Diario de lecturas

Yuri Herrera: Trabajos del reino (2004)

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Yuri Herrera: Trabajos del reino. Cáceres: Editorial Periférica, 2010.

Impresionado tras leer la segunda novela de Yuri Herrera, Señales que precederán al fin del mundo (2009), quiero reseñar brevemente la primera y la tercera, Trabajos del reino (2004) y La transmigración de los cuerpos (2013).

Para el autor mexicano escribir no consiste en hacer metaliteratura sino en contar historias y eso, la verdad, se agradece. Las buenas historias pertenecen al género épico. Yuri Herrera se las encuentra a cada paso en la vida cotidiana de un México convulso por el tráfico de drogas y seres humanos que ha convertido la frontera con Estados Unidos en un territorio sin ley.

En Trabajos del Reino el protagonista es el Artista, un joven juglar que compone narcocorridos para el capo de turno. Se gana el pan con sus versos llenos sangre, acción y elogios al Rey. Por un lado, su papel es esencial pues es el que graba las historias en el recuerdo colectivo pero, por otro, tiene muy poca inteligencia política y queda atrapado en las intrigas de la Corte.

La maestría de Yuri Herrera en la narración reside en combinar un lenguaje directo con el punto de vista de un tipo que no se entera de nada. De ahí que a medida que avanzamos lo que se dice sigue siendo igual de claro pero las elipsis son cada vez  más frecuentes y el final queda completamente abierto. El Artista no tiene idea de cómo ni por qué de repente lo quieren muerto y tiene que escapar. El Artista es pura pasión por las palabras, esa “luz constante” pero inútil para desenvolverse en el Reino.

Sócrates y Epicuro aconsejaban a sus alumnos alejarse de asuntos políticos si querían ser felices pero ¿de qué otro sitio podrían obtener el Artista o el Filósofo la materia para sus canciones o pensamientos? Así que el destino del que ama las palabras es siempre trágico.

Cada vez se adueñaba de más palabras, gracias a los libros que el Periodista le daba y no recibía de vuelta, aunque le insistiera.
— Eso está bien —dijo el Periodista—, eso está bien para nosotros, los que le atamos las pacas o le cuidamos las espaldas, pero usted es otra cosa, no digo que no lo quiera, pero lo suyo es arte, compa, usted no tiene por qué atorarse con pura palabra sobre el Señor.
— ¿Por qué no? Yo escribo de lo que me emociona, y si lo que me emociona es la obra del Jefe, ¿por qué no?
— Claro, claro, no me entienda mal, Artista, lo que digo es que lo suyo tiene vida propia, que no depende de esto. A mí me parece bien que nuestros desmadres le sirvan de motivo, sólo espero que no tenga que escoger. Yo a usted lo veo hecho pura pasión, y si un día tiene que escoger entre la pasión y la obligación, Artista, entonces sí que está jodido.
Sintió que el Periodista le pulsaba una cuerda a la que no se había querido acercar. Cauteloso, respondió algo con lo que le daba la razón y a la vez oponía resistencia:
—Tst, al cabo que yo no voy a durar lo que mis canciones. (p. 88)

Es un placer leer novelas como esta.

Si alguien la hubiese leído y quisiera iniciar un debate en los comentarios sobre las posibilidades que abre el final de la novela estaría encantado.

Recomendación de Lector Mal-herido Inc.

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