Diario de lecturas

Rafael Reig: Manual de literatura para caníbales

Rafael Reig: Manual de literatura para caníbales. 2ª ed. Barcelona: Debate (Mondadori), 2006.

Esta es la historia de la literatura española de los últimos dos siglos, escrita tal y como me hubiese gustado encontrármela en los libros de texto: materialista e iconoclasta. Las historias de la literatura al uso se parecen demasiado a las Vidas de santos: aburridas y de cartón piedra. Rafael Reig le inyecta a su Manual una sobredosis de sexo, cinismo, política, whisky y verdad a puñetazos. Al fin y al cabo, la literatura no es más que

un tipo que está en su casa y se pone a escribir en pijama. Este individuo obstinado escribe y escribe sin parar, hasta que consigue terminar un libro. Después otro sujeto lo imprime, otro lo distribuye y, al final del recorrido, siempre aparece otro, también en su casa, que se pone a leer sin zapatos, con los pies encima de la mesa. Esto es el fenómeno literario. Pare usted de contar. Tipos cansados, con ojeras, que escriben en pijama. Mujeres adormiladas en un vagón de tren. Hombres que se descalzan para leer más cómodos. Niños absortos en un rincón del patio durante todo el recreo. (p. 47)

Dice Reig que los escritores se comportan respecto a sus predecesores como caníbales, devorándose unos a otros sin piedad. Los hábitos alimenticios de los caníbales de cada época nos revelarán la naturaleza de su actividad literaria. La historia de la literatura es la evolución de esta singular cadena trófica.

El hilo conductor de esta historia es la saga de los Belinchón. Todos sus miembros son escritores malditos, ilustrados cuando triunfa el romanticismo o realistas cuando arrasa el surrealismo. La saga comienza con Agustín Belinchón, que quiso ser poeta ilustrado, divulgador de los logros de la ciencia y la razón entre las masas, y “tenía sabañones y esperanzas, tenía ambiciones, tenía hemorroides y orejas de soplillo; creía en la metempsicosis, en el matrimonio y en la reforma gradual de la sociedad; y pasaba mucho frío.” (p. 19) Agustín Belinchón creía que la Literatura era la única vía de escape, la única salvación posible frente a “la vida en general y, en particular, de la mesa camilla en la trastienda y de sus sedicentes padres, de esa existencia anónima y belinchónica”. (p. 39). Sin embargo, su carrera literaria ilustrada será un completo fracaso pues es el tiempo de los ornitorrincos. Así llama Reig a los románticos, pues del mismo modo que el poeta romántico desafía el Orden y la Razón, así el ornitorrinco fue para los zoólogos de la época una verdadera provocación, un desorden natural que cuestionaba incluso la existencia de Dios. El romanticismo hizo de la oposición al principio de realidad (esa invención burguesa) su estandarte. No ser realistas: esa era su máxima. La literatura, un instrumento de evasión: decorados exóticos, orgías sin fin, noches de cementerio, amores desgraciados, invocaciones satánicas. Al final, la revolución romántica, como siempre, se quedó en nada. Del mismo modo que el ornitorrinco encajó en los manuales de zoología, el traficante de esclavos pudo sentirse heroico y sentimental recitando a Espronceda o identificándose con el apasionado suicidio de Larra. De la literatura romántica Reig recomienda la poesía de Espronceda y evitar, “si ya se ha hecho la primera comunión”, las Leyendas de Bécquer, así como toda la novela histórica (“sobre todo la de Larra”).

Alfonso Belinchón, hijo de Agustín, quiso ser romántico cuando se impuso el realismo galdosiano. Galdós y Cía. supieron darle a la burguesía lo que necesitaba. La convirtieron en sujeto de la historia, en clase dominante. Galdós adulaba, “la clase media es el gran modelo, la fuente inagotable. Ella es hoy la base del orden social; ella asume por su iniciativa y por su inteligencia la soberanía de las naciones” (p. 67). El oficio del novelista, a partir de entonces, no podía identificarse con la extrañeza del ornitorrinco, sino con la paciencia y lentitud del paquidermo. El trabajo del novelista era la observación minuciosa de los detalles, pues qué decía más de una persona, “¿sus ideas sobre la belleza o lo que ha comido esa semana? ¿sus opiniones sobre el más allá o sus deudas?” (p. 69) De la literatura realista Reig recomienda especialmente Fortunata y Jacinta, “la mejor novela española de todos los tiempos (sí, a pesar de Cervantes)”(p. 98).

Alfonso renunció a la literatura y emigró a Cuba donde pudo hacer realidad sus sueños románticos, muriendo decapitado por una perversa Salomé cubana, y donde fue testigo del nacimiento del Modernismo, la corriente literaria llamada a renovar la literatura española de finales del XIX. Su principal valedor es Rubén Darío, el poeta alcohólico de Cantos de vida y esperanza. El manual de instrucciones del Modernismo surge de la afortunada comparación que hace Baudelaire entre el poeta y el albatros . Cuando el majestuoso albatros cae sobre la cubierta de un barco se comporta de un modo torpe y ridículo. Las enormes alas del albatros revelan su pertenencia exclusiva al cielo. También el poeta ha nacido para volar y su vida no es más que añoranza de ese mundo ideal al que pertenece. De ahí su alcoholismo crónico, su voluntad de huida a cualquier precio. El poeta sacrifica su vida en aras de la Literatura, lo apuesta todo en cada jugada.

El poeta tenía que inmolarse a la vista de los lectores y darles, con cada soneto, su sangre y su carne. Había que dejarse descuartizar hasta la última víscera, como hizo Darío, y que los lectores caníbales devoraran sus sesos, su páncreas, su hígado y la carne rosada de sus pulmones (p. 129)

En medio de la explosión del Modernismo, José Nepomuceno Belinchón, hijo de Alfonso y de vuelta en Madrid, se apunta al naturalismo de Zola. Reig se pregunta por qué el naturalismo no tuvo éxito entre los literatos españoles y la respuesta es sencilla. Detrás del programa estético naturalista hay una clara voluntad de transformación social, una intención revolucionaria que no se adaptaba en absoluto al conservadurismo político de la Pardo Bazán y compañía. Los consejos de Reig respecto al Modernismo son algo clásicos: léanse los Cantos de vida y esperanza, el teatro de Valle y, otra vez, a pesar de todo, a Antonio Machado. Si se desea causar “diversión y sorpresa” en bodas y bautizos, memorícense, además, algunos versos del hermano Manuel.

A comienzos del s. XX se apoderó del mundo literario un movimiento que habría de pasar a la historia con el nombre de la generación del 98. La idea se la debemos a Pepe Martínez, más conocido como Azorín. A su pseudónimo le corresponde un estilo caracterizado por repetir lo mismo tres veces con distintas palabras y utilizar expresiones indescifrables. Así debía ser conversar con Azorín:

– Va, te convido a un café – le ofrecían, por ejemplo.
– Venga. Lo ansío. Lo apetezco. Lo voliciono.
– ¿Solo o con leche?
– Yo, el café, lácteo, enjalbegado, albicante..
– Tú estas gilipollas, Pepito. (p. 155)

Mientras la historia mundial experimentaba una aceleración irreversible en todos los terrenos, desde la ciencia a la política, la generación del 98 se empeñó en hacer literatura mirándose el ombligo. Reig asimila el 98 a las termitas porque su autismo literario y su terquedad inquebrantable terminaron contaminando todo el panorama cultural. Del 98 Reig recomienda sólo las novelas de Baroja y, otra vez, sí, a Antonio Machado, al que sugiere relacionar con Proust.

A José Nepomuceno, le sucede su hijo Federico Belinchón. Este tendrá que lidiar con la generación del 27, un movimiento generacional inventado por el infausto Ortega y Gasset. Las críticas de Reig a Ortega son ácidas y demoledoras. A lo largo de su vida Ortega dio muestras de una envidia incurable hacia Unamuno y Machado, un vergonzoso sometimiento al capital y al fascismo, estudiados vaivenes ideológicos y una escandalosa debilidad por las señoritas de alta cuna. Del 27, su invento, sólo quedaron:

algunos chicles pegados al respaldo de los bancos, marcas de tiza, metáforas fulgurantes, un balón de reglamento pinchado, audacias formales, innovaciones métricas y cáscaras de pipas. (p. 193)

Reig se opone frontalmente al proyecto estético de Ortega. Su libro La deshumanización del arte se constituyó en el programa estético de las vanguardias. La propuesta de arte puro convirtió la cultura en mero capital simbólico (Bordieu). Es decir, el logro más triste de las vanguardias consistió en transformar la cultura en algo ininteligible para la mayoría, de modo que permitiese a la clase alta distinguirse del resto. Lo opuesto a esta forma elitista del arte llegó a Madrid desde Perú gracias a César Vallejo, autor de Trilce y Los heraldos negros. Y cito uno de sus poemas más conocidos:

Los heraldos negros.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

César Vallejo: Poesía completa. Alianza Universidad: Madrid, 1990, p. 59

De la época de entreguerras Reig recomienda ante todo a Vallejo y Miguel Hernández. También Residencia en tierra de Neruda.

La derrota republicana en la guerra civil le quita a Federico Belinchón cualquier afán literario. Su hijo Fernando tendrá que sobrevivir durante los deprimentes años del franquismo. A los escritores que alcanzaron el éxito en esa época de vergüenza Reig los asimila a aves de rapiña. La más repulsiva, Camilo José Cela. Su primera novela de éxito fue La familia de Pascual Duarte. Reig desvela su oculta intención propagandística: a través de la historia de Pascual Duarte Cela quería mostrar cómo los republicanos liberaron a locos y delincuentes para extender el desorden hasta que finalmente las tropas franquistas pudieron poner las cosas en su sitio. Lo que Cela no menciona fueron las matanzas del bando nacional en Badajoz, lugar donde se ambienta la novela. A partir de este mínimo éxito Cela se dedicó a plagiar con mayor o menor fortuna a Dos Passos (La colmena), Joyce (Mrs. Caldwell habla con su hijo y San Camilo 1936) y el nouveau roman (Oficio de tinieblas 5). Su escaso mérito literario, recompensado con un premio Nobel, corre parejo a una carrera muy lucrativa de delator .

Durante el régimen, Fernando Belinchón se adscribió al grupo de realistas empeñados en denunciar la mezquindad y miseria del franquismo: Sánchez-Ferlosio y García Hortelano son los favoritos de Reig. Se burla del experimentalismo forzado del ingeniero Benet.

La renovación de la literatura en castellano habría de llegar de nuevo desde América. Cien años de soledad, la saga de los Buendía que Reig parodia con sus Belinchones, fue la anaconda capaz de tragarse y digerir todas las influencias de la gran literatura europea gracias al realismo mágico. Del boom de la literatura hispanoamericana Reig recomienda a García Márquez, Rulfo, Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Bioy Casares y Piglia. “Evítese en lo posible la obra de Carlos Fuentes”.

La saga de los Belinchón termina como la de los Buendía, un fin de raza con incesto incluido. A Benito Belinchón, hijo de Fernando, le toca vivir una guerra a muerte entre los partidarios del estilo y los del argumento, guerra en la que todavía estamos inmersos y en la que Javier Marías aparece como emperador del estilo.

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Categorías:Diario de lecturas, Novela

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