Arte

Fernando Castro Flórez: Contra el bienalismo (2012)

Fernando Castro Flórez: Contra el bienalismoFernando Castro Flórez: Contra el bienalismo. Madrid: Akal, 2012.

Fernando Castro Flórez (Plasencia, 1964) es profesor de Estética y teoría del arte en la Universidad Autónoma de Madrid. Escribe regularmente en los suplementos culturales de la prensa nacional y colabora con instituciones como ARCO, el Museo Reina Sofía, CENDEAC o CAAM. Entre sus publicaciones recientes cabe mencionar Mierda y catástrofe. Síndromes culturales sobre el arte contemporáneo (Madrid, Fórcola, 2014).

Aunque Contra el bienalismo es un libro algo caótico y mal impreso (demasiadas erratas) merece la pena leerlo detenidamente, aprovechar el caudal de información que ofrece y repensar las paradojas y contradicciones que están en el origen del arte contemporáneo. El mérito fundamental de Fernández Flórez reside en su capacidad para combinar las teorías filosóficas de Baudrillard o Žižek con las producciones artísticas más controvertidas de los últimos años.

El primer capítulo, “El imperio de la obscenidad estética“, da un repaso a las principales características del arte en la era del bienalismo. Es un arte postmoderno que se sitúa al final de la historia, un arte donde no es posible ya lo “nuevo”, el “acontecimiento” o la “presencia real”, sino solamente la “cita”, lo “ya visto” o el “simulacro”. Tiende necesariamente, por tanto, al exceso, a la espectacularización y al simple impacto mediático. Esto puede observarse, por ejemplo, en esa manía perversa y exitosa de mezclar la infancia y el gore, que el autor llama “peluchismo“.

Otra senda que ha tomado la deriva del arte hacia la falta de autenticidad reside en la naturalidad con que la violencia se ha integrado en el Museo. Por ello, cuando un artista como Danny Tisdale intenta hacer pasar un fotomontaje del vídeo de la paliza mortal a Rodney King como ejemplo de arte con carga política no está nada claro que consiga su objetivo.

La omnipresencia de las cámaras, el imperio del Gran Hermano, hace unos años podía ser percibida como una suerte de violencia generalizada o de cadenas invisibles. La naturaleza compulsivamente masturbatoria del individuo postmoderno ha convertido la implementación del panóptico en una realidad festiva. Toda performance enfocada a cuestionar el escrutinio permanente a que están sometidos los espectadores parece transformarse con el tiempo en un ejercicio inútil o ridículo. Resulta imposible discernir si estas muestras de arte contemporáneo son un ejercicio de cinismo, crítica o afán de notoriedad.

Sea como sea, según Fernández Flórez, existe un objetivo perentorio para el arte de nuestros días. Se trata de construir situaciones que fuercen a los espectadores a abandonar la burbuja individualista en que viven encerrados. Así,  Pipilotti Rist y Ana Laura Alaez simulan ambientes de corte discotequero y Rirkrit Tiravanija y Domingo Sánchez Blanco construyen espacios en los que se alimenta al público. Sinceramente y, a diferencia del autor, no veo cómo este tipo de actuaciones puedan pasar del simple desconcierto para el no iniciado a consolidarse como rituales de dimensiones políticas (ni siquiera en el caso de Tiravanija). Ni la filosofía ni el arte han sido capaces de explicar por qué a la gente le gustan tanto sus cadenas: esos misteriosos prisioneros de la caverna platónica…

El título del segundo capítulo, “Risas enlatadas”, se refiere al fenómeno de la proliferación mundial de exposiciones periódicas que imitan la Bienal de Venecia o la Documenta de Kassel. La decadencia de éstas, unida al despropósito de las que se inauguran de la noche a la mañana en el resto del mundo, han colocado al arte contemporáneo en una situación desesperada: “no puede ir a peor“. El asunto tiene tan poca gracia como la mierda enlatada de Piero Manzoni, actualmente en las colecciones del MOMA, la Tate y el Georges Pompidou. Sin embargo, puede ser que tocar fondo sea la única forma de encontrar nuevos caminos.

Este tipo de acontecimientos artísticos se ve lastrado por la figura todopoderosa del comisario o curador, obligado a fabricar un discurso coherente fundado en una selección puramente arbitraria pues, al fin y al cabo, el evento ha de realizarse necesariamente por imperativo turístico. El resultado final oscila hacia el neodecorativismo y deja toda la carga de la interpretación en manos de un espectador sobrepasado por un maremagnum de estímulos.

El criterio del comisario de una gran bienal ha adquirido una autoridad tal que resulta complicadísimo encontrar a alguien que se atreva a decir claramente que el Emperador va desnudo. Una vez que desaparecen la novedad y las pompas de la inauguración puede contemplarse la obra en lo que es verdaderamente. Así, la capilla Barceló de la Catedral de Palma queda en un “bodrio estricto”, la ampliación del Prado de Moneo en un “cóctel de cursilería” como el que ya había practicado en la renovación de la Estación de Atocha y el Guggenheim de Gehry en Bilbao el escenario ideal para diseminar a nivel mundial la disneyficación americana del arte.

Semejante delirio duchampiano ha dado lugar al triunfo hegemónico del freakismo escatológico en el arte contemporáneo: los condones usados y las bragas sucias de la cama de Tracey Emin, ganadora del premio Turner. Este premio no ha hecho sino rebajar el arte a la pura nada. Piénsese, por ejemplo, en la habitación vacía de Martín Creed o la nadería ornamental de Tomma Abts.

Pero la escalada en la provocación repugnante no ha hecho sino empezar. Ahí está, por ejemplo, la cabeza cubierta de mierda de David Nebreda o las polémicas performances de Santiago Sierra en las que unos individuos reciben un salario a cambio de dejarse tatuar una línea en la espalda o masturbarse ante la cámara. También pertenecen a Santiago Sierra las ideas de llenar una sinagoga alemana de gases irrespirables o importar para la galería Lisson de Londres pequeños bloques de mierda de paria de la India.

Línea de 250 cm tatuada sobre 6 personas remuneradas

Santiago Sierra: Línea de 250 cm tatuada sobre 6 personas remuneradas

Sencillamente delictiva fue la performance del costarricense Guillermo Vargas en la que dejó morir a un perro callejero en la galería de arte Códice en Nicaragua. Para legitimar el despropósito el autor argumenta que el público se compadece del perro pero no de otras atrocidades que sufren seres humanos cada día. Estos son los ingredientes de la retórica bienalista típica: sociología barata más algo escabroso para hacer pasar la performance por algo radical.

En la misma línea se sitúa el trabajo de Gregor Schneider a quien, por lo que se ve, le gusta ir dejando cadáveres en los pasillos de las galerías de arte. Galardonado en la Bienal de Venecia de 2001 proyecta exponer la agonía de un hombre justificándolo como puedes imaginar: la civilización actual vive de espaldas a la muerte. El problema de este tipo de legitimación es que resulta imposible distinguir ya un honesto propósito ético de la búsqueda del mero impacto mediático.

En un tono más serio, podría añadirse que la performer Pippa Bacca, sobrina de Piero Manzoni, fue asesinada en Turquía en 2008 cuando llevaba a cabo una de sus actuaciones: intentaba atravesar el país otomano vestida de novia y haciendo autoestop.

20080407 - ROMA - CLJ - MILANESE SPARITA IN TURCHIA:DA AUTOSTOP A TRAGICA MORTE. Un'immagine di archivio della giovane artista italiana Pippa Bacca trovata morta in Turchia. ''Siamo sconvolti e senza parole. Abbiamo avuto le prime informazioni dalla tv e da internet''. Cosi' Rosalia Pasqualino sotto choc ha commentato a caldo, a Milan, la morte in Turchia della sorella Giuseppina, in quello che e' il tragico epilogo di un viaggio avventuroso e po' fuori della norma. ANSA / DC

Pippa Bacca

Fernández Flórez considera que las tecnologías de la información no abren tampoco nuevas vías al arte contemporáneo. Es más, son especialmente susceptibles de caer en el “radicalismo subvencionado“. Así, por ejemplo, el proyecto BorderXing, una guía online para cruzar ilegalmente las fronteras de Europa. Las críticas a lo virtual, tomadas de Román Gubern, Pierre Lévy o Tomás Maldonado, son las habituales en el ambiente apocalíptico: el usuario de la red está desconectado de la realidad y está más cerca de la apatía masturbatoria que de la revuelta social. En mi opinión, este pesimismo respecto a lo virtual es demasiado precipitado.

El tercer capítulo de Contra el bienalismo es una diatriba contra la actual obsesión por archivarlo todo. Se trata de una patología historiográfica que se caracteriza por la necesidad compulsiva de almacenar hasta el dato más nimio para luego no recordar nada. El performer  Tehching Hsieh es conocido por haberse encerrado durante un año en una celda de un segundo piso en Nueva York, haber fichado cada hora durante otro año en su estudio y haber vivido  otro año más atado a Linda Montano.  Cuando todos estos elementos se documentan, se archivan y se realiza una exhaustiva retrospectiva museística sin que tenga lugar ningún tipo de performance estamos asistiendo a una idiotez total.

En el cuarto capítulo, “¿Qué hacer en el abismo salvo charlar?”, el autor vuelve sobre las contradicciones que paralizan al arte moderno. Por un lado, se encumbran las naderías neodecorativas de artistas como Takashi Murakami, Yoshitomo Nara o Chiho Aoshima.

Por otro lado, se celebra la automutilación de performers como Regina José Galindo cuya obra posee un fuerte mensaje de protesta contra la violencia hacia las mujeres. Ha sido la obra de Galindo la que más me ha conmovido de las citadas en el libro de Fernández Flórez. Representa al artista convertido en “cordero de Dios”, chivo expiatorio de la humanidad. Entre tanta cursilada postmoderna se agradece la vinculación romántica con lo sagrado del proyecto artístico de Regina José Galindo.

Entre ambos extremos podemos situar la producción de alguien que, a pesar de todo, sigue pintando: Jonathan Meese. Este es su manifiesto: “Art is the theater of good fear. Art is my tired baby face of love. Art is Dr. Fra Gnosisis. Art is light of speed. Art is light of power. Art is light of light. Art is the most neutral weapon of total hermetic”

Enlaces (algunos vídeos de Fernando Castro Flórez)

  • Conferencia sobre T. W. Adorno en el CAAM.
  • Intervención en El Intermedio de La Sexta.
  • Las filosofías del surrealismo para el Thyssen.
  • Acerca de Martín Chirino

4 replies »

  1. Una política interesante y representativa de éste fenómeno fue la de los gobiernos británicos la mitad de década pasada: hicieron un montón de museos para reactivar las midlands (tierra de obreros y gente inculta y encima violenta, un paraíso cultural). Luego ya había que meter cosas, y ahí empezaron los problemas. ¿Con qué las llenaron? Con performances, arte duchampiano y en general mediocridades con “relevancia social” y discursos bizantinos y postmodernos.

    Lo que pasa con el discurso bizantino es que funciona siempre con algo de glamour, de snobismo, no lo hace en un edificio modelo bloque blanco tallado en tiza en medio de las midlands. El glamour a pie de calle no existe.

    Lo mejor de todo es el concepto de museo como lugar que ha quedado éstos años. El edificio que da prestigio per se; el guguenjeim de Bilbao es el caso paradigmático, siempre da un poco de grimilla que en una ciudad tan linda como Bilbao se hable tanto de un edificio tan poco interesante por dentro y por fuera. Es el equivalente intelectual a comprar una biblioteca para mostrar.

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    • Hola Matías, siento no haberte respondido antes pero el inicio del curso ha sido complicado. Me gusta responder con cierta prontitud a los comentarios para que el “conversar” sea un poco más fluido.

      No sólo en Reino Unido hubo la fiebre del Museo de Arte Contemporáneo. También por aquí, con el boom del ladrillo, se construyeron en muchas ciudades Museos de Arte Contemporáneo a los que luego es difícil dar uso. Hace poco estuve en Badajoz y pude acercarme al Museo que tienen allí. Arquitectónicamente impecable pero muy infrautilizado. Una exposición itinerante de hiperrealismo español. Antonio López envió lo peor que tenía. Eduardo Naranjo, El sueño de las musas, tiene cierto encanto.

      El Arte, en el nivel de Bienales y Trienales, sigue siendo un signo de ostentación. Los Museos se han convertido extrañamente en reclamos turísticos. ¿Qué debe ofrecer un Museo para atraer a esas masas que transitan por los aeropuertos? Escándalo, provocación o una distinción de clase.

      Parece que Gehry y Koons son tal para cual.

      Saludos.

      Eugenio.

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