República

Platón: República, libro VI

El Banquete de Platón Giambattista Gigola ca. 1790 Musei Civici di Arte e Storia, Brescia ( http://ficus.pntic.mec.es/~wque0012/filantigua/platon/05_imagenes.htm)

El Banquete de Platón. Giambattista Gigola ca. 1790. Musei Civici di Arte e Storia, Brescia. ( http://ficus.pntic.mec.es/~wque0012/filantigua/platon/05_imagenes.htm)

En el libro VI de República Platón expone temas esenciales y muy polémicos. En primer lugar,  las críticas a la multitud, a la masa, y, por tanto, a la democracia. Son las metáforas de la nave y la bestia. Toda la demagogia fascista que ha habido y que habrá se nutre de lo que Platón dice aquí. En segundo lugar, cuestiones más técnicas relativas a la metafísica y la teoría del conocimiento: la alegoría del Sol para aclarar la Idea del Bien y el famoso pasaje de la línea.

Sócrates tiene que defender la tesis con la que terminaba el libro V: el Estado ideal llegará cuando gobiernen los filósofos. ¿Quién gobernará mejor: el filósofo, conocedor de las Ideas, de la verdadera naturaleza de las cosas, o, todos los demás, confundidos entre el ser y el no ser, fragmentados por una multiplicidad abigarrada y caótica? Es evidente que el filósofo. ¿Qué otras características harán al filósofo el más apto para gobernar? Su amor a la verdad. Una consecuencia de orientar todo su ser hacia la verdad y el conocimiento rechazará de un modo natural los placeres corporales y las riquezas. El desprecio a la muerte: quien contempla el universo en su totalidad sabe que la vida humana no es gran cosa ni la muerte algo temible. Justo y manso tiene por fuerza que ser su carácter. Entre los filósofos no es posible admitir tampoco a alguien poco dotado para el aprendizaje: la memoria del filósofo ha de ser poderosa.

Adimanto interrumpe a Sócrates y le objeta que todo lo que está contando sobre la figura del filósofo está bien en teoría, pero en la práctica el filósofo aparece como un individuo extraño, depravado e inútil para el Estado. Sócrates le responde que esa es imagen es `producto del maltrato que dentro del Estado sufren los hombres más razonables. Para defenderlos Sócrates compara el funcionamiento de la sociedad ateniense con una nave en la que en lugar de gobernar el piloto lo hacen los marineros aun sin tener conocimiento del arte de la navegación. Estos marineros defienden, además, que ese arte no es enseñable y se pasan la vida buscando la manera de persuadir al piloto para dirigir el barco donde les plazca. No se dan cuenta de que para navegar hay que conocer bien los astros y los vientos. En una nave tal qué otra cosa dirán del verdadero piloto sino que es un “observador de las cosas que están en lo alto”, “charlatán” e “inútil”. Esos marineros corruptos no son otros que los políticos atenienses.

En cualquier caso, las calumnias que se dicen contra el filósofo tienen su origen en quienes dicen ocuparse de ella, los imitadores de filósofos. ¿Cuál es el origen de la corrupción de estas almas? Para Sócrates el problema está en la educación: son almas bien dotadas pero que al tropezar con una mala educación “se vuelven especialmente malas”. En lugar de buscar la sabiduría se dejan llevar únicamente por los caprichos de la multitud. A quienes no ceden a la opinión de las masas se les castiga con la cárcel y la pena de muerte. La mayoría es una bestia enorme y caprichosa a la que los sofistas intentan siempre complacer. Ese es el arte que enseñan a los jóvenes atenienses que quieren destacar en el ágora como políticos: adivinar los gustos en pintura, música o política de la abigarrada multitud para adularla y ganar su complacencia. El problema es que la multitud está incapacitada para reconocer la existencia de lo Bello en sí y, por tanto, es “imposible que sea filósofa” por lo que es letal para el verdadero sabio. Los sofistas son sus simples voceros.

El alma filosófica, con facilidad para aprender, valiente, buena memoria y grandeza de espíritu, tiene muchas dificultades para crecer correctamente en la sociedad ateniense pues es tentada por el poder y el dinero, volviéndose soberbia e ignorante. Y si por casualidad se diese cuenta de su error e intentase retomar el camino de la filosofía ya se encargaría la multitud de devolverlo a su lugar, “conspirando privadamente contra él e iniciándole procesos judiciales en público” como le ocurrió a Sócrates. Las mejores naturalezas, criadas entre bienes materiales y riquezas, se corrompen y suelen ser causa de los peores males a los Estados y los particulares. Un ejemplo claro de naturaleza privilegiada corrompida por el poder y el dinero es Alcibíades, el personaje que irrumpe borracho en El banquete de Platón.

Al fracasar las almas que merecen iniciar el camino de la filosofía esta queda en la plaza como una joven solitaria y soltera. Entonces le salen pretendientes sin talento que la confunden con un trabajo manual, con una “tecnicilla”. De este matrimonio sólo podrán surgir sofismas carentes de nobleza e inteligencia.

¿Quiénes son los que quedan preparados para tomar el camino de la filosofía? Aquel que crezca en el exilio o el alma grande que nazca en un Estado pequeño y desprecie la política o aquel marcado como Sócrates por el signo demoníaco. Sócrates, como es sabido, oía la voz de un “daimon” a quien obedecía sin dudar. A todos ellos les ocurre lo mismo: si se inician en la política para defender la justicia se ven completamente solos y en peligro de muerte, así que  prefieren pasar la vida ocupándose de sus propias cosas y se dan por contentos si consiguen mantener su vida libre de injusticia.

¿Es posible la ciudad ideal descrita en los libros anteriores? Sí, si algún día gobernasen los filósofos o algún rey, por inspiración divina, decidiese dedicarse a la filosofía. ¿Sería la multitud capaz de apreciar tan buen gobierno o se rebelaría contra él? En la respuesta a esta cuestión Sócrates es extrañamente optimista.  Considera que la multitud no se irritará ni mostrará malicia hacia quien ni se irrita ni muestra malicia. Los culpables de que la multitud desprecie la filosofía son aquellos que han irrumpido en ella para darle un uso indebido como la argumentación sofística en el ágora y los tribunales. El verdadero filósofo actuará como el Demiurgo del Timeo que copiaba en la materia las Ideas. Así, el filósofo copiará en la multitud la moderación y el orden que contempla en el ámbito de lo divino.

Hemos arribado por fin al problema esencial: ¿qué estudios y ocupaciones servirán para formar a los futuros gobernantes filósofos? Sólo los guardianes perfectos podrán llegar a ser filósofos: los demasiado fogosos tendrán dificultades para aprender y los demasiado razonables se dejarán llevar por sus temores. Tendrán que participar de ambas cosas: valentía e inteligencia. Y además, acceder al estudio supremo, a la Idea del Bien. Para algunos es el placer y para otros la inteligencia pero ninguno conoce lo que es. Quienes dicen que el Bien es el placer se equivocan porque tendrían que admitir la existencia de placeres malos. Los que dicen que el Bien es la inteligencia cuándo se les pregunta qué tipo de inteligencia dicen que la inteligencia del bien con lo cual sus palabras son vacías. A pesar de la resistencia de Sócrates, Glaucón le exige que aclare su naturaleza.

Para hablar del Bien Sócrates recurre a la alegoría del Sol. Del mismo modo que la luz hace posible la vista de los objetos en el mundo visible, así la Idea del Bien hace posible que la inteligencia vea en el mundo de las Ideas. Es más, así como el sol otorga a las seres vivos la génesis, el crecimiento y la nutrición, la Idea del Bien otorga a las cosas conocidas el existir y la esencia, “aunque el Bien no sea esencia, sino algo que se eleva más allá de la esencia en cuanto a dignidad y potencia.”

Continúa Sócrates con el pasaje de la línea. Al reino de lo visible le corresponde la opinión y al reino de lo inteligible la ciencia. Dentro de la opinión se pueden distinguir dos niveles: el de las copias, sombras o imágenes, llamado conjetura, equivalente a los mitos, y el de las cosas mismas, llamado creencia, se corresponde con la física de los presocráticos. El segmento de la ciencia se divide en Matemáticas y Dialéctica. Las matemáticas proceden de un modo descendente apoyándose en imágenes mientras que la dialéctica es ascendente y no usa imágenes. Una vez alcanza el principio no supuesto, incondicional, se aferra a él y obtiene una visión sinóptica del mundo de las Ideas. Al primero de esos niveles le llama pensamiento discursivo y al último inteligencia.

Cuestionario

  1. Busca ejemplos actuales en los que sea evidente que nuestras democracias funcionan exactamente del modo que Platón critica: sofistas intentando aplacar a la enorme bestia que es la masa o la multitud.
  2. Sócrates menciona su signo demoníaco. ¿Es oír voces un síntoma inequívoco de locura o este es un simple diagnóstico de nuestra época? Es decir, ¿es la locura algo universal o algo que cambia en el espacio y el tiempo? Busca otros ejemplos de filósofos tildados de “locos”.
  3. “Todas las cosas grandes son arriesgadas, y las hermosas realmente difíciles” (497d)
  4. Busca el fragmento el que Platón muestra un enorme desprecio por el trabajo manual y compáralo con nuestra época tecnológica.
  5. El filósofo es aquel que está en contacto con lo divino. Esta naturaleza teológica del saber en Platón es resaltada por Jaeger en Paidea. ¿Puedes rastrear sus huellas en el cristianismo? ¿Y en la película Matrix?
  6. Explica con detalle la alegoría del Sol para explicar la naturaleza del Bien.
  7. Dibuja un gráfico con los niveles del conocimiento expuestos en el pasaje de la línea. Dibuja otro que refleje la situación actual de la Física, la Filosofía (Dialéctica) y las Matemáticas. Compara ambos gráficos.

Textos para comentar

1. Actitud hacia la vida y la muerte del filósofo.

—Y aquel espíritu al que corresponde la contemplación sublime del tiempo todo y de toda la realidad, ¿piensas que puede creer que la vida humana es gran cosa?
—Es imposible.
—¿Y acaso semejante hombre considerará que la muerte es algo temible?
—Ni en lo más mínimo.
—Entonces, a una naturaleza cobarde y servil no le corresponde tomar parte, según parece, en una verdadera filosofía.(486 a-b)

2. ¿Cómo veían los atenienses a Sócrates?

Digo esto mirando al caso presente; pues ahora podría decirse que de palabra no se puede contradecirte en cada cosa que preguntas, pero que en los hechos se ve que cuantos se abocan a la filosofía, no adhiriéndose simplemente a ella con miras a estar educados completamente y abandonándola siendo aún jóvenes, sino prosiguiendo en su ejercicio  largo tiempo, en su mayoría se convierten en individuos extraños, por no decir depravados, y los que parecen más tolerables, no obstante, por obra de esta ocupación que tú elogias, se vuelven inútiles para los Estados. (487d)

3. Metáfora de la nave.

Imagínate que respecto de muchas naves o bien de una sola sucede esto: hay un patrón, más alto y más fuerte que todos los que están en ella, pero algo sordo, del mismo modo corto de vista y otro tanto de conocimientos náuticos, mientras los marineros están en disputa sobre el gobierno de la nave, cada uno pensando que debe pilotar él, aunque jamás haya aprendido el arte del timonel y no pueda mostrar cuál fue su maestro ni el tiempo en que lo aprendió; declarando, además, que no es un arte que pueda enseñarse, e incluso están dispuestos a descuartizar  al que diga que se puede enseñar; se amontonan siempre en derredor del patrón de la nave, rogándole y haciendo todo lo posible para que les ceda el timón. Y en ocasiones, si no lo persuaden ellos y otros sí, matan a éstos y los arrojan por la borda, en cuanto al noble patrón, lo encadenan por medio de la mandrágora, de la embriaguez o cualquier otra cosa y se ponen a gobernar la nave, echando mano a todo lo que hay en ella y, tras beber y celebrar, navegan del modo que es probable hagan semejantes individuos; y además de eso alaban y denominan ‘navegador’, ‘piloto’ y ‘entendido en náutica’ al que sea hábil para ayudarlos a gobernar la nave, persuadiendo u obligando al patrón en tanto que al que no sea hábil para eso lo censuran como inútil. No perciben que el verdadero piloto necesariamente presta atención al momento del año, a las estaciones, al cielo, a los astros, a los vientos y a cuantas cosas conciernen a su arte, si es que realmente ha de ser soberano de su nave; y, respecto de cómo pilotar con el consentimiento de otros o sin él, piensan que no es posible adquirir el arte del timonel ni en cuanto a conocimientos técnicos ni en cuanto a la práctica. Si suceden tales cosas en la nave, ¿no estimas que el verdadero piloto será llamado ‘observador de las cosas que están en lo alto’, ‘charlatán’ e ‘inútil’ por los tripulantes de una nave en tal estado?(488 b-e)

4. Metáfora de la bestia.

—Cada uno de los que por un salario educan privadamente, a los cuales aquéllos llaman ‘sofistas’ y tienen por sus competidores, no enseñan otra cosa que las convicciones que la multitud se forja cuando se congrega, y a lo cual los sofistas denominan ‘sabiduría’. Es como si alguien, puesto a criar a una bestia grande y fuerte, conociera sus impulsos y deseos, cómo debería acercársele y cómo tocarla, cuándo y por qué se vuelve más feroz o más mansa, qué sonidos acostumbra a emitir en qué ocasiones y cuáles sonidos emitidos por otro, a su vez, la tornan mansa o salvaje; y tras aprender todas estas cosas durante largo tiempo en su compañía, diera a esto el nombre de ‘sabiduría’, lo sistematizara como arte y se abocara a su enseñanza, sin saber verdaderamente nada de lo que en estas convicciones y apetitos es bello o feo o bueno o malo o justo o injusto; y aplicara todos estos términos a las opiniones del gran animal, denominando ‘buenas’ a las cosas que a éste regocijan y ‘malas’ a las que lo oprimen, aunque no pudiese dar cuenta de ellas, sino que llamara ‘bellas’ y ‘justas’ a las cosas inevitables, sin advertir en cuánto difiere realmente la naturaleza de lo inevitable de la de lo bueno, ni ser capaz de mostrarlo. ¿No te parece, por Zeus, que semejante educador es insólito?

5. La filosofía, soltera y solitaria, asaltada por pretendientes indignos…

—Y se dice razonablemente. Pues al ver otros petimetres que la plaza ha quedado vacante pero colmada de bellas palabras y apariencias, tal como los que huyendo de la cárcel se refugian en un templo, también éstos escapan desde las técnicas hacia la filosofía, y suelen ser los más hábiles en ésas sus tecnicillas. Porque la filosofía, incluso hallándose así maltratada, retiene una reputación grandiosa en comparación con las otras técnicas, y a esto aspira mucha gente dotada de naturalezas incompletas; la cual, tal como tiene el cuerpo arruinado por las técnicas artesanales, así también se halla con el alma embotada y enervada por los trabajos manuales. ¿No es esto forzoso?
—¡Claro que sí!
— ¿Y te parece que se ven diferentes en algo de un herrero bajo y calvo que ha hecho dinero y, recién liberado de sus cadenas, se lava en el baño y se pone un manto nuevo, presentándose como novio para desposar a la hija de su amo debido a la pobreza y soledad de ésta?
— No difieren en nada.
— ¿Y qué clase de descendencia tendrá semejante matrimonio? ¿No será bastarda y de baja estofa?
—Es de toda necesidad que así sea.
—Y cuando hombres indignos de ser educados se acercan a la filosofía y tratan con ella de un modo no acorde con su dignidad, ¿qué clase de conceptos y de opiniones diremos que procrean? ¿No serán lo que podemos entender por ‘sofismas’, carentes de nobleza y de inteligencia verdadera? (496a)

6. La vida del filósofo en un Estado injusto.

Y los que han sido de estos pocos que hemos enumerado y han gustado el regocijo y la felicidad de tal posesión, pueden percibir suficientemente la locura de la muchedumbre, así como que no hay nada sano —por así decirlo— en la actividad política, y que no cuentan con ningún aliado con el cual puedan acudir en socorro de las causas justas y conservar la vida, sino que, como un hombre que ha caído entre fieras, no están dispuestos a unírseles en el daño ni son capaces de hacer frente a su furia salvaje, y que, antes de prestar algún servicio al Estado o a los amigos, han de perecer sin resultar de provecho para sí mismos o para los demás. Quien reflexiona sobre todas estas cosas se queda quieto y se ocupa tan sólo de sus propias cosas, como alguien que se coloca junto a un muro en medio de una tormenta para protegerse del polvo y de la lluvia que trae el viento; y, mirando a los demás desbordados por la inmoralidad, se da por contento con que de algún modo él pueda estar limpio de injusticia y sacrilegios a través de su vida aquí abajo y abandonarla favorablemente dispuesto y alegre y con una bella esperanza. (496 d)

7. El filósofo-rey en el papel de Demiurgo.

— Entonces, en cuanto el filósofo convive con lo que es divino y ordenado se vuelve él mismo ordenado y divino, en la medida que esto es posible al hombre. Pero la calumnia abunda por doquier.
—Del todo de acuerdo.
— Por consiguiente, si algo lo fuerza a ocuparse de implantar en las costumbres privadas y públicas de los hombres lo que él observa allá, en lugar de limitarse a formarse a sí mismo, ¿piensas que se convertirá en un mal artesano de la moderación, de la justicia y de la excelencia cívica en general? 500e

8. Alegoría del Sol y Pasaje de la Línea

– … De este modo, lo que en el ámbito inteligible es el Bien respecto de la inteligencia y de lo que se intelige, esto es el sol en el ámbito visible respecto de la vista y de lo que se ve.
— ¿Cómo? Explícate.
— Bien sabes que los ojos, cuando se los vuelve sobre objetos cuyos colores no están ya iluminados por la luz del día sino por el resplandor de la luna, ven débilmente, como si no tuvieran claridad en la vista.
— Efectivamente.
— Pero cuando el sol brilla sobre ellos, ven nítidamente,  y parece como si estos mismos ojos tuvieran la claridad.
—Sin duda.
— Del mismo modo piensa así lo que corresponde al alma: cuando fija su mirada en objetos sobre los cuales brilla la verdad y lo que es, intelige, conoce y parece tener inteligencia; pero cuando se vuelve hacia lo sumergido en la oscuridad, que nace y perece, entonces opina y percibe débilmente con opiniones que la hacen ir de aquí para allá, y da la impresión de no tener inteligencia.
—Eso parece, en efecto.
—Entonces, lo que aporta la verdad a las cosas cognoscibles  y otorga al que conoce el poder de conocer, puedes decir que es la Idea del Bien. Y por ser causa de la ciencia y de la verdad, concíbela como cognoscible; y aun siendo bellos tanto el conocimiento como la verdad, si estimamos correctamente el asunto, tendremos a la Idea del Bien por algo distinto y más bello por ellas. Y así como dijimos que era correcto tomar a la luz y a la vista por afines al sol pero que sería erróneo creer que son el sol, análogamente ahora es correcto pensar que ambas cosas, la verdad y la ciencia, son afines al Bien, pero sería equivocado creer que una u otra fueran el Bien, ya que la condición del Bien es mucho más digna de estima.
—Hablas de una belleza extraordinaria, puesto que produce la ciencia y la verdad, y además está por encima de ellas en cuanto a hermosura. Sin duda, no te refieres al placer.
— ¡Dios nos libre! Más bien prosigue examinando nuestra comparación.
—¿De qué modo?
—Pienso que puedes decir que el sol no sólo aporta a lo que se ve la propiedad de ser visto, sino también la génesis, el crecimiento y la nutrición, sin ser él mismo génesis.
— Claro que no.
—Y así dirás que a las cosas cognoscibles les viene del Bien no sólo el ser conocidas sino también de él les llega el existir y la esencia, aunque el Bien no sea esencia, sino algo que se eleva más allá de la esencia en cuanto a dignidad y a potencia.
Y Glaucón se echó a reír:
— ¡Apolo! —exclamó— ¡Qué elevación demoníaca!
—Tú eres culpable —repliqué—, pues me has forzado a decir lo que pensaba sobre ello.
—Está bien; de ningún modo te detengas, sino prosigue explicando la similitud respecto del sol, si es que te queda algo por decir.
—Bueno, es mucho lo que queda.
—Entonces no dejes de lado ni lo más mínimo.
—Me temo que voy a dejar mucho de lado; no obstante, no omitiré lo que en este momento me sea posible.
—No, por favor.
—Piensa entonces, como decíamos, cuáles son los dos que reinan: uno, el del género y ámbito inteligibles; otro, el del visible, y no digo ‘el del cielo’ para que no creas que hago juego de palabras. ¿Captas estas dos especies, la visible y la inteligible?
—Las capto.
— Toma ahora una línea dividida en dos partes desiguales; divide nuevamente cada sección según la misma proporción, la del género de lo que se ve y otra la del que se intelige, y tendrás distinta oscuridad y claridad relativas; así tenemos primeramente, en el género de lo que se ve, una sección de imágenes. Llamo ‘imágenes’ en  primer lugar a las sombras, luego a los reflejos en el agua y en todas las cosas que, por su constitución, son densas, lisas y brillantes, y a todo lo de esa índole. ¿Te das cuenta?
—Me doy cuenta.
— Pon ahora la otra sección de la que ésta ofrece imágenes, a la que corresponden los animales que viven en nuestro derredor, así como todo lo que crece, y también el género íntegro de cosas fabricadas por el hombre.
— Pongámoslo.
— ¿Estás dispuesto a declarar que la línea ha quedado dividida, en cuanto a su verdad y no verdad, de modo tal que lo opinable es a lo cognoscible como la copia es a aquello de lo que es copiado?
— Estoy muy dispuesto.
—Ahora examina si no hay que dividir también la sección de lo inteligible.
— ¿De qué modo?
—De éste. Por un lado, en la primera parte de ella, el alma, sirviéndose de las cosas antes imitadas como si fueran imágenes, se ve forzada a indagar a partir de supuestos, marchando no hasta un principio sino hacia una conclusión. Por otro lado, en la segunda parte, avanza hasta un principio no supuesto, partiendo de un supuesto y sin recurrir a imágenes —a diferencia del otro caso—, efectuando el camino con Ideas mismas y por medio de Ideas.
— No he aprehendido suficientemente esto que dices.
—Pues veamos nuevamente; será más fácil que entiendas si te digo esto antes. Creo que sabes que los que se ocupan de geometría y de cálculo suponen lo impar y lo par, las figuras y tres clases de ángulos y cosas afines, según lo que investigan en cada caso. Como si las conocieran, las adoptan como supuestos, y de ahí en adelante no estiman que deban dar cuenta de d ellas ni a sí mismos ni a otros, como si fueran evidentes a cualquiera; antes bien, partiendo de ellas atraviesan el resto de modo consecuente, para concluir en aquello que proponían al examen.
— Sí, esto lo sé.
— Sabes, por consiguiente, que se sirven de figuras visibles y hacen discursos acerca de ellas, aunque no pensando en éstas sino en aquellas cosas a las cuales éstas se parecen, discurriendo en vista al Cuadrado en e sí y a la Diagonal en sí, y no en vista de la que dibujan, y así con lo demás. De las cosas mismas que configuran y dibujan hay sombras e imágenes en el agua, y de estas cosas que dibujan se sirven como imágenes, buscando 511a  divisar aquellas, cosas en sí que no podrían divisar de otro modo que con el pensamiento.
—Dices verdad.
—A esto me refería como la especie inteligible. Pero en esta su primera sección, el alma se ve forzada a servirse de supuestos en su búsqueda, sin avanzar hacia un principio, por no poder remontarse más allá de los supuestos. Y para eso usa como imágenes a los objetos que abajo eran imitados, y que habían sido conjeturados y estimados como claros respecto de los que eran sus imitaciones.
—Comprendo que te refieres a la geometría y a las artes afines.
— Comprende entonces la otra sección de lo inteligible, cuando afirmo que en ella la razón misma aprehende, por medio de la facultad dialéctica, y hace de los supuestos no principios sino realmente supuestos, que son como peldaños y trampolines hasta el principio del todo, que es no supuesto, y, tras aferrarse a él, ateniéndose a las cosas que de él dependen, desciende hasta una conclusión, sin servirse para nada de lo sensible, c sino de Ideas, a través de Ideas y en dirección a Ideas, hasta concluir en Ideas.
—Comprendo, aunque no suficientemente, ya que creo que tienes en mente una tarea enorme: quieres distinguir lo que de lo real e inteligible es estudiado por la ciencia dialéctica, estableciendo que es más claro que lo estudiado por las llamadas ‘artes’, para las cuales los supuestos son principios. Y los que los estudian se ven forzados a estudiarlos por medio del pensamiento discursivo, aunque no por los sentidos. Pero a raíz de no hacer el examen avanzando hacia un principio sino d a partir de supuestos, te parece que no poseen inteligencia acerca de ellos, aunque sean inteligibles junto a un principio. Y creo que llamas ‘pensamiento discursivo’ al estado mental de los geómetras y similares, pero no ‘inteligencia’; como si el ‘pensamiento discursivo’ fuera algo intermedio entre la opinión y la inteligencia.
—Entendiste perfectamente. Y ahora aplica a las cuatro secciones estas cuatro afecciones que se generan en el alma; inteligencia, a la suprema; pensamiento discursivo, a la segunda; a la tercera asigna la creencia y a e la cuarta la conjetura; y ordénalas proporcionadamente, considerando que cuanto más participen de la verdad tanto más participan de la claridad.
— Entiendo, y estoy de acuerdo en ordenarlas como dices. 509a-513e

Bibliografía.

Platón: Diálogos IV. República. Eggers Lan, C. (trad.) Madrid: Editorial Gredos, 1986.

20 replies »

  1. super bien explicado, un poco de preguntas en un taller que tengo pero con esto me defienndo, buen contenido, me gusta mucho las partes de textos para comentar, 😉

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