Ética

David Foster Wallace: This is Water (2005)

There are these two young fish swimming along, and they happen to meet an older fish swimming the other way, who nods at them and says, “Morning, boys, how’s the water?” And the two young fish swim on for a bit, and then eventually one of them looks over at the other and goes, “What the hell is water?”

(…)

The really important kind of freedom involves attention, and awareness, and discipline, and effort, and being able truly to care about other people and to sacrifice for them, over and over, in myriad petty little unsexy ways, every day. That is real freedom. The alternative is unconsciousness, the default-setting, the “rat race” — the constant gnawing sense of having had and lost some infinite thing.

Este es un fragmento del discurso de la ceremonia de graduación pronunciado por Foster Wallace en la Universidad de Kenyon el 21 de mayo de 2005, tres años antes de suicidarse.

La reacción más común es pensar en el contraste entre el aparente optimismo de sus palabras y su trágica muerte. La realidad, a poco que se piense con un poco de profundidad, es que la propuesta ética de Foster Wallace es una locura. Aunque no se perciba a primera vista, empatizar con el Universo en una cola del supermercado requiere de un esfuerzo auténticamente sobrehumano. Esta consideración maximalista del Otro recuerda mucho a la sorprendente teoría ética de Levinas. Para éste la empatía ha de llevarse hasta el extremo de compartir la responsabilidad y la culpa con nuestro verdugo si hace falta.

“Debo considerar que soy infinitamente responsable de todos los Otros, responsable aun por su propia responsabilidad, responsable de sus muertes (…) así como responsable por los crímenes que los malhechores perpetren. Soy incluso responsable de que me persigan. (…) Debo estar preparado para sustituir a todos los demás hasta el punto de morir por ellos. De hecho, ocupar el lugar de los otros constituye el nacimiento del sujeto. Llego a ser quien soy al ponerme en el lugar de otro.” Terry Eagleton: Los extranjeros, (pp. 405, 412)

En las palabras de Foster Wallace se intuye la desesperación que le produce el rodillo de la vida cotidiana. La forma en que describe los problemas técnicos del carro del supermercado no es casual; al contrario, es un síntoma evidente de alguien que vive al límite, al borde del abismo. Es alguien a punto de estallar, a quien no le vendría mal poner el piloto automático antes de que el sinsentido profundo de la realidad le triture los nervios.

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