Comentario de texto de Aristóteles (EBAU Extremadura 2021)

Aristóteles: Política. Manuela García Valdés (tr.) Madrid: Gredos, 1988.

LIBRO I  1252a – 1253b, excepto dos párrafos de la p. 46.

COMUNIDAD POLÍTICA Y COMUNIDAD FAMILIAR

(El fin de toda comunidad. Opiniones erróneas. Planteamiento metodológico).

De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social, y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre. Como aquel a quien Homero vitupera:

sin tribu, sin ley, sin hogar,

porque el que es tal por naturaleza es también amante de la guerra, como una pieza aislada en el juego de damas.

El hombre es un animal social o un animal político por naturaleza. El insocial es inferior o superior al hombre. Quien vive “sin tribu, sin ley, sin hogar” vive destinado a la guerra. Hay muchos lobos solitarios de este tipo en el cine: piensa, por ejemplo, en el Coronel Kurtz de Apocalypse now (Coppola, 1978)

La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto.

Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.

El hombre es un ser social por naturaleza. En la Naturaleza todo tiene tiende hacia un fin. La Naturaleza tiene un carácter teleológico o finalista. Así, el hombre es un ser social porque la Naturaleza le ha otorgado el lenguaje. Si la Naturaleza nos lo ha dado será para que lo usemos. Compartimos con los animales la voz, que sirve para comunicar sensaciones de dolor y placer pero el lenguaje es exclusivo de los humanos. Gracias al lenguaje los seres humanos tienen sentido moral y político, son capaces de formular juicios sobre el bien y el mal, lo justo y lo injusto. Esta capacidad es la que permite fundar desde la familia hasta la Ciudad.

Por naturaleza, pues, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte. En efecto, destruido el todo, ya no habrá ni pie ni mano, a no ser con nombre equívoco, como se puede decir una mano de piedra: pues tal será una mano muerta.

Todas las cosas se definen por su función y por sus facultades, de suerte que cuando éstas ya no son tales no se puede decir que las cosas son las mismas, sino del mismo nombre. Así pues, es evidente que la ciudad es por naturaleza y es anterior al individuo; porque si cada uno por separado no se basta a sí mismo, se encontrará de manera semejante a las demás partes en relación con el todo. Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios.

La Ciudad-Estado es anterior a las familias y a los individuos porque el “todo es anterior a la parte”. Es la teoría organicista del Estado. Una mano o un pie son verdaderamente lo que son mientras pertenezcan a un cuerpo vivo que esté funcionando. En cuanto ese cuerpo muera, la mano o el pie serán “de mentira”. Así, cuando un cuerpo se destruye ya no podemos llamar “mano” a la mano pues lo que define a algo es su función (su causa final) y esa función viene determinada por el conjunto, en este caso, el cuerpo. Por tanto, en el caso de que el cuerpo se destruya sólo podríamos llamar a la mano “mano” de forma equívoca u homónima. Homónimas son dos cosas de naturaleza totalmente distinta tienen el mismo nombre: en el caso del cuerpo, una mano muerta y una mano viva. Del mismo modo un hombre que viva fuera del Estado tampoco puede ser llamado hombre a no ser de forma equívoca. Tal hombre será más bien una bestia o un dios.

Bibliografía

F. Copleston: Historia de la Filosofía I. Grecia y Roma. Cap. XXXII.

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