Diario de lecturas

Amin Maalouf: Los jardines de Luz

Amin Maalouf: Los jardines de Luz. Mª Concepción García-Lomas (trad.) Madrid: Alianza editorial, 2003.

Hace algunos años que Alianza está reeditando y reordenando su fondo editorial en la colección Biblioteca de autor. Esta incluye la obra fundamental de clásicos como Borges, Unamuno, Machado, Hesse, Kafka, Proust, Salinas, Camus, Faulkner, Nietzsche o Freud y también algunos autores menos clásicos y más contemporáneos como Bernhard, Handke, Mishima o el propio Maalouf.

Amin Maalouf es un escritor libanés emigrado a Francia desde la guerra civil de 1976. Su producción novelística está traducida en Alianza editorial y se compone de los siguientes títulos: León el africano (1986), Samarcanda (1988), Los jardines de Luz (1991), El primer siglo después de Beatrice (1992), La roca de Tanios (Premio Goncourt, 1993), Las escalas de Levante (1996), El viaje de Baldassare (2000) y Orígenes (2004). También en Alianza podemos encontrar los ensayos Las cruzadas vistas por los árabes (1983) e Identidades asesinas (1998).

La obra de Maalouf es casi íntegramente novela histórica. Mediante personajes heroicos Maalouf da vida a episodios paradigmáticos del pasado que puedan ilustrarnos sobre cómo superar la brecha entre el mundo occidental y el mundo islámico. Libanés de nacimiento y, por tanto, consciente de la necesidad de tender puentes entre las diferentes culturas, Maalouf pretende con sus novelas llamar la atención sobre la eterna lucha que enfrenta a la intolerancia y el fanatismo con los ideales de ilustrados de igualdad y libertad.

La novela que comentamos es un buen ejemplo de la idea anterior. Los jardines de Luz reconstruye la vida de Mani, hombre santo del estilo de Jesús o Buda, que vivió en Persia durante el siglo III de nuestra era. Los tres tienen en común haber luchado contra religiones establecidas que dividían la sociedad en razas o castas, sometían la creencia religiosa al mero ritual y estaban dominadas por la intolerancia inquisitorial de los sacerdotes. Jesús contra la religión judía, Buda contra el hinduismo y Mani contra el zoroastrismo o mazdeísmo. Cristianismo, budismo y maniqueísmo intentan fundar una religión no excluyente capaz de incorporar a todos los pueblos de la tierra en una sola creencia.

A veces, hastiado por la insistencia de las editoriales en resucitar el antiguo Egipto o la vieja Roma, me pregunto qué utilidad puede tener la novela histórica, aparte de satisfacer el cuestionable interés general por lo exótico, el instinto kitsch de las masas de lectores. En muchos casos, ese tipo de pseudo-literatura no hace más que tergiversar los hechos con la intención de hacer proselitismo o vender más ejemplares.

El caso de Maalouf es diferente. Es mucho más entretenido e instructivo leer su novela que aprender sobre el maniqueísmo en una enciclopedia. Pero, al mismo tiempo, siento cierta desazón al comprobar que el único objetivo de la obra es didáctico, pedagógico. Es un corsé demasiado estrecho que resta capacidad al libro para sorprender o apasionar.

Para terminar algunos textos que ilustran las ideas de Mani, revolucionarias en su época y también hoy.

A continuación, después de presentar con algunas frases sus credenciales, expresó su esperanza de ver a todos los subditos del Imperio reunidos en torno a una sabiduría común. — «La misma chispa divina está en todos nosotros, no pertenece a ninguna raza ni a ninguna casta, no es macho ni hembra; todos debemos alimentarla de belleza y conocimientos y así conseguirá resplandecer; un hombre es grande sólo por la Luz que hay en él.» (p. 173)

-Invoco a todas las religiones y a ninguna. Se ha enseñado a los hombres que deben pertenecer a una creencia como se pertenece a una raza o a una tribu. Y yo les digo: os han mentido. Aprended a encontrar en cada creencia, en cada idea, la substancia luminosa y a separar los desperdicios. Aquel que siga mi camino podrá invocar a Ahura Mazda, a Mitra, a Cristo y a Buda. A los templos que elevaré, cada cual vendrá con sus plegarias. (p. 165)

«¡A veces me pregunto si no será el señor de las Tinieblas el que inspira las religiones, con el único fin de desfigurar la imagen de Dios!». (p. 98)

«Por un sacerdote que se sacrifica hay cuarenta que sólo sueñan con el poder y que no viven más que para conspiraciones e intrigas. Dictan a todo el mundo cómo vestir, comer, beber, toser, eructar, llorar, estornudar, qué fórmula farfullar en cada circunstancia, qué mujer desposar, en qué momento evitarla o abrazarla, y de qué manera. Hacen que grandes y chicos vivan en el terror de la impureza y de la impiedad.
Se han apropiado de las mejores tierras de cada región, han amasado riquezas, sus templos rebosan de oro, de esclavos y de grano; cuando el hambre hace estragos, son los únicos que no la sufren. A lo largo de los reinados, han ido acumulando prerrogativas. No hay un adolescente que sepa alinear dos caracteres sin que un sacerdote le haya guiado la mano; no puede concluirse un acto de venta sin que ellos perciban su parte, ni puede resolverse un litigio sin su arbitraje. Los sacerdotes también deciden si un decreto real es conforme a la ley divina, ley que, evidentemente, ellos interpretan a su conveniencia. (p. 188)

Categorías:Diario de lecturas, Novela

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