Diario de lecturas

Soma Morgenstern: Huida y fin de Joseph Roth

Soma Morgenstern: Huida y fin de Joseph Roth. Recuerdos. Eduardo Gil Bera (tr.) 2ª ed. Valencia: Pre-textos, 2008.

Excelente lectura para quien esté interesado en la vida cultural de la Viena de entreguerras. Por las páginas de Morgenstern se pasean junto a su amigo íntimo Joseph Roth, iconos de la época como Musil, Broch, Freud, Zweig, Kraus, Berg… En resumen, un anecdotario sentimental salpicado de reflexiones personales sobre el papel del alcohol en la creación artística, el antisemitismo europeo, la decadencia del Imperio Austro-Húngaro o las raíces del fascismo.

Estas memorias del novelista judío Soma Morgenstern (Galitzia oriental, 1890- Nueva York, 1976) se centran en el personaje de Joseph Roth (Galitzia, 1894-París, 1939). Ambos nacieron en la región de Galitzia, un territorio que en su tiempo perteneció al Imperio Austro-Húngaro y hoy día se reparten Polonia y Ucrania.

Joseph Roth, autor de clásicos como Job (1930), La marcha Radetzky (1932) o La leyenda del Santo Bebedor (1939), fue en su época un personaje de leyenda. Roth hacía su vida en los bares de Viena o París, consumiendo una o dos botellas de Cognac antes del almuerzo, y escribiendo novelas y artículos en medio de un barullo enloquecedor. Su alcoholismo crónico iba unido a una severa decrepitud física: a los cuarenta y cinco parecía un bebedor de sesenta, nunca se duchaba y apenas caminaba por la hichazón de los pies. A veces contaba que bebía para olvidar las penas que le provocaba la locura precoz de su esposa, encerrada en un manicomio, y que terminaría ejecutada por las leyes eugenésicas nazis. Morgenstern opina que el alcohólico siempre se inventa estas historias a posteriori para justificar una caída cuya única causa es el placer de la bebida. Cuando Morgenstern se pregunta qué significó el alcohol en la vida de Roth responde de un modo radical: el alcohol lo destruyó pero, al mismo tiempo, lo convirtió en novelista. Roth se decía cristiano y monárquico. Creía firmemente que la única forma posible de derrotar al nazismo era una Austria fuerte y una guerra mundial urgente. Aunque Austria le decepcionó, la guerra no tardaría en llegar.

Zweig consideraba a Roth un genio al tiempo que lamentaba su empeño en suicidarse a base de aguardiente. Se ofreció más de una vez a pagarle una cura de desintoxicación, remedio que Roth siempre rechazó. Pero quien realmente irritaba a Roth no era el samaritano de Zweig sino su esposa, una “hipócrita judía conversa”. A ella le debe Roth su vergonzoso entierro cristiano. Zweig también idolatraba a Freud, al contrario que Morgenstern y Roth, que no podían soportar que uno de los suyos, un judío, fuese responsable de la blasfemia psicoanalítica.

Aunque La marcha Radetzsky y El hombre sin atributos tratan ambas de la caída irremediable del Imperio Austro-Húgaro, Roth y Musil eran escritores antitéticos: Roth acusaba a Musil de pretencioso, de ser un escritor para escritores, mientras que a Musil le decepcionaba la debilidad de carácter que se intuía trás el alcoholismo crónico de Roth.

A traves de Morgenstern tenemos noticia del triste silencio de Karl Kraus ante el ascenso del nazismo, de la persecución generalizada de los judíos en toda Europa, de la desgracia del exilio, del comunismo aristócrata de Aragon y los surrealistas…

Un libro recomendable para quienes estén interesados en aspectos biográficos sugerentes de los grandes novelistas centroeuropeos de entreguerras.

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