Diario de lecturas

Hans Blumenberg: El hombre de la luna. Sobre Ernst Jünger

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Hans Blumenberg: El hombre de la luna. Sobre Ernst Jünger. Pedro Madrigal (tr.) Valencia: Pre-Textos, 2010.

Anotaciones dispersas de Hans Blumenberg acerca de Ernst Jünger. Blumenberg (1920-1996) dedicó su pensamiento al análisis del mito y la metáfora en obras como La inquietud que atraviesa el río: un ensayo sobre la metáfora (Península, 1992) y Salidas de caverna (Antonio Machado, 2004). De la obra de Jünger destaca sus Diarios por la mirada atenta capaz de eliminar todo lo accesorio y aproximarse a las Formas. Observa en ellos una mezcla de platonismo, gnosticismo y nihilismo, tendencias hacia las que Blumenberg muestra una actitud ambivalente. A veces le considera un visionario, otras demasiado “forzado” o artificioso. Sobre sus novelas, alaba la valentía política de Sobre los acantilados de mármol, pero, coincidiendo con Gottfried Benn, es especialmente crítico con Heliópolis, por su “palabrería atildada” y su estilo “terriblemente trasnochado”, en especial en lo que toca a la metáfora.

El título, El hombre de la luna, tiene su origen en el capítulo dedicado al escrito temprano de Jünger, Carta siciliana al hombre de la luna (Tusquets, 2005). En él Jünger adelanta su peculiar fusión de ciencia y teología.

La anotación dedicada a Heidegger es malévola y divertida. Cuenta Blumenberg que el autor de Ser y Tiempo paseaba por el bosque con el hermano de Jünger, Friedrich Georg, cuando una avispa picó al maestro de la Selva Negra. Al pobre Friedrich Georg sólo se le ocurrió decir que las picaduras de abeja era buena para el reumatismo. Y Heidegger le replicó: “¿No se le ocurre a usted decirme nada más?”. Y Blumenberg comenta: “El maestro del arte de decir infinidad de cosas -incluso sin sentido- respecto a un modesto pequeño vocablo encontrado en un presocrático fragmentado reivindicaría, sencillamente, que su propia picadura de abeja recibiera un significado pretencioso”. (p. 132)

Algunos textos relevantes:

1. La evolución del pensamiento de Jünger: el aventurero, el Trabajador, el teólogo.

Hay que mostrarle recorriendo ese período de tiempo que va desde la aventura del élan vital -el guerrero fogoso, el protagonista de una organización total de la sociedad- hasta la figura de un nuevo teólogo. (p. 14)

La figura del trabajador es descrita como una «construcción orgánica», simbolizada en la imagen del «centauro»: lo técnico está en función de lo orgánico y al revés…. Con todo, El trabajador pertenece aún al nihilismo: la base de éste es la renuncia a la pregunta por el sentido (p. 22)

El mundo donde vivimos se ve determinado cada vez más y de forma incesante por el conflicto entre la reivindicación que tienen todos de participar en todo y la corrupción de aquello de lo que se habría de participar, por el cumplimiento de aquella reivindicación en una afluencia e invasión masivas. (p. 109)

…el paso de la técnica moderna sobre la tierra queda patente, más que en sus construcciones, mecanismos o productos, en sus desechos. (p. 159)

2. Platonismo y gnosticismo.

Saca a lo efímero, a lo ilusorio, de la mirada sobre lo imperecedero. «Cada destrucción no hace sino apartar las sombras de las imágenes.» Esta confianza «platonizante» es característica del Jünger de la segunda guerra mundial. Constituye el núcleo de una experiencia de lo transcendente, de la «nueva teología». (p. 26)

Probablemente Jünger tampoco escapó a la última y más baja tentación que amenaza al platonismo, la gnóstica. Ya su anterior nihilismo porta rasgos gnósticos; es más, presenta el aditamento cainita en que incurriera también el gnosticismo histórico; se ha de forzar a lo ya de suyo nulo hasta sus extremas consecuencias de pura nada, hasta obligarlo a cruzar por encima de la línea, donde se convierte repentinamente en el ser. (p. 37)

En una ocasión que viajó a Malasia, ¿qué es lo que allí experimenta? La visita del lugar requiere contratar a un chófer, y hasta sobre éste se ve él obligado a decir algo platonizante: «Este tipo de chófer siente una antipatía innata hacia la naturaleza. Molestándole, de un modo especial, el árbol». Esto suena demasiado gratuito, demasiado plausible, demasiado calculado para obtener un asentimiento aprobatorio. Una sospecha que nada vale. Pues sería demasiado hermoso pensar que estos conductores profesionales de vehículos sueñan con un mundo totalmente asfaltado, como escenario de su absoluto poder de disposición sobre las cosas. El hecho de que choquen una y otra vez contra los árboles no sería otra cosa que el ajuste de cuentas de una enemistad arcaica.
Esto es forzado. Ninguna edad de la sabiduría sirve de dispensa. (p. 126)

Los especialistas en catástrofes son platónicos. Saben con la mayor exactitud qué cosa es lo indestructible. Y aquello les da placer sólo porque saben esto. De manera que Ernst Jünger colecciona naufragios como colecciona insectos; el hecho de que uno de sus ejemplares sea insertado para la colección afecta tan poco a las formas de éstos como a las características del género humano el que se hunda en el mar el cargamento de un barco perteneciente a algunos de sus individuos… El fin del mundo, en sentido literal, ya no tiene ningún espectador, ya no tiene ningún testigo, ya no es una pieza de colección. No es, por definición, más que fin del mundo. Salvo para el platónico. Éste es siempre un espectador, incluso de su propio hundimiento. (p. 204)

2. Las “faltas de gusto”.

La más fuerte desavenencia, si no la total desavenencia, con sus dubitantes contemporáneos, divididos entre la admiración y el rechazo, se la atrajo Jünger -autoestilizado en la frivolidad parisina dentro del vientre del Leviatán- con la tristemente célebre escena en la azotea del hotel Raphael: alzó la copa de Borgoña para saludar a los bombarderos aliados que se acercaban, gesto que le siguió persiguiendo después como si hubiera hecho «un brindis solitario a la muerte». A cosas de este estilo se había dejado «comprometer» el proteico autor. Pero ¿se trata de un «desliz», como él mismo lo llama en 1987, no de un indicio de la falta de reserva mental que se ha de esperar de alguien que da fe de las cosas en su Diario? ¿No ha de decir él, sin piedad alguna, contra sí mismo, lo que «hubiese sido mejor callar»? ¿Le está permitido a uno vanagloriarse, o por lo menos, confesar que se ha saludado a la muerte? ¿Es suficiente sacar, ante el disgusto del lector, como también en muchos otros casos, el tenaz subterfugio: «Lo que pasa es que yo he sobrevalorado aquí al lector»? (p. 91)

Es difícil no reconocer en Ernst Jünger una convergencia entre el coraje, y hasta la dureza, conceptual y la falta de gusto, o al menos, la inseguridad en el gusto.

No le desagrada el hecho de que él no haya desagradado a Hitler. (p. 154)

Enlace sobre Hans Blumenberg

Isidoro Reguera: “La narración infinita” (El País, 22/1/2005)

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