Diario de lecturas

Macedonio Fernández: Museo de la Novela de la Eterna

Macedonio Fernández: Museo de la Novela de la Eterna. Ana María Camblong-Adolfo de Obieta (Coord.) 1ª reimp. Madrid: Editorial ALLCA XX, 1997.

Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952) es autor de una obra complejísima que mezcla novela, relato, poesía, filosofía, crítica… En alguna parte leí que Macedonio había sido una ficción de Borges. El caso es que las alabanzas de este último son, para la mayoría, la puerta de entrada a la obra de este autor imprescindible.

Anteriormente a la obra que comentamos, Macedonio había publicado (obligado por sus amigos ya que perdía todos sus manuscritos cada vez que cambiaba de pensión) dos textos de teoría estética, No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928) y Papeles de Recienvenido (1929), que preparaban el camino para una revolución total de la novela. La propuesta estética de Macedonio está inspirada en el idealismo radical de Berkeley o Schopenhauer: todo lo que es es mera representación o, de otro modo, no existe nada más allá de la mente. Durante años se dedicará a crear expectativas acerca de una novela enigmática, hasta que en 1938 publica “Novela de Eterna” y la Niña del dolor, la “Dulce-persona” de un amor que no fue sabido, anticipo del Museo de la Novela de la Eterna, publicada de modo póstumo.

El idealismo de Macedonio es la clave filosófica que le permite dinamitar la forma clásica de la novela. En primer lugar, le sirve para borrar cualquier tipo de frontera entre el ensueño y la vigilia debilitando radicalmente el concepto cotidiano de lo “real”. En segundo lugar, deconstruye nuestra forma habitual de clasificar y ordenar el mundo mediante conceptos usando un nuevo lenguaje y un elegantísimo sentido del humor. En tercer lugar, cede a los personajes voz propia y una realidad que va más allá de lo meramente literario para convertirse en paradigmas metafísicos y, por último, hace desaparecer del texto las coordenadas espacio-tiempo habituales. Todo, con un único objetivo, desestabilizar la identidad del lector, debilitar su yo y conducirlo definitivamente al reino de la Belleza de la Nada Eterna.

Como cualquier novela verdaderamente vanguardista el Museo de Macedonio es una lectura difícil, como lo es el Finnegans Wake de Joyce. Sin embargo, son tantas las veces que caemos en la cuenta de cómo los recursos que inventó Macedonio fueron usados luego por Borges, Cortázar, Calvino o Umberto Eco que no podemos sino reconocer su genialidad.

Cuando empezamos a leer el Museo es la Rayuela de Cortázar el primer libro que nos viene a la memoria. Recuérdese que en Rayuela Cortázar propone al lector dos formas de leer su libro: capítulo a capítulo empezando por el primero y terminando en el 56 o dando saltos empezando en el capítulo 73. Dice Macedonio que escribe para comodidad del lector salteado. Para ello no hace más que truncar el discurso narrativo una y otra vez. Es suficiente argumento recordar que el principio de la novela contiene más de treinta prólogos, pura ironía e inteligencia, dedicados en su mayor parte a la teoría literaria. Escribir para el lector salteado significa rechazar al lector que espera de la novela una historia con el esquema clásico de presentación, nudo y desenlace. Un lector que avanza ansioso hacia el final de la novela, haciendo a veces trampa, para poder deshacerse definitivamente del libro. Macedonio y Cortázar quieren al lector salteado, el que se deja arrastrar hasta el no-mundo de los personajes, el que no busca en la novela las mismas coordenadas y tribulaciones del mundo real sino que ansía demorarse en cada párrafo, en cada palabra y colocarse en lo posible del otro lado.

En uno de los prólogos, titulado Obras del autor, especialista en novelas Macedonio utiliza un recurso literario que vamos a ver repetido en Calvino, Borges y Umberto Eco. Consiste en, tomando como punto de partida el orden conceptual común, desfigurarlo arbitrariamente, pero manteniendo siempre como trasfondo la ironía y cierto aire de verosimilitud. De este modo queda al descubierto el carácter absolutamente proteico de un mundo al que inútilmente queremos apresar mediante el lenguaje. Estos son los diferentes tipos de Novela según Macedonio:

La Novela que Comienza
La Novela Impedida
La Novela que no Sigue
La Novela de Encargo
La Novela Salida a la Calle, con todos sus personajes, en ejecución de sí misma.
La Prólogo-Novela, cuyo relato se da a escondidas del lector en los prólogos.
La Novela sin Fin
La Novela escrita por sus Personajes
La Novela Inexperta, que se atarea en ir matando por separado a «personajes», ignorando que seres escritos mueren todos juntos en un Final de lectura.
La Novela que termina antes del desenlace
La Última Novela Mala
La Primera Novela Buena
La Novela Obligatoria
Macedonio Fernández: op. cit., p. 7

Pero Macedonio no aplica su lógica delirante sólo a los tipos de Novelas sino también a los tipos de aplauso, de personajes, etc. Su sentido del humor actúa como disolvente del entendimiento común y nos invita a reconstruir lo real. Inmediatamente, además, nos viene a la memoria un pasaje de imborrable recuerdo para cualquier lector de Calvino. En Si una noche de invierno un viajero Calvino recrea la disposición habitual de la inmensidad de libros que un lector debe atravesar en la librería hasta encontrar el que buscaba:

Conque has visto en un periódico que había salido Si una noche de invierno un viajero, nuevo libro de Italo Calvino, que no publicaba hacía varios años. Has pasado por la librería y has comprado el volumen. Has hecho bien.
Ya en el escaparate de la librería localizaste la portada con el título que buscabas. Siguiendo esa huella visual te abriste paso en la tienda a través de la tupida barrera de los Libros Que No Has Leído que te miraban ceñudos desde mostradores y estanterías tratando de intimidarte. Pero tú sabes que no debes dejarte acoquinar, que entre ellos se despliegan hectáreas y hectáreas de los Libros Que Puedes Prescindir de Leer, de los Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura, de los Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera De Abrirlos Pues Pertenecen A La Categoría De Lo Ya Leído Antes Aun De Haber Sido Escrito. Y así superas el primer cinturón de baluartes y te cae encima la infantería de los Libros Que Si Tuvieras Más Vidas Que Vivir Ciertamente Los Leerías También De Buen Grado Pero Por Desgracia Los Días Que Tienes Que Vivir Son Los Que Son. Con rápido movimiento saltas sobre ellos y llegas en medio de las falanges de los Libros Que Tienes Intención De Leer Aunque Antes Deberías Leer Otros, de los Libros Demasiado Caros Que Podrías Esperar A Comprarlos Cuando Los Revendan A Mitad de Precio, de los Libros ídem De ídem Cuando Los Reediten En Bolsillo, de los Libros Que Podrías Pedirle A Alguien Que Te Preste, de los Libros Que Todos Han Leído Conque Es Casi Como Si Los Hubieras Leído También Tú. Eludiendo estos asaltos, llegas bajo las torres del fortín, donde ofrecen resistencia Los Libros Que Hace Mucho Tiempo Tienes Programado Leer, los Libros Que Buscabas Desde Hace Años Sin Encontrarlos, los Libros Que Se Refieren A Algo Que Te Interesa En Este Momento, los Libros Que Quieres Tener Al Alcance De La Mano Por Si Acaso, los Libros Que Podrías Apartar Para Leerlos A Lo Mejor Este Verano, los Libros Que Te Faltan Para Colocarlos Junto A Otros Libros En Tu Estantería, los Libros Que Te Inspiran Una Curiosidad Repentina, Frenética Y No Claramente Justificable. Hete aquí que te ha sido posible reducir el número ilimitado de fuerzas en presencia a un conjunto muy grande, sí, pero en cualquier caso calculable con un número finito, aunque este relativo alivio se vea acechado por las emboscadas de los Libros Leídos Hace Tanto Tiempo Que Sería Hora de Releerlos y de los Libros Que Has Fingido Siempre Haber Leído Mientras Que Ya Sería Hora De Que Te Decidieses A Leerlos De Veras.

Te liberas con rápidos zigzags y penetras de un salto en la ciudadela de las Novedades Cuyo Autor O Tema Te Atrae. También en el interior de esta fortaleza puedes practicar brechas entre las escuadras de los defensores dividiéndolas en Novedades De Autores O Temas No Nuevos (para ti o en absoluto) y Novedades De Autores O Temas Completamente Desconocidos (al menos para ti) y definir la atracción que sobre ti ejercen basándote en tus deseos y necesidades de nuevo y de no nuevo (de lo nuevo que buscas en lo no nuevo y de lo no nuevo que buscas en lo nuevo).

Todo esto para decir que, recorridos rápidamente con la mirada los títulos de los volúmenes expuestos en la librería, has encaminado tus pasos hacia una pila de Si una noche de invierno un viajero con la tinta aún fresca, has agarrado un ejemplar y lo has llevado a la caja para que se estableciera tu derecho de propiedad sobre él.

Italo Calvino: Si una noche de invierno un viajero. Madrid: Siruela, 1990, pp. 13-14

Michel Foucault (1926-1984) estuvo siempre interesado por mostrar el relativismo yacente en nuestro modo de ordenar el mundo mediante conceptos. Su obra más conocida sobre el tema es Las palabras y las cosas, que, curiosamente, empieza con una cita arquetípica de Borges.

Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.
Jorge Luis Borges: El idioma analítico de John Wilkins en Otras inquisiciones. Citado por Michel Foucault: Las palabras y las cosas. Siglo XXI: Madrid, 1997.

El filósofo francés dedicó su obra a investigar el trasfondo categorial que determina el ser de las cosas en el mundo. En Las palabras y las cosas relata los cambios profundos que se produjeron en dicho trasfondo durante el paso de la Edad Media al Renacimiento. En cualquier caso, la moraleja del libro es afín a la filosofía de Macedonio: es el lenguaje el que hace al mundo y no al revés.

También Umberto Eco es muy aficionado a estas listas demenciales que retuercen nuestro sentido común en beneficio del poder de la imaginación y el lenguaje. Según Eco, en Las poéticas de Joyce (Barcelona: Lumen, 2000), la destrucción del orden categorial fue uno de los objetivos del escritor irlandés desde su primera obra, Retrato del artista adolescente (Madrid: Alianza, 2000). Joyce buscaba liberarse de la camisa de fuerza que supuso la educación filosófica escolástica que había recibido. Su rebelión contra el orden categorial de Tomás de Aquino se expresaba a través de estas listas de entes imaginarios. Umberto Eco aplica el mismo método en sus novelas con resultados brillantes. Así, en el El nombre de la rosa, ambientada en el mundo medieval, aprovecha para demorarse en el género de la zoología fantástica o bestiario, tan querido también para Borges.

Pensé que el mundo era bueno, y maravilloso, que la bondad de Dios se manifiesta también a través de las bestias más horribles, como explica Honorio Augustoduniense. Es verdad que hay serpientes tan grandes que devoran ciervos y atraviesan los océanos, y que existe la bestia cenocroca, con cuerpo de asno, cuernos de íbice, pecho y fauces de león, pie de caballo, pero hendido como el del buey, con un tajo en la boca, que llega hasta las orejas, la voz casi humana y un solo hueso, muy sólido, en lugar de dientes. Y existe la bestia mantícora, con rostro de hombre, tres filas de dientes, cuerpo dé león, cola de escorpión, ojos glaucos, la piel del color de la sangre y la voz parecida al silbido de las serpientes, monstruo ávido de carne humana. Y hay monstruos de pies con ocho dedos, morro de lobo, uñas ganchudas, piel de oveja y ladrido de perro, que al envejecer no se vuelven blancos sino negros, y que viven muchos más años que nosotros. Y hay criaturas con ojos en los hombros y dos agujeros en el pecho que hacen las veces de nariz, porque no tienen cabeza, y otras que viven a las orillas del río Ganges, y se alimentan sólo del olor de cierta clase de manzana, y, cuando están lejos de ella, mueren. Pero incluso todas estas bestias inmundas cantan en su diversidad la gloria del Creador y su sabiduría, al igual que el perro, el buey, la oveja, el cordero y el lince. Qué grande es, dije entonces para mí, repitiendo las palabras de Vincenzo Belovacense, la más humilde belleza de este mundo, y con qué agrado el ojo de la razón considera atentamente no sólo los modos, los números y los órdenes de las cosas, dispuestas con tanta armonía por todo el ámbito del universo, sino también el curso de las épocas, que sin cesar van pasando a través de sucesiones y caídas, signadas por la muerte, como todo lo que ha nacido. Como pecador que soy, cuya alma pronto ha de abandonar esta prisión de la carne, confieso que en aquel momento me sentí arrebatado por un impulso de espiritual ternura hacia el Creador y la regla que gobierna este mundo, y colmado de respetuoso júbilo admiré la grandeza y el equilibrio de la creación.
Umberto Eco: El nombre de la rosa. Barcelona: RBA, 1992. p. 268

Volvamos al Museo de Macedonio. A medida que avanzamos en la lectura nos vemos constantemente interpelados por el autor. Macedonio nos invita a entrar en la novela no como lectores pasivos y de corrido sino como auténticos personajes. Para ello no duda en dirigirse directamente al lector, en crear un personaje que es el propio autor y que interviene en la novela como uno más, en atribuir a los personajes el deseo de existir e incluso cierta nostalgia del mundo real y en sentenciar, una y otra vez, que el mundo real no es más real que el mundo de ficción. No cabe duda de que este recurso del autor enfrentado a sus personajes y al lector en una misma dimensión es propio también de Unamuno (Niebla, Madrid: Alianza, 2007) o Pirandello (Seis personajes en busca de autor, Madrid: Cátedra, 1992) pero, personalmente, prefiero este comienzo mágico de la novela de Calvino Si una noche de invierno un viajero. En mi opinión, posee un auténtico poder hipnótico.

Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: «¡No, no quiero ver la televisión!». Alza la voz, si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!». Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita: «¡Estoy empezando a leer la nueva novela de ítalo Calvino!». O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz.
Italo Calvino: op. cit., p. 11

Todos los prólogos de la novela de Macedonio ofrecen un abundante arsenal utilizado posteriormente con entusiasmo para cambiar la novela y sus lectores. Sin embargo, cuando Macedonio dice empezar la narración nos encontramos con que su propuesta idealista hace imposible cualquier tipo de relato. El autor se obstina en su idealismo anti-realismo y libera al texto de cualquier coordenada espacio-temporal y a los personajes de cualquier tipo se sustancia corporal o psicológica. Macedonio da nombres de personajes a teoremas filosóficos que, como si fuesen Ideas platónicas, habitan en un no-lugar y viven ajenos al tiempo. El resultado es algo decepcionante: personajes etéreos enredados en disputas bizantinas aguardando la Nada.

Para entenderlo mejor compárase a Cortázar con Macedonio. Se observará inmediatamente que Cortázar sí supo dar vida a los experimentos vanguardistas de este. Se nos impone volver a las páginas de Cortázar, en París, con la Maga, Rocamadour, Horacio y Morelli… Y entonces creo que se entiende que Cortázar acertó, mientras que Macedonio y Borges se dedicaron a anticipar la muerte encerrándose en su torre de marfil particular.

15 replies »

  1. Me alegra haber despertado tu interés por Macedonio. Ojalá también descubras el libro de Calvino <>Si una noche de invierno un viajero<> que, en mi opinión, es una de esas escasas novelas inolvidables capaces de traducir en palabras el misterio inagotable de la literatura.

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  2. Estimado Eugenio Leí con mucho interés tu exposición sobre la estética de Macedonio con motivo de la lectura de la edición de Museo de la novela de la Eterna de Ana María Camblong, sobra decir que me gustó. Celebro tu interés en promocionar la lectura de los libros que te atraen y más aún que entre ellos se encuentre esta novela de Macedonio. Creo que pese a lo que pueda parecer Macedonio sigue siendo un gran desconocido y a ello ha contribuido el poco interés de las editoriales españolas por publicar su obra. La edición a la que te refieres, de 1993, es una edición crítica que no reproduce la original publicada en 1967 por su hijo Adolfo de Objeta (en palabras de Piglia “el presidente de los macedonianos del mundo”) sino que establece como texto básico la copia de 1948 que Macedonio entregó a su amigo Raúl Scalabrini Ortiz y que permaneció perdida hasta 1977, momento en que su viuda la encuentra entre los papeles de su marido y la devuelve en 1977 a su hijo. Hecho por lo demás nada extraño tratándose de Macedonio y sus escritos. El poema “Elena Bellamuerte”, para muchos su obra maestra, estuvo a punto de perderse irremediablemente si no lo hubieran descubierto en 1940 dentro de la lata de bizcochos en la que Macedonio lo había metido al terminar de escribirlo en el despacho de un abogado amigo suyo, poco después del fallecimiento de su esposa en 1920. Tras esta pequeña digresión vuelvo al tema que me ocupa, el de la precariedad editorial de Macedonio. Es bueno que exista una edición crítica como esta, con abundantes notas y una antología de los trabajos más destacados sobre este escritor, pero debe existir una editorial que publique estos textos en ediciones más asequibles a un lector medio y eso, desgraciadamente, hoy no existe en España.Con esto creo que no se contribuye al conocimiento de uno de los escritores que, como muy bien señalas, ha tenido y tiene una influencia decisiva en nuestra modernidad. Pienso, por ejemplo, en Ricardo Piglia y su novela La ciudad ausente (1992) que la editorial Anagrama ha incorporado recientemente a su catálogo. En ella la protagonista es una máquina-narradora inventada por Macedonio que está confinada en el sótano de un “museo” porque las autoridades no pueden hacerla callar. Dado que Piglia es poco dado a hacer concepciones fáciles en su literatura, me imagino cuál habrá sido la respuesta del público ante esta novela que precisa de un lector familiarizado no sólo con la vida de Macedonio sino también con su complejo mundo escritural. Un abrazoJosé Manuel Camacho Díaz

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  3. Me alegra que te haya gustado el comentario de Macedonio. Las anécdotas que cuentas sobre la poca importancia que daba Macedonio a sus escritos y su conocida afición a propagar su pensamiento en las reuniones de café, a las que Borges asistía con entusiasmo sólo para escucharlo, me hacen pensar en cierto talante bohemio y, al mismo tiempo, socrático. En el <>Fedro<> Platón expone una teoría sobre la escritura que, hoy día, en esta era de hipertrofia de la información, no deja de tener su razón. Sócrates, protagonista del diálogo, cuenta el mito de Theuth y Thamos en el que critica la escritura tildándola de “apariencia de sabiduría” pues nos impide buscar la verdad <>desde<> nosotros mismos y <>por<> nosotros mismos. Sócrates entiende que la palabra, la dialéctica, el diálogo son mucho más eficaces para plantar una semilla de sabiduría en el alma apropiada. Fue mediante la palabra como Macedonio plantó en la literatura argentina la semilla de la auténtica novela: aquella que no imita la realidad sino que es capaz de constituir un mundo en sí misma. La política editorial en España, con algunas meritorias excepciones (Sexto piso, J. J. de Olañeta, Muchnick editores, por poner algunos ejemplos) es esclava de la grandes multinacionales del libro. Aquí se publica lo que recibe premios en Francia, Reino Unido, Alemania o Italia, colando siempre algún elemento exótico. En cuanto al panorama narrativo español es muy recomendable leer <>Trayecto<> de Ignacio Echevarría (Debate) para comprobar el vergonzoso estado de la cuestión.El ensayo de Piglia en la edición crítica de <>Museo de la Novela de la Eterna<> es, con mucho, el más interesante. El resto son, para mi gusto, aparatosos estudios críticos que en nada mejoran mi experiencia como lector. Rescato de las estanterías <>La ciudad ausente<> para leerla en cuanto pueda.Gracias por tu excelente aportación.

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  4. Yo no encuentro de momento ninguna de Macedonio Fernadez en ninguna biblioteca que me sea accesible. Mi lista de lectura pendiente cada vez se hace más grande. Pero no pienso desistir. Y no me puedo permitir encargar todos los libros que desearia.Al menos puedo leer los comentarios, pero por desgracia no puedo opinar por mí misma.Agradecida, “y mucho”, por todas las informaciones.

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  5. El libro de Macedonio publicado más recientemente y muy fácil de encontrar es una antología en Tusquets de bolsillo, la colección Fábula. Esta es la referencia:Fernández, Macedonio: <>Manera de una psique sin cuerpo : relatos, poesía y metafísica.<> Barcelona. Tusquets Editores , 03/2004La verdad es que es una iniciación algo decepcionante.Puedes utilizar cualquier programa p2p para bajar las dos obras que publicó en vida: <>Continuación de la nada<> y <>Papeles de Recienvenido<>. Bastante mejor.Gracias por participar

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  6. Hola. No sé si este mensaje vaya a ser visto, yo espero que sí. Verá usted que estoy haciendo mi tesis de de licenciatura sobre la novela de Piglia “La ciudad ausente”, me pareció sumamente interesante lo que ha posteado, pues pretendo incluir dentro de mi marco teoríco trabajos sobre intertextualidad y definitivamente debo incluir algo de Macedonio fernandez. Quisiera entonces ver la posibilidad de que me proporcione más información acerca de él o de Piglia si es que tuviera. mi nombre es Yazmín, le dejo mi correo: ispoco@yahoo.com.mx Le agradesco de antemano.

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  7. <>La ciudad ausente<> tiene una relación directa con Macedonio. Digamos que es el epicentro de la relación entre ambos.Siento decirte que ni Macedonio ni Piglia son mi especialidad. Aunque son dos autores que, por diversos motivos, tengo siempre presentes. Entre esos motivos está mi debilidad por Calvino. Ahora mismo estoy leyendo un libro interesantísimo de Piglia sobre Macedonio:DICCIONARIO DE LA NOVELA DE MACEDONIO FERNANDEZde PIGLIA, RICARDOFONDO DE CULTURA ECONOMICA (ARGENTINA)Si no lo conoces, seguro que te resultará útil.

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  8. <>Acerca de Macedonio Fernández. Diálogo entre Borges y Oswaldo Ferrari. <>-Es curioso. Ahora, usted dijo también que Macedonio identificaba los sueños, lo onírico, con la esencia del ser. Últimamente usted identificó, también, el acto de escribir con el de soñar.-Es que yo no sé si hay una diferencia esencial, creo que esa frase “Ia vida es sueño”, es estrictamente real. Ahora, lo que cabe preguntar es si hay un soñador, o si es simplemente un… ¿cómo podemos decir?: un soñarse, ¿no? Es decir, si hay un sueño que se sueña… quizás el sueño sea algo impersonal, bueno, como la lluvia, por ejemplo, o como la nieve, o como el cambio de las estaciones. Es algo que sucede, pero no le sucede a nadie; eso quiere decir que no hay Dios, pero que habría ese largo sueño que podemos llamar “Dios” también, si queremos. Supongo que la diferencia sería ésa, ¿no? Ahora, Macedonio negaba el yo. Bueno, también lo negó Hume, y el budismo, curiosamente, lo niega también. Qué raro, porque los budistas no creen estrictamente en la transmigración -en las transmigraciones del alma-, creen, más bien, que cada individuo, durante su vida, fabrica un organismo mental que es el “karma”. Que luego ese organismo mental es heredado por otro. Pero, en general, se supone que no; por ejemplo, creo que los hindúes que no son budistas imaginan que no, que hay un alma que va pasando por diversas transmigraciones, es decir, que va alojándose en diversos cuerpos, que va renaciendo y muriendo. Por eso, el dios Shiva -aquí hay una imagen cerca, que usted podrá ver-, un dios danzante, con seis brazos, bueno, es el dios de la muerte y la generación; ya que se supone que ambas cosas son idénticas, que cuando usted muere, otro hombre es engendrado, y si usted engendra, usted engendra para la muerte, ¿no?; de modo que el dios de la generación es también el dios de la muerte.<>Jorge Luis Borges: Palabras ante la tumba de Macedonio Fernández (1952)<>Los historiadores de la mística judía hablan de un tipo de maestro, el Zaddik, cuya doctrina de la Ley es menos importante que el hecho de que él mismo es la Ley. Algo de Zaddik hubo en Macedonio. Yo por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura. Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. No imitar ese canon hubiera sido una negligencia increíble.Las mejores posibilidades de lo argentino —la lucidez, la modestia, la cortesía, la íntima pasión, la amistad genial— se realizaron en Macedonio Fernández, acaso con mayor plenitud que en otros contemporáneos famosos. Macedonio era criollo, con naturalidad y aun con inocencia, y precisamente por serlo, pudo bromear (como Estanislao del Campo, a quien tanto quería) sobre el gaucho y decir que éste era un entretenimiento para los caballos de las estancias.Antes de ser escritas, las bromas y las especulaciones de Macedonio fueron orales. Yo he conocido la dicha de verlas surgir, al azar del diálogo, con una espontaneidad que acaso no guardan en la página escrita. Más sobre Macedonio y otras muchas cosas interesantísimas en http://bibliotecaignoria.blogspot.com/

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  9. Un fragmento inusitadamente borgiano.<>Macedonio Fernández<>: <>Autobiografía<>EI Universo o Realidad y yo nacimos el 1 de junio de 1874 y es sencillo añadir que ambos nacimientos ocurrieron cerca de aquí y en una ciudad de Buenos Aires. Hay un mundo para todo nacer, y el no nacer no tiene nada de personal, es meramente no haber mundo. Nacer y no hallarlo es imposible; no se ha visto a ningún yo que naciendo se encontrara sin mundo, por lo que creo que la Realidad que hay la traemos nosotros y no quedaría nada de ella si efectivamente muriéramos, como temen algunos.En vano diga la historia, en volúmenes inmensos, sobre el mucho haber mundo antes de ese 1 de junio; sus tomos bobalicones es lo único que yo conozco (no sus hechos), pero los conocí, después de nacer, como todo lo demás. Lo que me podría convencer sería el Arte, más gracioso y verdadero: un preludio de Rachmaninoff, una mirada creada por Goya, pero no es tan crédulo el arte, no abre la boca ante los cortejos de pompas fúnebres, como la historia.Nací, otros lo habrán efectuado también, pero en sus detalles es proeza. Lo tenía olvidado, pero lo sigo aprovechando a este hecho sin examinarlo, pues no le hallaba influencia más que sobre la edad.Maslas oportunidades que ahora suelen ofrecerse de presentar mi biografía (en la forma más embustera de arte que se conoce, como autobiografía, solo las Historias son más adulteradas) háceme advertir lo injusto que he sido con un hecho tan literario como resulta la natividad. (El dato de la fecha de ésta se me ha pedido tanto y con una sonrisa tan juguetona, que tuve la ilusión de que ello significaba que era posible una fecha mejor de nacimiento mío y se me alentaba a elegirla y pedirla, que se me habría de conseguir. Por si acaso, aunque no han progresado ni declarándose estas cortesías, dejo dicho que me gustaría haber nacido en 1900).Como no hallo nada sobresaliente que contar de mi vida, no me queda más que esto de los nacimientos, pues ahora me ocurre otro: comienzo a ser autor. De la Abogacía me he mudado; estoy recién entrado a la Literatura y como ninguno de la clientela mía judicial se vino conmigo, no tengo el primer lector todavía. De manera que cualquier persona puede tener hoy la suerte, que la posteridad 1e reconocerá, de llegar a ser el primer lector de un cierto escritor. Es lo único que me alegra cuando pienso la fortuna que correrá mi libro: “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”. No se olvide: soy el único literato existente de quien se puede ser el primer lector. Pero además mi libro, y es más inusitado esto todavía, es la única cosa que en Buenos Aires puede encontrarse aún no inaugurada por el Presidente. Se están imprimiendo todos los certificados de primer lector mío que se calcula serán necesarios. Y para retener al libro el segundo precioso mérito que lo adorno, el Editor ha puesto vigilancia en todos los caminos por donde pueda acercarse una Inauguración Presidencial infortunada.

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