Diario de lecturas

Joseph Heller: Trampa 22

Joseph Heller: Trampa 22. Flora Casas (tr.) Barcelona: RBA, 2007.

Catch 22 o Trampa 22 fue un best-seller antibélico allá por los sesenta, durante la guerra de Vietnam. Heller (1923-1999) había participado en la Segunda Guerra Mundial a bordo de un bombardero B-25 y en Trampa 22 utilizó su experiencia para hacer una sátira corrosiva de la guerra. La expresión Trampa 22 tuvo tanto éxito que se incorporó directamente a la lengua inglesa para expresar un dilema práctico sin solución posible. En el caso de Yossarian, el protagonista, el dilema consiste en que si alega locura para que lo envíen de vuelta a casa, los mandos le responderán que tener miedo a perder la vida en una misión es algo natural, propio de alguien que están cuerdo. En caso de que no alegue nada y esté verdaderamente loco, tampoco le devolverán a casa, porque para poder iniciar los trámites necesitan que el sujeto lo solicite. Además, desde el momento en que lo solicite significará que ha sanado milagrosamente pues quien tiene miedo de las misiones es alguien que conserva el juicio y la razón. Lo pida o no, esté loco o no, es imposible abandonar el ejército. Así lo cuenta Heller:

Sólo había una trampa, y era la 22, que establecía que preocuparse por la propia seguridad ante peligros reales e inmediatos era una proceso propio de mentes racionales. Orr estaba loco y podían retirarlo del servicio; lo único que tenía que hacer era solicitarlo. Y en cuanto lo hiciera, ya no estaría loco y tendría que cumplir más misiones. Orr estaría loco si cumpliera más misiones y cuerdo si no las cumpliera, pero si estaba cuerdo tenía que realizarlas. Si las realizaba estaba loco y no tendría que hacerlo; pero si no quería estaba cuerdo y tenía que hacerlo. A Yossarian le conmovió profundamente la absoluta sencillez de aquella cláusula de la trampa 22 y soltó un silbido de admiración. (p. 67)

La sátira de Heller ataca principalmente al funcionamiento de la burocracia militar. Utiliza un humor absurdo que recuerda bastante a Groucho Marx. Por ejemplo, cuando Yossarian está harto de misiones utiliza una enfermedad ficticia del hígado para poder pasar una temporada en el hospital militar. Está es la conversación que mantiene al respecto con su compañero Milo:

—Y me parece muy bien —replicó Yossarian—, porque ni siquiera lo toco. Estoy enfermo del hígado.
—Ah, ya. Se me había olvidado —dijo Milo, bajando la voz respetuosamente—. ¿Es grave?
—Lo suficiente —respondió Yossarian muy animado.
—Entiendo —dijo Milo—. ¿Qué quieres decir?
—Que no podría ser mejor…
—Creo que no comprendo.
—… sin ser peor. ¿Lo comprendes ahora o no?
—Sí, ahora sí. Pero creo que sigo sin comprender.
—Bueno, no te preocupes. A quien tiene que preocuparle es a mí. Verás, es que en realidad no estoy enfermo del hígado. Sólo tengo los síntomas. El síndrome de Garnett-Fleischaker.
—Entiendo —dijo Milo—. ¿Y qué es el síndrome de Garnett-Fleischaker?
—Una enfermedad del hígado.
—Entiendo —dijo Milo, y se frotó las negras cejas con expresión compungida y dolorida, como si esperara a que desapareciera alguna molestia interna—. En ese caso —añadió al fin—, supongo que debes tener mucho cuidado con lo que comes, ¿no?
—Muchísimo cuidado —contestó Yossarian—. No es fácil contraer un buen síndrome de Garnett-Fleischaker, y no quiero echar a perder el mío. Por eso nunca como fruta.
—Ahora sí que lo entiendo —dijo Milo—. La fruta es mala para el hígado, ¿no?
—No, la fruta es muy buena para el hígado. Por eso nunca la como.
—Entonces ¿qué haces con ella? —preguntó Milo, remontando con tesón su creciente confusión para espetarle la pregunta que le quemaba la boca—. ¿La vendes?
—La regalo.
—¿A quién? —gritó Milo, con voz quebrada.
—¡A quien la quiera! —le gritó Yossarian a su vez. (p. 91)

También es un buen ejemplo de estos diálogos absurdos que constituyen, en mi opinión, lo mejor de la novela, el que mantiene el Comandante Digno Coronel con Milo, su proveedor:

—A partir de ahora no quiero que venga nadie a verme mientras yo esté aquí —dijo—, ¿entendido?
—Sí, señor —contestó el sargento Towser—. ¿Eso me incluye a mí?
—Sí.
—Comprendo. ¿Alguna cosa más?
—No.
—¿Qué he de decir a las personas que vengan a verlo mientras esté usted aquí? —Dígales que esperen.
—Sí, señor. ¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que yo salga.
—¿Y después qué hago con ellas?
—Me da igual.
—¿Puedo dejarles entrar cuando usted haya salido?
—Sí.
—Pero usted no estará dentro, ¿verdad?
—No.
—Sí, señor. ¿Alguna cosa más?
—No.
—Sí, señor.
—A partir de ahora —le dijo el comandante Coronel al soldado cuarentón que se ocupaba del cuidado de su remolque—, no quiero que entre usted mientras yo esté aquí a preguntarme si necesito algo. ¿Entendido?
—Sí, señor —contestó el ordenanza—. ¿Cuándo debo entrar para saber si necesita algo?
—Cuando no esté aquí.
—Sí, señor. ¿Y qué debo hacer?
—Lo que yo le diga.
—Pero no estará usted aquí para decírmelo, ¿verdad?
—No.
—Entonces, ¿qué debo hacer?
—Lo que haya que hacer.
—Sí, señor.
—Eso es todo —dijo el comandante Coronel.
—Sí, señor —replicó el ordenanza—. ¿Alguna cosa más?
—No —contestó el comandante Coronel—. Y tampoco entre a limpiar. No entre bajo ninguna circunstancia, a menos que tenga la seguridad de que yo no estoy aquí.
—Sí, señor. Pero ¿cómo puedo saberlo?
—Si no está seguro, dé por supuesto que estoy dentro y márchese hasta que esté seguro. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Siento hablarle así, pero tengo que hacerlo. Adiós.
—Adiós, señor.
—Y gracias por todo.
—Sí, señor. (p. 145)

De Heller tomó Rafael Reig el combativo epígrafe de su novela Guapa de cara. Yossarian es un absoluto cobarde. Eso significa que no está loco, que simplemente…

Había tomado la decisión de vivir para siempre o morir en el intento. (p. 43)

Es una novela extremadamente irregular. Escrita por entregas, tiene unos primeros capítulos sorpresivos e hilarantes, donde el absurdo funciona como una perfecta máquina de humor subversivo. Sin embargo, a medida que avanza, la narración de Heller es confusa, repetitiva y oscila a veces hacia un dadaísmo sin gracia.

Personalmente, dentro de la sátira antibelicista creo que la novela de Heller es sensiblemente inferior a Las aventuras del valeroso soldado Schweik de Jaroslav Hasek.

Otro punto de vista en el estimable post de el_situacionista.

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Categorías:Diario de lecturas, Novela

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4 replies »

  1. Sí. Completamente de acuerdo. El autor debió de escribir los capítulos y luego lanzarlos al aire para que se publicaran enel orden en que descendieron al suelo. Hay cosas de <>Trampa 22<> que me recordaron a Vonnegut. Aunque, claro, no al nivel que tenía Kurt.Un saludo.

  2. Leí en wikipedia que Vonnegut y Heller eran buenos amigos. Esta mañana pasaban por televisión un documental sobre pilotos de bombarderos en la segunda guerra mundial. Todos héroes, todos habían volado más horas que nadie, de día, de noche, sin descanso. Y claro, pensé en Yossarian. Seguro que la realidad de la guerra se parecía más a la novela de Heller que a toda la demagogia publicitaria que se monta sobre cualquier guerra.Un saludo.

  3. Yo la he leído cuatro veces y me parece una gran novela. Comparando con Kurt, creo que puede estar a nivel. Kurt Vonnegut tiene algunas novelas no tan buenas, aunque no tan malas como otras de Heller.

  4. Bienvenido Palimp. Estupendo blog el tuyo.Es cierto que no todas las novelas de Vonnegut tienen la misma calidad. Sin embargo, creo que tiene muchos más recursos y obras más redondas que esta novela de Heller. Por ejemplo, recuerdo ahora El desayuno de los campeones.De todos modos me parece una lectura muy recomendable. No le recomiendo a nadie ahorrarse la risa que salta con algunos capítulos.Un saludo.

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