Crítica literaria

Ricardo Piglia (ed.): Diccionario de la Novela de Macedonio Fernández

Ricardo Piglia (ed.): Diccionario de la Novela de Macedionio Fernández. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000.

Nótese que en este libro Ricardo Piglia no es autor sino editor. Aunque su devoción por Macedonio es el origen de las reuniones en las que se idea este diccionario, las entradas del mismo llevan la firma de Beatriz M. Guerra, Patricia García, Mónica Bueno, Cristina Landa, Raquel L. Poblet, M. Alejandra Alí, Silvana Meta, Patricia Somoza, Alicia Allievi, Mónica Rossi, Elena Vinelli y el propio Macedonio Fernández. Los seminarios tuvieron lugar de 1995 a 1997 dentro del Proyecto de Investigación, Poéticas de la novela en América Latina, auspiciado por la Universidad de Buenos Aires.

Sabido es que Macedonio Fernández estuvo durante toda su vida escribiendo una sola novela, El Museo de la Novela de la Eterna. En ella expresa una nueva teoría del género que aspira a modificar la relación entre realidad y ficción. Según Macedonio, el lector ha de introducirse en la novela y la novela ha de convertirse en mundo más real que lo real. Para lograr su objetivo Macedonio reúne ciertas aportaciones estilísticas como el lector salteado, la distancia irónica, la postergación continuada, la supresión de argumento y personajes, el prólogo interminable, la categorización irracional… Todos estos recursos formaron luego parte importante de la obra de autores consagrados como Borges, Bioy o Cortázar.

Siendo un diccionario admite una lectura salteada al estilo de la propuesta por Macedonio. Es, además, un libro escrito por muchas manos, por lo que existen diferencias importantes en el tono de las entradas: unas oscilan más hacia la crítica literaria estrictamente escolástica mientras que otras buscan realmente aclarar y comunicar aspectos esenciales de la teoría novelística de Macedonio.

Como ejemplo del discurso crítico a evitar citaría este párrafo de la entrada Descripción:

Según Philippe Hamon, la descripción como procedimiento del discurso realista “está regida por las reglas del idiolecto textual”. Su estructuración de y en los prólogos corresponde a una reflexión del texto, a su carácter de novela “curiosa de sí misma” (Macedonio dixit). El rasgo de definición que le es atribuible permite enunciar la doctrina, en un gesto que devela los principios de su construcción en la prolongación de este espacio que precede a la novela, postergando la intriga*, a la que también reviste con sus formas. MAA. (p. 32)

Frente a esta forma solipsista de expresión existen otras entradas más interesantes e intersubjetivas. Así la entrada Abecedario, firmada por PS, parece un relato breve:

Principio regulador de Alphabeticus, personaje creado por Macedonio. Absurdo e imposible, Alphabeticus está hecho de letras, no tiene nombre y es mudo. Todos los sucesos de su historia se ordenan alfabéticamente, “es decir, en el más completo desorden”; por eso nace después de apedrear a su primer gato y contrae segundas nupcias antes de ser soltero. PS. (p. 11)

Las entradas Efecto y Recuerdo, también de PS, aclaran uno de los aspectos más conflictivos de la metafísica de Macedonio: su loco propósito de vencer a la muerte mediante la literatura.

Efecto (de desidentificación). Contra el efecto de alucinación o de creencia en el mundo representado que busca la literatura realista, la literatura de Macedonio persigue el “efecto de desidentificación”: marear al lector en su certidumbre de ser, desacomodarlo, conmoverle su mismidad, producirle una conmoción conciencial, un sofocón en su continuidad personal, para devolverle luego la certeza de ser, enriquecida y liberada del temor de no ser.
Trance místico o experiencia metafísica que permite que el lector se libere de la noción de muerte, este efecto de desidentificación es lo que define a la literatura, “el único que justificaría su existencia”. Nada más alejado de un arte que se conciba como consolación. PS. (p. 36)

Recuerdo. Resultado de traer a la memoria algo ausente, pasado o perdido. La palabra proviene del verbo latino recordare, que se forma con cor (corazón); etimológicamente, es el resultado de traer algo al corazón.
En Macedonio, el recuerdo está ligado con la ausencia, la falta, la pérdida de algo amado. Se recuerda lo que no está, lo ausente, amado y perdido. Para él, la ausencia es una figura o palabra clave equivalente a muerte (de quien se ama), principio y motor de su escritura; en su concepción, la única muerte que existe es el olvido. Escribir sería una manera de recordar, y el recuerdo, una forma de negar la muerte, un modo de la eternidad. Así, el recuerdo otorga a lo ausente, perdido, muerto, una existencia paradojal: la existencia de lo que no existe. PS. (p. 88)

En la entrada Biblioteca pueden comprobarse las abundantes lecturas filosóficas de Macedonio, que incluyen autores clásicos del idealismo como Berkeley, Kant o Schopenhauer. Es especialmente importante la influencia del autor de El mundo como Voluntad y Representación. Macedonio pretendió hacer realidad el ideal propuesto por Schopenhauer: abandonar el yo concreto determinado por el interés material y convertirse en sujeto puro del conocimiento a través del arte.

Entre las influencias literarias son muy sugerentes los parecidos con el autor del Tristram Shandy, Lawrence Sterne (1713-1768). Ambos utilizan abundantes recursos para introducir al lector en el funcionamiento de la máquina-novela.

Además de las influencias ya citadas en Borges, Cortázar o Bioy me gustaría resaltar una menos conocida. Es la relación entre el programa estético de Macedonio y una de mis novelas más queridas Si una noche de invierno un viajero… de Italo Calvino. La apelación continua al lector, la figura central de la lectora, la postergación continuada, el eterno prólogo… son temas comunes a Macedonio y Calvino como ya he insinuado en otro artículo. Pero creo que la categorización que hace Macedonio de los tipos de lectores está especialmente presente en el discurso de Calvino. Estos son algunos de los tipos de lector según Macedonio:

Lector accidentado: no suceda que “el lector, sorprendido por el límite-fin de la novela cuanto más disparado estaba su apasionado interés por la endiablada madeja de la obra, caiga desbocadamente de un lleno de novela a un vacío atencional”. Macedonio evita esta caída porque “prefiere ralentar tanto la narración cerca del final que […] el lector, concluirá la lectura suave, dormidamente”.
Lector alcanzado o de vidriera: lee, al menos, los títulos y las tapas. Es: “Lector de Tapa, Lector de Puerta-Lector Mínimo, o Lector No-conseguido, tropezará por fin aquí con el autor que lo tuvo en cuenta, con el autor de la tapa-libro, de los Títulos-Obra”. Por cada cien lectores de tapas, hay un lector de libros.
Lector artista: “El lector que no lee mi novela si primero no la sabe toda es mi lector, ése es artista […], sólo el que no busca una solución es el lector artista”.
Lector de desenlace: género de lector descartado: “el que busca leyendo la solución final, busca lo que el arte no debe dar, tiene un interés de lo vital, no un estado de la conciencia”.
Lector personaje: el lector que “por un instante” cree “él mismo no vivir”.
Lector salteado: es el lector sabio porque practica el “entreleer que es lo que más fuerte impresión labra” (y, según la teoría de Macedonio, los personajes y sucesos “hábilmente truncos son los que más quedan en la memoria”). Es el lector completo, que, sin saberlo, se vuelve lector seguido pues lee corrido esta literatura salteada “para mantener desunida la lectura” y seguir siendo lector salteado.
Lector seguido: “El que puede causar mi fracaso y despojarme de la celebridad”
Lector sofocado: al que, dos o tres veces, en cada libro, “he logrado” producir “un ‘sofocón’ en la certidumbre de continuidad personal, un resbalarse de sí mismo el lector”. Ese sofocón es un medio; “y como fin busco la liberación de la noción de muerte”. BMG (p. 58)

Para terminar, algunas sentencias sabias del autor de Museo de la Novela de la Eterna:

“La muerte no es […] sino una mesa eternamente concurrida y de la que se levanta uno y dice: yo me voy a dormir, eso es la muerte […]. Un dormir sin horario, no nocturno.” (p. 63)

“Casi siempre lo que se llama innovación consiste en ponerse todos de acuerdo para imitar a uno solo […]” (p. 73)

“La siempre inteligente y soñadora ciudad de Buenos Aires” (p. 21)

“El mundo y yo nacimos el 1º de junio de 1874” (p. 107)

“¿Publicar? ¿Publicar cuando hasta los mejores publican 1071% veces más de lo que deberían publicar? Yo no tengo, ni deseo, tener sangre de estatua.” (p. 86)

Un libro imprescindible para adentrarse en la laberinto Macedonio.

Enlaces:

8 replies »

  1. Como filólogo, a primera vista este libro me parece un poco confuso, puesto que se presenta como un “Diccionario” y los textos de muestra que aparecen no indican que sea tal cosa. Me temo que los divulgadores ibéricos deberían tomar buena nota de los británicos, que hacen obras más pragmáticas, y de ahí su tradición en cuanto a los libros denominados prácticos, en los que se puede aprender desde jardinería hasta esquí, pasando por… novela, puesto que la novela no deja de ser un arte y un oficio. En cambio, este “diccionario” a mí no me parece realmente algo interesante, sino un compendio engañoso de pseudoliteratura, en la que sus autores -me parece a mí- quieren hacer sus pinitos, florituras o experimentos literarios. ¿Cuándo dejará la filosofía de intentar “juguetear” con otras disciplinas humanísticas? Desde luego, no me parece un espíritu pedagógico el hecho de burlarse del lector dándole como “diccionario” algo que no lo es. Si todo se hace así (haciéndose el original), entonces daremos por filosofía lo que no es tal y disfrazaremos los asesinatos de eutanasia y de “morir dignamente”. Un ejemplo pedagógico muy pobre. Un ejemplo ético más pobre. Un ejemplo humanístico más pobre todavía. Y en cuestiones de filología, literatura y traducción, es que esto ya no tiene nombre. Se les rogaría, señores filósofos, que si no tienen otra cosa mejor que hacer, no nos intenten dar gato por liebre y no se metan a orientadores lingüísticos y literarios cuando no lo son. Porque mire, que nos traten de dar gato por liebre con lo del Dr. Montes, pues allá cada uno lo que quiera creer, pero que encima vayan ustedes de críticos literarios, es algo muy fuerte. Venga, a ver si enseñan más y mejor filosofía y dejan de invadir otras disciplinas. Que las manchan.

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  2. ¡Válgame! venía con intención de hacer otro comentario y me encuentro con el de “anónimo”, que no puede parecerme sino eso, “anónimo” del todo. No más.Paso a otra cosa francamente insubstancial… Pero es que con frecuencia visito tu blog -que me parece uno de los más nutridos y, si se me permite la expresión, “nutrientes” de la red- y, perdona la trivialidad, siempre me pregunto ¡a qué hora lees tanto pero tanto!.. ¡Te respeto!.. y espero que no cejes en este enorme trabajo que aún a los más indisciplinados y anodinos como yo, nos brinda una oportunidad de aprender mucho.

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  3. Encantado de verte por aquí otra vez chand.Llevaba un tiempo desconectado y a “dieta de letras”. Me alegra mucho que mis comentarios te resulten útiles. Leer es mi droga particular. El alcohol también me valdría pero tiene demasiados efectos secundarios. Leer es para mí una vía de escape y también una búsqueda y una oportunidad para la reminiscencia. Un saludo.

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  4. Curioso laberito esto. Me parece un libro difícil, no obstante interesante. Parece un juego de salón, convertido en libro. Me gustan las definiciones de lector, (quizá pique un poco de todas, soy glotona, pero la de personaje la uso un poco más). A tener en cuenta, con la entrada del invierno, ahora hace mucha calor, para entrar en el mundo Macedonio. Te agradezco el que esté en tu columna de blogs a la derecha, es todo un honor, Gracias.

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  5. Hola Blanca, me alegra mucho que hayas dejado un comentario. Siempre he tenido en mucha consideración tu blog. A menudo encuentro en él buenas reseñas y recomendaciones. También me gusta el que tienes de cine. Sobre Macedonio. Estoy de acuerdo. Mejor el invierno. Y leerlo salteado, como él recomienda. Pero siempre sorprende reconocer en Macedonio recursos literarios que pensábamos originales de Cortázar, Borges o Calvino. Este viejo mendigo de Buenos Aires, obsesionado hasta la demencia con su Amada (la Eterna), reinventó la novela gracias a su extraña locura. Es un fenómeno extraño, una singularidad, dirían en Física.Gracias por intervenir.

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  6. Me gustaría leer ese libro para poder epxresar una opinión sin embargo Mecedonio Fernandez es un autor que se debe leer y ahora este libro que usted no reseña parace interesante y de pronto innovador, te espero por mi blog y estas linkeado.

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