuales con jóvenes varones como si fueran mujeres.” Aun así, si este tipo de relaciones amorosas fuesen asumidas como bellas en la ciudad ¿cuándo consideraríamos que conducen a la virtud? ¿engendrarán valentía en el seducido y prudencia en el seductor? o, por el contrario, ¿será siempre criticable tanto el que cede a la tentación como el que se ofrece para imitar a la hembra? Dar una respuesta a estas preguntas requiere aclarar primero qué se entiende por amistad, deseo y amor. En este capítulo Platón va a mostrarse bastante menos festivo y tolerante que en el Banquete.

Hay dos tipos amistad: la que se da entre semejantes y la que se da entre contrarios. Cuando alguna de estas formas de amistad se vuelve intensa la llamamos amor. El amor entre contrarios es “terrible y salvaje”. Por ejemplo, el viejo lujurioso que ansía el cuerpo bello del adolescente. El amor entre semejantes es “tranquilo y mutuo”. Así, la relación entre almas puras y filosóficas. Existe un tercer tipo de amor que es mezcla de los anteriores. Un ejemplo: el amante que ansía llenarse con el fruto maduro de la belleza adolescente y, al mismo tiempo, tiene el cuerpo por secundario y desea ser uno con lo que hay de prudente, magnánimo y valiente en el alma del amado. Evidentemente, Platón desearía para su ciudad sólo el segundo tipo de amor, el amor entre semejantes que busca la excelencia en el joven, desterrando los otros dos. Ahora bien, ¿de qué modo imponerlo a los ciudadanos? La solución es sencilla: es evidente que la mayoría se abstiene del incesto siguiendo una ley no escrita, pero sagrada. Adornar una ley con el carácter sagrado de la religión garantiza su eficacia.

¿Cuál sería la norma sexual que Platón impondría a los ciudadanos con un carácter tan sagrado como el tabú del incesto? “…que tengan relaciones sexuales naturales con el fin de tener hijos, manteniéndose apartados, por un lado, de los varones, sin aniquilar intencionalmente la especie humana ni sembrar en rocas y piedras, donde su simiente nunca echará raíces ni se reproducirá, y separándose, por otro, de toda tierra femenina en la que no querrías que te creciera lo que has plantado” (839a) Por tanto, quedaría fuera de la nueva ciudad la locura erótica que inspiran infidelidades y jóvenes mancebos, y se tendría como sagrada la relación heterosexual con la intención de engendrar individuos mejores, de mejorar la raza.

Algunos individuos, impulsivos y jóvenes, “llenos de simiente”, podrían decir que esta es una ley irracional e imposible. Platón, por su parte, entiende que “no sobrepasa la capacidad del ser humano” y es, por tanto, posible. Para cumplir este tipo de leyes es necesario que los ciudadanos tengan el cuerpo en un buen estado atlético pues si lo tienen mal es más fácil que se dejen arrastrar por la lujuria. Así lo confirma la historia del campeón olímpico Ico de Taranto, que nunca tocó a una mujer “y ni siquiera a un mancebo” durante los entrenamientos. Así, en primer lugar, se dirá a los ciudadanos que si vencen al deseo ganarán un premio mucho mejor que una victoria olímpica, esto es, la felicidad. Y, si esto falla, se buscará disminuir los apetitos lujuriosos de la ciudadanía mediante los esfuerzos físicos además de recomendar a todos la vergüenza y el pudor en las relaciones sexuales. Finalmente, los hombres de naturaleza corrupta estarían cercados por otras tres categorías más puras: las que honran lo sagrado, las dominadas por la vergüenza y el pudor, y las que desean las formas bellas del alma y no los cuerpos.

Platón concluye formulando la ley que habrá de regir la vida sexual de la ciudad. Citaremos las dos traducciones existentes, la de Francisco Lisi para Gredos y la de Pabón y Fernández Galiano para Alianza editorial. Podrás observar una errata gravísima en la de Gredos que convierte el texto de Platón en algo totalmente incomprensible. La de Pabón y Fernández Galiano usa una retórica algo anticuada pero tiene más sentido. No es esta la única errata grave en la traducción de Gredos.

Traducción incorrecta de Lisi, editorial Gredos.

Pero quizás, si dios quisiera, podríamos forzar una de dos en las prácticas amatorias: o bien que nadie ose tocar a ninguna persona noble y libre excepto el marido a su esposa y no se atreva plantar simientes no consagradas y bastardas en concubinas ni, contra la naturaleza, la que no procrea en varones, o bien arrancamos totalmente la práctica de mantener relaciones sexuales con varones, mientras que, en el caso de las mujeres, si alguien copulara con alguna, que no sea con las que llevaron a su casa con ayuda de los dioses y los matrimonios sagrados, sean aquéllas compradas o poseídas de algún otro modo cualquiera, si legisláramos que esa persona no tenga derecho a las alabanzas de la ciudad, como si de un extranjero  realmente se tratara, cuando su acción no quede oculta a los varones y a todas las mujeres, quizás pareceríamos legislar correctamente. Quede establecida, pues, esta ley, sobre las relaciones sexuales y todos los usos amorosos, que, al relacionarnos entre nosotros a causa de esos deseos, practicamos correcta e incorrectamente, ya sea necesario llamarlas una o dos. (Platón: Las leyes. Francisco Lisi (tr.) Madrid: Gredos, 1999, 841e-842a, vol. IX, p. 105. La negrita es mía.)

Traducción correcta de Pabón y Galiano, Alianza editorial.

Quizá, si Dios quisiera, conseguiríamos imponer una de estas dos normas en los asuntos de amor: o bien que nadie osara tocar a persona alguna libre y de buen nacimiento, salvo a su propia mujer, y se abstuviese de sembrar gérmenes impíos y bastardos en las concubinas o infecundos en los varones contra naturaleza, o bien que prescindiese absolutamente de esto último y, en el caso de que se ayuntase con alguna mujer fuera de las que han entrado en su casa con la bendición de los dioses y las sagradas bodas, ya sean compradas o de cualquier otro modo adquiridas, y no se ocultase para ello de la vista de todos los hombres y mujeres, pareciese bien su exclusión de la totalidad de los honores ciudadanos, decretada contra él por nosotros los legisladores, por considerarle realmente como extranjero. Tal ley, ya deba tomársela por una sola, ya por dos, quede así establecida sobre los asuntos venéreos y todos los de amor en lo que respecta a la rectitud o incorrección de cuanto realizamos en nuestras relaciones movidos por esa clase de deseos. (Platón: Las leyes. José Manuel Pabón y Manuel Fernández Galiano (trad.). Madrid: Alianza, 2002.841e-842a, p. 423)

La siguiente actividad que Platón pasa a regular mediante las leyes es la alimentación de la ciudad. Dada la situación geográfica elegida para su emplazamiento, lejos del mar, quedarán excluidos todos los alimentos que llegan de tierras lejanas así como el comercio a gran escala y las tabernas. A continuación establece las llamadas leyes agrarias. La primera establece el carácter sagrado de las lindes o divisiones de la tierra. Quien la desobedezca sufrirá un castigo divino, causado por el misterioso Zeus de la linde, y otro humano, una multa, además de volverse a colocar la linde en su estado original. Establece una serie de normas para evitar que los vecinos se dañen unos a otros: no podrán ocupar tierras de otros, ni pastorear el ganado en tierra ajena, ni apropiarse de enjambres ni quemar el bosque que no les pertenece. Legisla también Platón el uso racional del agua de modo que todos tengan igual acceso a ella. Resultan curiosos los castigos por el robo de la fruta de temporada: está prohibido coger higos o uvas antes del momento de la cosecha bajo pena de multas severas, si un esclavo cogiese fruta ajena se le darán tantos latigazos como uvas haya robado, si el extranjero que pasa por el camino toma alguna uva para aliviar el hambre habrá de permitírsele por hospitalidad. Pero…

En lo que atañe a las peras, manzanas, granadas y todo ese género de frutas no debe ser vergonzoso en lo más mínimo tomarlas a escondidas, pero al que sea descubierto en flagrante, si tiene menos de treinta años, hay que darle una golpiza y echarlo sin causarle heridas, un ciudadano no debe poder presentar ninguna acusación por esos golpes. (845d)

Se castigará duramente a quien envenene los pozos de agua y se autoriza a transportar la fruta recolectada por terreno del vecino siempre que no cause pérdidas o su provecho sea tres veces más que el perjuicio del afectado.

Los artesanos serán organizados del siguiente modo: no podrán ser del lugar ni esclavos de un hombre del lugar. Los auténticos ciudadanos tendrán que ocuparse exclusivamente del gobierno de la ciudad pues no es posible ejercer bien dos actividades al mismo tiempo. Así, los extranjeros que se dediquen a un oficio, como herrero o carpintero, sólo ejercerán uno de ellos bajo pena de cárcel, multa y expulsión.

En cuanto al comercio deben limitarse al máximo las importaciones y exportaciones. La ciudad debe ser autosuficiente. Podrá haber excepciones en lo que se refiere a las armas, por ejemplo. La producción agrícola necesaria para la subsistencia, es decir, el trigo, se dividirá en doce partes ya que son doce las tribus. Cada una de esas doce partes se dividirá en tres: una para los hombres libres, otra para los esclavos y otra para los extranjeros y metecos. Sólo se podrá poner en venta esta última, no podrá venderse lo que corresponde a los ciudadanos y sus esclavos. La actividad del mercado estará rígidamente regulada: sólo podrá existir comercio al por menor entre extranjeros. Las necesidades de los ciudadanos libres, encargados del orden y defensa de la ciudad, estarán totalmente cubiertas sin rebajarse ni al trabajo ni al trato con el dinero.

Por último, Platón regula lo concerniente al tiempo que los extranjeros pueden permanecer en la ciudad. Podrán vivir en la misma durante veinte años. Cuando se cumplan deberán partir a no ser que sean capaces de convencer al consejo y a la asamblea de lo contrario. Lo mismo rige para los hijos de forasteros. Podrán permanecer quince años a partir de cumplida esa misma edad. Al cumplir los treinta deberán abandonar la ciudad o convencer a las autoridades de lo contrario.

Cuestionario.

  1. Busca tres países donde la sexualidad de los ciudadanos esté regulada por ley.
  2. ¿Crees que puede regularse por ley la vida sexual de los ciudadanos? Razona tu respuesta.
  3. ¿Qué opinas de la historia de Ico de Taranto? Busca información sobre las costumbres de las modernas estrellas del deporte respecto al sexo en los meses previos a la competición.
  4. La moral sexual cristiana se aproxima bastante a la propuesta de Platón en Las leyes. ¿Qué opinión te merecen?
  5. ¿No percibes una gran diferencia entre este Platón extremadamente conservador y el festivo encuentro de Sócrates y Alcibíades en el Banquete? ¿A qué crees que se debe la diferencia?

Textos para comentar.

1. Ley sobre la sexualidad.

Quizá, si Dios quisiera, conseguiríamos imponer una de estas dos normas en los asuntos de amor: o bien que nadie osara tocar a persona alguna libre y de buen nacimiento, salvo a su propia mujer, y se abstuviese de sembrar gérmenes impíos y bastardos en las concubinas o infecundos en los varones contra naturaleza, o bien que prescindiese absolutamente de esto último y, en el caso de que se ayuntase con alguna mujer fuera de las que han entrado en su casa con la bendición de los dioses y las sagradas bodas, ya sean compradas o de cualquier otro modo adquiridas, y no se ocultase para ello de la vista de todos los hombres y mujeres, pareciese bien su exclusión de la totalidad de los honores ciudadanos, decretada contra él por nosotros los legisladores, por considerarle realmente como extranjero. Tal ley, ya deba tomársela por una sola, ya por dos, quede así establecida sobre los asuntos venéreos y todos los de amor en lo que respecta a la rectitud o incorrección de cuanto realizamos en nuestras relaciones movidos por esa clase de deseos.

Bibliografía.

  1. Platón: Las leyes. Francisco Lisi (tr.) Madrid: Gredos, 1999.
  2. Platón: Las leyes. José Manuel Pabón y Manuel Fernández Galiano (tr.). Madrid: Alianza, 2002.

13 replies »

  1. Hola,
    hace unos 20 años, en el CineClub de la 2 de RTVE, vi una película que me gustaría conocer mejor.
    Trata sobre una joven que se enamora de un hombre homosexual; ella se corta el pelo y le pide que la sodomice (aunque la RAE no adite el verbo sodomizar, la gente lo usa). Hay una escena en que asfixian a alguien con una bolsa de plástico que me impresionó. La actriz estaba inmejorable en su papel.
    Profesor, ¿sabe de qué película le hablo?

  2. La película es francesa, de los años setenta, de las consideradas “de culto”.
    Hay un camión, en él ocurren cosas. La recuerdo como en un sueño. La vi de adolescente y me dio mucho que pensar.
    Si supiera el título, la volvería a ver para comprobar si vuelve a impactarme.
    Gracias.

  3. Hoy me he puesto a ver fotos de actores de los 70 y he dado con Joe Dalesandro (un tipo curioso, que sale hasta en un disco de los Rollings). Pues este actor hizo la película que buscaba. !Ja!:
    Je T’Aime Moi Non Plus (1975). Vale la pena verla.
    La actriz es Jane Birkin, y de espaldas el protagonista la encontraba como un hombre. Es una historia que va mucho con el tema del artículo de Platón: el amor.
    Gracias.

  4. Enhorabuena, la veré. Gracias por la recomendación. Esta es la ficha de filmaffinity:

    TÍTULO ORIGINAL Je t’aime moi non plus
    AÑO 1976
    DURACIÓN 89 min.
    PAÍS [Francia]
    DIRECTOR Serge Gainsbourg
    GUIÓN Serge Gainsbourg
    MÚSICA Serge Gainsbourg
    FOTOGRAFÍA Willy Kurant
    REPARTO Jane Birkin, Joe Dallesandro, Gérard Depardieu, Hugues Quester, Reinhard Kolldehoff, Jimmy Davis, Michel Blanc
    PRODUCTORA Président Films / Renn Productions
    GÉNERO Drama | Erótico
    SINOPSIS La joven camarera Johnny trabaja y vive en una área de servicio para camioneros, donde se siente sola y espera que, algún día, le llegue el amor. Johnny se fija en Krassky, un conductor del camión de la basura, a pesar de que Boris, su jefe, le alerta que en realidad es homosexual. Quizá sea por su aspecto de chicazo, pero también Krassky se siente atraído por Johnny. Ninguno de los dos repara en que Padovan, el novio de Krassky, cada vez se muestra más y más celoso…

    En cualquier caso me parece que la historia de Te amo… pero yo no (Je t’aime moi non plus) es bastante más liberal que el amor ortodoxo que Platón ordena por ley a sus ciudadanos: sexo con la mujer tomada en matrimonio y cualquier otra cosa debe evitarse, es una vergüenza y se hará a escondidas.

  5. Lo que siempre me decepciona en Platón, y este ejemplo del capítulo VIII de Las Leyes es un perfecto ejemplo, es la naturaleza sofística de sus propios argumentos, incluso de los más importantes, siendo que, irónicamente, él fue el campeón de la lucha contra los Gorgias de este mundo; leer a Platón es leer un argumento falaz tras otro, colgado con pinzas de unas definiciones vagas y unos razonamientos que muchas veces resultan poco más que juegos de palabras para el hombre moderno… es por esa vía que llega a las conclusiones disparatadas a que con frecuencia llega…
    Cuesta creer que este haya sido un nivel intelectual suficiente para convertirse en el fundador de la filosofía occidental… ¡pero lo fue! A mi entender esto habla del nivel de la filosofía occidental durante los últimos 2500 años. Carece de un rigor que al menos la filosofía natural adquirió en la generación de Kepler (aquel día que Kepler desechó su propia visión del mundo porque los resultados de sus observaciones y cálculos la contradecían… la actitud del filósofo profesional suele ser inventar un argumento falaz para explicar por qué no hay que tomar en cuenta a esas observaciones o cálculos, y ese procedimiento, que no es más que una mera sofística un poco más sutil y rebuscada que la de Gorgias, nos lo enseñaron, desde el primer día, Platón y Aristóteles).

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