Diario de lecturas

Andrés Barba y Javier Montés: La ceremonia del porno


Andrés Barba y Javier Montés: La ceremonia del porno. XXXV Premio Anagrama de Ensayo. Barcelona: Anagrama, 2007.

Es inevitable que el porno se convierta en objeto de reflexión para filósofos, sociólogos y demás investigadores de la realidad en que vivimos. Ha pasado de ser un fenómeno ilegal o marginal a convertirse actualmente en un negocio que mueve, solo en Estados Unidos, más dinero que el beisbol, el fútbol americano y el baloncesto juntos.

Por tanto no sería raro que a usted le interesara el tema. Pero siento mucho aconsejarle que no compre este libro, aunque sea el último Premio Anagrama de Ensayo. Después de hojearlo sólo puedo decir de él que es aburrido e irrelevante. Sin embargo, si está en la librería y realmente busca una reflexión inteligente y lúcida sobre el porno, no dude en comprar el clásico de Román Gubern, La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas. Ameno y sugerente, como debe ser un ensayo.

8 replies »

  1. Transcribo el artículo de Lynch antes de que El País lo haga desaparecer:CRÍTICA: FERIA DEL LIBRO DE MADRIDEl mito de la experienciaENRIQUE LYNCH 09/06/2007Hace un par de años me llevé una gran sorpresa al cruzar Broadway a la altura de la Calle 48, en plena zona de los teatros de Nueva York. Sobre la pared medianera de uno de esos gigantescos edificios que hay en Manhattan brillantemente iluminado de noche y del tamaño de una pista de tenis estaba el anuncio de la última película de Jenna Jameson, una de las más afamadas estrellas actuales del porno: ella y otra señora semidesnudas y en posición equívoca. Estaba claro que el género “maldito” que había inspirado encendidas polémicas en los sesenta y setenta durante la llamada “revolución sexual” había pasado a ser una pieza más en la industria del entertainment, como Tom Cruise, Mickey Mouse o Indiana Jones.La misma sorpresa me llevé, aunque de signo inverso, al leer en este último premio Anagrama que la esencia del porno, es decir, de la exposición fotográfica y cinematográfica de escenas de sexo explícito más o menos real -perverso o fantasioso, tanto da- es la transgresión. Está claro que la medida de una transgresión pertenece al fuero íntimo de cada uno, es decir, al modo en que uno piensa que una conducta propia infringe la pauta social del decoro; y está también claro que el porno sigue teniendo mucho de indecoroso, pero llamar “transgresivo” a un género con el que se topa uno a cada rato en la red o que asoma en todos los televisores españoles en medianoche es algo anacrónico, cuando no un disparate. Aún más sorprendente es que este juicio provenga de autores que, por su edad, sólo conocen el pansexualismo generalizado y que, con toda seguridad, de niños han pasado algún verano construyendo castillos de arena en la playa, rodeados de cuerpos de adultos desnudos y, más tarde, en la adolescencia, han tenido a su alcance todos los instrumentos porno imaginables para estimularse sin usar la imaginación (porque ya se sabe que lo que puedo ver no necesito imaginarlo). ¿Cómo puede haber entonces transgresión sin imaginación?¿Qué puede tener de transgresivo el porno en la época en que el sexo mediático oficia como el opio de los pueblos? Más aún, ¿qué contenido tiene la propia categoría, “pornografía”, cuando casi no hay nada que no se pueda ver? Es probable que lo único que ya no es pornográfico, sino tan sólo porno, sea el sexo explícito y, en cambio, mucho más lo son otras variedades de voyeurismo, como las escenas de accidentes y catástrofes que transmiten los canales de televisión y los clips filmados por los soldados estadounidenses en Irak o las escenas de decapitaciones que los islamistas cuelgan de YouTube. Pero a nuestros jóvenes autores sólo les llama la atención la guarrería cinematográfica, asunto en el que muestran una sólida formación. En cualquier caso, si el libro se hubiera limitado a eso, a poner orden en la descripción de un género muy popular que, con el correr de los años, ha ido ganando infinidad de matices, estilos, formas y aplicaciones, el proyecto habría sido sumamente interesante, como cualquier ensayo de Cultural Studies. Pero no, a nuestros autores les pierde la tentación de la semiología baudrillaresca y es aquí -porque ése es un terreno muy resbaladizo- donde se demarran. Por ejemplo, dedican las cuarenta páginas iniciales a dirimir la categoría “pornográfico” que, por supuesto, no resuelven, entre otras razones porque esta noción sólo puede ser invocada con un sentido pornofóbico, o sea, en última instancia, con un sesgo moral-represivo posvictoriano que no quieren asumir, y que, por otra parte, nadie sustenta hoy en día. Ya no se puede ser Bataille.Y es una lástima, porque aunque son conscientes de que lo que moviliza la “experiencia pornográfica” es el deseo y no el objeto, asumen no obstante una categoría victoriana, creada a partir de la discriminación del objeto y de la denegación de la pulsión que lo acompaña. ¿Por qué? Porque su asunto es banal: afirman que hablarán de lo pornográfico pero lo que en verdad les interesa es la guarrería, el porno, género nacido de una represión (y una categoría) internalizada. Sospecho que no han leído a Gombrowicz y no han visto las porcelanas de Jeff Koons.Sin embargo, no quieren pasar como pornófobos -al fin y al cabo, son hombres de nuestro tiempo-, entonces intentan peraltar su discurso recurriendo a la semiología y, cada tanto, se dedican a trascendentalizar lo banal y “sacarle punta”; y lo único que consiguen es lidiar con un obstáculo conceptual que ellos mismos se han interpuesto y que, como era de prever, los remite a los clásicos (Sontag, Williams, Bataille, Baudrillard, etcétera) o a contextos y problemáticas norteamericanas. Llegan con cuarenta años de retraso: repiten lo que intentaron durante la transición, en pleno destape, Cardín y -mucho antes de que se episcopara- Jiménez Losantos, con La revolución teórica de la pornografía, pero sin escándalo. Así, entre comentarios de porno-connoisseurs intercalan tentativas semiológicas: una presuntuosa fenomenología de la felación (página 105) bastante torpe cuando uno recuerda la que hace Cathérine Millet, con amplio conocimiento de causa, en su autobiografía; o nociones filosofantes a la manera de Sollers (“cuerpo pornográfico”) y Deleuze (el inevitable “acontecimiento”); o dejan caer frases como “la magia de la ceremonia pornográfica” (página 98) que sólo consiguen ponerlos inútilmente solemnes. La “ceremonia”…, pero, por el amor de Dios, ¿cómo se puede calificar de “ceremonial” o “sacrificial” el contemplar en statu nascendi cómo copula el señor Nacho Vidal con centenares de mujeres de todas las razas y condiciones?Tardamos varios siglos en desembarazarnos del mito de la llamada “experiencia religiosa” y aún nos queda pendiente quitarnos de encima a su hermana gemela, la “experiencia estética”; y nos vienen ahora con una variante de lo mismo: la “experiencia pornográfica”. Como para no quejarse de los resultados de la Ilustración…

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  2. Conozco a Enrique Lynch. Parece ser que se había presentado al premio tres veces y que el rencor (porque la critica parece ser más personal hacia los autores que hacia el libro) le lleva por callejones extraños. En cuanto a las criticas todos parecen poner bien el libro (ABC, Vanguardia, El MUndo, La Clave… menos -misteriosamente- el tal Lynch) Por cierto que el libro que recomendais de Gubern me parece la cosa más insulsa que he leído sobre el porno en mi vida, y mira que me interesa el tema. A mi el libro de Montes y Barba me parece que está francamente bien, y que es entretenido y audaz. Por supuesto no es la última palabra sobre el tema, pero recomendar el libro de Gubern me parece una pazguatada. El hombre no ha entendido una palabra de lo que habla, pero en este país mostrenco nadie le había dado la réplica hasta la fecha…Señores, si quieren ustedes criticar, no se limiten a hojear las cosas, ni a transcribir las criticas ajenas.Ni siquiera conozco a los autores, pero sí al siniestro de Lynch, y me jode la manera en que en este país se lapida indiscriminadamente a los jóvenes por sistema…

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  3. Gracias por su interés en participar en este humilde blog.Evito siempre el argumento ad hominem. De Lynch me gustaron El merodeador y La televisión, el espejo del reino. Dos ensayos aceptables. No me gustó La lección de Scherezade. No entiendo que sea un oráculo ni nada por el estilo.El libro de Barba y Montes me ha decepcionado. Y sí me gustó el de Gubern. A usted le pasa al contrario. Así es la vida.Mi criterio de un buen premio anagrama: Invitación a la ética o Elogio y refutación del ingenio. En comparación, el libro de Barba y Montés no da la talla. Eso es todo.

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  4. Estimado anónimo: no sé desde qué país escribe Ud. y por tanto a cuál se refiere cuando dice: “me jode la manera en que en este país se lapida indiscriminadamente a los jóvenes por sistema”. Desde luego ese tópico del ensañamiento de la crítica con los jóvenes “por sistema” es inaplicable en España: el mismo Barba ha recibido críticas que ya las quisieran muchas vacas sagradas del panorama cultural. Y como él, jóvenes como Isaac Rosa, Gopegui, Magrinyà o Eloy Tizón. Puede que Ud. se refiera a jóvenes como Mañas o Lucía Etxeberría, y aun éstos han recibido críticas positivas. Especialmente estoy pensando en los últimos libros del uno y de la otra.Es posible que tenga Ud. razón en lo que dice sobre el carácter siniestro de Lynch, y más aún si dice Ud. conocerle, pero me extraña mucho que una crítica como la suya se deba al rencor por no haber obtenido el Premio Anagrama: si tantas veces lleva presentándose como Ud. afirma, no es manera de ganarlo en el futuro destrozándole un libro a Herralde, y más aún sabiendo que Barba y Montes serán el año que viene miembros del jurado. Además, seguro que Lynch sabe que el Premio Anagrama está más que pactado: era previsible que lo ganara un autor de la casa como Andrés Barba, y con un libro cuyo tema tiene ventas casi aseguradas.No he leído el libro en cuestión, pero desde luego la crítica de Babelia está mucho mejor argumentada y razonada que la de El Mundo. Y ya se sabe que la autoridad de un crítico no descansa en tener razón, sino en su capacidad para hacer ver que la tiene.

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  5. La critica de Lynch no me parece un argumento, sino mas bien una opinion subjetiva de lo que es el porno para el. Su decepcion viene quiza del hecho que los autores de la ceremonia del porno no han tratado el tema como a él le hubiera gustado. El ensayo no tiene que ser una verdad absoluta sobre un tema, y el enfoque cambia con la persona que lo escribe. Como la traduccion de un libro. Me parece interesante que haya criticas de uno y otro bando. Quiere decir que el libro ha dado qué pensar y constituye una herramienta nueva para entender el tema.

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  6. Este premio fue concedido por motivos comerciales. El ensayo en sí es menos que nada. La crítica de Lynch es absolutamente certera y tal vez la única que no le sigue el juego al todopoderoso Herralde. Este premio busca crear una tendencia pro-Montes y pro-Barba, gente de la casa, a través de una temática extremadamente comercial tratada del modo más superficial para que siga siendo apta para el consumo. Baudrillard escupiría sobre este ensayo, que no puede ser considerado ni siquiera como entretenimiento y mucho menos como cultura. Un fraude de libro.

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