Platón: Lisis

Relieve del demo Cerámico, en el barrio de los alfareros al noroeste de la Acrópolis. Este relieve es de 510 a. C. Muestra una competición de lucha, deporte popular de la época que se practicaba en escuelas llamadas palestras.

Este curso he decidido limitar el tiempo que dedico a los contenidos oficiales de Historia de la Filosofía. Al fin y al cabo, no son más que aprendizaje memorístico, algo que se copia muy fácil y se olvida pronto. Intento no devaluar más las Humanidades con mi práctica docente. Al menos, no en mi últimos años.

Hemos empezado a leer el Lisis de Platón. De tres clases a la semana, una, para Historia de la Filosofía y, dos, para para la lectura y el diálogo.

Lisis es una obra temprana de Platón. Sócrates habla con jóvenes atenienses sobre la seducción y la philía, un sentimiento que incluye el amor y la amistad. Es el sentimiento que une a los jóvenes amantes, a los amigos de siempre o el amor a la sabiduría, a la naturaleza o al buen vino. Ser filósofo no es ser amigo del saber, ¡es ser amante de la sabiduría! Otro diálogo posterior de Platón, El Banquete, se dedica a érōs, que puede ser amor sexual o amor al conocimiento. Érōs implica la philía pero no viceversa. A la hora de traducir philía usaré más «amor» que «amistad» porque nuestra amistad carece de la intensidad de la philía. También existe ágape, agápē, el amor incondicional y universal, que encuentra, según Žižek, su más alta expresión en el evangelio de Lucas: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío».

Personalmente me fascina el personaje de Sócrates y quiero transmitir esa pasión. Sin este ingrediente yo creo que los chicos desconectarían en dos minutos.

Hoy día resulta fácil que todos tengan su ejemplar gracias a los benditos/malditos teléfonos móviles.

A veces no es fácil para los alumnos llegar a los textos que es necesario leer, a las fuentes. La sobreinformación, la falta de criterios o las modas hacen imposible abrirse camino en la inmensidad de la red. También les afectan los prejuicios, la sospecha de que se aburrirían o no entenderían o de que esos es cosa de viejos. Al principio hay que acompañarles. Se lo debemos.

1. Introducción

Dejamos a un lado prólogos, notas, bibliografías, apuntes y resúmenes para ir directos a la fuente del conocimiento, al texto de Platón. Ya estamos ahí, leyendo, Sócrates va de relax, paseando de la Academia al Liceo por fuera de la muralla y se encuentra con unos jóvenes. Le dicen: Sócrates, aquí te quedas en la palestra, con los más virtuosos de Atenas o lo que es lo mismo, lo mejorcito, los más guapos y los más listos. Sócrates no se resiste, presiente que se requiere una comadrona de ideas. Si algún alumno aquí suelta que esto parece «una porno» es buen síntoma, ya están leyendo entre líneas.

Palestra de Pompeya. 

Pronto empiezan a hablar de uno del que todos están enamorados. Es Lisis. Uno de sus amantes, Hipotales, no hace sino deshacerse en halagos. Sócrates le advierte que, de esa manera, no está sino adornándose a sí mismo, de cuántos méritos acumulará cuando capture a su presa. Además, dice el filósofo, es una mala técnica de seducción porque el amado se vuelve más orgulloso y arrogante. Este es un nuestro primer texto para recordar.

Más que a nadie —dije— apuntan a ti esos cantos, porque si llegas a conseguir un muchacho de esta clase, vas a ser tú el que salgas favorecido con tus propios discursos y canciones, que serán como un encomio al vencedor, a quien la suerte le ha deparado tal muchacho. Pero si se te escapa, cuantos más encomios hayas hecho de él, tanto más ridículo parecerás por haber sido privado de tales excelencias. El que entiende de amores, querido, no ensalza al amado hasta que lo consigue, temiendo lo que pudiera resultar. Y, al mismo tiempo, los más bellos, cuando alguien los ensalza y alaba, se hinchan de orgullo y arrogancia. 205e-206a

Hipotales le pide que le enseñe a seducir mejor. Sócrates le dice que no puede explicárselo, pero sí mostrárselo. Así que forman un grupo de conversación en el gimnasio con la esperanza de que Lisis se una a ellos, lo que finalmente sucede.

2. Primera parte

Sócrates comienza a interrogar a Lisis, comienza a filosofar. Si tus padres te aman y quieren que seas lo más feliz posible, ¿no es obvio que te dejarían hacer todo lo que apetecieras? Lisis asiente. Sin embargo, dirigen tu vida como si fueras un esclavo. De ti no depende el cuidado de tu cuerpo, ni de tu ropa, ni de tu educación, ni de subirte o no a una cuadriga… Observa que no están esperando a que cumplas una edad sino que te confían solo aquellas tareas en las que demuestras conocimiento, por ejemplo, la escritura o la música. Por lo tanto, tu padre está esperando a que adquieras los conocimientos adecuados antes de entregarte la libertad que mereces. No solo tu padre sino también todos los demás griegos e incluso los persas y hasta los bárbaros. En aquellas materias donde hemos ganado el conocimiento las decisiones están en nuestra mano, ya seamos médicos o cocineros.

Así son las cosas, querido Lisis —le dije—. En aquello en lo que hemos llegado a ser entendidos, todos confían en nosotros, griegos y bárbaros, hombres y mujeres. Haremos, pues, en esas cosas lo que queramos, y nadie podrá, de grado, impedírnoslo, sino que seremos en ellas totalmente libres y dominadores de otros, y todo esto será nuestro porque sacamos provecho de ello. Pero en aquello en lo que no hemos logrado conocimiento no nos permitirá nadie hacer lo que a nosotros nos parezca, más bien nos lo impedirán todo lo que puedan, y no sólo los extraños, sino el padre y la madre e, incluso, alguien más próximo, si lo hubiera. En estas cosas seremos, pues, súbditos de otros y ellas mismas nos serán ajenas, porque ningún provecho sacamos de ellas. 210b-210c

Fijaos bien, en aquellas cosas en las que somos entendidos somos libres y además sacamos provecho, ejercemos dominio sobre el resto de las polis de Grecia; el saber no solo nos hace libres sino también útiles a la comunidad, amados por la comunidad. Esta idea relativa a la utilidad del amado se refuta en la cuarta parte.

Sin embargo, en la medida en que resultamos inútiles no somos dignos de reconocimiento ni de amor. En este momento Sócrates rebaja a Lisis al mínimo, tal y como debe hacerse con el amado. Le dice que ni siquiera su padre puede amarle a él o a cualquiera en tanto que es inútil. Solo cabe amar a quien es entendido. El saber te convierte en alguien provechoso y bueno. Tú, Lisis, que aun tienes maestro, dice Sócrates, es que todavía no sabes y, por lo tanto, eres un inútil y nadie te quiere. Sócrates está aquí un poco sádico con el niño, la verdad sea dicha.

A Sócrates le gustaría volverse hacia Hipotales y decirle que así es como se habla con el amado «rebajándole y haciéndole de menos y no como tú, inflándole y deshaciéndote en halagos».

Aquí termina el primer argumento filosófico del Lisis. Se trataba solo de mostrarle a Hipotales, el amante, una mejor técnica de seducción. Sin embargo, hemos llegado a una conclusión muy interesante: la libertad no es un regalo que se recibe de los padres porque sí o cuando se cumple una edad. La libertad se gana cuando adquirimos conocimiento. Cuanto más conocimiento más libres y más dominadores y más útiles a la familia y a la comunidad.

3. Segunda parte.

Lisis, un poco dolido, pide a Sócrates en secreto que practique esta filosofía del preguntar y responder con su amigo Menéxeno, que es muy discutidor, a ver si se le bajan los humos. ¿Puede que Lisis desee a su vez seducir a Menéxeno?

3a. Primer argumento.

Allá va Sócrates. La gente desea cosas diferentes, unos el oro, otros honores, otros caballos, pero a Sócrates le fascina tener amigos. Viendo a Lisis y a Menéxeno que son amigos ya tan jóvenes le gustaría preguntarle sobre la amistad. Para que haya (philía) amor en una pareja, ¿debe haber amor del amante al amado, del amado al amante, o de ambos?

A Menéxeno le parece que da igual. Y Sócrates, como si esto fuese la lucha libre del relieve del inicio, le hace una bonita reducción al absurdo. ¿No te das cuenta Menéxeno de que, a veces, solo el amante ama y no es correspondido, sino odiado? Entonces, parece que si no aman ambos no hay amor posible, dice un Sócrates triunfante pero no satisfecho, ni mucho menos. Sigue y le da otro revolcón al pobre Menéxeno, es evidente que somos amantes de los caballos, de los perros, del vino y del conocimiento aunque este amor no sea correspondido. Y esto ocurre también con los hijos que acaban de nacer o con los adolescentes cuando son reprendidos por sus padres.

Parece por tanto que en el amor es suficiente con el amor del amante. Así, puede darse la paradoja de que ames a los que te odian y odies a los que te aman.

—Por Zeus, Sócrates —dijo él—, que no sé seguir. —¿No será —dije—, oh Menéxeno, que no hemos buscado bien? (213 c-d)

3b. Segundo argumento

Buscando la naturaleza de la philía hemos empezado preguntado si para que exista tiene que haber amor del amante al amado, del amado al amante, o de ambos. El resultado es otro absurdo y hay que abandonar este camino. Empecemos otro.

Lisis, muy concentrado en el diálogo, interrumpe a Sócrates y sustituye a Menéxeno. Sócrates empieza de nuevo la búsqueda con unos versos de Homero: «Siempre hay un dios que lleva al semejante junto al semejante«. Parece que estos versos fueron confirmados por los Físicos que hablaron sobre «la naturaleza y el todo». A lo mejor de una manera oscura, porque si el malvado está más cerca del malvado no habrá amistad sino odio. Pero esto, dice Sócrates, podría interpretarse, puede que los buenos son amigos y semejantes entre sí pero los malos son imprevisibles e inestables así que nunca podrán ser semejantes a otro y amigos suyos. Así, el bueno puede ser amigo del bueno, pero el malo ni con el malo ni con el bueno.

Así, el amor surge solo entre quienes son buenos. Pero, y empiezan los fuegos artificiales para Lisis, los que son semejantes no se aportan nada el uno al otro, así que ¿para qué iban a vincularse? Pero, a lo mejor, los buenos podrían amarse, no por semejantes, sino por buenos. Sin embargo, los buenos se bastan a sí mismos, no necesitan a nadie, ni tan siquiera amigos. Nos hemos vuelto a extraviar Lisis. Famosos son los versos de Hesíodo, lo semejante es enemigo de lo semejante, «El alfarero se irrita con el alfarero y el recitador con el recitador y el mendigo con el mendigo». Con los opuestos ocurre al contrario, se necesitan y se buscan como el enfermo al médico, el pobre al rico y el ignorante al sabio.

Supongamos, dice Sócrates a Lisis, que lo opuesto es «lo más amigo de aquello que se le opone». Puede que esté aquí el secreto de la philía. Pero, inmediatamente, saltarían los «sabelotodo«, los sofistas, expertos en contradicciones objetando que no es posible que haya amistad entre lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo. No cabe otra cosa que estar de acuerdo.

Por lo tanto, ni lo semejante puede ser amigo de lo semejante, ni los opuestos pueden ser amigos entre sí.

4. Tercera parte.

La philía parece algo blando, liso y escurridizo, algo que se escabulle muy fácilmente. Otro camino aparentemente cerrado hasta que a Sócrates se le ocurre una nueva idea. A lo mejor el amigo de lo bueno es aquello que no es ni bueno ni malo. Por ejemplo, el cuerpo humano no es ni bueno ni malo pero cuando enferma busca la medicina por causa de la salud. También el alma buscará el saber como remedio para la ignorancia.

Esto tiene que ocurrir antes de que el cuerpo enferme de tal manera que la enfermedad pase a formar parte de sí mismo. Sócrates hace una comparación muy sencilla para entender la clásica diferencia aristotélica entre sustancia y accidentes. Si tu pelo es rubio y lo tiñes de blanco, este no será tu color verdadero. Así también el cuerpo, cuando se ve afectado por una enfermedad que es algo malo, pero solo de un modo superficial. Sin embargo, cuando envejecemos y el pelo se vuelve cano, ese color ya nos pertenece. Si este fuera el caso con la enfermedad no buscaremos la medicina pues la curación ya no es posible.

Parece que, por fin, ya está todo solucionado. Hemos llegado hasta este punto:

—Afirmábamos, entonces, según parece, que el cuerpo no es ni bueno ni malo y que, por causa de la enfermedad, que es un mal, es amigo de la medicina, y que la medicina es un bien. Y es por la salud por lo que la medicina ha adquirido esta amistad, pues la salud es un bien. ¿No es así? 219a

5. Cuarta parte.

Pero en seguida Sócrates sospecha que se había apresurado.

Queda claro que queremos la medicina por la salud que proporciona, pero ¿por qué queremos la salud? Tiene que haber un fin ulterior que lo justifique, y este a su vez su fundamentará en otro superior y así hasta el infinito. Este recurso al infinito invalida la idea de que buscamos lo bueno por otra cosa. La cuestión es, dice Sócrates, que lo verdaderamente bueno se busca por sí mismo.

Además, en el caso de la medicina, decíamos que la buscábamos a causa de lo malo, de la enfermedad. Si no hubiese males que afectaran al cuerpo no buscaríamos al médico por la salud pues no nos sería de utilidad. Pero aunque no existiesen males lo bueno permanecería. Es evidente que a lo bueno no se lo busca por causa de lo malo.

La definición de philía con que habíamos cerrado la tercera parte no es válida en ningún sentido. Lo bueno no se quiere por un fin superior, ni por causa de otra cosa. Lo bueno se quiere por y por causa de sí mismo.

6. Quinta parte.

Para terminar Sócrates elige buscar el camino indagando la afinidad entre la philía y el deseo. Esta afinidad nos permite avanzar en una investigación que parece estancada.

En primer lugar, vemos que el deseo hacia alguien que nos conviene permanece, aunque desaparezca el mal que nos inclinó hacia él, así que la amistad no es algo fundamentado solamente en la utilidad. En segundo lugar, el deseo, ya sea en forma de philía o de érōs, se orienta hacia aquello de lo que uno ha sido privado y le pertenece. Así, Lisis y Menéxeno, amigos verdaderos, se pertenecen mutuamente por naturaleza. Lisis y Menéxeno lo confirman. En tercer lugar, este deseo no es posible si no hay cierta connaturalidad entre el amado y el amante. Aquí solo Menéxeno asiente porque Lisis no quiere parecerse en nada a Hipotales. Quienes se pertenecen por naturaleza, tienen que amarse. Por lo tanto, «el genuino y no fingido amante será querido por su amado». Una conclusión que espanta a Lisis e Hipotales aplaude. Sócrates finaliza su argumentación con una falacia para molestar a Lisis, como si quisiera, además de rebajarlo, hacerlo rabiar 🙂

Esta argumentación es inútil si entendemos que connatural es sinónimo de semejante porque caeríamos en las paradojas de más arriba. Si lo damos por bueno, intentemos suponer también «que lo que es bueno para alguien es siempre parecido a él (222c), o, más bien, que lo bueno es parecido a lo bueno, lo malo a lo malo, y lo neutral a lo neutral?» Pero entonces caemos otra vez en el absurdo: el bueno solo es amigo del bueno, el malo solo del malo, cosas que ya habían sido refutadas más arriba.

Entonces llegaron los pedagogos de Lisis y Menéxeno y se los llevaron a casa. Los chicos no querían, «parecían como si hubieran bebido un vaso de más en las fiestas de Hermes«.

Sócrates termina diciendo al tiempo que todos se retiran:

«Ahora, Lisis y Menéxeno, hemos hecho el ridículo un viejo como yo, y vosotros. Pues cuando se vayan éstos, dirán que nosotros creíamos que éramos amigos —porque yo me cuento entre vosotros— y, sin embargo, no hemos sido capaces de llegar a descubrir lo que es un amigo». 223 b

7. Valoración personal.

Lisis tiene todas las características principales de los diálogos tempranos de Platón. Es una feliz puesta en escena del método socrático, la mayéutica. Como otros finaliza en un callejón sin salida, pero en el camino algunas ideas importantes hay quedado claras para quien quiera oírlas. Por ejemplo es evidente que la libertad no es un regalo sino algo que hay que ganarse mediante el conocimiento o también que la philía y el érōs quedan fuera de la teoría utilitarista de la amistad, no se quiere al amado por un fin superior, ni por causa de otra cosa.

Puede parecer que la argumentación de Sócrates es un ejercicio vacuo, pura pirotecnia para Lisis, pues sabe de antemano que en todos los caminos el resultado será el absurdo. No obstante, creo que para Sócrates la conversación no es seria en ningún momento. Juega con Lisis y Menéxeno, les aturde, les confunde y vuelta a empezar. Les da a probar un poco de filosofía como quien da a probar unos vasos de vino en las fiestas de Hermes. Así terminan los chicos, tan alterados que no hay manera de llevarlos a casa.

Claro está que Lisis no es El Banquete. Platón no ha alcanzado en Lisis la madurez filosófica ni literaria que demuestra en Gorgias o República. A pesar de eso tiene un arranque muy jovial, una lógica demente para enredar con los chicos y alguna verdad para llevarse a casa.

8. Bibliografía.

  1. Platón: Diálogos I. Apología, Critón, Eutifrón, Ión, Lisis, Cármides, Hipias Menor, Hipias Mayor, Laques, Protágoras. Calonge, J. (trad. Apología, Critón, Eutifrón, Hipias Mayor Hipias Menor), LLedó, E. (trad. Ión, Lisis, Cármides), García Gual, C. (trad. Laques, Protágoras) Madrid: Editorial Gredos, 2001.
  2. W. K. C. Guthrie: Historia de la Filosofía griega IV. Platón. El hombre y sus diálogos: Primera época. Alberto Vallejo Campos y Alberto Medina González (trad.) Madrid: Editorial Gredos, 1990.
  3. Alain Badiou & Nicolas Truong: Elogio del amor. Ana Ojeda (tr.) Buenos Aires: Paidós Editorial. 2012

8 comentarios en “Platón: Lisis

  1. Sigo desde hace tiempo tu blog. Comparto la pasión por acercar a los jóvenes a la pasión por la sabiduría. Cada vez nos lo ponen (y nos lo ponemos) más difícil y caemos en la bulimia intelectual (memorizar, vomitar, olvidar) que queremos evitar. Quizá haya llegado el momento de ir a la fuente de la auténtica pasión por aprender. Genial el análisis del texto y creo que es por ahí por donde debemos tirar.

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