Diario de lecturas

Salinger, El guardián entre el centeno

Jerome David Salinger (1919-2010)

Jerome David Salinger nació en 1919 en Nueva York. De la Segunda Guerra Mundial salió vivo de milagro. Cuando volvió del frente era otro. Tras publicar algún cuento excepcional como Un día perfecto para el pez banana, escribe una novela hipnótica y visionaria: El guardián entre el centeno (1951). Ha vivido siempre en la más profunda soledad, en una casa en medio del bosque, sin conceder entrevistas y sin permitir que ni su foto ni su biografía aparezcan en la contraportada de sus libros. Muere el 28 de enero de 2010.

Cuestionario para Psicología y Filosofía I

  1. ¿Por qué admira tanto Holden a los niños? ¿Por qué odia a los adultos y a los viejos? ¿Qué opinas al respecto?
  2. ¿Qué sabe Holden de las chicas? ¿Estás de acuerdo con sus opiniones?
  3. ¿Por qué no soportaría Holden ir a la guerra?
  4. Cuando Holden se encuentra por la calle a un niño caminando por el bordillo de la acera se le alegra el día ¿Por qué?
  5. ¿Qué crees que le gusta a Holden del museo que visitan los niños del colegio?
  6. ¿Qué significa el propósito de Holden de ser en el futuro “guardián entre el centeno“?
  7. Describe los encuentros de Holden con las chicas del bar y la prostituta y su chulo
  8. ¿Quiénes son los hermanos de Holden y qué opina de ellos?
  9. ¿Qué hacen los patos de Central Park en invierno? Inventa una pregunta parecida.
  10. ¿Por qué crees que el protagonista termina encerrado en un psiquiátrico?

Textos para comentar

Salinger, J. D.: El guardián entre el centeno. C. Criado (trad.) Madrid: Alianza Editorial, 1986.

  1. Los niños
  2. Los viejos
  3. Las chicas
  4. La guerra

1. Los niños

El crío era graciosísimo. Iba por la calzada en vez de por la acera, pero siguiendo el bordillo. Trataba de andar en línea recta como suelen hacer los niños, y tarareaba y cantaba todo el tiempo. Me acerqué a ver qué decía y era esa canción que va: “Si un cuerpo coge a otro cuerpo, cuando van entre el centeno.” Tenía una voz muy bonita y cantaba porque le salía del alma, se le notaba. Los coches pasaban rozándole a toda velocidad, los frenos chirriaban a su alrededor, pero sus padres seguían hablando como si tal cosa. Y él seguía caminando junto al bordillo y cantando: “Si un cuerpo coge a otro cuerpo cuando van entre el centeno”. Aquel niño me hizo sentirme mucho mejor. Se me fue toda la depresión.

(p. 129)

Pero lo que más me gustaba de aquel museo era que todo estaba siempre en el mismo sitio. No cambiaba nada. Podías ir cien mil veces distintas y el esquimal seguía pescando, y los pájaros seguían volando hacia el sur, y los ciervos seguían bebiendo en las charcas con esas patas tan finas y tan bonitas que tenían, y la india del pecho al aire seguía tejiendo su manta. Nada cambiaba. Lo único que cambiaba era uno mismo. No es que fueras mucho mayor. No era exactamente eso. Sólo que eras diferente. Eso es todo. Llevabas un abrigo distinto, o tu compañera tenía escarlatina, o la señorita Aigletinger no había podido venir y nos llevaba una sustituta, o aquella mañana habías oído a tus padres pelearse en el baño, o acababas de pasar en la calle junto a uno de esos charcos llenos del arcoiris de la gasolina. Vamos, que siempre pasaba algo que te hacía diferente. No puedo explicar muy bien lo que quiero decir. Y aunque pudiera, creo que no querría. […] Mientras seguía andando pensé que Phoebe iba a ese museo todos los sábados como había ido yo. Pensé que vería las mismas cosas que yo había visto, y que sería distinta cada vez que fuera. Y no es que la idea me deprimiera, pero tampoco me puso como unas castañuelas. Hay cosas que no deberían cambiar, cosas que uno debería poder meter en una de esas vitrinas de cristal y dejarlas allí tranquilas. Sé que es imposible, pero es una pena.

(p. 133)

La miré un buen rato. Estaba dormida con la cabeza apoyada en la almohada y tenía la boca abierta. Tiene gracia. Los mayores resultan horribles cuando duermen así, pero los niños no. A los niños da gusto verlos dormidos. Aunque tengan la almohada llena de saliva no importa nada.

(p. 172)

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno.

(p. 185)

2. Los viejos

Nunca me ha gusta ver a viejos ni en pijama, ni en batín ni en nada de eso. Van enseñando el pecho todo lleno de bultos, y las piernas, esas piernas de viejo que se ven en las playas, muy blancas y sin nada de pelo.

(p. 14)

Todos los que lloran como cosacos con esa imbecilidad de películas suelen ser luego unos cabrones de mucho cuidado.

(p. 151)

3. Las chicas

Casi siempre, cuando ya estás a punto, la chica, que no es prostituta ni nada, te dice que no. Y yo soy tan tonto que la hago caso. La mayoría de los chicos hacen como si no oyeran, pero yo no puedo evitar hacerles caso. Nunca se sabe si es verdad que quieren que pares, o si es que tienen miedo, o si te lo dicen para que si lo haces la culpa sea luego tuya y no de ellas. No sé, pero el caso es que yo me paro. Lo que pasa es que me dan pena. La mayoría son tan tontas, las pobres… En cuanto se pasa un rato con ellas, empiezan a perder pie. Y cuando una chica se excita de verdad pierde completamente la cabeza.

(p. 104)

Lo malo que yo tengo es que siempre tengo que pensar que la chica a la que estoy besando es inteligente. Ya sé que no tiene nada que ver una cosa con otra, pero no puedo evitarlo. No hay manera.

(p. 118)

La mayoría se casarán con cretinos, tipos de esos que se pasan el día hablando de cuántos kilómetros pueden sacarle a un litro de gasolina, tipos que se enfadan como niños cuando pierden al golf o a algún juego tan estúpido como el ping-pong, tipos mala gente de verdad, tipos que en su vida han leído un libro, tipos aburridos.

(p. 135)

4. La guerra

Yo creo que no podría ir a la guerra. No me importaría tanto si todo consistiera en que te sacaran a un patio y te largaran un disparo por las buenas, lo que no aguanto es que haya que estar tanto tiempo en el ejército. Eso es lo que no me gusta. Mi hermano D. B. se pasó en el servicio cuatro años enteros. Estuvo en el desembarco de Normandía y todo, pero creo que odiaba el ejército más que la guerra.[…] Le dijo también que en el ejército aliado había tantos cabrones como en el nazi […]Lo que no comprendo es por qué D.B. me hizo leer Adiós a las armas si odiaba tanto la guerra. No entiendo cómo D.B. podía odiar la guerra y decir que ese libro era buenísimo al mismo tiempo. Tampoco comprendo cómo a una misma persona le pueden gustar Adiós a las armas y El gran Gatsby. D.B. se enfadó mucho cuando se lo dije y me contestó que era demasiado pequeño para juzgar libros como esos. Le dije que a mí me gustaban Ring Lardner y El gran Gatsby. Y es verdad. Me encantan. ¡Qué tío ese Gatsby! ¡Qué bárbaro!. Me chifla la novela. Pero, como les decía, me alegro muchísimo de que hayan inventado la bomba atómica. Si hay otra guerra me sentaré justo encima de ella. Me presentaré voluntario, lo juro.

(p. 152)

Categorías:Diario de lecturas, Novela

Tagged as:

2 replies »

Deja tu comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s