Diario de lecturas

George Orwell: Diario de guerra 1940-1942

George Orwell: Diario de guerra 1940-1942. Eduardo Rabasa Salinas (tr.) Madrid: Sexto Piso, 2006.

George Orwell es una figura extremadamente compleja. El elemento naif y didáctico de Rebelión en la granja, que ha sido incluso objeto de una versión animada para niños (Animal Farm, 1999), contrasta crudamente con su obra más conocida, 1984, o este Diario de guerra. Hace años, cuando pensaba en Orwell, venían a mi mente los “dibujos animados” y las ideas de justicia e igualdad de un comunista confeso que luchó en las Brigadas Internacionales contra Franco, y pensaba en alguien optimista, sabio, mártir, un “hombre bueno” a lo Machado.

Sin embargo, basta leer 1984 o Diario de guerra para darse de bruces con la realidad. Sobre Orwell pesa una sombra de misantropía, despiadada inteligencia calculadora, crudo relativismo moral, prejuicios racistas, tiránico dogmatismo espartano, odio visceral a los “ricos” y tenebroso afán apocalíptico. Hay en Orwell un preocupante parecido con el lado más oscuro de la utopía de Platón y creo que está conectado con la severa desconfianza de ambos respecto a las posibilidades de mejora de la naturaleza humana. En ambos, la estupidez de la mayoría legitima tanto la mentira política como el uso higiénico y educativo de la guerra. En este Diario Orwell ataca una y otra vez, en un alarde de preocupante masoquismo, cualquier motivo para la esperanza.

Demos ahora razones de lo dicho anteriormente. La misantropía y el racismo llaman la atención en numerosos textos del diario. Por ejemplo, sobre las familias con hijos que duermen en el metro por miedo a los bombardeos dice con evidente desprecio “todos tendidos en una hilera cual conejos a la plancha… los niños acostados boca arriba, con sus pequeñas mejillas rosas como muñecas de cera, y todos profundamente dormidos” (p. 95). A los soldados que reciben con entusiasmo las arengas de sus superiores corruptos los compara con un becerro que come estiércol y no sabe decidir si le gusta o no y que, por tanto, necesita “que una vaca con experiencia lo corneara, tras lo cual recordaría de por vida que el estiércol no es buena comida” (p. 52). Los judíos son naturalmente sospechosos y fascistas (p. 65) y los indios por naturaleza inferiores (p. 124). Gandhi, otro malvado Rasputín (p. 120).

Orwell demuestra un odio feroz hacia la publicidad. Con muchísima antelación se dio cuenta de que la mentira de los anunciantes y la estupidez de los consumidores pertenecen a la esencia de un sistema mortalmente venenoso para el ser humano como es el capitalismo. Las críticas de Orwell a la publicidad recuerdan los innumerables ataques de Platón a la cosmética o la democracia. El capitalismo es el sistema político que coloca los demonios de lo sensible y lo aparente en el lugar del ser y la verdad. Y la única arma definitiva contra este sistema es la guerra, la guerra total, que arrase con todo lo falso, destruya la propiedad privada, de a luz al comunismoy deje en pie sólo a verdaderos hombres. Esta confianza en las virtudes purificadoras de la guerra son realmente inquietantes:

Siempre, cuando camino por las estaciones del metro, me enferma la publicidad, las estúpidas caras que te miran y los estridentes colores, la generalizada y frenética lucha por inducir a la gente a que gaste trabajo y material consumiendo inútiles lujos o dañinas drogas. Con cuánta basura barrerá esta guerra, si tan sólo podemos resistir el verano. La guerra es simplemente el inverso de la vida civilizada; su lema es «Maldad, sé mi bondad», y es tanto lo bueno de la sociedad moderna que en realidad es malo, que es cuestionable el que en un balance la guerra haga daño. (p. 24)

Cripps dijo varias cosas que me impresionaron y me horrorizaron un poco. Una fue que mucha gente cuya opinión era valiosa pensaba que la guerra terminaría para octubre, es decir, que Alemania estaría acabada para aquel entonces. Cuando dije queeso me parecería un simple y llano desastre (porque si la guerra se ganara con tanta facilidad no habría verdaderas transformaciones aquí y los millonarios americanos aún estarían in situ), pareció no comprenderme. (p. 138)

Es curioso, en todo momento Orwell lee la Segunda Guerra Mundial en clave marxista: es la lucha del capitalismo por hacerse con el mundo. Nacionalsocialismo alemán y democracia norteamericana son simples títeres del mismo sistema. Orwell confía en que se exterminen mutuamente y dejen paso a un orden social dominado por la clase trabajadora. Pero, para ello, se necesita una guerra muy larga y destructiva que nadie desea excepto el propio Orwell.

Para terminar, un texto muy representativo del pesimismo de Orwell acerca de la naturaleza humana en general.

Nos hundimos en la inmundicia. Cuando hablo con alguien o leo lo que escriben quienes tienen algún interés personal, siento que la honestidad intelectual y el juicio equilibrado simplemente han desaparecido de la faz de la Tierra. El pensamiento de todo el mundo es forense, todo el mundo simplemente ofrece una «visión», con la supresión deliberada del punto de vista de su rival y, lo que es más, con completa insensibilidad ante cualquier sufrimiento, excepto el suyo y el de sus amigos. El nacionalista indio está sumido en la autocompasión y en el odio a Inglaterra, y es absolutamente indiferente a la miseria china, el pacifista inglés se pone como loco respecto a los campos de concentración en la Isla de Man y se olvida de los que hay en Alemania, etc., etc. Uno se da cuenta en el caso de las personas con las que se está en desacuerdo, como los fascistas o los pacifistas, pero de hecho todo el mundo hace lo mismo, al menos todo el mundo que tiene una opinión definida. Todo el mundo es deshonesto y todo el mundo es absolutamente desalmado con la gente que está fuera del rango inmediato de sus propios intereses y simpatías. Lo que más sorprende es cómo la simpatía puede abrirse o cerrarse como un grifo de acuerdo con la conveniencia política. Todos los rojillos, o al menos la mayoría, que manifestaron por doquier su ira contra las atrocidades nazis antes de la guerra, se olvidaron completamente de éstas y obviamente perdieron su simpatía por los judíos, etc., tan pronto como la guerra empezó a aburrirlos. (p. 123)

PostData

  1. El perro de los Orwell se llamaba Marx.
  2. En 1940 se hablaba ya del control de los pozos de petróleo de Irán e Irak como una necesidad inexcusable para establecer un orden mundial. Más de 60 años después Bush engañó a millones hablándoles de libertad y democracia para Afganistán, Irán e Irak.
  3. Orwell repite varias veces en el libro que en tiempos de guerra la gente está más dispuesta a hablar con desconocidos. Tiendo a pensar que es verdad: es una pena que sólo nos mostremos sociables en momentos de peligro. Esto dice muy poco a favor de la sentencia aristotélica de que el hombre es un animal social.
  4. Las pocas notas de humor están dedicadas a la hipocresía cristiana de las ceremonias castrenses, tan carentes de autocrítica. Orwell cree que “la actitud cristiana debería consistir en pensar que no somos mejores que nuestros enemigos: todos somos pecadores miserables, pero resulta que sería mejor si nuestra causa prevaleciera y por ello es legítimo rezar por ella…”(p. 80)
  5. La portada del libro, una expresiva ilustración de Jis, es, en mi opinión, excelente.
  6. Enhorabuena a la editorial Sexto Piso que con este título ha dado de nuevo en el blanco.

Categorías:Diario de lecturas, Memorias

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