Diario de lecturas

Slavoj Žižek: Repetir Lenin

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Slavoj Žižek: Repetir Lenin. Trece tentativas sobre Lenin. Marta Malo de Molina Bodelón y Raúl Sánchez Cedillo (tr.) Madrid: Akal, 2004.

En la introducción Žižek reconoce que la idea de revivir a Lenin debe sonar algo extraña, tipo experimento Resident Evil con zombies y demás. Todavía uno puede excusarse de querer resucitar a Marx. Al fin y al cabo capital, mercancía o alienación son realidades que están a la vista de todos. Pero rescatar a Lenin significa prestar oídos al impulsor del mayor fracaso político-económico de la historia del s. XX. Parece inútil volverse a detener en ideas como dictadura del proletariado.

Sin embargo, hay otra historia que contar sobre Lenin. Cuando en 1914 todos los partidos políticos europeos, incluidos los de izquierda, se lanzaron de cabeza a una Guerra Mundial cegados por el nacionalismo, Lenin fue de los pocos que se resistió y supo prever la catástrofe. Además, la lectura de Hegel le permitió ver que la catástrofe es el único lugar en el que puede germinar la utopía. Para Lenin era la oportunidad para una revolución socialista, era posible iniciar la destrucción del Estado burgués e inventar una “nueva forma social común sin ejército, policía o burocracia permanentes, en la que todos pudieran participar en la administración de los asuntos sociales”. Es ese impulso descabellado, esa momento de locura, esa voluntad explosiva de utopía lo que Žižek quiere rescatar de Lenin, el Lenin de El Estado y la Revolución. Lo que ocurrió después, el camino hasta el estalinismo no fue más que una vuelta al “sentido común realista”, a la triste evidencia del funcionamiento del poder. Es el Lenin malo de ¿Qué hacer?

Hubo dos momentos esenciales en la Revolución de 1917. En febrero, el derrocamiento del zar Nicolás II y en octubre la victoria de Lenin y los suyos. En febrero las condiciones para que Lenin pudiera poner en marcha su utopía no eran las mejores: Lenin no era más que un emigrante semianónimo. Tuvo éxito porque prescindió de la nomenklatura del partido y consiguió ilusionar a las bases con su discurso utópico.

Sus oponentes esgrimían las mismas tesis que seguimos escuchando hoy para reprimir la locura de que es posible cambiar las cosas. Kautsky, por ejemplo, decía que la revolución sólo podía venir de la unión parlamentaria de partidos burgueses y proletarios. Mantener la vieja forma democrática era para Lenin, igual que lo fue para Robespierre, querer la “revolución sin revolución”.

Otros objetaban que había que esperar al momento adecuado, a que la situación histórica fuese la prevista por Marx para la revolución socialista, a que la clase obrera estuviese madura. La respuesta de Lenin era que si hay que esperar a las condiciones ideales para la revolución estaremos esperando siempre.

Y otros argüían que no debía hacerse nada contra la mayoría, que había que respetar la legitimidad democrática. Y este es el núcleo de la argumentación de Žižek: no podrá cambiarse nada si no se pone en cuestión el ideal intocable de la democracia. Saltarse las reglas de juego democráticas fue lo que salvó la Revolución. ¿Y si aplicamos esto al mundo actual?

Lenin no es un «subjetivista» voluntarista: en lo que insiste es en que la excepción (el conjunto extraordinario de circunstancias, como las de Rusia en 1917) ofrece una vía para socavar la propia norma. ¿Y no es esta línea de argumentación, esta postura fundamental, más actual hoy que nunca? ¿No vivimos también en una época en la que el Estado y sus aparatos, incluidos sus agentes políticos, son simplemente cada vez menos capaces de expresar las cuestiones clave? La ilusión de 1917 de que los problemas acuciantes a los que se enfrentaba Rusia (la paz, la distribución de la tierra, etc.) podrían haberse resuelto a través de medidas parlamentarias «legales» es idéntica a la ilusión actual de que, por ejemplo, el peligro ecológico puede evitarse a través de una expansión de la lógica de mercado a la ecología (obligando a los contaminadores a pagar el precio del daño que ocasionan) (p. 13)

“El derecho a la verdad” es el título del primer capítulo y comienza cuestionando la libertad que venden hoy las democracias. En realidad, “la reducción de la libertad se nos presenta como la llegada de nuevas libertades”. Elecciones libres, tolerancia, multiculturalismo no son más que la máscara que esconde la “ausencia de verdaderas opciones”. Hoy día, cree Žižek, hay que invertir la undécima tesis sobre Feuerbach en la que Marx pedía a la filosofía la transformación del mundo. Hoy, como decía Adorno, es necesario no sucumbir a la tentación de actuar: Médicos sin fronteras, Greenpeace, feministas y antirracistas, están ahí para mostrar que es posible cambiar el sistema desde dentro, es decir, para impedir que cambie realmente algo. Las películas de Hollywood de trama conspirativa actúan en el mismo sentido: la culpa de los males del mundo es atribuida al “sistema”, a una “organización oculta”, a una “conspiración antidemocrática”, cuando, en realidad, las causas son evidentes: es el capitalismo y su vacía forma política, la democracia, la causa del desastre global. Otra de las trampas del liberalismo es la idea de tolerancia. En realidad, no es más que una forma irritante de hipocresía: respetamos al otro siempre y cuando se adapte a nuestras costumbres. En caso contrario, tolerancia cero para los verdaderos Otros. Somos tolerantes en el mismo sentido en que tomamos café sin cafeína, cerveza sin alcohol y chocolate laxante… El liberal multiculturalista se comporta como ese marido que está dispuesto a permitir a su mujer tener amantes siempre y cuando cumplan ciertas condiciones de modo que al final siempre es: “ese no, ese no, ese no…” El primer legado de Lenin que hay que rescatar es la política de la verdad hipotecada por el totalitarismo y las democracias liberales. Hay un fuerte platonismo en este texto de Žižek:

Por consiguiente, el primer elemento del legado de Lenin que habría que reinventar en la actualidad es la política de la verdad, hipotecada tanto por la democracia política liberal como por el «totalitarismo». La democracia, por supuesto, es el reino de los sofistas: sólo hay opiniones, cualquier referencia por parte de un agente político a alguna verdad definitiva se denuncia como «totalitaria». Sin embargo, lo que imponen los regímenes del «totalitarismo» es también una mera apariencia de verdad: una Enseñanza arbitraria cuya función no es más que la de legitimar las decisiones pragmáticas de los Gobernantes (p. 21)

Para Žižek es posible la verdad universal pero esta no es la verdad del consenso sino la verdad de la “toma de partido”. La verdad universal es, por definición, unilateral, particular. No vale la hipocresía paralizante del todos tienen su opinión, todos tienen razón, sino que hay que recobrar el “derecho a la verdad”.

El segundo capítulo, “El materialismo reconsiderado”, es una crítica al materialismo ingenuo de Lenin que se traducía en la idea de que la mente es un espejo del mundo. Para Žižek admitir que existe el mundo es dar el primer paso hacia Dios como espectador o causa de la totalidad. Según Žižek, el único modo de escapar de esta trampa que el idealismo tiende al materialismo es negar el mundo. El mundo no existe, el mundo es un vacío-nada primordial en el que la existencia es un mero y provisional desequilibrio. Así comienza el documental Žižek (2005)

El tercer capítulo lleva un título muy provocador: la grandeza interna del estalinismo. Hoy día la Historia sitúa a Stalin como un monstruo a la altura de Hitler. ¿De qué grandeza interna habla Žižek? El estalinismo es, en cierto modo, una continuación del leninismo. No es posible aislar al Lenin bueno de El Estado y la Revolución, que anima a las masas a tomar el poder, del Lenin malo de ¿Qué hacer?, que defendía que el poder debía corresponder a la élite del partido. Del mismo modo que los prisioneros de la caverna platónica son incapaces de liberarse por sí mismos, a las masas debe dirigirlas una élite intelectual. La utopía no es posible sin la autoridad del Partido. Un ejemplo de estas ideas es Bertold Brecht. Según Brecht es necesario un teatro platónico donde el encanto estético esté sometido completamente a la “verdad filosófico-política que es externa a él”. Brecht fue totalmente estalinista: en una fiesta en los Estados Unidos celebró el fusilamiento de ciertos opositores a Stalin. No es que Brecht fuese un sanguinario pero sí era consciente de que el individualismo perjudicaba a la revolución: la única vía es la del nosotros, la del partido.

El cuarto capítulo, “Lenin escucha a Schubert”, persigue en principio distinguir a Lenin de los nazis. Se cuenta que Lenin era un hombre insensible al sufrimiento de los individuos particulares cuando se trataba de perseguir los fines de la revolución. Se dice que lloró de emoción al escuchar la appasionata de Beethoven y que, inmediatamente, se autocensuró argumentando que dejarse llevar por los sentimientos lo volvía demasiado débil. Para Žižek esta incapacidad de Lenin para escuchar música y hacer política es una muestra indudable de humanidad. En cambio, lo que sí revela una naturaleza de monstruo es la actitud de Heydrich, artífice del holocausto y habitual intérprete de los cuartetos de cuerda de Beethoven.

El quinto capítulo, “¿Amaba Lenin a su prójimo?”, arremete contra la hipocresía del sujeto posmoderno del capitalismo tardío que combina cierta frialdad exterior con una rica vida emocional interior. La actitud natural de este sujeto es “sí, amo a mi prójimo, pero que se mantenga a distancia”. La revolución, para Žižek, pasa por superar esta “putrefacción ideológico-emocional” y desmantelar todas las barreras. El problema del racismo, expresado en términos cinematográficos, no es es el de Adivina quién viene a cenar esta noche, sino el de Haz lo que debas de Spike Lee.

En el sexto capítulo, “La violencia redentora”, Žižek comenta una de las escenas cinematográficas que más aparecen en su obra. Me refiero al momento de El club de la lucha en el que Edward Norton se autogolpea delante de su jefe para demostrarle que no tiene ningún poder sobre él. Para Žižek este tipo de violencia ejercida sobre uno mismo es necesaria para el paso de la subjetividad capitalista a la revolucionaria:

¿Qué significan estos golpes contra uno mismo? En una primera aproximación, está claro que su desafío fundamental es llegar al verdadero Otro y restablecer la conexión con él, es decir, suspender la abstracción y frialdad fundamentales de la subjetividad capitalista, cuya mejor ilustración es la figura del individuo monádico y solitario que, a solas frente a la pantalla de su ordenador, se comunica con todo el mundo. A diferencia de la compasión humanitaria que nos permite mantener la distancia con respecto al otro, la propia violencia de la pelea señala la abolición de esta distancia. Aunque esta estrategia es arriesgada y ambigua (fácilmente puede recaer en una lógica machista pro-tofascista de solidaridad masculina violenta), hay que asumir este riesgo: no hay ninguna otra vía directa de salida del cierre de la subjetividad capitalista. La primera lección de El club de la lucha es, por consiguiente, que no se puede pasar DIRECTAMENTE de la subjetividad capitalista a la revolucionaria: primero hay que romper la abstracción, la exclusión de los otros y la ceguera hacia el sufrimiento y el dolor de los otros en un gesto que corra el riesgo y se extienda directamente hacia el otro sufriente, un gesto que, en la medida en que hace pedazos el núcleo mismo de nuestra identidad, no puede sino presentarse como extremadamente violento. Sin embargo, hay otra dimensión en juego en los golpes contra UNO MISMO: la identificación escatológica (excremental) del sujeto, que equivale a adoptar la posición del proletario que no tiene nada que perder. El sujeto puro sólo surge a través de esta experiencia de autodegradación radical cuando dejo/hago que el otro me saque a golpes la mierda que llevo dentro, vaciándome de todo contenido sustancial, de todo soporte simbólico que pudiera conferirme un mínimo de dignidad. Por consiguiente, cuando Norton se golpea frente a su jefe, el mensaje que le está lanzando es el siguiente: «Sé que quieres pegarme, pero, como ves, tu deseo de pegarme es también mi deseo, así que, si me pegaras, estarías cumpliendo el papel de esclavo de mi perverso deseo masoquista. Pero eres demasiado cobarde para hacer vivir tu deseo, así que lo haré por ti: aquí lo tienes, lo que realmente querías. ¿Por qué te sientes tan avergonzado? ¿No estás preparado para aceptarlo?» (p. 68)

El capítulo séptimo, “Contra la política pura” tiene una importancia esencial dentro del libro. Existen dos formas de entender las relaciones de economía y política en Marx. Antes del fracaso de la revolución de 1848 la política era para Marx el motor del cambio social. A partir de 1848, Marx desarrolla una teoría científica de la historia según la cual el propio capitalismo terminará autodestruyéndose para dar lugar a una sociedad posclasista: la revolución política ha de esperar a que el momento económico sea el adecuado. Lenin supo, por intuición, que ambos elementos, política y economía no podían separarse, estaban inextricablemente unidos. Quienes defienden la autonomía de lo político, la política pura, se equivocan. La economía es el auténtico campo de batalla pero la crítica ha de dirigirse hacia la forma política en la que todavía cree el “anticapitalismo”: la democracia. No nos podremos librar del capitalismo si antes no sometemos a una crítica seria todo lo que no funciona en ese ídolo intocable que es la democracia. Así se expresa Žižek:

A este respecto, la posición de Lenin, contraria tanto al economicismo como a la política pura, sigue siendo decisiva en nuestros días habida cuenta de la actitud dividida ante la economía que encontramos en (lo que queda de) los círculos radicales: por un lado, los «políticos» puros arriba citados, que abandonan la economía como emplazamiento de la lucha y la intervención; por otro lado, los economicistas, fascinados por el funcionamiento de la economía global de nuestros días, que excluyen toda posibilidad de intervención política propiamente dicha. A este respecto, hoy más que nunca debemos volver a Lenin: sí, la economía es el dominio decisivo, la batalla se decidirá allí, hemos de romper el hechizo del capitalismo global; SIN EMBARGO, la intervención debe ser cabalmente POLÍTICA, no económica. Hoy, cuando todo el mundo es «anticapitalista», hasta las películas «sociocríticas» de tema conspirativo hechas en Hollywood (que incluyen desde Enemigo público a El dilema) y en las que el enemigo son las grandes corporaciones con su despiadada búsqueda del beneficio, el significante «anticapitalismo» ha perdido su aguijón subversivo. Lo que debemos problematizar es, antes bien, el claro opuesto de este «anticapitalismo»: la confianza en que la sustancia democrática de los estadounidenses honrados desbaratará la conspiración. ÉSTE es el núcleo duro del universo capitalista global de nuestros días, su verdadero Significante-Amo: democracia. (pp. 84-85)

Por tanto, no es posible un anticapitalismo que no problematice la forma política del capitalismo, la democracia liberal parlamentaria. Y este es el núcleo de este libro de Žižek y la principal razón para retomar a Lenin.

El capítulo octavo, “Porque no saben lo que creen”, llama la atención sobre un cambio esencial que ha sufrido el capitalismo en las sociedades postindustriales. El pilar del capitalismo ya no es más la propiedad privada sino el capital, en tanto en cuanto se ha convertido en algo virtual, inexistente. Una empresa paradigmática en este aspecto es Nike, un ente abstracto que todo lo subcontrata.

El capítulo noveno, “Capitalismo cultural”, busca referencias en la cultura popular de los cambios citados. Así, por ejemplo, comenta Žižek que en una reciente película de Bond el agente 007 descubre a los malos en un taller, un lugar de producción. En la era del capitalismo virtual el trabajo es delito, hay que ocultarlo y Bond se encarga de hacerlo estallar por los aires. En la actualidad, ¿dónde está el verdadero proletariado? ¿es la mano de obra china, los informáticos indios de Bangalore, los parados…?

El capítulo décimo, “Contra la pospolítica”, Žižek arremete de nuevo contra la pseudopolítica del capitalismo tardío. La política sin la forma organizativa del partido no es política, es una revolución sin revolución. Por muchas libertades y tolerancia que soporte, el sistema está preparado para evitar cualquier cambio en lo fundamental. Habermas, por ejemplo, cree que la globalización, al igual que la Ilustración, es un proyecto inacabado: el desarrollo de la razón instrumental tendrá que ir acompañado del desarrollo de la razón comunicativa. Sin embargo, Žižek está convencido de que sobre la estructura económica actual es imposible un interacción comunicativa igualitaria.

Los capítulos once, doce y trece giran en torno a cuestiones actuales como los atentados del 11 de septiembre. Es muy conocido el artículo “Bienvenidos al desierto de lo real” que da título al libro que ya comenté en otro post de este blog.

En el último capítulo, “Retorno o repetición” Žižek resume las conclusiones del libro. El problema de los seguidores actuales de Lenin es que no saben dónde está hoy el elemento político transformador indispensable, el proletariado capaz de iniciar la revolución. Y si esa clase obrera no existe lo que queda de la izquierda son los multiculturalistas, los defensores del Estado del Bienestar, el cibercomunismo y la Tercera Vía. En fin, nada que vaya a remover los cimientos del capitalismo global. Se necesita, por tanto, volver a Lenin, a su cuestionamiento del modo democrático de hacer política, pues mientras sigamos obedeciendo al Significante-Amo “Democracia” no será posible un cambio en la economía global.

12 replies »

  1. Hola Eduardo, el libro completo es un poco irregular. Hay capítulos muy claros, provocadores y aprovechables, como los dos primeros, por ejemplo. Y luego hay cuatro o cinco capítulos más técnicos en los que se va mucho por las ramas y a Lenin se le ve muy de lejos.

    Pero me da la impresión de que los libros de Žižek en general son así. Excepto los que son muy breves como En defensa de la intolerancia que, por supuesto, te recomiendo.

    Un saludo.

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  2. La idea clave de Zyzek es un hueso duro de roer: que nustras preciadas democracias son el garante del sistema de injusticias… que nos es más fácil imaginar la aniquilación de la humanidad que un cambio de sistema político: el pánico a lo real nos va a conducir a situaciones insostenibles en el futuro próximo.
    No hay ningún esfuerzo por revertir las tendencias más nefastas, y cada persona cree que forma parte potencialmente del grupo de privilegiados que está a un tris de lograr ejercer sus ansidas libertades individuales, en cuento peguen el pelotazo y accedan al nivel económico que lo permite. El 90 por ciento de la población convive con la fantasía de la posibilidad de pertenecer al 10 por ciento (o menos) de personas que ejercen sus libertades basadas en su posición económica. A esa fantasía llaman libertad.

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  3. Zizek es irregular, si no se lee con cuidado uno puede perder el hilo de la exposicion, peero aún asi me parece un filósofo interesante y provocador.
    La idea de que la política ha de ser el campo de batalla y no la economía, Zizek ya la esboza en su ensayo sobre Matrix, pero sólo como una insinuación. ¿En este libro elabora más esa idea, además de lo que ya has mostrado en tu texto? ¿Sólo dice que hay que atacar la forma política del capitalismo, es decir mostrar la falsedad de la democracia liberal?
    Un saludo

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  4. Si te refieres a “Bienvenido al desierto de lo real” creo que este libro desarrolla más los aspectos políticos.

    Lo que hace Zizek es comparar las diferentes actitudes de Lenin y Kautsky tras la revolución de febrero. También elogia a Trotsky y Rosa Luxemburgo.

    La editorial Akal acaba de publicar un breve texto de Trotsky prologado por Zizek que va en la misma línea.

    No se puede esperar a que se den las condiciones ideales para la revolución comunista, ni se puede esperar a que una mayoría la legitime… La verdad es siempre unilateral, es cuestión de tomar partido y pasar a la acción.

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  5. Žižek es políticamente provocador, interpreta los clásicos del cine de un modo sorprendente, “sospecha” como Nietsche y Marx…

    Es el opuesto al nihilismo de Baudrillard. Personalmente, los necesito a los dos para comprender la sociedad de consumo o el capitalismo global.

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