Diario de lecturas

Hesse, Siddhartha

Hermann Hesse

Hermann Hesse

Hermann Hesse nació en 1877 en Alemania. Abandonó sus estudios de teología en un seminario para “echarse al mundo” de mecánico, librero y periodista. Se nacionalizó suizo para no participar en las “matanzas” de la I Guerra Mundial. En sus mejores novelas, Siddhartha (1922) y El lobo estepario (1927), Hesse busca una respuesta a las preguntas fundamentales de la existencia humana inspirándose en el budismo, el psicoanálisis y Nietzsche. Recibe el Nobel de Literatura en 1946 y muere en Suiza en 1962.

Textos para comentar

Hermann Hesse: Siddharta, en Hermann Hesse: Knulp, Demian, Siddhartha, Cuentos (1917-1925). M. Chamorro (trad.). Barcelona: Seix-Barral, 1985.

  1. Determinismo y libertad
  2. La condición humana

1. Determinismo y libertad

-¿Y si yo no hubiera querido?

-Quisiste. Mira, Kamala: cuando arrojas una piedra al agua se va al fondo por el camino más corto. Así sucede cuando Siddharta se propone algo. Siddharta no hace nada, espera, piensa, ayuna, pero avanza a través de las cosas del mundo, como la piedra a través del agua, sin hacer nada, sin moverse; es empujado, se deja caer. Su meta le atrae, pues no deja penetrar nada en su alma que pueda entorpecerle el camino hacia su meta. Esto es lo que Siddharta aprendió junto a los samanas. Esto es lo que llaman sortilegio, y creen que el sortilegio es obrado por los demonios. Los demonios no hacen nada, no hay demonios. Todos pueden obrar prodigios, todos pueden alcanzar su meta si saben pensar, si saben esperar, si saben ayunar.

op. cit, p. 244

El perder y el derrochar el maldito dinero le causaba una alegría colérica; de ninguna otra manera más clara y burlona podía mostrar su desprecio de la riqueza, del ídolo de los comerciantes. Jugaba fuerte y despiadado, odiándose a sí mismo, despreciándose a sí propio, embolsaba miles, tiraba miles, perdía el dinero, perdía las joyas, perdía una casa, volvía a ganar, volvía a perder.

op. cit. , p. 256

He tenido que pasar por un sinfín de estupideces, por multitud de vicios, por muchísimos errores, por numerosos ascos y decepciones y penas, solamente para volver a ser niño y poder empezar de nuevo. Pero así tenía que ser; mi corazón decía sí, y mis ojos sonreían. […] ¡Oh la alegría de volver a la libertad!

op. cit. , p. 267

¿Qué padre o qué maestro le pudo preservar de vivir la vida, de mancharse con la vida, de cargarse con sus pecados, de ahogarse con amargas bebidas, de encontrar su camino? ¿Crees tú, querido, que este camino le es ahorrado a nadie? ¿Quizá a tu hijito, porque le amas y quieres ahorrarle dolores y decepciones? Pero aunque murieras por él diez veces no podrías evitarle la parte más insignificante de su destino.

op. cit. , p. 277

– Las cosas pueden ser apariencia o no, yo también lo seré entonces, y siempre serían mis iguales. Esto es lo que las hace ser amadas y dignas de veneración para mí: que son mis iguales. Por eso puedo amarlas. Y eso forma una doctrina de la que puedes reírte: el amor, ¡oh Govinda!, me parece ser el motivo de todo. Examinar el mundo, explicarlo, despreciarlo, es posible que sea tarea de los grandes pensadores. Pero a mí sólo me queda poder amar al mundo, no despreciarlo, no odiar al mundo ni a mí; poder observarle a él y a mí y a todos los seres con amor y admiración y respeto.

– Esto lo comprendo bien –dijo Govinda-. Pero precisamente esto es lo que el Sublime reconoce como engañoso. Exige bondad, indulgencia, padecimiento, pero no amor; nos prohíbe encadenar nuestro corazón con el amor por las cosas terrenales.

– Ya lo sé –dijo Siddharta; su sonrisa resplandecía áurea-. Ya lo sé, Govinda.

op. cit. , p. 300

2. La condición humana

Fácilmente logró hablar con todos, vivir con todos, aprender de todos, pero estaba convencido de que había algo que le separaba de ellos: su cualidad de samana. Veía vivir a los hombres de una manera infantil o bestial que le agradaba y despreciaba al mismo tiempo. Les veía afanarse, les veía sufrir y envejecer por cosas que le parecían enteramente indignas de este precio, por el dinero, por pequeños goces, por pequeños honores, los veía disputar entre sí e injuriarse

[…]

La mayoría de los hombres, Kamala, son como hojas que caen del árbol, revolotean en el aire, vacilan y caen al suelo. Pero otros, unos pocos, son como estrellas que recorren un camino fijo, no las alcanza el viento y llevan en sí su propia ley y su propio rumbo.

op. cit. , p. 249

Le parecía que todos aquellos hombres-niños eran sus hermanos; sus vanidades, codicias y ridiculeces perdían para él lo que tenían de ridículo, se habían vuelto más comprensibles, más dignos de ser amados, y hasta más dignos de estimación. El ciego amor de una madre hacia su hijo, el estúpido y ciego orgullo de un padre presumido por su único hijito, la ciega y salvaje tendencia a adornarse y a agradar a los hombres de una mujer joven y vanidosa, todos estos impulsos, todas estas niñerías, todos estos anhelos y codicias simples, insensatos, pero monstruosamente fuertes, vivos, operantes, ya no eran para Siddharta ninguna niñería; veía que los hombres vivían por ellos, por ellos trabajaban, viajaban, hacían la guerra, lo sufrían todo, todo lo soportaban, y por ellos podía amarlos, veía la vida, lo viviente, lo indestructible, el Brahma en cada una de sus pasiones, en cada uno de sus actos. Estos hombres eran dignos de ser amados y admirados por su ciega fidelidad, por su ciega reciedumbre y tenacidad.

op. cit. , p. 290

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