Diario de lecturas

Don DeLillo: Fin de campo (1972)

don delillo fin de campo

Es Teresa de Ávila.
¿Sabes qué hacía para recordarse a sí misma el final de las cosas?
Comía usando un cuenco de un cráneo.

 

Don DeLillo: Fin de campo. Javier Calvo (tr.) Barcelona: Seix-Barral, 2015. [End Zone,  Houghton Mifflin, 1972]

Casi cuarenta años separan Fin de campo (1972), segunda novela de Don DeLillo, y Punto Omega (2010), su obra reciente más afín. Si Punto omega es una obra maestra de estilo en la que no sobra ni un solo párrafo, Fin de Campo es todavía un borrador al que se le puede restar más de un centenar de páginas (toda la segunda parte y más de la mitad de la tercera). Es absurdo dedicar cuarenta páginas a describir con todo detalle un partido de fútbol americano y otras tantas a poner en boca de deportistas de élite elaboradas especulaciones filosóficas. Es aburrido y no es verosímil.

En cualquier caso, los temas de fondo, las constantes de DeLillo, están presentes en ambas novelas: la naturaleza del tiempo, el poder omnímodo de la abstracción matemática, los peligros de la era técnica, la belleza del apocalipsis.

En Punto Omega un periodista entrevista en el desierto a un militar que habla mucho más del destino siniestro del Universo que de las guerras humanas. En Fin de campo (End Zone, zona de anotación en el fútbol americano, es decir, los metros de césped donde finaliza el juego, la vida) Gary, jugador en una pequeña universidad de Texas llamada Logos, está obsesionado con las “posibilidades de la guerra nuclear”, con la abstracta precisión estadística asociada a decenas de millones de muertes. Es el alumno aventajado del curso que imparte el mayor Staley sobre la guerra moderna. En el capítulo 16 tiene lugar una conversación entre ambos que es un buen ejemplo del mejor DeLillo (pp. 96-108).

Allí dice que la proliferación de armas nucleares ha derivado en una nueva forma de teología del miedo, con la diferencia de que la fusión de tritio y deuterio es mucho más amenazante que la omnipotencia de los viejos dioses. Así que en el futuro, profetiza el autor, las guerras serán todas guerras humanitarias 🙂

Antes los hombres se ponían a prueba en la guerra. Esta sacaba de ellos todo lo que eran capaces de hacer en situaciones bajo presión. Ahora nos hemos vuelto blandos, preferimos los deportes extremos como sustituto. La guerra ha quedado reservada como piedra de toque para comprobar el grado de desarrollo de nuestra tecnología.

Tu tecnología no sabe lo buena que es hasta que va a la guerra, hasta que ha sido sometida a la prueba suprema. No me parece que nos interese mucho ya la valentía individual. Es mejor ser eficiente que ser valiente. Y no hay más. Es lamentable, pero es así. Y tu tecnología no vale nada si no puede derrotar a la del enemigo. Tus armas tienen que ser más eficientes que las suyas, más fiables, más precisas y más letales. Tu tecnología tiene que alcanzar la eficacia máxima. Hay que exigirle siempre más, obligarla a superarse (p. 101).

El nihilismo extremo de Gary se consolida cuando en el desierto tiene una visión de la esencia del mundo: un montoncito de mierda común y corriente. Es el símbolo perfecto de la maldición humana.

Resultaba abrumador, un acto terminal, la palabra misma transmitía nulidad: mierda, en el sentido de perros en cuclillas junto a cuerpos parcialmente devorados y de podredumbre repitiéndose a ella misma; defecación, en el sentido de viejas cagándose en sus camas del geriátrico; heces, en el sentido de especímenes, muestras, análisis, diagnósticos y siniestros hallazgos de enfermedad en las entrañas; bostas, con su paja seca infestada de huevos microscópicos; excremento, en el sentido de materia final vaciada, con ese hedor químico de la cancelación del yo; despojos, en el sentido de intestinos de animales sacrificados bañados en mierda y sangre; mierda por todas partes, mierda en el ciclo vital, mierda como tierra como comida como mierda, hombres sabios sentados impasiblemente sobre su propia mierda, ejércitos retirándose ante su hedor, mierda como Historia, santos varones rezándole a la mierda, científicos probándola, volúmenes enteros a compilar sobre su color, su textura y su olor, la traición infinita de la mierda, aquel susurro omnipresente de la inexistencia. A mi alrededor el día estaba tocando a su fin. (p. 107)

También se le cuela a DeLillo alguna simpática tontería hegeliana:

—El fútbol americano sabía que esto era un partido de fútbol americano. Sabía que era el centro del juego. Era consciente de su propia futbolidad. (p. 47)

Es una novela muy irregular pero creo que es importante leerla para quienes quieran conocer en profundidad las raíces místicas de la obra de uno de los grandes autores contemporáneos: Don DeLillo.

—Creo en las formas estáticas de belleza —me dijo—. Me gusta medir las cosas y dejarlas que se queden como están. Intento crear grados de silencio. Las cosas que hay en esta sala son simples y estáticas. Están medidas meticulosamente. En cuanto hago un cambio diminuto, todo cambia. Y ese cambio se vuelve inmenso. Mi vida aquí casi se parece a cierta clase de sueño. Ya sabes que a veces los objetos de los sueños adquieren una importancia enorme. Es como que resuenan. Es fácil tenerles miedo a los objetos de los sueños. Pues a veces esto se vuelve un poco así. (p. 279)

3 replies »

  1. Buenas tardes don Eugenio.

    He leído Ruido de fondo, El hombre del salto y Punto omega. Me quedo especialmente con la primera, pero tengo que reconocer que el primer capítulo de Punto Omega me parece espectacular (aunque después tome una deriva que no me convence, no ya las divagaciones en torno a Teilhard de Chardin sino a su anti climático final). He de probar con Mao II y Submundo.

    Un saludo.

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