Diario de lecturas

Mario Levrero: La novela luminosa

Mario Levrero: La novela luminosa. Barcelona: Mondadori, 2008

La novela luminosa, la obra póstuma de Mario Levrero, es mucho más que una novela, es un tratado teológico-filosófico, es un texto místico, es el relato de un fracaso heroico, es el diario de un neurótico sin remedio, es un profundo ejercicio de reflexión sobre los escritores y el escribir, sobre la música, Internet, las drogas, el porno, la psicoterapia y, es, también, el testimonio de una risa sabia del que ha visto más de lo que la mayoría somos capaces.

Entre los meses de agosto de 2000 y agosto de 2001 el autor disfrutó de una beca Guggenheim que aprovechó para intentar completar un viejo proyecto de hacía veinte años, La novela luminosa. En ella Levrero aspiraba a poner por escrito las experiencias místicas que habían determinado su vida y su literatura. Así, el libro publicado póstumamente con el título La novela luminosa se compone de dos partes. En la primera, “El diario de la beca”, relata día a día las dificultades insalvables para recuperar el estado espiritual en que esas iluminaciones fueron posibles. En la segunda, La novela luminosa propiamente dicha, Levrero presenta, ligeramente modificado, el libro que ya había escrito en 1984.

Para situar la mística de Levrero conviene recordar a dos de sus referentes, Philip K. Dick y William S. Burroughs. En su novela VALIS, Philip K. Dick relata cómo en uno de sus muchos éxtasis anfetamínicos le fue dado saber que, en realidad, no vivía en el s. XX, ni era un afamado escritor de ciencia-ficción, sino un gnóstico cristiano del s. I, encarcelado en una realidad trampa que le ocultaba la auténtica verdad: “el Imperio nunca terminó”. De William S. Burroughs, Levrero recomienda Yonqui, pero le llama especialmente la atención un párrafo de El lugar de los caminos muertos, donde Burroughs identifica a seres fantasmales que habitan en dimensiones paralelas y a los que llama familiares. Llegados a este punto, una sonrisa compasiva le asalta a cualquiera, pero Levrero advierte:

Lo que voy a decir a continuación debe tomarse al pie de la letra; no es algo simbólico, no es una manera de decir, no es un intento de poetizar. Es un hecho, y quien no lo crea, que salga por favor de aquí, que no siga ensuciando mi texto con su resbalosa mirada —y que no intente, jamás, leer otro libro mío. (p. 463)

Al pie de la letra, por tanto, nos exige Levrero que leamos el relato de sus experiencias luminosas que abarcan realidades paralelas, fantasmas, precogniciones y telepatías diversas. El objetivo de la literatura no es, para Levrero, la imitación cultísima de los grandes maestros, la novela histórica o la brillantez de la trama argumental, sino la pregunta por el verdadero ser. La realidad, tal y como generalmente se la entiende, es, para cualquiera con un mínimo de sensibilidad, un conglomerado insoportable de ruido y fealdad. Tiene que haber algo más y Levrero cree haberlo percibido, contemplando cosas sencillas como una avispa, una hormiga o una araña, conversando con las piedras o soñando los sueños de otros. Esa dimensión extra de la realidad es el objetivo de esta novela y, en general, de la literatura de Levrero.

Es evidente el platonismo subyacente en estas ideas. El amor y la belleza que nos arrancan de este mundo y nos permiten trascenderlo, el daimon socrático que inspira la escritura, el tiempo como una imagen móvil de la eternidad, son todos temas muy presentes en La novela luminosa.

Sin embargo, las dificultades, tanto para que la escritura pueda retener algo de la verdadera naturaleza de sus experiencias místicas como para recuperar el espíritu merecedor de recibir dicha gracia, son insalvables. Por eso el “Diario de la beca” es el relato de un fracaso anunciado. Incapaz de situarse a la altura del objetivo marcado, Levrero malgasta el tiempo pagado por el Sr. Guggenheim con diversas adicciones como la computadora, el porno o el valium. Compulsiones vacías para ahuyentar lo que llama angustia difusa, que no es otra cosa que el universal miedo a la muerte.

Y estas adicciones que me perturban actualmente no son otra cosa que adicciones al estado de trance; un medio de abreviar el tiempo, de que el tiempo pase sin que yo sienta dolor. Pero así también es cómo se me va la vida, cómo mi tiempo de vida se transforma en tiempo de nada, un tiempo cero.(p. 138)

La adicción que más presencia tiene en la novela es la obsesión por la computadora e Internet. Levrero llega a compararla con la adicción a las drogas de Dick y Burroughs. Al fin y al cabo, drogas y computadora, buscan lo mismo: el tiempo cero. En cualquier caso, el sentido del humor de Levrero es insuperable en su relación con la máquina: sus problemas con el corrector ortográfico de Word incapaz de aceptar la palabra pene o el cansino e interminable Defrag de Windows 98 o el borrado involuntario de copias de seguridad esenciales o la satisfacción que nos embarga al craquear un programa. Son también interesantes sus observaciones acerca de la actual polémica del P2P que reproduzco a continuación:

Me respondo que no robo programas, sino el derecho a usarlos. El programa no es material; es información, una forma de información, como una novela mía es una forma de informaron. A mí no me molesta que alguien preste un libro escrito por mí, y ese libro prestado circule entre mucha gente; al contrario es una práctica que apruebo y trato de fomentar. Del mismo modo, no me molesta que hagan fotocopias de mis libros. Incluso estoy tentado de publicar mis libros en Internet, para que los bajen gratis. Me molesta que me robe un editor, y los editores a menudo me roban, y roban a todos los escritores, de un modo o de otro.
Conclusión: los derechos de autor, que es en definitiva lo que uno paga por usar un programa, son completamente irreales. Para que haya robo, debe alguien apropiarse indebidamente de un objeto material. O debe obtener beneficios materiales del trabajo de otro. Por ejemplo, si usted compra un libro mío, lo copia e imprime una cantidad de ejemplares para venderlos, me está robando. No me estaría robando si imprimiera una cantidad de ejemplares y los regalara.
(…)
Habría que encontrar una fórmula para que los artistas pudieran sobrevivir sin necesidad de traficar con sus derechos de autor; habría que aniquilar ese podrido sistema de editores chupasangres, al libro como objeto, a las persecuciones por fotocopiar o piratear. (…) No tengo idea de cómo podrá resolverse el problema de los artistas y autores de software (ellos también artistas, a su manera), pero la cosa seguramente no viene por el lado de los porcentajes  que se cobran por derechos de autor. (pp. 282-283)

Para terminar, un libro imprescindible, sabio y auténtico como pocos.

Categorías:Diario de lecturas, Novela

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6 replies »

  1. <>La adicción que más presencia tiene en la novela es la obsesión por la computadora e Internet. Levrero llega a compararla con la adicción a las drogas de Dick y Burroughs.<>Qué razón, tiene, sigh… esta adicción incluso nos obliga a mirar blogs a las doce de la noche.

  2. Hola Eugenio:Me parece excelente tu blog. Mi pasión también es la lectura.Ya puse tu blog en los “Vínculos interesantes” de mi blog.Para mi sería un honor que ingresases a mi blog y comentaras algunos de los libros que he publicado (los fragmentos).Saludos.<><>Bayo<><>

  3. Bienvenido jaimemarlow, a veces con el tiempo de la vida no queda otro remedio más razonable que convertirlo en tiempo cero. Es una pena pero ya se sabe que no matan las grandes tragedias sino la simple y monótona vida cotidiana.Saludos Yeral, leer a Levrero es una buena opción. Qué tal Bajo, encantado de que te guste mi blog. Pasaré por el tuyo.

  4. Ánimo Alex, es un buen libro. Pero es muy extenso. Más de 500 páginas de reflexiones, humor y vida cotidiana. Quizás, si es el primer Levrero que lees, sea mejor empezar con “Dejen todo en mis manos” (Ed. Caballo de Troya)

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