Diario de lecturas

Daniel Paul Schreber: Memorias de un enfermo de nervios

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Daniel Paul Schreber: Memorias de un enfermo de nervios. Ramón Alcalde (tr.)Madrid: Sexto Piso, 2008.

Esta cuidada edición de las Memorias de un enfermo de nervios viene acompañada de tres breves e interesantes ensayos en los que se dan las claves para interpretar los extraños delirios paranoicos de Schreber. Son los siguientes:

  1. Roberto Calasso: “Nota sobre los lectores de Schreber”. (Joaquín Jordá, tr.)
  2. Sigmund Freud: “Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia” (Luis López Ballesteros, tr.)
  3. Elias Canetti: “El caso Schreber” (Horst Vogel, tr.)

Daniel Paul Schreber nació en 1842 y fue Presidente del “Tribunal Supremo de la Provincia de Dresde”. Fue ingresado en la Clínica de Enfermedades Mentales de la Universidad de Leipzig, dirigida por el conocido neurólogo Dr. Flechsig, en dos ocasiones, desde el otoño de 1884 hasta finales de 1885 y desde noviembre de 1893 hasta junio de 1894. Recuperado de la enfermedad decidió publicar en 1903 el relato de sus delirios para que fuesen objeto de estudio por parte de la comunidad científica. Murió internado en 1911 tras una grave recaída.

Schreber cuenta que la causa de sus padecimientos fue la conspiración del Dr. Flechsig para cometer en su persona el delito cósmico de “almicidio”. Flechsig fue capaz de poner de su parte al mismo Dios con el objeto de destruir para siempre la mente de Schreber. El modo en que esto debía tener lugar era mediante la transformación del Presidente Schreber en una mujer de la que habrían de abusar enfermeros y pacientes. Sin embargo, el complot contra Schreber no tendría su muerte y desaparición como única consecuencia. Puesto que el almicidio va contra “el orden cósmico” el éxito de la conspiración de Flechsig supondría el apocalipsis en la tierra y todos los demás planetas habitados. Sin embargo, finalmente Schreber acepta su transformación en mujer, seduce al mismísimo Dios y se siente preparado para alumbrar a una nueva humanidad aria, ni católica ni eslava ni judía, sino aria.

Intenten imaginar a un paciente grave en un manicomio a finales del s. XIX, sentado en un jardín invernal en estado catatónico. Desde fuera no es más que otro vegetal que tirita al viento y, sin embargo, en su fuero interno todo son explosiones, luces, rayos, viajes a las estrellas y batallas épicas contra ángeles, “hombres hechos a la ligera”, almas corruptas, hombrecillos diabólicos y enfermeros sádicos.

Desde muy pronto el libro de Schreber despertó el interés de la psiquiatría. A través de Jung, Freud conoció sus Memorias y les dedicó el breve pero fundamental ensayo que se adjunta en este volumen. Naturalmente, el diagnóstico de Schreber era el de un caso prototípico de paranoia, con sus delirios persecutorios, alucinaciones visuales y auditivas y megalomanía. A Freud le interesó sobremanera el caso Schreber pues era una oportunidad única de aplicar el psicoanálisis a la paranoia, una enfermedad mental con la que apenas se tenía contacto fuera de los psiquiátricos dada su gravedad. Según Freud, el origen de la enfermedad de Schreber fue su incapacidad para asumir “una irrupción de libido homosexual” cuyo objeto era el Dr. Flechsig. Es habitual en la paranoia que el sujeto odiado haya sido en primer término alguien amado. El mecanismo paranoide no hace otra cosa que proyectar fuera de sí aquello que le produce culpa y vergüenza. Sin embargo, Freud no cree que el delirio de Schreber sea sólo expresión de su trastorno sino que también es la vía hacia la curación. Esta se produce cuando acepta su transformación en mujer y se pone al servicio de Dios para dar a luz a “hombres nuevos creados por el espíritu de Schreber”. En este caso, la racionalización es perfecta, la libido homosexual no es aceptable cuando se trata de convertirse en la prostituta de Flechsig pero sí, en cambio, cuando se trata de servir sexualmente a Dios y salvar la humanidad.

Hay otros dos elementos de las Memorias en los que Freud fija su atención. En primer lugar, considera que la libido homosexual permanece activa en el individuo a lo largo de toda su vida. Los así llamados normales simplemente la proyectan sobre objetos socialmente aceptables como “un hijo varón” o la “sana camaradería”. El hecho de que Schreber no haya podido tener hijos entre su primer y segundo encierro puede haber sido una circunstancia coadyuvante al desarrollo de su enfermedad. Y, en segundo lugar, el papel del padre de Schreber, Daniel Moritz Schreber, muy conocido en su época por sus aportaciones a la pedagogía infantil. En pocas palabras, un auténtico tirano obsesionado con el cuidado corporal y el ejercicio físico. La actitud de Schreber hacia el Dios de sus memorias es muy semejante, dice Freud, a la actitud sumisa y, al mismo tiempo, hostil, del niño hacia el padre.

Así, pues, también en el caso de Schreber nos encontramos en el terreno familiar del complejo del padre. Si la lucha con Flechsig se presenta ante los mismos ojos del enfermo como un conflicto con Dios, nosotros habremos de ver en este último un conflicto con el padre amado, conflicto cuyos detalles, que ignoramos, han determinado el contenido del delirio. No falta en él elemento ninguno del material que en tales casos es generalmente descubierto por el análisis. El padre aparece en estas vivencias infantiles como perturbador de la satisfacción sexual buscada por el niño, generalmente autoerótica. En el desenlace del delirio de Schreber, la tendencia sexual infantil alcanza un triunfo definitivo: la voluptuosidad se hace piadosa, Dios mismo (el padre) la exige al enfermo. La amenaza paterna más temida, la de la castración, procuró el material de la primera fantasía optativa de la transformación en mujer, rechazada al principio y aceptada luego. La alusión a una culpa, encubierta por el «asesinato del alma» como producto sustitutivo, resulta clarísima. El enfermero jefe es identificado con un antiguo vecino, el señor v. W., que, según las voces, le había acusado falsamente de onanismo. Las voces repiten el fundamento de la amenaza de castración diciendo: «Será usted castigado por haberse entregado a la voluptuosidad.» Por último, la «obligación de pensar», a la que el enfermo se somete suponiendo que en cuanto suspendiera su actividad mental Dios le creería idiota y se retiraría de él, es la reacción, que también nos es familiar por otros casos, contra la amenaza o el temor de que la actividad sexual, especialmente el onanismo, puedan llevar a la locura. (p. 591)

Otros dos temas importantes sobre los que Freud saca enseñanzas a partir de las memorias de Schreber son los siguientes: la afinidad de la paranoia y los celos delirantes, y la semejanza de las fantasías de Schreber con la formación de mitos y religiones. En el primer caso, Freud observa que el marido celoso que culpa continuamente a su mujer de querer irse con todos está usando el mismo mecanismo de proyección que el paranoico. Incapaz de asumir la irrupción de la libido homosexual atribuye a la mujer un deseo que no está sino en él y por el que se siente extremadamente culpable. Esto, dice Freud, es válido también en el caso de la mujer obsesionada por las correrías del marido. La aproximación entre el delirio paranoico y los mecanismos de formación de los primeros mitos y religiones será un tema que desarrolle con más amplitud uno de los discípulos aventajados de Freud, C. G. Jung.

El ensayo de Elias Canetti ofrece otra visión completamente diferente del caso Schreber. Apunta Canetti que en los delirios de Schreber se halla contenida de forma clara la psicología del enamorado del poder político. Las características de este sujeto, cuyo modelo ejemplar fue Hitler, incluyen el deseo del fin del mundo pero con la condición de quedar como único superviviente, el diálogo directo con Dios, la conspiración racista contra el pueblo elegido (en este caso el ario) o el miedo y el desprecio hacia las masas siempre concebidas como una jauría enemiga. Canetti está convencido de que “la paranoia es una enfermead del poder”, de que “un estudio de esta enfermedad en todos sus aspectos instruye sobre la naturaleza del poder con una integridad y claridad que no es posible alcanzar de otra manera” (p. 634)

Por último, el texto con el que se abre el volumen, la nota sobre los lectores de Schreber de Roberto Calasso. El erudito Calasso revisa las lecturas más importantes que a lo largo del s. XX se hicieron sobre el caso Schreber. Entre ellas, naturalmente, Freud y Canetti. Calasso añade a psicoanalistas como Sabina Spielrein que, a principios de siglo y en la línea de Jung, relaciona el pensamiento mítico y el caso Schreber, y a Niderland y Bauymeyer quienes a partir de 1950 profundizan en interesantes cuestiones biográficas como la figura del padre de Schreber. Mención aparte merece la lectura que Deleuze y Guattari hacen del caso Schreber en El anti-Edipo. En esta obra Deleuze y Guattari cuestionan la eficacia del psicoanálisis para ahondar en el inconsciente. Según Deleuze reducir cualquier conflicto o trastorno mental a una cuestión sexual o edípica significa dejar fuera lo esencial. Así, en el caso Schreber Deleuze entiende que reducir su delirio a una tendencia homosexual supone dejar fuera todo el contenido político de sus fantasías. Enfrentándose a su padre, Schreber hace frente una toda la estructura político-moral de la burguesía de la época.

Para terminar, y a modo de asociación libre, dos ocurrencias. La lectura de las memorias de Schreber me han recordado las experiencias místicas de P. K. Dick, también él diagnosticado de paranoia. La intimidad con Dios, el convencimiento gnóstico de su imperfección, los “rayos cósmicos” que actúan directamente en sus cerebros, el delirio persecutorio… son todas, curiosamente, características comunes a Schreber y a Dick.

Cabe recordar también una película de ciencia ficción titulada Dark city (Alex Proyas, 1998). El argumento es algo rocambolesco: unos alienígenas a punto de extinguirse secuestran una ciudad humana entera con edificios, gente y todo. En el espacio, los alienígenas, deacuerdo con un psiquiatra humano llamado Dr. Schreber (Kiefer Sutherland), se dedican a intercambiar los recuerdos de la gente con el objeto de encontrar aquello que nos hace a cada uno diferente de los demás. El guión parece inspirado en una de las alucinaciones del verdadero Schreber: “Sopesé posibilidades tales como que toda la clínica de Flechsig, o quizá la ciudad de Leipzig junto con ella, hubiera sido “arrancada” y trasladada a algún otro astro, posibilidades a las que muchas veces parecían aludir las preguntas de las Voces que hablaban conmigo: si Leipzig seguía existiendo aún, etcétera.” (p. 121)

Enhorabuena a Sexto Piso por esta edición ejemplar de un texto fundamental para la psicología del s. XX.

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