Arte

Fernando Castro Flórez: Mierda y catástrofe (2014)

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Fernando Castro Flórez: Mierda y catástrofe. Síndromes culturales del arte contemporáneo. Madrid: Fórcola, 2014.

El punto de partida de Castro Flórez recuerda mucho al esquema básico de la Teoría Crítica. Se espera del arte la potencia para abrir una brecha en los automatismos de la vida cotidiana. Al arte le corresponde hacer posible una mirada nueva y transformadora. Sin embargo, en la era de los mass media este propósito es a un tiempo “imprescindible” pero también”desesperado”.  A la ideología dominante no le faltan mecanismos para neutralizar cualquier revelación que traspase la dimensión de lo banal: el Museo, la publicidad, el catálogo, el libro de texto, el merchandising

En el primer capítulo, “Catástrofes a domicilio”, el autor pone de manifiesto la convergencia de la “alta” y la “baja” cultura en la obsesión fóbica por el apocalipsis. Es en ambas un trastorno fóbico porque se construye un objeto fetiche que enmascara la angustia generalizada, el terror injustificado en el que habitamos todos como si fuese una radiación de fondo.

El blockbuster de la temporada encargado de explotar económicamente esta condición fue el relativamente digno remake de Mad Max.

Bienales y Museos están más que familiarizados con la transformación de la catástrofe en algo bello. Dos ejemplos emblemáticos son La habitación destrozada (Jeff Wall, 1978) y Unknown Quantity, la muestra organizada en 2002 por Paul Virilio que culmina con la “celebración estética” del hundimiento del World Trade Center.

Es natural que la sublimación estética de la tragedia provoque un giro hacia la frivolidad cínica en cualquier tipo de manifestación cultural. Así, Maurizio Cattelan imaginaba en La nona ora (1999) que un meteorito impactaba contra el papa Wojtyla, el tipo de imagen que luego ha reciclado hasta la saciedad la serie de animación South Park.

Maurizio Cattelan: La nona ora (1999)

Maurizio Cattelan: La nona ora (1999)

Al cinismo le corresponde el recurso a la escatología, desde el urinario de Duchamp a la mierda de Piero Manzoni o Paul McCarthy. Esta corriente cínica, a pesar de sobrepasar continuamente las dosis de “literalidad” u “obscenidad”, gira furiosamente en el vacío hasta terminar anulando la capacidad de sorpresa del espectador.

No hace falta añadir que puede observarse la misma deriva en fenómenos de la cultura de masas como, por ejemplo, la inesperada fijación escatológica de la comedia romántica made in Hollywood, desde There’s something about Mary (Farrelly Brothers, 1998) hasta Ted 2 (Seth MacFarlane, 2015)

En medio de este panorama es natural el éxito comercial de la crítica política al estilo Michael Moore o el modo en que el aburrimiento de nuestra mirada pornográfica se apodera de imágenes terribles.

En la misma medida en que aumenta nuestra admiración estética por la catástrofe también lo hacen el tedio y la frivolidad.

“No salimos del pasmo ni de la estupidez, y lo peor es que sabemos que vamos rumbo a peor.” (p. 43)

El segundo capítulo, “Pensamientos inconexos sobre el dispositivo -Gestell- técnico”, desarrolla las tesis de Heidegger acerca de la función del arte en la era de la técnica. Justo en el momento del máximo peligro, de la manipulación total de la Naturaleza y del ser humano, existe en el arte la posibilidad de conducirnos hacia “lo que salva“. Sin embargo, parece que el arte contemporáneo sigue estancado en la paradoja duchampiana de que es arte todo objeto que se exponga en un museo ya sean las cajas de Brillo de Warhol, los neones minimalistas de Kosuth o la institucionalización de la transgresión escatológica ya vista.

Joseph Kosuth: Wittgenstein

Joseph Kosuth: Wittgenstein

A pesar de todo, Castro Flórez insiste sin motivo aparente en que, “mientras se multiplican las exposiciones temporales y los museos sufren la implosión del efecto Beaubourg, algunos artistas intentan generar otra clase de espacios, intensivos, procesuales, irreductibles, indisciplinados.” (p. 71)

El tercer capítulo está dedicado al análisis de la cultura dentro de la sociedad de la información. En este caso el autor se reafirma en el mismo punto de vista que ya había expuesto en Contra el bienalismo. El universo virtual de Internet no es una ventana al mundo y a los otros sino más bien la realización material de un solipsismo extremo, la bunkerización total. Si a esto se le añade la narcolepsia inducida por el cine y la estúpida fascinación por los videojuegos cabe una lectura política según la cual la proliferación de superhéroes y efectos especiales estaría destinada a domesticar a los ciudadanos para que se abstengan de resistirse al abuso de los poderes económicos o la corrupción política.

El cuarto capítulo, “El arte de perderse en un bosque”, incurre en el mismo defecto que el autor suele criticar cuando analiza la deriva del arte contemporáneo: la obra de arte ya no vale por sí misma sino que ha de ser explicada en términos cuanto más ininteligibles mejor, la insoportable tiranía de los comisarios. Las divagaciones heideggerianas sobre el arte povera de Penone o el land-art de Smithson Nash no son más que una excrecencia pseudo-filosófica que entierra el poder transgresor de la obra en lugar de ponerlo al descubierto. Para colmo, implican una triste y patética reivindicación nostálgica de la Naturaleza en tiempos de Google Maps. No existe ya la Naturaleza sino en la forma de nudos de coordenadas cartesianas. La nostalgia es un afecto traidor: nos aleja de “lo que salva”.

El libro finaliza con un quinto capítulo en el que se insiste en el deber del artista: perseverar en el diagnóstico de los males de la sociedad actual aunque eso signifique irremediablemente el trato directo con la inmundicia.

Si comparamos Mierda y catástrofe con su libro anterior, Contra el bienalismo, salta a la vista que ha copiado y pegado de uno a otro alrededor de unas veinte páginas. Si a eso le sumamos las 672 notas del final y el persistente reciclaje de Heidegger quedan pocas ideas novedosas. De todos modos, se agradece de nuevo la divulgación de las diversas corrientes del arte contemporáneo y sus implicaciones filosóficas.

El estilo de pensar del autor me recuerda al action painting de Pollock. Es action thinking: llenar el lienzo, llenar la página, sin principio ni final, ni premisas ni conclusiones, sólo salpicaduras de datos, citas y ocurrencias.

9 replies »

    • Hola Hesperetusa, te agradecería mucho si pudieses hacer alguna recomendación bibliográfica sobre arte contemporáneo. Me fío mucho de tu criterio y es un tema al que estoy dedicándole bastante tiempo pero ando un poco perdido, como todos los filósofos.

      Siempre se saca algo de los libros de Castro Flórez, a pesar de las erratas y de que se repita mucho. Pero a lo mejor es una página de cada veinte. A mí me compensa.

      Saludos.

      Eugenio.

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      • Hace tiempo que no pasaba por tu blog (no me llegan las notificaciones por entrada, voy a ver si lo arreglo) y estoy explorando algunas entradas, ahora mismo la que haces la reseña de “Contra el bienalismo” el libro me parece mucho más interesante que éste y voy a ver como está de precio.

        Tengo que hacer un trabajo bastente curioso sobre arte contemporáneo para la UNED, así que miraré en la bibliografia que tengo y te recomiendo algo, pero es posible, por lo que estoy viendo en tu blog que lo tengas también. El problema es que voy muy agobiada con el trabajo del instituto (desde que subieron las horas lectivas y el número de alumnos mi trabajo es el doble) de ahí que tenga mi blog en barbecho.

        Creo que el gran problema del arte contemporáneo como lo describe tambien Castro Flórez es que forma parte de un establishment muy difícil de desmontar. La tiranía de curadores y críticos, y profesores universitarios que mantienen su chiringuito de publicaciones con él, es inmensa.

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    • Hola Marco,

      a Duchamp (del que por cierto hay una extensa e interesante biografía en anagrama bolsillo) le envidio la pereza y con él comparto la afición al ajedrez.

      Pero, dejando a un lado al personaje histórico, supongo que me preguntas qué pienso de lo que Duchamp representa. El urinario de Duchamp, “Fuente”, marca el momento en el que todo puede ser arte y por tanto ya nada lo es. Momento que aprovecha el capital para consolidarse como criterio único y hegemómico en cuestiones de arte. La estética desaparece y todo queda en manos del mercado.

      Fue Duchampo, quien, a modo de oráculo en tragedia griega, predijo la muerte del arte.

      Ese cadáver del arte que heredamos de Duchamp ha ido descomponiéndose a lo largo del siglo XX y continúa haciéndolo hoy. Y lo más interesante de todo: de su descomposición todavía podemos aprender cosas. Aunque la belleza haya sido raptada por la publicidad y los místicos lleven un smartphone en el bolsillo, en el gigantesco estercolero en que se ha convertido el arte contemporáneo sigue habiendo ramalazos de luz, visiones del futuro. Los últimos estertores de lo viejo y el anuncio de algo nuevo.

      Y he pensado en Giger:

      Un abrazo.

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      • ¿Si crees que el arte murió con Duchamp?
        Yo creo que le dio un vuelco y gracias a eso abrió el paronama del arte, le dio vida más allá de la
        estética que ya estaba establecida.

        Saludos.

        Alguna sugerencia para empezar a leer a Theodor Adorno, gracias de antemano.

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        • Hola Marco,

          no me he explicado bien. Duchamp está en el origen de la muerte de la estética, es decir, de la posibilidad de poder medir el valor artístico de una obra fuera de su valor económico. De esto se hacen eco Baudrillard, Virilio y tantos otros.

          Me parece una idea razonable aunque en mi vida cotidiana me asomo a Tumblr y a los Museos siempre que puedo y el arte camina conmigo.

          Adorno es un pensador que a veces parece que escribe para sí mismo. Me gustó mucho Mínima moralia y poco más.

          Saludos.

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  1. Este tipo de libros pareciera repetir el mismo tipo de críticas a mi parecer injustas en contra del arte postmoderno. Como todo en la vida, hay obras de arte ridículas (por ejemplo, no me gusta la obra de Jeff Koons o de Damien Hirst), pero estas van de la mano con obras muy interesantes que vale la pena analizar y no descartar simplemente porque no corresponden a lo que esperamos que deba ser el arte. Como siempre digo, el arte es un invento por lo que todo cabe en este. Esto no quiere decir que todo lo que se haga valga la pena, pero esa es otra discusión. Hay muchos libros muy interesantes que dan una visión inteligente del mundo actual del arte, entre esos “Art since 1960” de Michael Archer. Si no lo has leído, te lo recomiendo. No creo que sea justo empaquetar todo el arte actual, así sea conceptual, en una sola bolsa. Así como sucede en otras áreas del conocimiento, hay artistas bueno, mediocres y malos, pero no todos pueden ser juzgados igual. Y por cierto, a mi me fascina Duchamp, debo decirlo.

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    • Hola Juan Pablo, comparto tu opinión y voy un poco más allá. Incluso quienes reduce a la nada el arte contemporáneo saben que es un fenónmeno visionario, punta de lanza del modo de ser de nuestro tiempo. Con todos sus defectos y virtudes.

      Gracias por la recomendación de Archer.

      Saludos cordiales.

      Eugenio.

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