Política

La estafa del enseñar a enseñar

Miguel Brieva, Dinero 1. Esta viñeta representa para mi aquello en lo que los psicopedagogos han transformado la educación.

Miguel Brieva, Dinero.

Mi amigo Sebastián Díaz, de filosofia24horas.es, me ha enviado este artículo de Andrés de la Oliva (Catedrático de Derecho en la UCM) publicado el 8 de diciembre de 2008 en elpais.com.

Es una crítica muy sensata de la obsesión de la Administración Educativa por la jerga psicopedagógica y su olvido de lo que es realmente importante en la educación: el amor del profesorado por el conocimiento. Cada vez se menosprecia más el trabajo del docente con su materia y se da más importancia a cómo hay que hacer las guardias de pasillo. Toda esa normativa disfrazada de innovación pedagógica no es sino una gigantesca superestructura cuya única función es ayudar a maquillar los porcentajes del fracaso escolar.

La última barbaridad que han cometido las autoridades educativas de este país ha sido el proyecto de transformar el famoso e inutilísimo CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica) por un Máster de Formación del Profesorado, más caro y de más larga duración. Como bien se pregunta Andrés de la Oliva, ¿cómo puede alguien que no tiene ni idea de filosofía imponerme un modelo pedagógico para impartir mi materia? ¿cómo se atreven? ¿cómo han llegado a ocupar durante años los puestos de mando de consejerías y ministerios?

A continuación reproduzco íntegro el artículo. Si te gusta no olvides  menearlo y ponerle cinco estrellas.

La estafa del enseñar a enseñar
ANDRÉS DE LA OLIVA 08/12/2008

La publicación en EL PAÍS de un Manifiesto Contra el Nuevo Máster de Formación del Profesorado (ECI/3858/2007) ha sido respondida en estas páginas por algunos pedagogos que lo defienden. Las pretendidas evidencias con que argumentan son, sin embargo, falsas. La tesis principal es que un profesor no sólo debe conocer su materia, sino que debe también aprender a enseñarla. Esto parece muy de “sentido común”, pero es un sofisma con el que los “expertos en educación” llevan muchos años abduciendo a las autoridades ministeriales. Los futuros profesores, se dice, deben “aprender a enseñar” y los alumnos “aprender a aprender”. Para conseguirlo, existe un cuerpo de especialistas (con sus propios intereses corporativos), cuya función es “enseñar a enseñar”. Ahora bien, para ello precisamente se confió a los pedagogos el curso del CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica). Este curso jamás se ha sometido a una evaluación objetiva entre los profesores de secundaria y bachillerato. Se sabía de sobra que los profesores no sólo no avalarían su utilidad, sino que lo valorarían como una estafa o una impostura. ¿Qué solución propone el ministerio? Nada menos que sustituir el quinto año de preparación disciplinar específica por un Máster de Formación del Profesorado que no es más que un CAP más largo y más caro. Cualquier cosa menos preguntar a los profesores sobre la utilidad en las aulas de la formación pedagógica. Por lo visto, los únicos que saben lo que se necesita en las aulas son los que jamás han pisado un aula. Por lo mismo, los únicos que saben cómo se enseña matemáticas, gramática o historia, son los que no saben ni matemáticas, ni gramática, ni historia (pero son, en cambio, expertos en enseñar a enseñar cómo se aprende a aprender).
La mejor prueba de que algo que uno creía saber no lo sabe en realidad es que fracasa al enseñarlo
¿Por qué el CAP ha sido una estafa y una vergüenza todos estos años? No porque fuera muy corto, sino porque es falso que quien no sabe matemáticas pueda enseñar a enseñar matemáticas. Y todavía es más falso que haya un saber que no sea ni física, ni latín, ni geografía, y cuyo contenido sea el enseñar en general para cualquiera de esas disciplinas. Un profesor debe saber captar la atención de los alumnos enseñándoles a amar el conocimiento, y para lograrlo no hay otra garantía que su propio amor por el conocimiento. Las matemáticas, la historia o el derecho procesal son apasionantes y la obligación de un profesor es saber transmitirlo a sus alumnos. Ahora bien, su mejor arma, en realidad su única arma, es saber matemáticas, historia o derecho procesal. ¿Saber historia no significa saber enseñar historia? Cualquier docente experimentado diría que la cosa es exactamente al revés: la mejor prueba de que algo que uno creía saber no lo sabe en realidad es que fracasa al enseñarlo. Si no se sabe cómo enseñar algo es porque no se sabe suficientemente, y la consecuencia es que hay que estudiarlo más y mejor. Estudiar más física, matemáticas o latín, no pedagogía. Por supuesto que siempre habrá grandes investigadores muy sabios que no amen la enseñanza y se nieguen a ejercerla. La figura del buen investigador y mal docente no cesa de blandirse como un argumento incontestable, pero es una falacia: los investigadores que no aman la enseñanza enseñan mal, no porque no sepan, sino porque no quieren hacerlo, y ningún curso de formación del profesorado les hará cambiar de opinión. Por otro lado, licenciados que nunca han enseñado no saben enseñar, pero no porque les falte teoría pedagógica (o psicopedagógica), sino porque les falta práctica docente. El acceso a la profesión de profesor, como a la de juez o a la de médico, no debería hacerse sin haber superado un periodo de prácticas seriamente concebido, tutelado, y remunerado. Y por cierto que sólo una vez acreditada una formación no básica y generalista, sino avanzada y específica en un campo determinado de conocimiento. Es lo único que solicita el denostado Manifiesto. Eso, y que se deje de tomar el pelo a la sociedad mientras se desmonta pieza a pieza el sistema de instrucción pública.

Andrés de la Oliva es catedrático de Derecho de la Complutense de Madrid (UCM). Firman el texto otros 15 profesores de universidad o instituto, entre los que figuran Tomás Calvo, catedrático de Filosofía de la UCM; José Luis Pardo Torío, catedrático de Filosofía de la UCM; Alberto Fernández Liria, psiquiatra y profesor asociado de la Universidad de Alcalá; Juan José Fernández Parrilla, profesor de matemáticas de secundaria, y Silvia Porres Caballero, profesora de griego de secundaria.

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7 replies »

  1. Una precisión: El artículo no es del 12 de agosto, sino del 8 de diciembre. No importa demasiado, no le afecta al contenido… Porque, bueno, todo es verdad y sentido común (lo peor repartido). Para mí que la conversión del profesor (antes de Medias y en un futuro casi inmediato cuidador de inmaduros y auxiliar, bien pagado eso sí)no depende de la clase política, sino de los sostenedores de esa clase, que no son más que los votantes, cultos ciudadanos de estas Españas. Así que por ahí vamos perdidos, y los de Filosofía a escribir blogs (lo que sin ironía me parece una posibilidad extraordinaria en épocas de cochambre mental. En fin… A lo que iba: para calcular matemáticamente, con perdón, el dislate de la jerga psicopedagógica basta un sencillo procedimiento y que además uno tienda al insomnio y contar sus ovejas mentales (o sea, pensar a ver si nos dormimos). Así que si uno se pone a calcular lo que ignora de lo que debe enseñar, y multiplica el número de páginas/libros por las materias que da (cinco yo este año) me sale que debo dormir, que tengo tiempo para dormir en la otra vida (aunque ese tiempo es bastante, es verdad, porque es eterno). O sea, que está la cosa para perder el tiempo en pavadas (pedagogías y arrepentimientos varios por lo mala gente que somos los profesores, digo los docentes). No me considero mal lector, pero no me da tiempo a nada. ¿Alguien se puede creer que soltar el rollo del día es algo que va con el puesto de trabajo? ¿Que tú, como funcionario-filósofo, te das en el on y empiezas a hablar en descartesiano…? Por lo visto los pedagogos creen que sí. Ya es bastante quemarse con esta gente por las estupideces que profieren como para encima tener que argumentarse uno mismo que un profesor de filosofía, o de historia o de lengua o lo que sea, debe, y se le podría exigir, actualizar o acrecentar sus conocimientos (yo descubro que cada vez soy más ignorante y tonto: cosas de la edad y de la experiencia), pero hacerme perder el tiempo me da ganas de mandarlo todo a hacer puñetas. Y las administraciones educativas son muy sabias para esta cuestión de hcer perder el tiempo… Sin ir más lejos, y no ya tanto por lo que toca a la administración sino a esa reflexión y refracción de la sociedad que conforman los periodistas, hemos terminado aceptando todos que somos responsables de lo que los alumnos hagan en los centros. No de que aprendan, no, sino de sus comportamientos disruptivos o en ocasiones delictivos. O sea, cuidadores. No en vano los cuidadores de los centros de menores, los vigilantes, son “educadores”. A lo mejor o peor se trata de eso: de un jardían de infancia. Un saludo de un escéptico. MLL.

  2. En efecto, ya va bien lo de poner aquí los comentarios. Aparte de que me parecía un poco fuera de lugar pegar un comentario anti-pedagógico (sí, lo confieso) después de su post sobre Safranski y Sch. (Por cierto que le admiro su capacidad de trabajo.)

    En fin, tantas cosas se podrían decir sobre enseñanza y pedagogía, sobre como la escuela se convirtió en un campo de batalla político, de uno y otro signo… Y a eso le llamaron educación (término de resonancias fascistas; por lo de e-duce y porque a los movs. totalitarios no les interesaba que se instruyera ni que se ilustrara ni enseñara ni na de na. A la sociedad, quizás tampoco. Quedará la buena y exigente enseñanza republicana francesa (la de Medias) como una leyenda de tiempos heroicos, para nosotros los nostálgicos: la escuela, instrumento de movilidad social; igualadora, porque a todos daba la misma oportunidad con tal de exigirles y que se exigieran…; integradora; laica; etc. Leyendo algún libro sobre la Francia en torno a la II GM, sobre las gentes de la cultura, su relación con la política, las editoriales, etc. me quedé admirando viendo el lugar fundamental que desempeñaban en todo ello los “agregados”, y que eran un modelo no solo para sus alumnos, privilegiados alumnos, sino para la entera sociedad, a veces. Porque también podía haber malvados… pero inteligentes. Para llorar: por la estupidez que uno, que todos, tiene que aguantar; estupidez que consiste en que la sociedad ha asumiendo que los profs. de Secundaria son directamente imbéciles y gandules. Supongo que esta culta sociedad ha confundido la reflexión y el sosiego con la gandulería. Habrá quien diga que esto no es así. Pues claro que no… Habrá incompetentes, tramposos y malvados en el gremio de los profs. de Secundaria (ni eso; ahora, todos docentes, excepto en la Univ.) Pero en buena lógica el ataque a un colectivo lleva de suyo el ataque a todos y cada uno de sus miembros. Y no nos defendemos. Casi no nos defendemos.

    Me llamó fundamentalmente la atención en el artículo de A. de la Oliva, calvo et. al., la referencia a un asunto que parece incuestionado en estos debates, o sea, la pretensión de que el sedicente experto pedagógico base su saber en una supuesta técnica general al margen de los saberes particulares. Por eso yo decía en mi comment anterior lo del tiempo que lleva conocer cada uno su propia materia; como si eso fuera fácil; pero hemos aceptado que es fácil y la sociedad también, la cómoda y cliente sociedad. De ese tiempo invertido, no de una técnica mágica al uso de todos, expliquen ecuaciones o expliquen el “concepto” (como nos decía uno de estos expertos), de la lectura y la reflexión debe venir la técnica y la forma mismas, idénticas con el saber que uno ha asimilado y reflexionado o refractado o lo que sea. La pedagogía: un saber general, una mathesis cartesiana, o más todavía, en la vanguardia del progreso. Que el Señor nos ampare. Eso, la jerga, el sofisma o el insulto, les puede funcionar, pueden persuadir “intelectualmente”, a las disciplinas especializadas. Si nos convence a los filósofos es que, de hecho, definitivamente, nos hemos vuelto imbéciles y hemos dejado de leer a Platón y sus requisitorias contra la enseñanza técnica y la técnica de la enseñanza (la sofística). Ah, la sofística, de esa astucia de lenguaje han surgido algunas de las grandes cuestiones (pues Soc/Platón les responden), aparte de todas las Fac. de Derecho… De la ciencia pedagógica es de esperar que no deje más que un vago recuerdo, como un mal sueño rousseauniano, merecedor de ser puesto a la par, popperianamente, de los “saberes” infalsables: psicoanálisis, marxismos de vía estrecha y brujerías varias.

    Ps. Le recomiendo, como una muestra magnífica de lo que se avecina, este artículo de Dª Rosario Ortega (www.stecyl.es/Opinion/081204_docencia_EEMM_master.pdf), catedrática de Psicología, publicado en el panfleto Escuela. Un saludo. MLL, Almería.

  3. Hola Martín,

    La fecha de del artículo también estaba mal. Es, como dices, 8 de diciembre. Así que lo corrijo.

    Sobre lo demás, totalmente de acuerdo.

    Más quejas: LOCE y LOE se parecen en haber eliminado al profesorado en la elección de la dirección del centro, de cómo la así llamada CCP se ha convertido en el lugar donde se descifran boletines oficiales antes que un lugar de reflexión sensato, del modo sibilino en que nos han transformado en “funcionarios de prisiones”. Y mucho más que comentaré en otra ocasión.

    He echado un vistazo al artículo de Dª Rosario Ortega. Mientras quienes toman las decisiones sigan fiándose de este tipo de discurso mal vamos.

    Muchas gracias por tu comentario. Es agradable, sintonizar con alguien en el descontento.

  4. Lo peor del asunto es que la respuesta que le dio un ilustre pedagogo a la semana de la publicación del de Andres de la Oliva para nada refutó las tesis mantenidas por éste.
    http://www.elpais.com/articulo/educacion/defensa/Pedagogia/elpepuedu/20081215elpepiedu_4/Tes entren y lean lo uqe dice este Pedagogo.

    Lo que yo pienso es que si la poedagogía que se estudia en las Facultades de Idem sirviera para algo, la escuela realmente habría cambiado, pero los cambios producidos en la escuela son debidos a la integración de los cambios sociales que por vía natural (y del presupuesto de las Consejerías de Educación) hay que realizar.
    Las facultades de pedagogía sirven para mantenar a una casta que ha logrado encaramarse a esos puestos.
    En ellas se habla de la educación infantil, de Primaria, de Secundaria, etc. por quienes no saben lo que es eso y se permiten dar normas de conducta y como abordar unos problemas que ellos desconocen a quienes van a ejercer la docencia. Total un timo.

    Cualquiera que haya ejercido docencia en la enseñanza obligatoria sabe que donde aprende a enseñar es con su reflexión, su práctica y en relación con sus compañeros que tienen la misma problemática y necesitan buscar formas y maneras de que el alumnado se interese por las materias.

    El profesorado de las Facultades de Educación que se dedique a enseñar a los futuros docentes, deberían ser docentes en activo en la enseñanza no universitaria y enseñar aquello sobre lo que diariamente tienen que ir solucionando problemas.
    Se me ocurre que en otra ocasión, otro ilustre pedagogo escribió un artículo en el que ponía como ejemplo la enseñanza de la natación: “El currículum del nadador” http://hera.fed.uva.es/wikidoctorado/index.php?title=Pensamientos_pasados&redirect=no

    Este cuento desautoriza su propia función, pero es catedrático de Didáctica ¿Cuanto cobra en euros de los que hacienda controla este Catedrático? Creo que una pasta muy grande para no enseñar a nadar a futuros nadadores.

  5. Hola.
    A propósito del último comment:

    Es verdad que la respuesta pedagógica ortodoxa que da el segundo artículo (en El país) no tiene nada que no sea machacar en lo mismo, y que su relevancia intelectual es nula. pero a mí me gusta pillar lo que dicen en un renuncio. Así que acaba el autor (los firmantes) proponiendo el ejemplo de los médicos. ¿Cómo va ser médico el que no tiene prácticas? -escribe el didacta refiriéndose a la función del MIR. Porque ¿cómo va a ser profesor el que no tiene prácticas ? -escribe el didacta refiriéndose al futuro Máster del Universo. Pues que se responda él mismo: a ver si cae al cabo de los siglos. Porque, en efecto, el que realiza el MIR ya es médico, y por eso hace el MIR, que es una fase de prácticas en un trabajo real, evaluado por médicos, no una didáctica de la práctica médica (que me parece que existe, según escribía hoy mismo en El país un médico a propósito precisamente del artículo antiMáster de Dela Oliva, Calvo et al.) saludos. MLL

  6. Gracias José Rodríguez por la referencia al artículo de defensa de la pedagogía en respuesta al artículo de Andrés de la Oliva.

    Para mí el problema fundamental de la educación actual es la combinación del ideal de la integración y la miseria de los medios con los que contamos. El ideal de la integración que sí es un invento pedagógico (desprecio de los contenidos en favor de etéreos objetivos y competencias, adaptaciones curriculares, atención a la diversidad) produce efectos desastrosos cuando se combina con una falta de medios vergonzante.

    Quienes saben algo sobre cómo debe funcionar un centro y cuáles deben ser sus líneas pedagógicas maestras son, con todos sus defectos, los profesores. Sin embargo, al profesorado se le ha sustraido cualquier capacidad para tomar decisiones, empezando por la elección del director del centro.

  7. En Antes de las cenizas un análisis muy interesante de los dogmas de la pedagogía actual:
    http://antesdelascenizas.blogspot.com/2009/02/democracia-tragica-y-psicociudadania.html

    * Dogmas de la pedagogía oficial 1: Los padres
    * Dogmas de la pedagogía oficial 2: Democracia
    * Dogmas de la pedagogía oficial 3: No se trata tanto de saber como de comunicar
    * Dogmas de la pedagogía oficial 4: Cooperar, vs competir
    * Dogmas de la pedagogía oficial 5: Legalismo
    * Dogmas de la pedagogía oficial 6: Prevenir y sancionar
    * Dogmas de la pedagogía oficial 7: Comunidad e individualida

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