Diario de lecturas

Mario Levrero: Dejen todo en mis manos

Mario Levrero: Dejen todo en mis manos. Barcelona: Mondadori, Caballo de Troya, 2007.

Mario Levrero nació en Montevideo en 1940 y murió en 2004. Otras de sus novelas son El discurso vacío y La novela iluminada, también publicadas por Caballo de Troya.

En su extrema sencillez Dejen todo en mis manos es, en el fondo, una novela de una apasionada densidad metafísica. La historia que cuenta Levrero es la de un escritor fracasado al que le ofrecen algo de dinero y la publicación de su novela si encuentra a la gran promesa de la literatura uruguaya en el pueblo de Penurias. El objetivo es un tal Juan Pérez, autor de un manuscrito excepcional. Las andanzas de este falso detective dejan paso, poco a poco, a una comprensión sabia del universo y a una actitud ante la vida guiada por el humor, la ironía y el amor a la ficción.

La lección metafísica que da Levrero en Dejen todo en mis manos recuerda a los infinitos de Borges. En cada hombre viven todos los hombres, en cada detalle todo el universo. Hay un pedazo de todos nosotros en ese protagonista maltratado por el destino en Penurias. Todos también terminamos sabiendo que, como decía Heráclito, lo mismo es vida y muerte, velar y dormir, juventud y vejez; aquellas cosas se cambian en éstas y éstas en aquellas. Así lo dice Levrero por boca de un curioso sabio de extraño acento:

—Gente dice: araña teje tela. Yo digo: tela teje araña. Gente cree teje vida, pero vida teje gente. Todo conectado. Usted escribe cuento, pero cuento escribe usted; buscamos causa tiempo pasado, pero muchas veces causa en futuro. Confunden causa y efecto. Elija carta y no muestre. (p. 113)
—Acuérdese, joven: hay dos infinitos —dijo, subrayando cada concepto con un enérgico movimento del índice izquierdo, como dirigiendo una orquesta—; infinito muy grande, infinito muy pequeño, usted en medio; y dentro suyo, otros infinitos. Cada átomo cuerpo, pequeño planeta. No desalentar por cosas que pasan; vida continúa. Vida igual a mosquita curiosa, revolotea todos lados y mete nariz en todo. A veces mosquita cae en telaraña. Eso bueno. Naturaleza. Ley. No bueno caer telaraña propia. —Se golpeó con el índice tres veces sobre el centro de la frente. (p. 114)

Por último, una muestra de resonancias borgianas de la entrega de Levrero al humor y la imaginación:

—Mi esposa me abandonó hace unos meses —dije, intentando sentir una honda autocompasión—. Huyó con un traficante búlgaro, a Venezuela. A veces la extraño.
Dos lágrimas me humedecieron las mejillas. Los hechos esenciales eran ciertos, pero los había adornado un poco; a la gente le gustan los detalles exóticos. El hombre no era traficante, sino químico; no era búlgaro, sino apenas vulgar; no estaban viviendo en Venezuela, sino en Montevideo. Tampoco mi mujer me había exactamente abandonado, ni había huido; fue una separación largamente discutida, y acordada por ambos. (p. 83)

Imprescindible.

Gracias por la recomendación al blog del librero humanoide.

Categorías:Diario de lecturas, Novela

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2 replies »

  1. Saludos humanoide,sabía que había leído una reseña elogiosa sobre Levrero en alguno de los blogs que tengo a la derecha pero no recordaba cuál. Ahora me he dado cuenta de que supe de Levrero a través de tu blog. Muchas gracias.Hace unos días compré la nueva edición de La novela luminosa. Me encantó la primera frase.

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