Simone Weil: Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social. Carmen Revilla Guzmán (pr. y tr.) Madrid: Trotta, 2015. [Réflexions sur les causes de la liberté et de l’oppression sociale, Albert Camus (ed.), 1955]
Este breve ensayo, casi perfecto, redactado por una jovencísima Simone Weil en 1934, no vio la luz hasta que Albert Camus lo incluyó como pieza fundamental en la antología Oppression et liberté de 1955.
Mi primera impresión tras la lectura está relacionada con la influencia de Emile Chartier, más conocido por su pseudónimo Alain, profesor de Weil en el Liceo Enrique IV de París. Alain, periodista e intelectual, es recordado por una espléndida monografía sobre Spinoza, su activismo pacifista y su oposición al fascismo rampante de la época. En la forma en que discurre el pensamiento de Weil hay un evidente parecido de familia con la prosa de Spinoza en los escolios de la Ética: las definiciones precisas, la argumentación sólida, el análisis implacable, el esfuerzo en la mirada… Spinoza aparece además en el epígrafe («En lo que concierne a las cosas humanas, ni reír, ni llorar, ni indignarse, sino comprender») y en el título (recuérdese que las causas de la libertad son en Spinoza el objetivo primero del sabio).
Weil era consciente de estar escribiendo «cosas eternas» o, al menos, para la posteridad. Su crítica a los dogmas marxistas y la idea de «revolución» será reciclada con mucha menos fortuna por Horkheimer décadas después.
La edición de Trotta es ejemplar tanto en la traducción como en la presentación («Bajo el peso de la espera»), ambas a cargo de Carmen Revilla Guzmán. Weil es fiel al método materialista de Marx: no hay pensamiento ni libertad ajeno al peso de la realidad, ya sea la arbitrariedad de la Naturaleza o la inevitable opresión del poder político. Aún así, y aquí retorna de nuevo Spinoza y se anuncian las futuras convicciones místicas de la autora, la atención, la espera y la contemplación van mucho más allá de la inactividad, en un sentido que el revolucionario de turno, por desgracia, sería incapaz de asimilar. Así, dice Weil, «el método propio de la filosofía consiste en concebir claramente los problemas insolubles en su insolubilidad, después en contemplarlos sin más, fijamente, incansablemente, durante años, sin ninguna esperanza, a la espera».
El ensayo de Weil comienza con una necesaria crítica al marxismo ortodoxo que acumulaba un siglo de fracasos y continúa con un análisis del por qué de esos fracasos, de la inevitabilidad de la injusticia social. A continuación, Weil perfila las características de una sociedad libre utópica para entresacar aquello que pudiésemos aplicar a nuestro presente. Termina la autora con una sombría crítica a la sociedad de su tiempo donde el individuo ha sido absorbido y anulado por la colectividad. La naturaleza profética de su discurso es, en este caso, apabullante.
La época actual, dice Weil, parece «privada de futuro», es un tiempo de angustia en el que las democracias han mostrado un rostro siniestro, el progreso científico-técnico parece que conduce inevitablemente a la catástrofe, y la ciencia y el arte se han aislado de las masas, condenando para siempre el proyecto ilustrado. Parecería, cómo no, el momento del cambio pero «a la clase media no le seduce la revolución salvo cuando la evocan, con fines demagógicos, aprendices de dictador». Y si algún marxista afirma que la situación es «objetivamente revolucionaria», que las fuerzas productivas están preparadas para dar el salto a un nuevo orden social, y se queja de la escasa movilización, no hace más que prolongar la agonía de una propuesta que nunca se cuestionó el dogma del «progreso».
¿Quién sabe si los revolucionarios no han vertido su sangre tan vanamente como los griegos y troyanos del poeta, que, embaucados por una falsa apariencia, se batieron durante diez años en torno a la sombra de Helena?
La crítica de Weil a los dogmas de la filosofía marxista de la historia es demoledora. Socialismo científico y capitalismo coinciden tristemente en jugárselo todo al desarrollo de las fuerzas productivas, soñando con fuentes de energía inagotables o robots que nos devuelvan el ocio del paraíso perdido. La realidad es que esta confianza ciega en el progreso científico-técnico es una herencia envenenada de los orígenes hegelianos del pensamiento de Marx. Su optimismo acrítico ha llevado al movimiento obrero a un fracaso tan profundo que obliga a replantearse si es posible cualquier tipo de cambio social mientras se mantenga un modo de producción asentado en la deshumanización de la cadena de montaje. La utopía de la desaparición de la propiedad privada no aliviará en nada la alienación de los trabajadores porque el auténtico yugo es la «fábrica»; así lo experimentará la propia Weil al incorporarse a la Renault durante un año y terminar confesando que en tan poco tiempo la habían marcado de por vida con el sello de la esclavitud.
La historia del movimiento obrero se ilumina así con una luz cruel, pero particularmente viva. Es posible resumirla en su totalidad señalando que la clase obrera nunca ha dado pruebas de su fuerza más que cuando ha servido a algo distinto a la revolución obrera. El movimiento obrero pudo dar la ilusión de poder mientras se trataba de eliminar vestigios de feudalismo, de instalar la dominación capitalista tanto bajo la forma de capitalismo privado como bajo la de capitalismo de Estado, como sucedió en Rusia; (…) La palabra revolución es una palabra por la que se mata, por la que se muere, por la que se envía a las masas populares a la muerte, pero que no tiene ningún contenido.
La opresión es una constante en la historia de la humanidad. O bien vivimos sometidos a los caprichos de la Naturaleza o bien a la lucha de clases que engendra necesariamente la división del trabajo. Es un hecho que, una vez que nos libramos del yugo de la Naturaleza, se siguen modos de producción donde unos pocos piensan y la mayoría ejecuta. Es una carrera interminable por el poder, como si la fatalidad de la locura hubiera caído sobre los hombres.
En general, entre los seres humanos, las relaciones de dominación y sumisión, al no ser nunca plenamente aceptables, constituyen siempre un desequilibrio inevitable que se agrava continuamente; es así, incluso, en el ámbito de la vida privada, donde el amor, por ejemplo, destruye todo equilibrio desde que intenta esclavizar a su objeto o esclavizarse a él; pero ahí, al menos, nada exterior se opone a que la razón vuelva a ordenarlo todo, estableciendo la libertad y la igualdad, mientras que las relaciones sociales, en la medida en que los procedimientos mismos de trabajo y de combate excluyen la igualdad, parece que hacen pesar la locura sobre los hombres como una fatalidad exterior. Por el hecho de que no hay nunca poder, sino solamente carrera hacia el poder, y una carrera sin término, sin límite y sin medida, no hay tampoco límite ni medida a los esfuerzos que exige; los que se entregan a ella, obligados a hacer cada vez más que sus rivales, que a su vez se esfuerzan en hacer más que ellos, deben sacrificar no solo la existencia de los esclavos sino la suya propia y la de sus seres más queridos. Es así como Agamenón, que inmoló a su hija, revive en los capitalistas que, para mantener sus privilegios, aceptan a la ligera guerras que pueden arrebatarles a sus propios hijos.
Necesitamos la técnica para protegernos de la arbitrariedad de la Naturaleza pero aquella va necesariamente ligada a la explotación de unos hombres por otros. A pesar de esto, el hombre experimenta un impulso innato hacia la libertad. ¿Cuáles serían, por tanto, las condiciones de posibilidad de la libertad en un mundo donde la opresión es inevitable? Para descubrirlo Weil, inspirándose en Spinoza, plantea el «bosquejo teórico de una sociedad libre».
La libertad verdadera no se define por una relación entre el deseo y la satisfacción, sino por una relación entre el pensamiento y la acción.
No se es más libre por conseguir todo lo que nuestros deseos irracionales exigen, sino cuando el pensamiento se incorpora a la acción. Es decir, como cuando resolvemos un problema de Matemáticas sabiendo el por qué de cada una de las operaciones que realizamos. Un modo de producción plenamente libre sería aquel en el que no hubiese un abismo entre los que piensan y ejecutan sino una organización horizontal donde el pensamiento fuese propiedad de todos. Sin embargo, nuestra sociedad actual es experta en privar de la luz del entendimiento a la mayoría, que vive a expensas de una serie arbitraria e inexplicable de crisis económicas. Parecemos, dice Weil, viajeros inconscientes en un automóvil que cruza a toda velocidad un país accidentado.
En una situación así ¿qué pueden hacer los que se obstinan aún, frente y contra todo, en respetar la dignidad humana en ellos mismos y en los otros? Nada, salvo esforzarse en poner un poco de holgura en el engranaje de la máquina que nos tritura; captar, donde puedan, todas las ocasiones de despertar un poco el pensamiento.


