Historia de la Filosofía (Extremadura)

Texto Aristóteles (EBAU Extremadura)

Aristóteles: Política. Manuela García Valdés (tr.) Madrid: Gredos, 1988.

 

LIBRO I  1252a – 1253b, excepto dos párrafos de la p. 46.

COMUNIDAD POLÍTICA Y COMUNIDAD FAMILIAR

(El fin de toda comunidad. Opiniones erróneas. Planteamiento metodológico).

Puesto que vemos  que toda ciudad es una cierta comunidad y que toda comunidad está constituida con miras a algún bien (porque en vista de lo que les parece bueno todos obran en todos sus actos), es evidente que todas tienden a un cierto bien, pero sobre todo tiende al supremo la soberana entre todas y que incluye a todas las demás. Ésta es la llamada ciudad y comunidad cívica.

La Ciudad-Estado existe, lo mismo que cualquier otra comunidad, con vistas a un fin. Pero la Ciudad-Estado no existe con vistas a un fin cualquiera sino con vistas al fin supremo, la vida moral e intelectual del hombre.

(Génesis de la ciudad: familia, aldea, ciudad. El hombre es un animal social.)

Si uno observa desde su origen la evolución de las cosas, también en esta cuestión, como en las demás, podrá obtener la visión mas perfecta. En primer lugar, es necesario que se emparejen los que no pueden existir uno sin el otro, como la hembra y el macho con vistas a la generación (y esto no en virtud de una decisión, sino como en los demás animales y plantas; es natural la tendencia a dejar tras sí otro ser semejante a uno mismo), y el que manda por naturaleza y el súbdito, para su seguridad. En efecto, el que es capaz de prever con la mente es un jefe por naturaleza y un señor natural, y el que puede con su cuerpo realizar estas cosas es súbdito y esclavo por naturaleza; por eso al señor y al esclavo interesa lo mismo.

Para comprender bien la naturaleza de la Ciudad-Estado es conveniente observar su génesis y evolución. La comunidad originaria es la familia, que existe por la tendencia natural de los seres a la inmortalidad, a querer dejar tras de sí un ser semejante a uno mismo. También en el origen está la dualidad hombre libre-esclavo que Aristóteles considera “natural”.

Así pues, por naturaleza está establecida una diferencia entre la hembra y el esclavo (la naturaleza no hace nada con mezquindad, como los forjadores el cuchillo de Delfos, sino cada cosa para un solo fin. Así como cada órgano puede cumplir mejor su función, si sirve no para muchas sino para una sola). Pero entre los bárbaros, la hembra y el esclavo tienen la misma posición, y la causa de ello es que no tienen el elemento gobernante por naturaleza, sino que su comunidad resulta de esclavo y esclava.

Por eso dicen los poetas:

justo es que los helenos manden sobre los bárbaros,

entendiendo que bárbaro y esclavo son lo mismo por naturaleza.

Si el fin de la mujer es la procreación, el del esclavo es obedecer. La naturaleza otorga a cada ser y cada órgano un sólo fin no siendo como los forjadores del cuchillo de Delfos cuyo cuchillo servía para varias cosas.

Sin embargo, entre los bárbaros la mujer y el esclavo son iguales, carentes ambos de la parte racional del alma. Toda su comunidad es el resultado de la unión de esclavo y esclava. Por eso dicen poetas como Eurípides que es justo que gobiernen los griegos sobre los bárbaros ya que bárbaro y esclavo es lo mismo por naturaleza.

Así pues, de estas dos comunidades la primera es la casa, y Hesíodo dijo con razón en su poema:

Lo primero casa, mujer y buey de labranza.

Pues el buey hace las veces de criado para los pobres. Por tanto, la comunidad constituida naturalmente para la vida de cada día es la casa, a cuyos miembros Carondas llama «de la misma panera», y Epiménides de Creta «del mismo comedero». Y la primera comunidad formada de varias casas a causa de las necesidades no cotidianas es la aldea.

Precisamente la aldea en su forma natural parece ser una colonia de la casa, y algunos llaman a sus miembros «hermanos de leche», «hijos e hijos de hijos». Por eso también al principio las ciudades estaban gobernadas por reyes, como todavía hoy los bárbaros: resultaron de la unión de personas sometidas a reyes, ya que toda casa está regida por el más anciano, y, por lo tanto, también las colonias a causa de su parentesco. Y eso es lo que dice Homero:

Cada uno es legislador de sus hijos y esposas,

pues antiguamente vivían dispersos. Y todos los hombres dicen que por eso los dioses se gobiernan monárquicamente, porque también ellos al principio, y algunos aún ahora, así se gobernaban; de la misma manera que los hombres los representan a su imagen, así también asemejan a la suya la vida de los dioses.

La comunidad primitiva que garantiza las necesidades primarias es la familia. La unión de familias da lugar a la aldea cuya forma de gobierno suele ser monárquica y estar ligada al parentesco.

La comunidad perfecta de varias aldeas es la ciudad, que tiene ya, por así decirlo, el nivel más alto de autosuficiencia, que nació a causa de las necesidades de la vida, pero subsiste para el vivir bien. De aquí que toda ciudad es por naturaleza, si también lo son las comunidades primeras. La ciudad es el fin de aquéllas, y la naturaleza es fin. En efecto, lo que cada cosa es, un vez cumplido su desarrollo, decimos que es su naturaleza, así de un hombre, de un caballo o de una casa. Además, aquello por lo que existe algo y su fin es lo mejor, y la autosuficiencia es, a la vez, un fin y lo mejor.

La unión de varias aldeas es la Ciudad-Estado que presenta un nivel inmejorable de autosuficiencia o autarquía. Cabe señalar que, aunque el origen de la Ciudad-Estado haya sido el satisfacer las necesidades primarias subsiste porque garantiza el fin natural del hombre que es el vivir bien. Por ello, del mismo modo que las comunidades primigenias como la familia eran naturales porque satisfacían un fin natural como la supervivencia, también toda Ciudad es por naturaleza pues satisface el fin natural del ser humano que es el vivir feliz. La ciudad donde se alcanza este objetivo es autosuficiente, un fin y lo mejor.

De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social, y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre. Como aquel a quien Homero vitupera:

sin tribu, sin ley, sin hogar,

porque el que es tal por naturaleza es también amante de la guerra, como una pieza aislada en el juego de damas.

El hombre es un animal social o un animal político por naturaleza. El insocial es inferior o superior al hombre. Quien vive “sin tribu, sin ley, sin hogar” vive destinado a la guerra. Hay muchos lobos solitarios de este tipo en el cine: piensa, por ejemplo, en el Coronel Kurtz de Apocalypse now (Coppola, 1978)

La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto.

Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.

El hombre es un ser social por naturaleza. La razón es que la Naturaleza le ha otorgado el lenguaje. Compartimos con los animales la voz, que sirve para comunicar sensaciones de dolor y placer pero el lenguaje es exclusivo de los humanos. Gracias al lenguaje los seres humanos tienen sentido moral y político, son capaces de formular juicios sobre el bien y el mal, lo justo y lo injusto. Esta capacidad es la que permite fundar desde la familia hasta la Ciudad.

Por naturaleza, pues, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte. En efecto, destruido el todo, ya no habrá ni pie ni mano, a no ser con nombre equívoco, como se puede decir una mano de piedra: pues tal será una mano muerta.

Todas las cosas se definen por su función y por sus facultades, de suerte que cuando éstas ya no son tales no se puede decir que las cosas son las mismas, sino del mismo nombre. Así pues, es evidente que la ciudad es por naturaleza y es anterior al individuo; porque si cada uno por separado no se basta a sí mismo, se encontrará de manera semejante a las demás partes en relación con el todo. Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios.

La Ciudad-Estado es anterior a las familias y a los individuos porque el “todo es anterior a la parte”. Es la teoría organicista del Estado. Una mano o un pie son verdaderamente lo que son mientras pertenezcan a un cuerpo vivo que esté funcionando. En cuanto ese cuerpo muera, la mano o el pie serán “de mentira”. Así, cuando un cuerpo se destruye ya no podemos llamar “mano” a la mano pues lo que define a algo es su función (su causa final) y esa función viene determinada por el conjunto, en este caso, el cuerpo. Por tanto, en el caso de que el cuerpo se destruya sólo podríamos llamar a la mano “mano” de forma equívoca u homónima. Homónimas son dos cosas de naturaleza totalmente distinta tienen el mismo nombre: en el caso del cuerpo, una mano muerta y una mano viva. Del mismo modo un hombre que viva fuera del Estado tampoco puede ser llamado hombre a no ser de forma equívoca. Tal hombre será más bien una bestia o un dios.

En todos existe por naturaleza la tendencia hacia tal comunidad, pero el primero que la estableció fue causante de los mayores beneficios. Pues así como el hombre perfecto es el mejor de los animales, así también, apartado de la ley y de la justicia, es el peor de todos.

La injusticia más insoportable es la que posee armas, y el hombre está naturalmente provisto de armas al servicio de la sensatez y de la virtud, pero puede utilizarlas para las cosas más opuestas. Por eso, sin virtud, es el ser más impío y feroz y el peor en su lascivia y voracidad. La justicia, en cambio, es un valor cívico, pues la justicia es el orden de la comunidad civil, y la virtud de la justicia es el discernimiento de lo justo.

El hombre que vive en la Ciudad-Estado es el mejor de los animales. En cambio, el que vive apartado la Ciudad-Estado, y, por tanto, de las leyes y la justicia, es el más vil y peligroso. Tanto más feroz y voraz si posee armas. De esta pesadilla nos libra la virtud de la justicia, virtud basada en el cumplimiento de las leyes que garantiza la cohesión social.

Bibliografía

F. Copleston: Historia de la Filosofía I. Grecia y Roma. Cap. XXXII.

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