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Agirre, Fresneda, Iturrioz, Jimenez, Ziga: Vírgenes catódicas | Putas recalcitrantes (2015)

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Katixa Agirre, Iratxe Fresneda, Josebe Iturrioz, Irati Jimenez, Itziar Ziga: Vírgenes catódicas | Putas recalcitrantes. Lolo Rico (pr.) Nafarroa: Editorial Txalaparta, 2015.

Vírgenes catódicas | Putas recalcitrantes es una antología de ensayos breves que giran en torno a la representación de la feminidad en las series de televisión desde los ochenta hasta hoy.

Lolo Rico, a quien l@s de mi edad agradecemos tanto La bola de cristal, explica en el prólogo el panorama desolador de las relaciones entre mujer y televisión: asesinatos y violaciones a mansalva, cuerpos-florero carentes de entendimiento, y hombres dominantes o directamente “chulos de puta”. Por fortuna, también hay excepciones y de ellas se ocupan las autoras en las páginas que siguen.

El primer capítulo es un texto desenfadado y ameno, “¿A qué juegan las chicas que juegan a ser chicas de la tele?”. La escritora y periodista vasca, Irati Jimenez,  recuerda con algo de indignación y mucha ironía los estereotipos femeninos que pululaban por las series de televisión en los ochenta: McGyver, El Equipo A o Mike Hammer. A la hora de jugar en la calle, ser chica era un aburrimiento: gritar de miedo y esperar a que te salvaran.

Fue David Lynch quien demostró, tras la emisión de Twin Peaks a principios de los noventa, que la televisión podía ser otra cosa bien distinta y colocarse al mismo nivel que el cine. Desgraciadamente, las exigencias del director chocaron con un medio que aún estaba en proceso de transformación y la serie sólo duró una temporada.

Sin embargo, a partir de entonces, la calidad de la ficción televisiva experimentó un aumento significativo y en la pequeña pantalla hemos podido ver clásicos como Breaking Bad (Gilligan, 2008-2012) o The Wire (Simon, 2002-2008).

En cualquier caso, la serie que obsesionó a Jimenez fue Expediente X (Carter, 1993-2002), una en la que por fin había “una protagonista a la que hubiera querido jugar de niña” pero que, por otro lado, le arruinó su vida durante años haciéndole creer que “lo más romántico que podía hacer un hombre por una mujer era no acostarse con ella.” En realidad, la auténtica aberración que Mulder y Scully deberían haber perseguido no eran los crímenes de alienígenas y mutantes sino las razones por las que los guionistas les impidieron mantener relaciones sexuales durante las nueve temporadas que duró la serie.

La respuesta más obvia está en el declive de Luz de Luna (Gordon Caron, 1985-1989) tras el coito largamente esperado de sus protagonistas, Bruce Willis y Cybill Shepherd. La lección que extrajo la industria televisiva de esta deriva fue que el éxito de una serie dependía del tiempo que pudiera alargarse la Tensión Sexual  No Resuelta (Unresolved Sexual Tension). Pero en el caso de Expediente X esta obsesión llegó a extremos delirantes como el embarazo virginal de Scully.

En la cultura patriarcal y misógina que vivimos se divide a las mujeres en putas o vírgenes. Las primeras follan con cualquiera y no merecen respeto alguno y las segundas se mantienen puras hasta que son rescatadas por el amor romántico y verdadero. Expendiente X, a pesar de presentar un personaje femenino fuerte e independiente, refuerza ese prejuicio tan castrante. Así que Jimenez concluye:

A MÍ ME PREOCUPA

Que mis amigas, mis hijas, mis hermanas, mis compañeras, mi madre, mis desconocidas jueguen a ser Dana Scully. Que esperen a que un hombre se enamore de ellas para follar. Que esperen a un hombre para follar. Que esperen a enamorarse para follar. Que crean que follar es algo que no es de ellas, sino para alguien, para ese «alguien especial» al que deben esperar. Que crean que ocurre al final de la película. Que lo carguen con una mochila de expectativas. Que lo mitifiquen y, peor, que lo mistifiquen. Que lo arranquen de sus vidas hasta que llegue el momento adecuado. Que se apliquen para follar reglas diametralmente distintas de las que consideran adecuadas para los hombres.

Josebe Iturrioz es filósofa y dedica su ensayo “Buffy cazavampiros: lesbianas, feministas y brujas” a la conocida serie del director Joss Whedon, actualmente a cargo de la saga de Los vengadores.

Las ideas feministas le fueron inculcadas a Whedon por su madre activista Lee Stearns y están presentes, además de en Buffy, en el arquetipo de la “prostituta sagrada” de Firefly (2002).

Según Iturrioz, puede leerse Buffy cazavampiros (Whedon, 1997-2003) desde una óptica feminista pero también transfeminista. El transfeminismo, o feminismo queer, es una variante del feminismo que tiene como referentes intelectuales a Judith Butler o Beatriz Preciado. El “feminismo clásico” tiene su origen en El segundo sexo (1945) de Simone de Beauvoir y se fundamenta en la distinción sexo/género. La dominación masculina no tiene un fundamento sexual o biológico sino de género. Es decir, la supuesta superioridad del hombre sobre la mujer es  un constructo sociocultural con el que se marca a fuego a niños y niñas de tal modo que, con el paso del tiempo, no son capaces de distinguir lo meramente aprendido de lo heredado genéticamente. Esta teoría ha sido esencial para relativizar muchos de los dogmas de la cultura patriarcal. Sin embargo, el “feminismo clásico” asume que existen sólo dos sexos con características muy diferenciadas sancionadas por la Biología. Para el feminismo queer, heredero de la Postmodernidad, no existen esencias intocables, ni siquiera las impuestas por la ciencia. Hay muchos cuerpos que escapan a la división macho-hembra: “el sexo es tan construido como el propio género”. Existen el “marimacho”,  el “marica”, la “bollera”, el “transexual”… Son híbridos que no encajan en la rígida clasificación dicotómica del feminismo.

Buffy es un buen ejemplo de cómo “los cuerpos pueden desprogramar lo que se les ha dicho que es su naturaleza.” La actriz protagonista, a pesar de su aspecto de cheerleader, es una guerrera mutante y empoderada que pasa del “amor romántico” y se apoya en una lesbiana que, además, es bruja.

La activista y autora de Devenir perra, Itziar Ziga, lleva a cabo en “Excepto Samantha Jones… mi eterno extrañamiento televisivo” una apología enamorada del personaje interpretado por Kim Cattrall  en Sexo en Nueva York (Darren Star, 1998-2004). La sexualidad explícita de Samantha Jones y la camaradería femenina salvan una serie que, por otro lado, cae en los peores vicios del amor romántico, el capitalismo desenfrenado y tiene un cierto toque racista. En cualquier caso, lo esencial es que:

Samantha Jones aparecerá follando en 49 escenas. Y cuando digo follando, me refiero a todo esto:

  • 9 coitos misioneros
  • 10 coitos practicando buena parte del Kamasutra
  • 1 coito horizontal, él detrás
  • 6 coitos, ella arriba
  • 2 coitos sentados, frente a frente
  • 1 coito, ella con las piernas sobre los hombros de él
  • 3 coitos de pie, frente a frente
  • 1 coito de pie, él detrás
  • 1 coito a cuatro patas
  • 1 coito sobre un columpio
  • 2 veces le comerán el coño a ella
  • 1 vez Samantha le come el coño a otra mujer que se corre en su cara
  • 6 mamadas, ¡la única de las cuatro que practica felaciones!
  • 1 él le estimula el clítoris guiado por las instrucciones de Samantha
  • 3 veces ella se masturba
  • 1 trío con dos gays

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Katixa Agirre, en “Una noche en la oficina, confesiones de dos almas postfeministas en Mad Men“, lleva a cabo un análisis del postfeminismo a partir de la conocida serie de televisión Mad Men (Weiner, 2007-2015). En principio, se denominó postfeminismo a la reacción conservadora que tuvo lugar en los años ochenta. Esta ponía de relieve los perjuicios que el feminismo de los sesenta había traído a la mujer como, por ejemplo, el abandono de la maternidad por el éxito profesional. Aunque las feministas rechazaron este resurgir de viejos prejuicios patriarcales, el término postfeminismo permaneció para designar una realidad nueva. El feminismo se había integrado en la cultura popular, se había adaptado al individualismo de la sociedad de consumo y se había despolitizado. Las chicas de Sexo en Nueva York representan bien esta nueva tendencia: éxito profesional y económico pero ningún activismo político. Mad Men es otra serie que ilustra bien el postfeminismo. Contemplamos la misoginia recalcitrante de sus historias con aire de superioridad. Hemos avanzado tanto en ese tipo de cuestiones que tenemos suficiente margen para disfrutar de la traumática época en que transcurre.

El postfeminismo se opone al feminismo queer pues reivindica la vuelta del “hombre masculino” y la “mujer femenina”. Esta mentalidad ha penetrado ampliamente en la sociedad como lo demuestran ciertos best-sellers recientes o el auge del neurosexismo. Ser una mujer, dentro del postfeminismo, es devenir sexy, usar el cuerpo como fuente de poder.

En “Chicas, pistolas y linternas, Sarah y Saga, detectives heladas” Iratxe Fresneda homenajea a las protagonistas de Forbrydelsen (Dinamarca, Søren Sveistrup, 2011) y Bron/Broen (Dinamarca-Suecia, Hans Rosenfeldt, 2011). La cadena estadounidense AMC adaptó la primera bajo el título The Killing, con mi idolatrada y asexuada Mireille Enos en el papel de Sarah Linden.

Imitando al clásico arquetipo policial masculino, Sarah y Saga son magníficas detectives con una vida personal desastrosa. Da la impresión que una absoluta dedicación al trabajo es el precio de su libertad. Un precio demasiado alto para Fresneda.

Veo muy infelices a Sarah y a Saga, viven única y exclusivamente para su trabajo, no tienen amigas, no comen, no se divierten, no disfrutan del sexo, de esta existencia que es única y que se nos escapa en un abrir y cerrar de ojos. La vida es demasiado deliciosa para dejarla pasar. Creo que las chicas necesitamos «divertirnos» en el mejor sentido de la palabra, más allá de estar demostrando constantemente que podemos ser tan buenas o mejores profesionales que cada uno de los hombres que nos rodean. No somos inmortales y tenemos que dejar de parecerlo.

Sarah y Saga me enternecen y me veo junto a ellas en el espejo y me pregunto qué demonios estamos haciendo mal para perdernos nuestra vida al margen de ser única y exclusivamente fuerzas de trabajo en constante demostración de nuestra valía.

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Una lectura muy recomendable para conocer las diversas corrientes del feminismo actual y su penetración en la cultura popular y el universo televisivo. No es sólo un excelente ejemplo de divulgación de ideas filosóficas sino también un afilado instrumento de autoanálisis. La combinación de platonismo e idealismo en el amor romántico es probablemente la variante más sutil y perversa del virus machista pues es igualmente eficaz en hombres y mujeres. Llegad@s a determinada edad, resulta relativamente fácil reconocer el daño causado por un sistema de creencias orientado a la negación y la sumisión, pero también muy complicado desaprender, deconstruir, demoler ciertos prejuicios. De todos modos, confiemos en la equivalencia de conocimiento y libertad de la que hablaba Spinoza :).

A pesar de la dificultad que implica hacer públicos en clase temas tan sensibles como los que trata el libro, me alegra haber descubierto que la generación nacida en el siglo XXI tiene ya mucho camino andado en ese postfeminismo sexy y consumista que vendía Sexo en Nueva York. Sin embargo, me preocupa que el vínculo clásico entre feminismo y activismo político haya sido totalmente neutralizado por el capital. Además, el feminismo queer, que podría tomar el relevo, está demasiado ligado al pensamiento postmoderno, que se ha vuelto obsoleto en muy poco tiempo y cuya especialidad no fue en ningún momento la movilización política.

Sea como sea, enhorabuena a las autoras y la editorial por un texto tan vital y explosivo.

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Gracias a Píkara por la recomendación.

6 replies »

  1. Hola Eugenio, enhorabuena por el blog.

    Podrías explicar el último párrafo sobre el feminismo queer y el postmodernismo?

    Gracias

  2. Me sorprende el entusiasmo por Sexo en Nueva York, que debe ser la serie más cancerígena producida nunca en USA junto con el show de Bill Cosby, Cops y todos esos reality shows. En particular el caso de Samantha, que es el más significativo de todos. Bueno, el de Charlotte es casi igual de desagradable. Samantha es el equivalente del metrosexual hedonista de todas las películas machistas, por que aparte de que Sex and the City es una serie profundísimamente machista, en versión femenina: la mejor cosa que puede hacer una mujer, es ser un hombre. Y no un hombre particularmente inteligente o interesante, sino el borrego del capitalismo: quiero follar y vivir bien; luego necesito algo de dinero, luego un trabajo con el que comprar cosas, de esa forma podre follar y ser feliz. El fenómeno de reducir la vida al sexo, el sexo como panacea vital que te soluciona todo: folla y serás feliz, folla y mañana tendrás una sonrisita en la cara, no seas una malfollada y sonríe de vez en cuando.

    Esto cobra relevancia por que ayer vi la película de Amy Schumer y madre mía, qué tostón de tópicos y obviedades, ésta vez en su versión adolescente: la mujer liberada es un adolescente de 30 años que fuma hierba, tiene un problema con el alcohol y está marcada por que un día su padre le puso los cuernos a su madre.

    Una serie feminista de verdad, inteligente y bien hecha: The Fall.

    • Hola Matías, creo que hay que evaluar las cosas en su contexto. Itziar Ziga no se queda corta en su análisis de las sombras de Sexo en Nueva York pero le encuentra el lado subversivo. No se trata de que la serie tenga un carácter normativo sino de que hace visibles deseos que hasta entonces no aparecían en la pequeña pantalla y eso tiene su importancia.

      He borrado una de las frases de tu comentario porque me pareció una generalización algo ofensiva.

      Agradezco mucho la recomendación de The Fall.

      Saludos.
      Eugenio.

  3. Hola Eugenio.

    A mí también me parece ofensiva, y por eso mismo sex and the city me parece una serie muy pero que muy ofensiva.

    Saludos

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