Mario Vargas Llosa: La civilización del espectáculo. Madrid: Alfaguara, 2012.
Han pasado tres años desde la publicación de La civilización del espectáculo. Se agradece la claridad de la prosa pero la argumentación es superficial y, en algunos casos, pura demagogia.
En mi opinión, el mejor capítulo es el primero, dedicado a exponer los libros fundamentales que han analizado la evolución de la cultura en los últimos sesenta años. Resumiendo:
- T. S. Eliot, Notas para la definición de la cultura (1948), donde el poeta inglés constata la decadencia de la élite cultural y el retroceso de la religión cristiana como elemento unificador de Europa. Avisa, además, del peligro de un futuro sin «cultura». Es La derrota del pensamiento de Finkelkraut con un toque místico.
- George Steiner, En el castillo de Barbazul. Notas para la redefinición de la cultura (1971). El conocido crítico literario reprocha a Eliot su antisemitismo y califica al cristianismo de politeísmo primitivo. La verdadera razón, según Steiner, de la debacle de la cultura europea es la retirada de lo sagrado, que tiene origen judío, en favor la Ilustración. La solitaria razón ilustrada deviene barbarie y se consuma en los campos de concentración nazis y el gulag de Stalin. Steiner no va más allá de la tesis básica de Dialéctica de la Ilustración de Horkheimer y Adorno.
- Guy Debord, La sociedad del espectáculo (1967). El situacionismo de Debord denunciaba antes de Mayo del 68 cómo el capitalismo había transformado la cultura en un mero entretenimiento alienante destinado a aborregar a la clase trabajadora. Vargas Llosa está de acuerdo con el diagnóstico pero en las antípodas de la acción revolucionaria que reclamaba Debord.
- Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada (2010). Como buenos representantes de la Postmodernidad, Lipovetsky y Serroy afirman que ya sólo existe cultura de masas y que no hay necesidad de distinguir entre una «ópera de Wagner» y un «anuncio de Coca-Cola». Semejante celebración de la mediocridad irrita sobremanera a Vargas Llosa. El autor peruano entiende que esa definición de cultura priva a los ciudadanos de lucidez y libertad.
- Frédéric Martel, Cultura Mainstream (2010). Martel certifica que la inmensa mayoría del género humano ha abandonado la cultura por la televisión, los videojuegos y el rap. Aquello que no es divertido no es cultura.
A grandes rasgos, Vargas Llosa coincide con el análisis de Debord. La cultura ha devenido mero entretenimiento, pero aborrece la Postmodernidad. Su alternativa es el conservadurismo de Eliot o de Ortega y Gasset.
La responsabilidad de que la civilización se haya convertido en un mero espectáculo es de los «progres». Para superar la mala conciencia del etnocentrismo, los intelectuales cayeron en el relativismo antropológico, en la idea de que no existían unas manifestaciones culturales superiores a otras. La ausencia de criterio ha dejado la cultura en manos de las agencias publicitarias que desprecian las ideas frente a la efectividad de las imágenes. El arte contemporáneo fue el campo de batalla de donde salió victoriosa la frivolidad y la estupidez.
Vargas Llosa continúa quejándose de que Internet convierte el erotismo en pornografía y que la juventud, harta de acrobacias sexuales, terminará abrazando las drogas y la violencia. Se mesa los cabellos al contemplar cómo el verdadero periodismo ha sido sustituido por el peligroso chismorreo de Assange y Wikileaks.
Los popes de la Postmodernidad, Foucault y Baudrillard, son culpables de las consecuencias políticas del desierto cultural que habitamos. Cuando Foucault recomendó eliminar de la escuela los exámenes y la disciplina para hacerla más libre consiguió el efecto contrario. Los alumnos fueron condenados a una enseñanza de ínfima calidad que les impedía ascender en la escala social. El ideal libertario de Foucault fue paradójicamente causa de que los ricos siguieran ricos y los pobres, pobres. Por su parte, la teoría del simulacro de Baudrillard ahoga cualquier rebelión política pues deshace la realidad contra la que luchar y conduce únicamente a la pujanza de las teorías conspiranoicas.
En los capítulos que siguen Vargas Llosa termina a) reclamando la necesidad de una formación religiosa en la que se asienten unos valores éticos comunes, b) secundando la tesis de que «cuando más lista es Internet más tontos son sus usuarios» y c) insistiendo en la necesidad de recuperar la literatura como instrumento de «crítica y cambio social».
Nunca me gustó el discurso conservador del autor de La ciudad y los perros pero entiendo su reacción ante la catástrofe cultural en que vivimos.
Leer, sin embargo, cómo compara la revolución periodística de Assange con el chismorreo de Oprah me ha hecho perder la paciencia. Así que toca argumento ad hominem.


