Diario de lecturas

Jon Sistiaga: Ninguna guerra se parece a otra

Jon Sistiaga

Jon Sistiaga: Ninguna guerra se parece a otra. Barcelona: DeBolsillo, 2005.

Hoy, por fin, 16 de enero de 2007, la Audiencia Nacional ordena la captura de los tres militares que asesinaron a José Couso en el ataque al Hotel Palestina. La sumisión del gobierno de Aznar a los Estados Unidos fue una vergüenza para la mayoría. Recuérdese el estribillo “estamos trabajando en ello”.

Jon Sistiaga (Irún, 1967), el periodista que cubría para telecinco la invasión de Iraq junto al cámara Couso, relata con brío el infierno de la guerra y hace un conmovedor retrato del compañero caído. El libro está escrito desde la urgente necesidad de comunicar, en parte, para exorcizar demonios y, en parte, para situarse a la altura del momento.

El autor, experimentado reportero de guerra, narra en primera persona el desarrollo de la rápida ocupación de Iraq por el ejército norteamericano. Una farsa que, sin que sepamos bien cómo, ha terminado conviertiéndose en guerra civil como ocurrió en Vietnam, Nicaragua, Chile, El Salvador…

Del libro me han llamado la atención principalmente dos cosas:

  1. La confusión se apodera del autor cuando reflexiona sobre los motivos que lo han llevado a convertirse en periodista de guerra. En principio, es consciente de la inutilidad de su tarea y de los peligros físicos y psicológicos a los que se arriesga. Pero termina argumentando que, si bien en determinadas circunstancias la presencia de periodistas puede desencadenar más violencia, en general la publicación de la verdad salva vidas.
    Está claro que para nuestra democracia y nuestra libertad es un trabajo necesario e impagable pero tiene que ser difícil explicarle a tus hijos por qué tienes precisamente que ser tú quien lo haga. Y, aunque el autor termine apelando a la verdad como justificación, es innegable que la primera víctima de la guerra es, precisamente ella, la verdad. Creo que a lo largo de las páginas del libro se transparentan ciertos prejuicios inconscientes que podrían añadirse como justificación: la voluntad de aventura (de algún modo sólo se es alguien si se ha pasado la prueba del miedo y del dolor —Jünger, Tempestades de acero) y cierto narcisismo presente en la idea de vivir la historia en primera línea. La cercanía de la muerte es el bísturí que nos abre en canal y nos muestra qué somos en realidad. Así lo expresa Jon:

    Lo que no sabían muchos periodistas que jamás habían estado bajo un ataque aéreo masivo es que cuando se está debajo de las bombas cambian de repente todos tus valores. Todas tus convicciones. Todo en lo que crees, todo lo que piensas que eres, deja de pronto de existir. Es como si desapareciera la parte de nuestro ser que salió del aeropuerto de Barajas. Aquella que conocíamos tan bien y que nunca pensamos que pudiera salir corriendo a esconderse debajo de la cama. Porque cuando se está allí, soportando el bramido incesante de los misiles al acercarse, cambian tus percepciones. Ya nada es lo mismo. Un bombardeo te cambia para siempre. Sientes, de pronto, la fragilidad de la condición humana. La levedad de nuestra personalidad. La inaudita cobardía que ocultamos y de la que no teníamos conciencia. Ese pavor que intentamos esconder con poses de tipos bragados. La vida se aprecia mucho más cuando aprendes a palparte el cuerpo cada mañana para saber si estás entero. (p. 248)

  2. La sublimación estética del horror parece una constante de la guerra en la era técnica. La fascinación del mal cuando se contempla la guerra convertida en un espectáculo de lava y fuego, en furia de titanes. Como los fondos de ciudades incendiadas que pinta El Bosco en El juicio final o El jardín de las delicias. También Jünger en Radiaciones II se hace eco de una idea semejante a la que expone Sistiaga:

    Los periodistas que estábamos en las ventanas del hotel Palestina, fascinados por el acontecimiento histórico que teníamos delante, descubrimos además una innovadora forma de narrar la guerra. En directo. Sin engaños y sin trucos. Nuestro oído escuchaba el rumor de los aviones que venían a soltar su carga. Aventurábamos que en segundos caería un nuevo misil, y los espectadores, en su casa, veían cómo el ingenio bélico estallaba en un universo de colores rojizos y naranjas. Tal y como habíamos aventurado. Las pobres defensas antiaéreas iraquíes completaban el cuadro de la guerra con tímidas respuestas. Desde numerosos tejados y jardines, estos cañones disparaban sus salvas sin ningún criterio. No tenían radares de seguimiento, así que los artilleros disparaban al cielo negro, de izquierda a derecha y luego de derecha a izquierda, dibujando unas ristras de balas trazadoras con la esperanza de crear una malla de fuego en la que poder atrapar algún misil. Era un espectáculo casi hipnótico. Muchas de las municiones antiaéreas utilizadas por Irak estaban programadas para estallar en el aire, a una determinada altura. Un sistema de defensa anticuado, de cuando a los aviones se les podía derribar a ojo. Al explotar por la noche, esas balas creaban una enorme cascada de partículas doradas, como si una mano invisible y gigantesca esparciera pan de oro por el cielo. Todo un espectáculo pirotécnico al servicio del espectador que se repitió intermitentemente, aunque nunca con tanta intensidad, durante otras tres semanas de bombardeos. (p. 253)

Categorías:Diario de lecturas, Memorias

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2 replies »

  1. Curioso el título de este libro que viene a expresar justamente lo contrario de lo que siempre ha afirmado -con unos razonamientos que me convencen- Pérez-Reverte: que todas las guerras, desde Troya a la de Yugoslavia, son iguales: se trata siempre en esencia de la misma guerra, en la que sólo cambian los nombres y las caras.

    Jon Sistiaga dice que ninguna guerra se parece a otra. Me pregunto en cuántas habrá estado.

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  2. Hola;

    Aunque en principio estoy de acuerdo en que en esencia todas las guerras son la misma, no creo que eso haga menos válidas las apreciaciones de Sistiaga. Tampoco creo que los dos autores estén tratando el tema al mismo nivel.

    Ya te digo yo en cuantas guerras estuvo Sistiaga. Jon Sistiaga como reportero ha estado entre otros en los conflictos de Ruanda, Irlanda del Norte, Colombia, Israel, Palestina, Kosovo, Afganistán, México, Corea del Norte y Guinea Ecuatorial, además de Iraq claro.

    Yo me pregunto, Edmundo, en cuantas guerras hay que estar para poder dar una opinión válida según tu punto de vista.
    ¿Tú en cuantas has estado?¿Hay que estar en alguna para entender el tema?¿Cuantos generales hay que no han estado en ninguna guerra?

    Un Saludo.

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