Diario de lecturas

Camille Paglia: Sexual Personae (II)

Camille Paglia: Sexual Personae. Arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson. Pilar Vázquez Álvarez (tr.) Madrid: Valdemar, 2006.

Apuntes del segundo capítulo de Sexual Personae, la obra fundamental de Camille Paglia.

El nacimiento del ojo occidental.

El ojo primitivo es el “ojo gorgónico“, el ojo que enlaza con las antiguas cosmogonías dominadas por la Gran Madre. Extrañamente está ligada al culto a la virginidad pues la Gran Madre engendra sin necesidad de hombre. Sus herederas son Hera y Afrodita que renovaban anualmente su virginidad, la Virgen medieval que desciende de Isis una vez que se le ha extirpado el “terror telúrico”, la Molly Bloom de Joyce que llama “él” a todos los hombres de su vida volviéndolos intercambiables.

Estas cosmogonías son las culpables de la hipótesis de un matriarcado minoico, hipótesis sostenida por Bachofen en el s. XIX, recuperada por Jane Harrison en el s. XX y reavivada continuamente por el feminismo académico. Ese matriarcado pacífico vencido posteriormente por el violento mundo masculino micénico simplemente no existió.

La divinidad femenina originaria suele ir acompañada de algún elemento masculino como serpientes enrolladas en sus brazos o su cuerpo. “Omnipotens y omniparens“, origen de todo.

Durante los rituales de adoración los sacerdotes podían tomar el camino de la autocastración para asimilarse a ella. Otras formas menos drásticas de adoración primitiva a la Gran Madre son la circunsición o el travestismo.

La Gran Madre inspira los arquetipos del horror femenino que son la vagina dentata y la Górgona. El mito de la vagina dentata tiene un evidente origen biológico: realmente el pene desaparece en la vagina. Este mito pagano reaparece en A contrapelo de Huysmans (1884) donde “un hombre es atraído magnéticamente hacia los muslos abiertos de la madre naturaleza, hacia las ensangrentadas profundidades de una flor carnívora de hojas afiladas como un sable” (p. 91)

La Górgona es otra versión de la vagina dentata. Los hombres, nunca las mujeres, quedan petrificados al mirarla. Freud interpreta el mito como la condensación del pánico infantil a la castración. Se usó la Górgona como apotropaion o amuleto para espantar a los malos espíritus. La Gioconda era para Da Vinci un amuleto apotropaico pues se negó a separarse de ella hasta su muerte. El lenguaje laberíntico de Joyce es en cierto modo apotropaico puesto que le permitía separarse de Irlanda, la Madre Cerda, la Górgona, que devora a sus hijos.

La Górgona es el ojo de la Naturaleza, demónico, telúrico, paralizante, propio de vampiros y mujeres fatales: Afrodita, Circe, Lilith.

El paganismo de la Gran Madre sobrevive en el arte cristiano. En La pietà de Miguel Ángel María, diosa madre siempre joven, siempre virgen, contempla a su bello Adonis, sin fuerzas, volviendo a su regazo, a la madre tierra. Esta interpretación le sirve a Paglia para lanzar sus dardos envenenados contra el pensamiento políticamente correcto: “El dominio masculino en el matrimonio es una ilusión social, alimentada por las mujeres” (p. 99)

Occidente inventó una nueva mirada, el ojo contemplativo, disco solar, conceptual, el ojo del arte. Egipto inventó la elegancia apolínea que luego desarrollarían los griegos. Para constatar la evolución desde el primitivo mundo telúrico al nuevo mundo solar basta con comparar la Venus de Willendorf y el busto de Nefertiti.

La Venus de Willendorf ni siquiera es arte, no es bello, es un mero artefacto mágico para invocar a la fertilidad.
El busto de Nefertiti, por el contrario, con su contorno limpio, puro, apolíneo está diseñado para ser contemplado por el ojo. Si en la Venus de Willendorf se exageran los pechos y las caderas, en Nefertiti destaca ante todo la cabeza, preludio de la poderosa Atenea. Sin embargo, al contrario que en el mundo griego donde lo apolíneo se libera decididamente de cualquier elemento dionisiaco, en el mundo egipcio ambos elementos permanecen unidos. Esto puede observarse en la imagen de Nefertiti. Despliega belleza, pero también inspira temor. Conserva el elemento paralizante del arquetipo de la Górgona. Es un androide asexuado, dice Paglia.

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