El caso del Hombre de las Ratas

La visión de Tondal, obra de un seguidor del Bosco. Museo Lázaro Gadiano, Madrid

El análisis de un caso de neurosis obsesiva (1909), también llamado el caso del Hombre de las Ratas, pertenece al volumen X de las obras completas de Sigmund Freud en la traducción de Luis López Ballesteros. La neurosis obsesiva es especialmente interesante para descubrir el funcionamiento del inconsciente. En este breve texto Freud presenta el historial clínico y el tratamiento exitoso de un joven paciente, Ernst Lanzer (1878-1914), así como algunas reflexiones generales sobre los procesos anímicos obsesivos.

El paciente se presenta en la consulta afirmando que en los últimos cuatro años ha estado padeciendo miedos injustificados respecto a su padre y su novia, acompañados de impulsos obsesivos como el de cortarse el cuello con una navaja de afeitar y prohibiciones que se extendían a cosas triviales e indiferentes. De todos los tratamientos que ha probado sólo le funcionó parcialmente una estancia en el balnetario con actividad sexual regular, lo cual casa muy bien con los principios del psicoanálisis. Como es habitual Freud busca el origen de la patología en su sexualidad infantil y descubre en ella el germen del trastorno obsesivo. Desde muy temprano el sujeto experimenta junto al deseo obsesivo de ver una mujer desnuda el temor irracional de que su padre morirá y, a continuación, el despliegue de acciones absurdas para castigarse por haber tenido esa idea.

El desencadenante de la crisis obsesiva del paciente tuvo lugar mientras hacía el servicio militar. Uno de sus superiores, de tendencias algo sádicas, le describió un modo de tortura en el que «se adaptaba a las nalgas un recipiente y se metían en él unas cuantas ratas, que luego…se le iban introduciendo…». Entonces el paciente tuvo la idea de que ese tormento le fuese aplicado a su novia y a su padre. Al día siguiente su superior le entregó un paquete postal advirtiéndole de que debía pagar el reembolso al teniente A. Pero inmediatamente surgió en él la idea de que si devolvía ese dinero realmente su padre y su novia serían torturados. Y quedó preso del dilema entre la obligación de devolver el dinero y el temor a hacerlo, lo cual degeneró en un viaje surrealista en tren en el que está a punto de bajarse en cada estación con la intención de volver a la oficina de correos para hacer la devolución.

¿Cómo explicar esa irrupción de hostilidad hacia sus seres más queridos? ¿Qué se esconde detrás de la obsesión con la devolución del dinero? Freud vuelve a indagar en la infancia y consigue que el paciente recuerde que tales impulsos hostiles tienen allí su origen. Recuerda que a los doce años se había enamorado de una niña que no le hacía demasiado caso así que fantaseó con que si su padre muriera quizás ella le prestaría más atención. Pensar que puede haber deseado la muerte de su padre desata en él arrebatos de culpa y vergüenza. Freud le explica que a un intenso cariño consciente le corresponde un intenso odio reprimido. Si el cariño no extingue al odio este permanece agazapado en el inconsciente escapándose de vez en cuando.

La hostilidad reprimida hacia su novia se escondía detrás de sus impulsos suicidas. Por ejemplo, en una ocasión en la que estaba prisionero de sus estudios, su novia tuvo que abandonarlo para cuidar a su abuela enferma. Su primera reacción fue desear la muerte de la vieja y, a continuación, imponerse el suicidio como castigo. Otro ejemplo, durante un verano su novia se había ido a un balneario acompañada por un primo suyo, Dick, que la cortejaba. Los celos se manifestaron en la normal fantasía de muerte de Dick acompañada de sanciones como un estricto régimen de adelgazamiento que incluía «correr sin sombrero por las calles bajo el ardiente sol de agosto y a subir las pendientes de la montaña a paso gimnástico, hasta que la fatiga le hacía detenerse bañado en sudor». Esta manía senderista podía concluir con la tentación de arrojarse desde un precipicio.

Otras actividades obsesivas relacionadas con la amada fueron, por ejemplo, las siguientes: mientras navegaban en barco le ponía siempre una gorra para evitar que le sucediera algo, o en medio de una tormenta tenía que contar hasta 40 o 50 entre trueno y relámpago, o, y esta es la más interesante, el día en que su novia se marchó el sujeto tropezó con una piedra en el camino y decidió retirarla para evitar que el coche de su amada volcara por su culpa. Sin embargo, minutos después regresó para colocarla en su sitio pensando que esas manías suyas no tenían sentido. En este caso se observa claramente que la «obsesión protectora puede sólo significar una reacción -remordimiento y penitencia- contra un impulso antitético, y, por tanto, hostil». Es decir, en primer lugar retira la piedra para protegerla lo que significa que le guarda rencor por haberse ido y, a continuación, la coloca en su sitio alegando que ha sido estúpido moverla, pero, en realidad, está dando rienda suelta de nuevo a su hostilidad.

Este conflicto entre amor y odio se manifestó también en sus rezos. Durante una temporada religiosa se impuso la obligación de rezar, tarea que cada vez le llevaba más tiempo, pues en sus oraciones se introducían deseos hostiles y blasfemias.

Pero volvamos al conflicto principal,  ¿por qué fantasea el sujeto con que las ratas ataquen a su padre y a su novia? Algunos significados evidentes vinculan la fantasía al erotismo anal y el deseo de penetrar analmente a su padre y su amada como una forma de venganza. La palabra Ratten (ratas) está asociada a Raten, plazos o dinero, es decir, la herencia que obtendría de su padre cuando este muriera, dinero que le permitiría sellar su compromiso con su novia. Está claro que el padre aparece como un obstáculo para su vida amorosa y de ahí la fantasía sádica. Este conflicto se remonta a la infancia pues el padre manifiesta una clara hostilidad hacia el onanismo del hijo. Es especialmente significativo el castigo que recibe por haber mordido, equiparando al niño con un animal, como alguien entregado a lo sucio y abyecto del sexo. De algún modo, el padre castigando al niño se castiga a sí mismo por su vida de desenfreno previa (sífilis) al matrimonio. Asimismo, dentro del universo simbólico del paciente, le es fácil identificarse con la rata por un sueño que tuvo en el que una rata escapa huyendo de la tumba del padre tras haber roído su cadáver, tras haberse aprovechado de su dinero. La rata es, en el fondo, un animal asustado que huye de los hombres que quieren darle muerte. La rata-niño saca a la luz el hecho de que a su novia le habían extirpado los ovarios y no podía tener hijos. Aunque incapaz de reconocerlo, experimentaba cierta hostilidad hacia ella por su esterilidad, de ahí la fantasía de las ratas. Padre y amada representan la proihibición y la infelicidad.

¿Y la devolución del dinero?  El paciente sabía muy bien que a quien adeudaba el dinero no era a ningún teniente sino a la joven y bonita dependienta de la oficina de correos. Devolver el dinero a quien correspondía significaba, por tanto, no obedecer al padre y abandonar a su novia formal por otra más fértil. Pero, en lugar de confrontar el problema y tomar una decisión el neurótico obsesivo se eterniza en la duda y se instala en delirios como el viaje en tren que le evitan manifestar la hostilidad reprimida.

Las ratas no son la única fantasía de venganza contra el padre. Incluso después de la muerte de este tuvo una temporada en la que tenía la manía de estudiar hasta bien entrada la noche y a las doce abrir la puerta para que entrara el espíritu del padre. En ese momento se colocaba delante del espejo contemplando sus genitales con la intención de provocar a su espíritu.

Del caso del Hombre de las Ratas Freud extrae algunas lecciones generales sobre el comportamiento obsesivo. Su ambivalencia respecto a la superstición. El obsesivo suele ser lo suficientemente inteligente como para desechar todas las supersticiones populares, pero vive preso de sus propias reglas absurdas. Asimismo la dualidad amor-odio en que se debate suele tener como consecuencia la parálisis de la voluntad así que suelen ser personas que dilatan al máximo dar solución a sus problemas y fantasean con la muerte propia o de otros para no tener que hacerles frente. El combate amor-odio en que vive le conduce, por lo general, a una disociación de la personalidad. Así, por un lado, bondadoso, alegre, reflexivo e inteligente, y por otro, sádico, perverso y violento. En medio, tristemente sometido a constantes rituales absurdos para ahuyentar la culpa.

Una interpretación peculiar, política, del caso del Hombre de las Ratas es la que hace Slavoj Zizek. Aquí tienes el enlace.

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