Diario de lecturas

Simone Weil: La gravedad y la gracia (1947)

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Simone Weil: La gravedad y la gracia. Carlos Ortega (tr.) Madrid: Trotta, 1994. 

Lo primero es saltarse rápidamente el prólogo.

A continuación, no pierdas el tiempo leyendo aquello que no vas a ser capaz de vivir, porque en Weil pensamiento y vida son la misma cosa. Es inútil intentar incorporar sus textos a la “Historia de la Filosofía”.

Weil escribe para quien tenga una fina sensibilidad para la mística y lo sagrado. Escribe para iniciados, para tocarte y moldear tu alma.

Es filosofía perenne.

Recuerda tanto a San Juan de la Cruz o Miguel de Molinos…

Tenía treinta y cuatro años al morir y de ella decían principalmente que estaba loca. Hay que estarlo para tomarse en serio estas consignas revolucionarias.

DESAPEGO

Para lograr el desapego total no basta con la desgracia. Es necesario una desgracia sin consuelo. Es necesario no tener consuelo. Ningún consuelo representable. Es entonces cuando desciende el consuelo inefable.

Condonar las deudas. Aceptar el pasado sin pedirle compensación al futuro. Detener inmediatamente el tiempo. La aceptación de la muerte es también eso.

“Él se vació de su divinidad”. Vaciarse del mundo. Asumir la condición de esclavo. Reducirse al punto que se ocupa en el espacio y en el tiempo. A nada.

Despojarse del señorío imaginario del mundo. Soledad absoluta. Es entonces cuando se posee la verdad del mundo. (p. 63)

RENUNCIA AL TIEMPO

El tiempo y la caverna. Salir de la caverna, apartarse, consiste en no orientarse más hacia el futuro. (p. 70)

DESAPARICIÓN

Dios me ha dado el ser para que yo se lo devuelva. Es como una de esas pruebas que parecen trampas, tan frecuentes en los cuentos infantiles y en las historias de iniciación. Si acepto la dádiva, resulta malo y fatal; su virtud aparece con la negativa. Dios me permite existir fuera de él. Soy yo quien ha de rechazar esa autorización.

La humildad es la negativa a existir fuera de Dios. La reina de las virtudes.

El yo no es más que la sombra proyectada por el pecado y el error, los cuales se interponen ante la luz de Dios, y a los que yo tomo por un ser.

Aunque pudiéramos ser como Dios, más valdría formar parte del barro que le obedece.


Gracias a Rosalía por la recomendación.

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