Diario de lecturas

Leonardo Sciascia: Todo modo

Leonardo Sciascia

Leonardo Sciascia: Todo modo. Barcelona: Tusquets Fábula, 1998

Una anécdota curiosa que Borges cuenta en algún prólogo o entrevista es que la lectura de Stevenson significó para él una forma imperecedera de felicidad. La lectura de ciertos autores proporciona indiscutiblemente cierto placer: Sciascia es uno de ellos.

Entre los libros más logrados de Sciascia se hallan sus novelas policiacas. A la década de los setenta pertenecen El contexto (1971) y Todo modo (1974). Poco antes de su muerte publica su obra maestra, El caballero y la muerte (1988), y Una historia sencilla (1989).

El propósito de Sciascia al dedicarse al género policiaco no es entretener sino poner de manifiesto la verdadera naturaleza del poder. Nació y vivió en Sicillia por lo que fue siempre consciente de la omnipresencia de la Mafia en el funcionamiento de la sociedad. Sin embargo, su descripción de la corrupción política en Italia es mucho más que una denuncia local, es, más bien, un profundo tratado de teología y filosofía política.

Resulta curioso observar cómo las tesis principales de Sciascia sobre el poder político coinciden con las del ensayista Jean Baudrillard. Según ambos, el Estado hace tiempo que ha desaparecido. Al poder le pertenece por naturaleza el permanecer oculto, el no revelarse. El poder tiene su santuario en el caos, en lo innombrable. No cesamos de inventar palabras como libertad, democracia, parlamento, constitución… para protegernos de esa verdad. La maestría novelística de Sciascia reside en poner de manifiesto las grietas por las que asoma el monstruo, la nada:

Ministros, diputados, profesores, artistas, financieros, industriales: lo que suele llamarse la clase dirigente. ¿Y qué dirigía, en realidad? Una telaraña en el vacío, la propia y frágil telaraña, aunque sus hilos fueran de oro. (p. 105)

—Por favor, señores… —dijo el padre Gaetano al ministro y al presidente—, espero que no van a darme el disgusto de decirme que el Estado sigue existiendo… A mis años, y con toda la confianza que he depositado en ustedes, resultaría una revelación insoportable. Tan tranquilo como estaba pensando que ya no existía… (p. 161)

Pero las coincidencias con Baudrillard no terminan ahí. Hay fragmentos de la novela que traen inmediatamente a la memoria las tesis de La transparencia del mal. Al fondo siempre está Heráclito: la guerra es el padre de todas las cosas.

Quiero obsequiarle incluso con una pequeña paradoja, una explicación de por qué me clasifico entre los malos, no por modestia sino por convicción. Los sacerdotes buenos son los malos. La supervivencia, y, más que la supervivencia, el triunfo de la Iglesia a lo largo de los siglos, se debe más a los sacerdotes malos que a los buenos. Detrás de la imagen de la imperfección vive la idea de la perfección. El sacerdote que viola la santidad o, en su manera de vivir, hasta la escarnece, en realidad la confirma, la enaltece, la sirve… Pero ésta es una verdad muy trivial; podría, incluso, reducirla o complicarla. (p. 69)

Y en su verdadera esencia, el cristianismo es esto: que todo está permitido. ¿Cree usted que serían posibles el crimen, el dolor, la muerte si Dios no existiera? (p. 108)

—No hay otro camino, no hay otra salida. Destruir, destruir… Nuestro mayor error, el mayor error que han cometido quienes han gobernado, o han creído gobernar, la Iglesia de Cristo, ha consistido en identificarse, en determinado momento, con un tipo de sociedad, con un tipo de orden. Es un error que perdura, aunque ya seamos muchos los que comenzamos a darnos cuenta de que es un error. (p.145)

La novela pone al descubierto, inútilmente y por enésima vez, las miserias de la Iglesia católica:

  • Sobre los sacerdotes.

—¿Ha conocido usted muchos sacerdotes?
—He conocido algunos… De niño, de joven, en un pueblecito. Dos o tres buenos por nueve o diez malos. Los buenos eran los que no se metían en la vida de los demás, no cargaban la mano en las tarifas de bodas, funerales y bautizos, efectuaban alguna mejora, es decir algún daño, en su iglesia, no daban pie a murmuraciones. Los malos eran los ávidos y los avaros, que dejaban desmoronarse su iglesia, que, confesando a las mujeres, las azuzaban contra sus maridos, que tenían a su alrededor ursulinas, hijas de María y, beatas adineradas. Pero tanto los buenos como los malos, totalmente ignorantes. (p. 68)

  • Sobre los fieles:

—Perdóneme usted, pero usted no sabe de lo que es capaz la gente de familia e Iglesia, la gente de misal en la mano, toda esa gente que dice amar al prójimo como a sí mismo… Dentro de dos meses, y no puede imaginarse lo largos que se me hacen, habré cumplido treinta años de servicio en la policía. Pues bien, le diré que los crímenes más feroces con que me he encontrado, los más racionales, los más difíciles de descubrir, así como también los más locos y los más fáciles, han sido cometidos por hombres y mujeres que tenían las rodillas así —modeló con las manos como una hogaza de pan— de apoyarse en los peldaños del coro y en el reclinatorio de los confesionarios… Y algunos, claro, por asuntos sexuales; pero en su mayoría, créame, por dinero, y casi siempre por dinero a heredar del pariente más próximo. (p. 153)

Otra advertencia impagable de Sciascia sobre el funcionamiento real de las fuerzas de seguridad del Estado:

—¿Ha tenido problemas con la policía?

—Si, pero no por algo que yo hiciera, sino por algo que me hicieron a mí. Por víctima. Me robó la cartera un desconocido a quien había dejado subir al coche. Presenté una denuncia. Y ¿sabe usted qué pensaron?

—Simulación de delito.

—Exactamente. Me interrogaron durante doce horas. Casado, sí; fulana, no; juego, nunca he jugado, ni a la lotería, ni siquiera a la lotería; deudas, ni una lira; cuánto llevaba en la cartera, unas cien mil liras, exactamente no lo sé; imposible, pues no le quepa la menor duda… Y dale que dale sobre este punto hasta que, desesperado, le dije al sargento: «Dígame usted cuánto lleva en la cartera, exactamente». Se lo pensó un poco, porque no se esperaba la pregunta, y después, seco, me responde: «Treinta y siete mil quinientas liras». yo, ingenuamente: «Veámoslo». Ojalá me hubiera callado, porque se organizó un follón de mil demonios. Después llamaron a mi esposa, y le metieron la duda de si yo mantenía a otra mujer. En fin, que pasé un mal rato. Y eso que era la víctima. (p. 79)

Sobre el acertijo policiaco, que no es mi fuerte, prefiero volver al epígrafe, al texto de Dioniosio Areopagita, “a lo Borges”.

Puesto que, en verdad, la causa buena de todas las cosas es a la vez expresable con muchas palabras, con pocas y hasta con ninguna, en cuanto no existe discurso ni conocimiento de ella, puesto que todo trasciende de modo supersustancial, y se manifiesta sin velos y verazmente a los que dejan atrás tanto las cosas impuras como las puras, y ascienden más allá de todas las cimas más santas, y abandonan todas las luces divinas y los sonidos y las palabras celestiales, y se sumergen en la niebla, donde realmente reside, como dice la Escritura, aquel que está por encima de todas las cosas… Y decimos que esta causa no es ánima ni mente; que no tiene imaginación ni opinión ni razón ni pensamiento, y no es razón ni pensamiento; no se puede expresar ni pensar. No es número ni orden ni grandeza, pequeñez, igualdad, desigualdad, semejanza, desemejanza. No está inmóvil ni en movimiento; no está en reposo ni tiene fuerza, y tampoco es fuerza o luz. No vive y no es vida: no es sustancia ni edad ni tiempo; de ella no surge enseñanza intelectual. No es ciencia y no es verdad, ni potestad regia ni sabiduría; no es uno, no es divinidad o bondad, no es espíritu, según nuestra noción de espíritu. No es filiación ni paternidad ni otra cosa alguna de las que son conocidas por nosotros o por cualquier otro ser. No es nada de lo que pertenece al no-ser y tampoco de lo que pertenece al ser; ni los seres la conocen, tal como es en sí, de la misma manera que ella no conoce a los seres en tanto que seres. No se da de ella concepto ni nombre ni conocimiento; no es tiniebla y no es luz, no es error y no es verdad…

Dionisio Areopagita, De Mystica theologia.

Categorías:Diario de lecturas, Novela

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