Diario de lecturas

Claudia Carbonell: Movimiento y forma en Aristóteles

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Claudia Carbonell: Movimiento y forma en Aristóteles. Navarra: Eunsa, 2007.

Parafraseando a Woody Allen, este libro podría llevar de subtítulo Todo lo que siempre quiso saber acerca de Aristóteles y nunca se atrevió a preguntar. Siendo realistas, el tema de la película de Woody Allen es mucho más interesante que Aristóteles. Pero tengo que reconocer cierta perversión: los problemas relativos al ser, la identidad y la diferencia me resultan irresistiblemente atractivos.Claudia Carbonell se doctoró en Filosofía por la Universidad de Navarra y ya se sabe que por allí siguen dándole vueltas al antagonismo entre fe y razón, a las encíclicas papales y a las poluciones mentales de Ratzinger. De todas formas, el libro de la profesora Carbonell es una aproximación seria a las cuestiones metafísicas centrales de la filosofía de Aristóteles. A pesar de ser un texto viciado por el academicismo de las tesis doctorales (acumulación de interpretaciones, notas a pie de página, argumentos y contraargumentos…) la autora no pierde nunca de vista los problemas fundamentales e intenta siempre plantearlos con la mayor claridad posible.A continuación voy a intentar exponer del modo más sencillo que pueda la argumentación aristotélica en torno al clásico problema del movimiento. Antes de comenzar es necesario situar a Aristóteles en su contexto filosófico para que su pensamiento tenga algo de sentido.

Desde los inicios de la filosofía el movimiento fue un problema central. Heráclito y Parménides aportaron dos soluciones extremas. Para el primero, la única realidad es el cambio permanente lo que supone, como consecuencia, la negación de la identidad. El mundo, tal como Heráclito lo describe, recuerda al país de las maravillas de Lewis Carroll, caótico e inaprensible. Pero, no sé si por fortuna o por desgracia, vivimos a este otro lado del espejo y aquí las ideas de Heráclito son de difícil aplicación. Para el segundo, Parménides, el movimiento es una ilusión de los sentidos, un error vulgar del que sólo esa diosa a la que conoce tras un movido viaje en un carro volador puede rescatarnos. Según el iluminado Parménides sólo existe verdaderamente el ser, siempre idéntico a sí mismo, una esfera compacta y eterna como la que tan bien pintó Magritte en La flecha de Zenón.

En medio de estas alocadas propuestas, Aristóteles llega para poner orden y les dice a ambos: “Escucha Parménides, déjate de carros voladores y mira el mundo que te rodea, el cambio existe, el movimiento es real. Y tú, Heráclito, mira cómo me baño dos veces en el mismo río y cómo, tristemente, seré siempre el mismo Aristóteles hasta que me muera.”

Así que en Categorías y Física I Aristóteles explica el movimiento afirmando que en todo cambio existe una parte que permanece y otra que cambia, la sustancia y los accidentes. Por ejemplo, el mármol del que está hecha la estatua está al principio y al final de los martillazos del escultor. Existe, por tanto, en todo cambio, un sujeto que permanece, una privación de la forma y una consecución de la forma. Parece claro que en este caso el sujeto, la sustancia, es la materia, como ya adivinaron Tales y compañía, y la estatua terminada es la forma. A la materia le corresponde el poder llegar a ser estatua, la potencia, y a la estatua, la forma conseguida, el acto. Así todo parece cuadrar, materia y forma, potencia y acto, son conceptos análogos.

Pero inmediatamente se plantea un problema muy serio. Aquello que permanece y que hemos llamado sustancia es el garante de la identidad del sujeto y este papel le va muy grande a la materia. Pensemos en un individuo que se convierte en músico. En este caso, el sujeto del cambio no es aquello de que está hecho (carne, huesos y sangre) sino algo diferente: un compuesto de materia y forma. La forma, la idea, esa herencia platónica que Aristóteles destroza. En cualquier caso, ese compuesto, ese hombre, es lo que permanece idéntico antes y después de aprender música. Por lo tanto, si queremos que la sustancia garantice la identidad tenemos que añadirle la forma a la materia. Y esto funciona con varios tipos de movimiento. Por ejemplo, el de traslación (moverse de un lugar a otro), el de aumento o disminución (engordar y adelgazar) y el de cualidad (convertirte en músico, gramático o astronauta).

Pero hay todavía un tipo de cambio sin explicar, la generación y la corrupción, el nacimiento y la muerte, a los cuales no puede negárseles una considerable relevancia. Para enfrentarse a este problema Aristóteles recurre a la physis o naturaleza que, en principio, no es más que un compuesto de materia y forma. Pero ¿qué hay en la semilla o el esperma capaz de mantenerse estable hasta la consecución del árbol o el individuo adulto? Una primera solución bastante irritante es afirmar que la generación no es verdadero movimiento pues en ella no existe algo que permanezca a través de los cambios.

Pero vamos a probar otro camino menos fácil pero más interesante. En el caso de los productos artificiales de la técnica como una escultura, lo más sencillo es decir que la materia es el soporte de los cambios. Sin embargo, en el caso de los seres vivos la materia es incapaz de garantizar identidad alguna. Supongamos que en la physis el principio que permanece estable, el sujeto del cambio, la sustancia, es la forma, tal y como Aristóteles defiende en Metafísica. Esta aparente solución presenta un problema muy grave: la forma es acto y estamos diciendo que, de alguna manera, la forma puede ser potencia, es decir, semilla o lo que sea. ¿Cómo introducir la potencia en la forma? Otro problema ¿se contradice Aristóteles respecto a lo dicho en Física y Categorías donde sólo el individuo concreto podía ser considerado sustancia, es decir, sujeto del cambio?

Si la forma es sustancia y sujeto del cambio no puede ser la forma universal de la interpretación canónica aristotélica sino que ha de ser una extraña variante: la forma particular, “cada una pertenece al individuo del cual es forma y, por tanto hay tantas formas sustancias como individuos” (p. 186) En De anima y De generatione animalium Aristóteles desarrolla esta idea. El esperma es un cuerpo que está en potencia respecto de alma. Es decir, en la materia, el esperma, está inscrita la forma, que actúa como causa final dirigiendo el desarrollo de lo que está en potencia. Y, por tanto, concluye la profesora Carbonell:

Si se acepta esta lectura, cabe entender cómo un acto puede ser también potencia sin implicar esto menoscabo alguno: el acto puede ser más sí mismo, y en ese sentido puede decirse que también es potencia. (p. 228)

Extrapolemos el lenguaje aristotélico al lenguaje actual de las ciencias de la naturaleza. Ese “acto que puede ser más sí mismo” sería el ADN. Básicamente el ADN funciona como un programa informático que antes de ejecutarse puede decirse que está en potencia y que tras ejecutarse alcanza el acto o la forma. Pero situar la identidad y, por tanto, la sustancia del hombre, en ese programa informático chapucero que el azar de la naturaleza ha tardado millones de años en crear, nos pone a las puertas de la sociobiología más reaccionaria de E. O. Wilson o R. Dawkins. En el fondo, concluyen, un ser humano no es más que la frágil cápsula que los genes han ideado para producir el mayor número posible de réplicas. No somos sujetos, somos los instrumentos accidentales de la naturaleza.

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