Diario de lecturas

Emmanuel Carrère: Limónov (2011)

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Emmanuel Carrère: Limónov. Jaime Zulaika (tr.) Barcelona: Anagrama, 2013.

Carrère (1957) es el autor de una excelente biografía novelada sobre el autor de ciencia ficción Philip K. Dick, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (1993). Philip K. Dick es conocido, entre otras cosas, por la novela breve en que se inspira Blade Runner y por haber desarrollado hacia el final de su vida una esquizofrenia paranoide que le hacía creer que este mundo no era real sino una simulación que el Imperio había construido para apartarle de la verdad: su verdadera vida era la de un cristiano perseguido del siglo I. La habilidad de Carrère para sumar a la biografía de un escritor apasionante un retrato fiel de la época hace de ese libro una lectura obligatoria.

En Limónov Carrère prueba un experimento semejante. El punto de partida son las desventuras de un escritor peculiar, Eduard Limónov, cuya vida repleta de experiencias límite recuerda a la de Jack London: delincuente en la vieja Unión Soviética, mendigo y chapero en Nueva York, miliciano del bando serbio durante las guerras balcánicas, líder fascista, opositor a Putin y místico budista. Al tiempo que cuenta la vida de Limónov, Carrère ofrece una panorámica crítica e interesante de episodios esenciales de la historia reciente de Europa: la caída del muro,  la muerte de la Unión Soviética y la sangrienta descomposición de Yugoslavia.

Aunque la lectura es amena, la obra de Carrère sobre Limónov no tiene el equilibrio entre historia y biografía que sí tenía la novela sobre Philip K. Dick. Limónov desaparece detrás de hechos históricos mucho más complejos de lo que la propaganda de los mass media ha divulgado machaconamente.

La respuesta habitual al por qué de la caída del muro de Berlín y la destrucción de la Unión Soviética es ideológica: el comunismo fue un fracaso en el que Rusia y sus provincias estuvieron atrapados durante setenta años. Pero la cuestión es “algo más complicada”. La separación de las repúblicas soviéticas y la adopción del capitalismo salvaje vinieron precedidas por la torpeza de un gobernante adorado en Occidente y odiado por los rusos: Gorbachov. Su política de transparencia (glasnost) permitió la publicación en Rusia de Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn donde se narraban las estremecedoras experiencias de las víctimas del Gulag (reeducación) estalinista. Este relato fiel supuso el principio del fin pues obligaba a reescribir totalmente la historia. De repente, el poderoso imperio soviético quedaba reducido a una tiranía deleznable con tintes orwellianos.

El borracho de Yeltsin aprovechará un intento torpe y ridículo de golpe de estado por parte de los comunistas para convertirse en adalid de la democracia rusa. Carrère narra con bastante verosimilitud cómo, a continuación, se rompió el imperio soviético. Tres presidentes empapados en vodka toman una decisión que cambia la historia:

Y sobre todo, unos meses más tarde, tiene lugar otra borrachera histórica, la que reunió en secreto, en un pabellón de caza del bosque de Bieloviéjskaia, al presidente ruso Yeltsin, al presidente ucraniano Kravchuk y al presidente bielorruso Shushkiévich. Yeltsin ha abandonado Moscú sin decir a Gorbachov nada de lo que pensaba hacer, no han preparado nada, ninguno de los tres conspiradores tiene la menor idea de lo que son una federación o una confederación. Lo único que se repiten, en la sauna, soplando buenas dosis de vodka, es que sus tres repúblicas crearon la Unión en 1922 y que ello les da derecho a disolverlas. Yeltsin está tan borracho que los otros dos tienen que llevarle a la cama y, justo antes de desplomarse, llama a George Bush (padre) para darle la primicia: «George, nos hemos puesto de acuerdo con los compañeros. La Unión Soviética ya no existe.» (p. 271)

Las desigualdades económicas son tan acentuadas y el desprestigio de la democracia es tal que aúpan al poder a quien dice a los rusos lo que quieren oír: a pesar de la propaganda occidental, los años del imperio soviético fueron mucho mejores que este caricatura de país en manos de oligarcas y corruptos. Es Vladímir Vladímirovich Putin, el salvapatrias de turno, con uniforme de judo, torso musculado y fusil en ristre.

Vladímir Vladímirovich Putin

Vladímir Vladímirovich Putin

Y ahora viene lo interesante. Para garantizarse el éxito en las elecciones emplea la misma estrategia que usaron los nazis al incendiar el Reichstag: acusar a los comunistas y aparecer como la única solución al caos. Putin y el FSB (heredera de la KGB) simularon dos veces atentados chechenos con numerosas víctimas civiles para, seguidamente, ofrecerse como la mano de hierro capaz de salvar al país de esos bárbaros islamistas. Todos los periodistas que denunciaron estos hechos han muerto en circunstancias extrañas. Esos atentados fueron, en primer lugar, los ataques con bombas de 1999 que dieron lugar a la segunda guerra chechena y, en segundo lugar, el episodio de los rehenes del teatro Dubrovka.

Las elecciones ya sólo parecen una formalidad, pero para asegurarse de que el recién llegado las aborda en posición de salvador, nada mejor que una pequeña guerra, y el pretexto de la misma, otra vez en Chechenia, es una serie de atentados con bomba que en otoño de 1999 causan más de trescientos civiles muertos en unos inmuebles de las afueras de Moscú. Circula una tesis según la cual estos atentados, atribuidos sin ninguna prueba a terroristas chechenos, en realidad fueron cometidos por el FSB. La formularon públicamente el general Lébed, el periodista Artyom Borovik, el ex oficial de los órganos Alexandr Litvinienko y mi primo Paul Klébnikov. Los cuatro murieron de muerte violenta: Lébed y Borovik en accidentes sospechosos, Litvinienko envenenado con polonio, Paul abatido por un kaláshnikov. A la vez paranoica y verosímil, esta tesis sobre los atentados de 1999 sigue estando muy extendida entre la población rusa, y lo más extraño es que no la disuade demasiado de votar masivamente una y otra vez a Putin, a pesar de que le creen culpable o cuando menos capaz de este crimen. (333-334)

(…)

Lo que más llama la atencion en las notas que iba tomando [Limónov] a lo largo de los días sobre la tragedia del Teatro Dubrovka, es que su análisis en caliente, sin otra información que la que emite la televisión, concuerta punto por punto con el de una mujer a la que él no conoce, que sin duda no le gustaría si la conociera y que ha podido seguir este drama mucho más cerca: Anna Politkóvskaia. Al igual que ella, teme un baño de sangre desde el principio. Cuando ese baño se produce, adivina como ella, desde el fondo de su celda en Sarátov, que los oficiales mienten, que hay muchas más víctimas de las que confiesan y que no han hecho nada para salvarlas. Cuando Putin, con un viril movimiento de mentón, declara que «frente a la amenaza terrorista, poco importan las pérdidas, no van a amedrentarnos, ¡están avisados!», Eduard y Anna se acuerdan del rumor insistente de que los terribles atentados de 1999 no los cometieron unos chechenos, sino el FBS con el beneplácito del presidente, y tanto Eduard como Anna le califican de «fascista». (365)

Mientras Carrère relata esta historia, Limónov desaparece de la novela. Sus delitos menores, sus amoríos con mujeres fatales y negros de pollas descomunales, su producción literaria, sus experiencias en la cárcel o el manicomio, su participación en las guerras de los Balcanes o la fundación del Partido Nacional Bolchevique dejan de interesar al lector. Se ha perdido el equilibrio entre historia y personaje que necesita una biografía novelada.

Ahora bien, ¿por qué elige Carrère a Limónov como protagonista? La respuesta, curiosamente, tiene un tinte religioso. Limónov es un fascista convencido: hay hombres superiores e inferiores, el superior es el que está dispuesto a matar, los hombres en general son unos cobardes, unos canallas, y te matarán si no estás preparado para golpear primero, etc. Pero hay en Limónov algo peculiar, una decencia innata, una vocación por estar siempre del lado de las minorías, cueste lo que cueste. Es la utopía marxista o cristiana: la revuelta victoriosa de los desheredados, de los fracasados.

Limónov y Carrère se convierten en un único personaje para superar esa visión fascista de la realidad. La respuesta es una reivindicación de Schopenhauer, del budismo: la aniquilación del yo.

… la idea, formulada en un sutra budista que me dio a conocer mi amigo Hervé Clerc, según la cual «el hombre que se considera superior, inferior o incluso igual que otro hombre no comprende la realidad».
Esta idea quizá sólo tenga sentido en el marco de una doctrina que considera que el «yo» es ilusorio, y si no la profesas abundan los ejemplos en su contra, todo nuestro sistema de pensamiento descansa en la jerarquía de los méritos, según la cual, pongamos, Mahatma Gandhi es una figura humana superior al asesino pedófilo Marc Dutroux. Escojo adrede un ejemplo indiscutible, muchos otros no lo son, los criterios varían, además los propios budistas insisten en la necesidad de distinguir por su comportamiento al hombre íntegro del depravado. Sin embargo, aunque dedique mi tiempo a establecer tales jerarquías, aunque a semejanza de Limónov no pueda conocer a un ser humano sin preguntarme más o menos conscientemente si estoy por encima o por debajo de él, y sin extraer de esta  confrontación un alivio o una mortificación, pienso que esta idea -repito: «el hombre que se considera superior, inferior o incluso igual que otro hombre no comprende la realidad»- es la cumbre de la sabiduría, y que una vida no basta para impregnarse de ella, para digerirla, asimilarla, de tal forma que deje de ser una idea para informar la mirada y la acción en todas las circunstancias. Redactar este libro es para mí una manera peculiar de trabajar en ese sentido. (p. 186)

Al final de sus años Limónov alcanza esta sabiduría. Abandona la vida política de Moscú y se refugia en el Asia central. Sin historia, sin ataduras, sin bienes: es un mendigo y, al mismo tiempo, un rey. Es la utopía imposible que Carrère desearía para sí mismo.

En ciudades como Samarcanda o Barnaúl. Ciudades achicharradas por el sol, polvorientas, lentas, violentas. Allá, a la sombra de las mezquitas, bajo los altos muros almenados, hay mendigos. Racimos enteros de mendigos. Son viejos macilentos, curtidos, desdentados, a menudo sin ojos. Llevan una túnica y un turbante ennegrecidos por la mugre, tienen delante un retal de terciopelo sobre el cual esperan que les echen una monedita, y cuando se la echas no te dan las gracias. No se sabe qué vida han vivido, se sabe que acabarán en la fosa común. Ya no tienen edad, no tienen bienes, en el supuesto de que alguna vez los hayan tenido, apenas les queda todavía un nombre. Han soltado todas las amarras. Son andrajos.  Son reyes. (p. 396)

A pesar de todo, una lectura recomendable.

Plaza Registán, Samarcanda, Uzbequistán

Plaza Registán, Samarcanda, Uzbequistán

2 replies »

  1. Hola Eugenio,
    articulo muy interesante , pero me permito de decirte que Limonov no es un escritor mediocre, como dices.
    En Rusia, la mayoria de los jovenes escritores le consideran como un maestro, mucho mas que Soljenytsine o Brodsky.
    Y hasta sus adversarios politicos dicen que si un escritor ruso merece el Premio Nobel, es Limonov.
    Aqui un blog muy interesante sobre Limonov, con varias paginas en espanol ( te aconsejo la nota del editor de 2 libros de Limonov en Espana ) y muchos videos originales :
    http://www.tout-sur-limonov.fr/
    http://www.tout-sur-limonov.fr/222318806

    ( perdona el mal manejo del espanol, pero soy frances )

    Eric

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    • Hola eric, tu observación es justa. He reproducido simplemente el juicio de Carrère sin haber leído a Limónov. Estoy seguro de que me gustaría más que Brodsky o Solzhenitsyn pero sus memorias del underground, escandalosas en Rusia, probablemente no lo sean tanto un lector occidental. ¿Qué te parece?

      Muchas gracias por los enlaces.

      Saludos.
      Eugenio.

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