Diario de lecturas

John Lanchester: ¡Huy! Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar

John Lanchester: ¡Huy! Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar. Marco Aurelio Galmarini (tr.) Barcelona: Anagrama, 2010.


Tras la previsible llegada al poder del Partido Popular el 20-N, se nos ha colado como Ministro de Economía Luis de Guindos, ex-presidente de Lehman Brothers para España y Portugal. Para quienes no lo sepan, Lehman fue uno de los principales responsables de la crisis económica mundial. La quiebra de este banco de inversión el 15 de septiembre de 2008 ha sido la mayor de la historia, causando un agujero de 613.000 millones de $.  El 17 de septiembre, Barclays, el banco de inversión más importante de la City londinense, adquirió la parte solvente de Lehman más su sede en Nueva York.

El nuevo ministro habla de ajustes y recortes, del fin del Estado del Bienestar, y de una nueva recapitalización de los bancos dejando en el olvido que fueron esos mismos Estados quienes rescataron a un sistema financiero mundial corrupto hasta la médula. A pesar de la prometida reforma del capitalismo que anunció el presidente Obama tras la crisis, el sector financiero ha demostrado que, a día de hoy, está por encima de las urnas. Saltándose las reglas del juego democrático han colocado en  Italia a Mario Monti, ex-asesor de Goldman Sachs, otro de los bancos financieros implicados en la crisis, y en Grecia al tecnócrata ex-vicepresidente del BCE y ex-profesor de Columbia, Lukás Papadimos. Véase el espléndido documental Inside Job (Ferguson, 2010) para tener más noticias sobre la catadura moral y altura científica de Goldman Sachs y el Departamento de Económicas de la Universidad de Columbia.

Por este motivo me parece oportuno retomar la reseña del muy recomendable libro de Lanchester, Whoops! Why Everyone Owes Everyone and No One Can Pay,  un ameno relato del origen de la crisis de 2008 de la mano de un novelista.

Entre 2000 y 2006, mientras todo el mundo estaba pendiente de las guerras de Afganistán e Irak, ocurrió algo impensable: se había duplicado el PIB mundial, de 36 billones de dólares a 70 billones. El PIB de China creció a un 10% anual y el de India a un 9%. Pero, ese crecimiento del PIB mundial, además de tener su origen en el régimen semiesclavista de dichos países en vías de desarrollo, surgió a partir de los llamados derivados financieros, galimatías matemáticos para respaldar un timo de dimensiones colosales.

En la introducción, Lanchester recuerda la vieja distinción de C. P. Snow entre las dos culturas, la científica y la humanística. Hoy día, la brecha entre ambas ha disminuido pero se ha instituido una fractura aún más grave: la ignorancia la de la mayoría respecto a  los misterios de las “Ciencias Económicas”. Los economistas se han convertido en los nuevos sacerdotes: en algún sentido, cuando alguno de estos sujetos aparece en los mass media, parece que hubiéramos vuelto al tiempo de los faraones, los aztecas o la Inquisición.

El primer síntoma de la gran crisis se dio en Islandia, un pequeño país de apenas trescientos mil habitantes. Tras la liberalización de sus tres bancos nacionales en 2001, estos se endeudaron de tal manera que el 6 de octubre de 2008 el gobierno tuvo que cerrarlos porque ni siquiera se podía retirar dinero de los cajeros automáticos. Dejaremos para el final el modo ejemplar en que los islandeses han hecho frente a la crisis.

¿Cómo se pudo llegar a una situación semejante? Lanchester a tribuye el origen de la crisis a las siguientes cinco causas: un clima político que surge a partir de la caída del muro de Berlín, los problemas que causan la desregulación de los derivados financieros (CDO y CDS), el error provocado por la soberbia de las Ciencias Económicas, el fallo de los gobiernos en la supervisión de los mercados y la hegemonía de la cultura de la industria financiera que ha confundido sus opiniones con dogmas religiosos.

Para terminar Lanchester sugiere una serie de propuestas bastante sensatas para limitar las consecuencias de las crisis de los mercados.

1.El clima

El clima que propició la crisis mundial en la que estamos inmersos y que va a cambiar definitivamente a peor nuestro modo de vida fue el que surgió a partir de la caída del muro de Berlín en 1989. Durante la Guerra Fría se enfrentaron dos modos antagónicos de entender la economía y la política: capitalismo y socialismo. La versión más pura del capitalismo tiene su soporte ideológico en Adam Smith, Friedrich Hayek y Milton Friedman, fanáticos todos del libre mercado. Esta corriente económica consideraba que la riqueza de las naciones dependía de la no intervención del Estado en temas económicos, de la desregularización absoluta de los mercados. También se asocia a esta corriente la idea de que hay una conexión esencial entre capitalismo y democracia, cuestión esta que se ha demostrado totalmente falsa tras el éxito del modelo chino que amenaza con expandirse a todo el mundo. La fórmula del capitalismo implicaba la “liberalización de los mercados, la desregulación de la economía, y, sobre todo, del sector financiero, la privatización de los bienes del Estado, impuestos bajos y el mínimo posible del gasto público” (p. 25)

Este modelo se impuso estrictamente en Estados Unidos y Reino Unido gracias a la mano dura de Reagan y Thatcher. En Europa Occidental la presencia de partidos socialistas logró ofrecer a sus ciudadanos un capitalismo mejorado que incluía cierto intervencionismo estatal: educación y sanidad universales y gratuitas y un progreso constante en igualdad de oportunidades y derechos de los trabajadores. El modelo capitalista en Estados Unidos condujo a una situación mucho más precaria: los trabajadores tienen dos semanas de vacaciones al año y carecen de seguro médico gratuito.

Sin embargo, tras la caída del muro de Berlín el apoyo ideológico del socialismo europeo se hundió y la izquierda entró en una crisis de la que aún no ha sido capaz de salir. En medio de esta desorientación política el modelo capitalista ortodoxo se apoderó de la economía mundial sin encontrar oposición alguna. “El libre mercado dejó de ser una manera de ordenar el mundo sometida a discusión y comparación con otros sistemas, para convertirse en artículo de fe, en una creencia casi mística” (p. 31)

2. El problema

Para analizar los efectos devastadores de esta creencia mística Lanchester  comienza explicando los fundamentos teóricos del capitalismo. Dado mi total desconocimiento de la Ciencia Económica, los lectores especialistas probablemente encuentren pobre y defectuosa la exposición que sigue pero a mí me ha servido para aclararme las ideas.

¿Cómo se crea riqueza? La riqueza la crean los bancos a través del crédito. Imaginemos un ejemplo sencillo: un país con un solo banco. Un cliente tiene 200 € y los ingresa en el banco. Este sólo tiene que guardar el 20% por si algún otro cliente quiere retirar fondos. Así, el banco puede usar sus 160 € para comprar acciones de Usted S. A. Esta compañía ingresa el dinero en el banco, que ya tiene 360 € en depósitos y sólo tiene que conservar el 20%, 72 €. El resto puede invertirlo de nuevo y así sucesivamente… A ese porcentaje del 20% que los bancos tienen que conservar por si los clientes desean retirar sus fondos se le llama coeficiente de caja y está regulado por los Gobiernos. Actualmente en España es aproximadamente del 9%.

Luca Pacioli fue un monje franciscano que inventó la contabilidad y amigo de Leonardo da Vinci Piero de la Francesca. Dividió el estado financiero de un individuo o una compañía en activo y pasivo. El activo es lo que uno posee y el pasivo son cosas que uno posee pero que también pertenecen a otras personas u entidades. Por ejemplo, poseo una casa de 240.000 € así que mi activo es de 240.000 € pero debo al banco 160.000 de hipoteca así que tengo 160.000 € de pasivo. Al pasivo se añade el patrimonio neto, que hace que el balance general esté equilibrado. En este caso, mi patrimonio neto es de 80.000 €. Ahora bien, si el mercado inmobiliario está a la baja y la casa pierde valor el activo disminuye y el pasivo supera al activo. Estoy arruinado.

En el caso de un banco ocurre algo curioso. A su activo pertenece el dinero que presta mientras que en su pasivo está el dinero de las cuentas de sus clientes. Cuando ingreso dinero en una cuenta estoy prestando dinero al banco pero los bancos con frecuencia se olvidan de eso. Piensen, por ejemplo, en el tiempo que se tarda en cobrar un cheque. Si le doy a alguien un cheque los fondos saldrán de mi cuenta mañana pero no aparecerán en la cuenta de ese alguien hasta tres días después o más. Los bancos se comportan con nuestro dinero como si fuese suyo.

El principal activo de un banco está formado por las deudas que otras personas tienen con él. Así que el banco debe mirar escrupulosamente si aquellos a los que presta podrán devolver el préstamo. La banca es la gestión de ese riesgo concreto. Existe un modo de poner una medida, un número, al riesgo que un banco puede correr. Se llama “leverage” o apalancamiento. En el ejemplo anterior, el pasivo es dos veces mayor que el patrimonio neto. El apalancamiento es el número por el que hay que multiplicar el patrimonio neto para obtener el pasivo. En el caso del ejemplo de arriba es de 2:1 y en el caso de un pinchazo en la burbuja inmobiliaria las consecuencias son catastróficas para una economía doméstica. Pero entre 2001 y 2006 los gobiernos autorizaron a los bancos alcanzar niveles de apalancamiento demenciales: 61,3 el Barclays Bank o el 52,5 el Deutsche Bank. Esta es una de las causas de la crisis.

Al aumentar el riesgo, es decir, flexibilizar los límites del apalancamiento y el coeficiente de caja, se dispararon las ganancias de los bancos. Entre 1986 y 2006 “el rendimiento medio anual de las acciones bancarias se disparó de su norma histórica del 2 por ciento al 16 por ciento”. No se creaba riqueza sino que se hacían apuestas cada vez más arriesgadas y se equiparaba la banca a un casino, con el agravante de que si había pérdidas, serían los ciudadanos-consumidores quienes tendrían que pagar la factura.Este problema es global. El primer temblor se sintió en Reino Unido con la quiebra del banco Northern Rock en septiembre de 2007. Pero el tsunami comenzó con la caída de Bear Stearns en marzo de 2008, seguida por la “nacionalización” de los dos gigantes de la industria hipotecaria norteamericana Fannie Mae y Fredie Mac el 7 de septiembre de 2008. El 15 de septiembre se produjo la catástrofe: Lehman Brothers se declaró en suspensión de pagos. Al día siguiente el gobierno se hizo cargo de la aseguradora AIG. El 14 el Bank of America había absorbido Merril Lynch, todo un símbolo de Wall Street. El 21 del mismo mes Goldman Sachs y Morgan Stanley fueron rescatados por la Reserva Federal a cambio de admitir una severa supervisión que luego no tuvo lugar. El 28 de septiembre Luxemburgo, Bélgica y Holanda nacionalizaron el banco Fortis. El 29 fue nacionalizado el Bradford and Bringley y su red de ramificaciones vendida al Santander. Hypo Real State, la mayor entidad hipotecaria alemana, fue rescatada el 5 de octubre. Al día siguiente se derrumbó la economía islandensa. El 11-12 de octubre el sistema bancario inglés estuvo al borde de la quiebra y el RBS recibió 20,000 millones de libras, la primera etapa del rescate.

Ahora mismo se les piden a los bancos dos objetivos contradictorios: dar crédito y, al mismo tiempo, recapitalizarse para reducir su nivel de apalancamiento. Están optando únicamente por lo segundo, lo cual es destructivo para el resto de la economía. La serie de rescates sólo ha servido para que los grandes ejecutivos se asignen jubilaciones o indemnizaciones millonarias y que se perpetúen los bancos insolventes, auténticos bancos zombis que se alimentan de las arcas del Estado.

Un sistema financiero capaz de colapsar a nivel planetario es algo nuevo. Del mismo modo que el arte moderno surgió a principios del s. XX con la publicación de La tierra baldía o el estreno de La consagración de la primavera, las finanzas actuales nacieron cuando Fisher Black y Myron Scholes publicaron en 1973 un artículo titulado “The Pricing of Options and Corporate Liabilities”. Este artículo supuso el nacimiento de los actuales derivados financieros.

Aunque hoy día tengan  muy mala prensa han sido durante mucho tiempo el modo en que hemos intentado controlar el riesgo. Los orígenes de los derivados financieros son las opciones y los futuros. “Una opción otorga el derecho pero no obliga, a comprar o a a vender algo en un período prefijado y a un precio estipulado… Los futuros son lo mismo que las opciones salvo que imponen la obligación de comprar o vender al precio estipulado”. Si quiero asegurar el precio de mi cosecha de cerezas puedo vender por adelantado bajo la forma de un futuro la próxima producción por 10.000 €. Un operador compra ese derivado por 12.000€ para revenderlo a otro operador a 15.000€ y este, si tiene suerte, puede ver cómo el mal tiempo destruye toda la cereza de la competencia y vender el futuro a otro operador por 40.000€. De los 10.000€ iniciales se han creado 40.000€ virtuales.

Los derivados financieros que están en el origen de la burbuja inmobiliaria de la primera década del siglo y, por tanto, de la crisis actual se denominan CDO (Collateralized Debt Obligation). Este producto bursátil, como pueden ser las acciones de una empresa, consiste en un conjunto de deudas de distinto tipo que se reúnen y luego se venden en el mercado como bonos que ofrecen un atractivo rendimiento o interés.  La calidad de los CDO depende naturalmente de la solvencia de los prestatarios.  En el año 2000 las matemáticas financieras permitieron introducir en los CDO las hipotecas subprime. Estas eran hipotecas concedidas a los así llamados ninjas (no incomes, no job, no assets). Lo normal hubiese sido que al incluir este tipo de hipotecas de alto riesgo en los CDO disminuiría su calidad en el mercado, pero, paradójicamente, ocurrió lo contrario: el producto era más rentable y generaba más intereses. Este fue el modo en que Goldman Sachs y Lehman Brothers hicieron fortunas espectaculares. Cómo es posible que el mercado reaccione de un modo tan irregular ante un timo evidente. Lanchester cuenta con una peculiar explicación: la “teoría del más loco. Su significado es que, incluso cuando todo el mundo sabe que lo que ocurre es una locura, siempre se puede hacer dinero comprando valores y vendiéndolos un poco más tarde a alguien todavía “más loco””. (p. 116)

Las agencias de calificación como Standard and Poor’sMoody’s o Fitch estaban dedicadas a analizar la calidad de los CDO. A pesar del aumento del riesgo estas agencias seguían atribuyendo a los CDO la calificación más alta: AAA. Esto ocurría gracias a otro derivado financiero de mucho éxito, el CDS (Credit Default Swap). La mayor aseguradora de Estados Unidos, AIG, fue la encargada de poner en el mercado este tipo de productos. Un CDS es básicamente un seguro que garantiza la solidez de un CDO. El CDS también rendía beneficios espectaculares en bolsa. En 2006 el mercado de los CDS se había disparado a los 62 billones de dólares. Esto quiere decir que había infectado todo el sistema.

A finales de 2008, cuando se hizo evidente que los ninjas no iban a pagar sus deudas, los CDO se convirtieron en bonos basura y AIG no pudo hacer frente a la deuda consecuente. Pero era una compañía Demasiado Grande Para Quebrar, así que fue rescatada en septiembre de 2008. La suma invertida por el gobierno estadounidense es hasta la fecha de 173.000 millones de dólares.

En Europa las consecuencias fueron diversas. En Reino Unido, al estar fuera del euro, las tasas de interés más elevadas permitieron que la burbuja y la crisis consiguiente fueran de menor magnitud que en países como España e Irlanda. A estos les hubiese convenido que el BCE hubiese subido las tasas de interés para reducir el crédito y pinchar la burbuja, pero esto hubiese sido contraproducente para el crecimiento de las economías de Francia o Alemania.

La razón de la quiebra de la burbuja inmobiliaria se produjo, en definitiva, por la separación establecida entre prestamista y prestatario al poder este vender el préstamo a un tercero. Si al prestamista ya no le interesa si el prestatario será capaz de pagar su deuda, porque vende esa deuda a un tercero que la coloca en Bolsa y obtiene ingentes beneficios, entonces el sistema entero de préstamos pierde todo su sentido. “A partir de 2005, la mayor parte del préstamo era temerario y, a veces, activamente criminal”. (p. 143)

3.El error

Aunque las Ciencias Económicas dispongan de un complejo aparato matemático eso no las convierte en infalibles. En general, la Economía moderna se funda sobre unos supuestos de racionalidad que no se dan en la práctica. Kahneman y Tversky han demostrado que el ser humano tiene una desgraciada tendencia hacia las ilusiones cognitivas, hacia la irracionalidad. Por ejemplo, el “sesgo retrospectivo” o la necesidad de atribuir una secuencia narrativa a una serie de hechos que han ocurrido al azar, la “ley de los números pequeños” por la que tendemos a extraer conclusiones a partir de escasas evidencias, o “la aversión a pérdida“, que consiste en dar más valor a no perder dinero que a ganarlo.

Las así llamadas leyes de la economía no son más que fórmulas pseudomatemáticas. Ocurre con la Economía lo contrario que con la Física. Esta inventa ecuaciones que describen la realidad mientras que la Economía “produce ecuaciones que describen condiciones ideales y una claridad teórica de tal tipo que nunca se da en la práctica” ( p.150). Un ejemplo muy claro de esto es cómo se evaluaba el riesgo de los CDO. Al matemático chino David X. Li se le ocurrió la idea de que, en lugar del costoso proceso de investigar las posibilidades económicas de los prestatarios, era posible ligar el valor de los CDO a los precios de los CDS. Sin embargo, esta idea era un completo disparate pues “las hipotecas subprime eran nuevas y nunca habían pasado por un grave período de dificultades en el mercado. Simplemente no había manera de saber qué pasaría si se daba el caso”. (p. 172)

Para las Ciencias Económicas controlar el riesgo es el secreto del éxito, la apuesta segura, la piedra filosofal. Desgraciadamente para los inversores, la Estadística tiene unos límites muy concretos. En los mercados financieros la Estadística sólo es fiable hasta cierto punto porque el impacto de la incertidumbre es esencial en el mundo real. Comprender las dudas de Hume acerca de la necesidad y la causalidad sería una buena terapia para la mayoría de los economistas actuales

4.El fallo

La crisis tuvo también una causa política: las entidades que debían haber supervisado los mercados como la SEC (Security and Exchange Comission), el FMI o los bancos centrales miraron para otro lado.  En el caso de EE.UU. la negligencia de la SEC permitió incluso un timo piramidal del tipo Madoff.

Inevitablemente se tiende a responsabilizar de la quiebra de los mercados a Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal (el Banco Central en Estados Unidos) durante los mandatos de Clinton y Bush. Greenspan tenía facilidad para detectar posibles burbujas y poner remedio a las crisis subsiguientes. Así, por ejemplo, supo aplicar las políticas adecuadas para superar la quiebra de las empresas de puntocom en 2000, cuando el índice Nasdaq cayó el 80%. Disminuyó las tasas de interés y reactivó la economía. Pero tras la crisis de las puntocom vino el desastre de Enron.  Las acciones de Enron producían mucho beneficio en la Bolsa porque sus directivos habían adoptado una “contabilidad de ajuste de mercado”. En realidad este eufemismo no escondía más que una estafa de dimensiones colosales. Consistía en añadir como beneficios presentes ingresos que se producirían en un futuro más o menos lejano. Cuando se descubrió el fraude la compañía se hundió. Entonces Greenspan volvió a aplicar la misma política de bajada de intereses pero de un modo continuo e irracional propiciando la posterior burbuja inmobiliaria.

Las bajas tasas de interés unidas a la creencia mística en la desregulación de los mercados aplicada a los derivados financieros fueron las razones fundamentales de la crisis, y corregir estos dos factores estaba en manos de Greenspan que no hizo nada. ¿Por qué? Por una especie de adoración religiosa hacia el libre mercado y también por la excesiva influencia de los bancos en los diferentes gobiernos. Podemos hablar definitivamente de que durante la década de 2000 se gestó un golpe de estado financiero. Los grandes bancos manipularon las decisiones políticas en su propio interés provocando el colapso económico en el que nos vemos inmersos.
5.Una cultura

El fracaso de los entes reguladores no viene tanto de la falta de atención o de la incapacidad para percibir las señales de peligro sino de “toda una cultura relacionada con la primacía del negocio, del dinero, de la desregulación, del permanente predominio de los intereses financieros” frente a los valores de aquellos que realmente producen cosas.

La caída del muro de Berlín produjo la ascensión al poder de la cultura de la ingeniería financiera y eso nos ha devuelto a una versión salvaje del capitalismo donde las burbujas y las crisis se suceden cada vez más rápidamente y sus efectos son cada vez peores. Marx, enterrado durante años, resucita con fuerza.

Lanchester realiza un análisis bastante pesimista de la crisis en España. Sólo caben tres soluciones a una crisis como esta: devaluar la moneda, bajar las tasas de interés o que los trabajadores emigren. Las dos primeras son imposibles: estamos atados de pies y manos por el BCE. La tercera no es tan fácil de llevar a cabo como en EE.UU. donde la movilidad laboral es algo bastante común. Emigrar dentro de la U.E. es un asunto bastante más complejo.

6. Soluciones.

La medidas posibles para prevenir futuras crisis tendrían que incluir el sometimiento de las entidades financieras al poder político. Debería distinguirse claramente a los bancos de depósitos, que deben estar rigurosamente vigilados y garantizados por el Estado, de los bancos de inversión que podrían quebrar sin coste alguno para los contribuyentes. Esta distinción evitaría la existencia de esas entidades perversas que son los bancos Demasiado Grandes Para Quebrar.

Las entidades financieras deberían aprender de las compañías aéreas donde la transparencia y la seguridad son prioridades máximas. Así lo expresa el fundador de Easyjet, Stelios Haji-Ioannou: “Si piensas que la seguridad es cara, prueba a tener un accidente”.

Otra medida significativa para impedir una crisis como la actual es vigilar las primas y beneficios de los directivos de los grandes bancos. No es posible que un ejecutivo que ha llevado su empresa al desastre se embolse una jubilación y unas bonificaciones millonarias.

Para terminar, me parece admirable la forma que han tenido los islandeses de resolver la situación límite de su economía. Una revolución silenciosa y silenciada.

Categorías:Diario de lecturas, Ensayo

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5 replies »

  1. Para nosotros, los jóvenes, ¡a emigrar toca!

    Por cierto, me ha encantado eso de que los economistas deberían leer a Hume.

    Recuerdo un documental sobre la crisis del sureste asiático de 1997. Todo aquello se fue al garate porque habían creado un programa capaz de controlar todas las posibilidades de la bolsa. La verdad es que también soy bastante lego en economía, como puedes comprobar. El problema vino, evidentemente, cuando ocurrió algo inesperado. Provocó un tsunami que en EEUU fue detenido por Greenspan precisamente.

    No sé si has visto las noticias desde Nigeria. Nuestro cuarto suministrador de petróleo está en huelga general porque el gobierno ha eliminado la subvención a la gasolina. Además, hace unos meses, el precio del pan subió enormemente. ¿Tendrán algo que ver los carburantes biodiésel?

    Un saludo.

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  2. Hola Fran, resulta paradójico observar cómo las matemáticas de la Economía actual se han vuelto extraordinariamente complejas y, al mismo tiempo, inútiles para describir el mundo real. La Economía no tiene nada que ver con la Física. Aunque algunos quieran enterrarlo hay que releer a Marx.

    Las matemáticas financieras actuales funcionan del mismo modo que Marx describía la ideología. Sirven para legitimar una forma interesada de hacer política. Tienen además la ventaja de ser inescrutables para la mayoría de los mortales. Nadie puede objetar nada cuando el FMI o el BCE saca el látigo de sus ecuaciones. Son misterios del mismo tipo que el de la Santísima Trinidad o la Inmaculada Concepción.

    Hay en el libro de Lanchester una idea interesante. Dice que el capital funciona como algo vivo, que busca siempre el modo de crecer más y más. Tras la crisis de las puntocom y el fracaso de Enron llegó la burbuja inmobiliaria. ¿Cuál vendrá ahora? ¿el oro, el petróleo? Pero las consecuencias son siempre las mismas: concentración del capital en unas pocas manos y aumento de las desigualdades.

    También cabe pensar que la mejor solución a una crisis de estas dimensiones es siempre una guerra mundial. Las recientes noticias sobre el asesinato de científicos nucleares en Irán por parte de Servicios Secretos Occidentales son inquietantes.

    Un saludo.

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  3. me encanta esta entrada, sobre todo lo de vigilar a los peces gordos. A mi el nombramiento del ministro de economìa me parece una cosa tan absurda como ridìcula y es que al final va a ser verdad que en “Espana semos asin”. No nos quejamos por nada y no va bien asì la cosa.
    Ahora mismo comparto este enlace, el anàlisis es muy interesante.
    Sara M.

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  4. Excelente artículo, como siempre. Sólo mantengo una duda. Por ejemplo, has señalado lo siguiente:”.. poseo una casa de 200.000 € así que mi activo es de 200.000 € pero debo al banco 120.000 de hipoteca así que tengo 120.000 € de pasivo. Al pasivo se añade el patrimonio neto, que hace que el balance general esté equilibrado. En este caso, mi patrimonio neto es de 60.000 €. Ahora bien, si el mercado inmobiliario está a la baja y la casa pierde valor el activo disminuye y el pasivo supera al activo. Estoy arruinado.”

    ¿Puede ser el patrimonio neto de 80000 euros? En cualquier caso, sé que estaré arruinado, pero me gustaría obtener la certeza.
    Un abrazo.

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