Diario de lecturas

Gonzalo Hidalgo Bayal: Nemo (2016)

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Gonzalo Hidalgo Bayal: Nemo. Barcelona: Tusquets, 2016. 

El tono general de Campo de amapolas blancas (1997) era de levedad, delicadeza y ternura hacia unos personajes singulares que bien podrían recordar a aquel compañero de colegio o facultad y, al mismo tiempo, encarnar vagamente ciertos arquetipos filosóficos.

En Paradoja del interventor (2004) la familiaridad del lector con los personajes es sometida a la densidad reflexiva (que es mucha, kafkiana y existencialista) de la novela como un todo.

Tras el intervalo épico-cosmogónico de El espíritu áspero, esta evolución desde lo Singular a la Idea se confirma en Nemo (2016), donde el protagonista simboliza una especie de Bartleby del lenguaje, “voz amenazante de quien calla y no habla”.

En la esfera política sería la misma inquietud que despierta la rebelión del voto en blanco en el Ensayo sobre la lucidez de José Saramago.

No abundan en la literatura en castellano autores capaces de urdir párrafos como este, donde, a partir del silencio inexplicable de Nemo, se equiparan negación del lenguaje y apocalipsis.

Resuena en el estilo de Bayal  la prosa barroca de Rafael Sánchez Ferlosio.

Quien renuncia al lenguaje, dice, también renuncia al hombre: de ahí el desconcierto, de ahí la hostilidad. Nemo es el sujeto del que no se espera nada, que no va a salvar a los habitantes de esta tierra ni va a hacer aflorar sus miserias, como los forasteros en el cine del oeste, que ni siquiera va a hablar y contar historias remotas, como si hubiera llegado enfermo a los mares del sur. Nemo no es un mesías, dice, ni siquiera un precursor. Pero tal vez la negación del lenguaje ya sea una forma de hacer lo uno y lo otro, de ser lo uno y lo otro, forastero en el oeste, tuberculoso en los mares del sur, y entonces, en realidad, sí es un mesías, sí es un precursor, voz que clama sin voz en el desierto, que no anuncia la redención sino el desastre, que niega todo paraíso y sólo propone el cumplimiento sordo del apocalipsis: de ahí nuestra solicitud. De ahí, dice, la sucesión o la coexistencia de dos comportamientos colectivos: el intento de ganarse la voluntad de Nemo, de incluirlo en nuestra comunidad, junto al afán por hacerle la vida imposible, de excluirlo, de anularlo, de hacer callar por miedo la voz amenazante de quien calla y no habla. Tal vez ambos violentos, añade. Nos movemos en la contradicción y la paradoja: entre el magnetismo de lo ignoto y la magnitud de la ignominia. (p. 236)

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