Ética

Michael Moore: ¿Qué han hecho con mi país, tío?

Fragmento del capítulo I: Siete preguntas para George de Arabia.

Las preguntas que me vienen a la cabeza cuando pienso en el 11 de septiembre no son cómo lograron los terroristas burlar nuestros sistemas de defensa o vivir en el país sin que los descubrieran, ni por qué todos los búlgaros que trabajaban en el World Trade Center recibieron un comunicado secreto para que no fueran a trabajar ese día, ni cómo es posible que las torres se derrumbaran tan fácilmente cuando se suponía que estaban hechas para resistir terremotos, tsunamis y la explosión de coches bomba en el aparcamiento.

A Bush le informan de los antentados

A las 0910 el jefe de gabinete informó al presidente Bush de los atentados. Bush estaba leyendo cuentos a los niños de una escuela de Florida

Se supone que una comisión especial encargada de investigar lo ocurrido el 11 de septiembre debería responder a estas preguntas. Sin embargo, la Administración de Bush y los republicanos del Congreso se opusieron a que esta comisión se constituyese. Al final cedieron de mala gana, pero luego trataron de impedir que el organismo encargado de la investigación cumpliese con su cometido dificultándole la obtención de las pruebas que buscaban. (…)

Entonces, una noche de noviembre de 2001, mientras leía medio dormido en la cama un artículo de la periodista de investigación Jane Mayer en la revista The New Yorker, me topé con un párrafo que hizo que me incorporase y lo releyese, porque no acababa de creerme lo que ponía. Decía así: “Unas dos docenas de miembros de la familia Bin Laden, residentes en Estados Unidos, en su mayoría universitarios o alumnos de colegios secundarios privados, estaban en el país cuando se produjeron los atentados. The New York Times informó de que los funcionarios de la Embajada saudí, por temor a que pudieran convertirse en blanco de las represalias estadounidenses, los reunió rápidamente. Con el consentimiento del FBI, según un funcionario saudí, los Bin Laden volaron en un avión privado de Los Ángeles a Orlando, luego a Washington y finalmente a Boston. En cuanto la Agencia Federal de Aviación permitió los vuelos al extranjero, partieron hacia Europa. Al parecer, al embajador saudí en Washington, el príncipe Bandar Bin Sultán, no le costó mucho convencer a los funcionarios estadounidenses de que entre los Bin Laden no había ningún testigo importante”.

¿Qué? ¿Cómo era posible que no hubieran dado esa noticia en los informativos? Me levanté, repasé The New York Times y vi este titular: “Temiendo represalias, los familiares de Bin Laden huyeron de Estados Unidos”. La noticia comenzaba así: “Durante los días siguientes a los atentados terroristas en Nueva York y Washington, Arabia Saudí supervisó la evacuación inmediata de Estados Unidos de 24 miembros de la extensa familia de Osama Bin Laden…”.

Así pues, con el consentimiento del FBI y la ayuda del Gobierno saudí -y a pesar de que 15 de los 19 piratas aéreos eran ciudadanos saudíes-, los familiares del principal sospechoso de los atentados terroristas no sólo lograron abandonar el país, sino que además lo hicieron con la ayuda de nuestras propias autoridades. Según el London Times, “la partida de tantos saudíes preocupó a los investigadores estadounidenses, pues creían que posiblemente algunos de ellos poseían información sobre los piratas aéreos. Los agentes del FBI insistieron en comprobar los pasaportes, incluidos los de la familia real”.

¿Eso es todo lo que hizo el FBI? Comprobar los pasaportes, formular varias preguntas del tipo “¿ hizo usted mismo las maletas?” o “¿ha llevado las maletas consigo en todo momento?”. Luego se despidieron de esos potenciales testigos esenciales y les desearon buen viaje. Tal y como escribió Jane Mayer en The N ew Yorker: “Cuando le pregunté a un agente secreto de alto rango si alguien se había planteado la posibilidad de detener a miembros de la familia, replicó: ‘A eso se le llama tomar rehenes. Nosotros no hacemos eso”. ¿Hablaba en serio? Me quedé estupefacto. ¿Lo había leído bien? ¿Por qué los medios no se hacían más eco de la noticia? ¿ Qué más había ocurrido? ¿Qué otras cosas nos ocultaban, o a qué otras cosas no les prestábamos atención? ¿No le gustaría al resto del país -y del mundo- saber toda la verdad?

Cogí un bloc de notas y comencé a escribir todas las preguntas que no cuadraban. Por supuesto, las matemáticas nunca han sido mi fuerte, así que para ayudarme a cuadrar todo aquello y analizar su significado supuse que necesitaría la ayuda de, digamos, un licenciado de la Escuela de Negocios de Harvard.

Así que, ¿por qué no me echas una mano, George W.? Ya que casi todas las preguntas tienen que ver contigo, seguramente serás la persona más indicada para ayudarme -a mí y al país- a aclarar todas estas dudas.

Voy a hacerte siete preguntas, George, y, si fueras tan amable, quisiera que las respondieras. Te las pregunto en nombre de las 3.000 personas que fallecieron ese día de septiembre, y en nombre del pueblo estadounidense. Sé que participas de nuestro dolor, y me gustaría que tú, o aquellos conocidos tuyos que, sin querer, contribuyeron a aquella tragedia, no fueseis tan reticentes para sacar la verdad a la luz. No queremos vengarnos de ti. Sólo queremos saber qué ocurrió para evitar atentados futuros contra nuestros ciudadanos. Sé que compartes nuestros deseos, así que te ruego que me eches una mano con estas siete preguntas.

Pregunta número 1.

¿Es cierto que los Bin Laden han mantenido relaciones comerciales contigo y tu familia de manera intermitente durante los últimos 25 años?

George, en 1977, cuando tu padre te dijo que había llegado el momento de que consiguieses un trabajo de verdad, te puso al frente de tu primera empresa petrolera, que bautizó con la traducción española de tu apellido: Arbusto. Al cabo de un año recibiste financiación de un hombre que se llamaba James A. Bath, un viejo colega de tu época (cuando no estabas ausente sin permiso) en la Guardia Nacional Aérea de Tejas. Salem Bin Laden -el hermano de Osama- le había contratado para invertir el dinero de su familia en varias empresas de Tejas. El señor James Bath aportó unos 50.000 dólares, el 5% del valor de Arbusto.

¿Actuaba en nombre de los Bin Laden?

A la mayoría de los estadounidenses les sorprendería saber que tu padre y tú conocéis desde hace mucho a los Bin Laden. ¿En qué se basa exactamente esa relación, George? ¿Sois buenos amigos o simplemente socios? Salem Bin Laden viajó por primera vez a Tejas en 1973; después compró terrenos allí, edificó una casa y fundó la compañía Bin Laden Aviation en el aeródromo de San Antonio.

Los Bin Laden son una de las familias más acaudaladas de Arabia Saudí. Podría decirse que su empresa constructora ha realizado obras por casi todo el país, desde las carreteras hasta las centrales eléctricas, pasando por los rascacielos y las sedes gubernamentales. Construyeron algunas de las pistas de aterrizaje que Estados Unidos utilizó durante la guerra del Golfo de tu padre e hicieron reformas en los lugares sagrados de La Meca y Medina. Estos archimillonarios pronto comenzaron a invertir en otras empresas a lo largo y ancho del mundo, incluido Estados Unidos. Mantienen importantes relaciones comerciales con Citigroup, General Electric, Merrill Lynch, Goldman Sachs y Fremont Group, empresa subsidiaria del gigante energético Bechtel. Según The New Yo rker, la familia Bin Laden también posee parte de Microsoft y del gigante de la industria aeronáutica y militar Boeing. Han donado dos millones de dólares a la Universidad de Harvard, tu alma máter; otros 300.000 a la Tufts University, y decenas de miles más al Middle East Policy Council, un gabinete estratégico centrado en la política hacia Oriente Próximo y dirigido por un ex embajador estadounidense en Arabia Saudí, Charles Freeman. Aparte de sus propiedades en Tejas, poseen bienes inmuebles en Florida y Massachusetts. En pocas palabras, nos tienen bien pillados.

Por desgracia, como bien sabes, Salem Bin Laden falleció en un accidente de aviación en Tejas en 1988 (su padre, Mohammad, también pereció al estrellarse el avión en que viajaba en 1967). Los hermanos de Salem -unos 50 en total, Osama incluido- siguieron ocupándose de las empresas y las inversiones familiares.

Una vez finalizado su mandato, tu padre se convirtió en un asesor muy bien pagado de una empresa llamada Carlyle Group. Entre los inversores de esa empresa figuraba nada menos que la familia Bin Laden, que invirtió en ella por lo menos dos millones de dólares.

Hasta 1994 dirigiste una empresa llamada Cater Air, que pertenecía a Carlyle Group. El mismo año que abandonaste Cater Air, que estaba a punto de quebrar, te nombraron gobernador, y enseguida te encargaste de que la Universidad de Tejas -una institución estatal- invirtiera 10 millones de dólares en Carlyle Group. El clan Bin Laden ya se había subido al carro de Carlyle en 1994.

Carlyle Group, entre sus muchas actividades, es una de las principales empresas contratistas del Departamento de Defensa del país. En realidad, no fabrican las armas. Más bien compran empresas del sector militar, las sanean y luego las venden por sumas astronómicas.

Los que manejan el Carlyle Group es gente que cortaba el bacalao en el pasado, desde el secretario de Defensa de Ronald Reagan, Frank Carlucci, hasta el secretario de Estado de tu padre, James Baker, pasando por el ex primer ministro británico John Major. Carlucci, el director general de Carlyle, también pertenece a la junta directiva del Middle East Policy Council, junto con un representante de la empresa familiar de los Bin Laden.

Curiosa coincidencia

Tras el 11 de septiembre, The Washington Post y The Wall Street Journal publicaron sendos artículos en los que señalaban esta curiosa coincidencia. Tu primera reacción, George, fue la de no hacer el menor caso, confiando, supongo, en que la gente, sencillamente, se olvidaría de la historia. Tu padre y sus colegas de Carlyle no renunciaron a la inversión de Bin Laden. Su ejército de expertos pasó a la acción. Dijeron que no se podía meter a esos Bin Laden en el mismo saco que a Osama. ¡Han renegado de Osama! ¡No tienen nada que ver con él! ¡Odian y aborrecen cuanto ha hecho! Éstos son los Bin Laden buenos.

Entonces aparecieron las imágenes de vídeo. Mostraban a varios de los Bin Laden buenos – entre ellos, la madre de Osama, una hermana y dos hermanos- con Osama en la boda del hijo de éste, celebrada apenas seis meses y medio antes del 11 de septiembre. Según The New Yorker, la familia no sólo no ha interrumpido las relaciones con Osama, sino que ha seguido suministrándole fondos como en el pasado. La CIA sabía que Osama Bin Laden tenía acceso a la fortuna familiar (se calcula que su parte asciende a 30 millones de dólares por lo menos), y los Bin Laden, al igual que otros saudíes, financiaban a Osama y a su grupo, Al Qaeda.

¿Sabes, George? Varias semanas después de los atentados de Nueva York y el Pentágono, tu padre y sus amigos del Carlyle Group seguían negándose a renunciar a su apoyo al imperio de los Bin Laden.

Finalmente, casi dos meses después de los atentados, cuando cada vez eran más las personas que se preguntaban cómo era posible que la familia Bush estuviese a partir un piñón con los Bin Laden, la presión obligó a tu padre y al Carlyle Group a pedirles a los Bin Laden que retiraran sus inversiones, y devolverles sus millones.

¿Por qué tardaron tanto?

Para colmo, resulta que uno de los hermanos de Bin Laden, Shafiq, estaba presente en una conferencia de negocios del Carlyle Group en Washington la mañana del 11 de septiembre. El día anterior, en la misma conferencia, tu padre y Shafiq habían estado de palique con los otros peces gordos de Carlyle.

George, ¿qué está pasando?

Te has aprovechado de los medíos, aunque saben que todo cuanto he escrito es cierto (de hecho, he obtenido la información de las principales fuentes de noticias para las que trabajan). Por lo visto, no quieren o no se atreven a formularte una pregunta bien sencilla: ¿qué diablos está pasando? Por si acaso no comprendes lo extraño que resulta el silencio de los medios de comunicación con respecto a las relaciones entre los Bush y los Bin Laden, permíteme que trace una analogía con el modo en que la prensa o el Congreso habrían abordado un asunto similar si Clinton hubiese estado implicado. Si, tras el atentado terrorista contra el edificio federal en Oklahoma, se hubiera revelado que el presidente Bill Clinton y su familia habían mantenido relaciones comerciales con la familia de Timothy McVeigh, ¿cómo crees que habrían reaccionado el Partido Republicano y los medios? ¿No crees que al menos habrían planteado un par de pregunas del tipo “de qué va todo esto”? Sé sincero, conoces la respuesta. Habrían planteado algo más que un par de preguntas. Habrían desollado vivo a Clinton y arrojado los restos a los tiburones.

Así que, ¿de qué va todo esto, George? Tenemos derecho a saberlo. (…)

Pregunta número 7.

 

¿Qué significaba exactamente la cara que pusiste en esa aula de Florida la mañana del 11 de septiembre cuando tu jefe de gabinete te dijo que “Estados Unidos está siendo atacado”?

La tarde del 10 de septiembre viajaste en avión a Florida. Te alojaste en un centro vacacional de lujo en Sarasota, cenaste con tu hermano Jeb y te fuiste a dormir.

Por la mañana saliste a correr al campo de golf y luego te dirigiste a la escuela primaria Broker para leer en voz alta a los niños. Te marchaste del centro turístico entre las 8.30 y las 8.40, unos 10 o 20 minutos después de que la Agencia Federal de Aviación se enterase de que había aviones secuestrados en vuelo. Nadie se molestó en comunicártelo.

Llegaste a la escuela después de que el primer avión se hubiera estrellado contra la torre norte en Nueva York. Tres meses después le contarías a un alumno de tercer curso, en una reunión abierta con ciudadanos de Orlando, que estabas “sentado fuera de la clase, esperando para entrar, cuando vi el avión chocar contra la torre […] la tele estaba encendida, claro, y yo fui piloto, así que me dije que aquél era un pésimo piloto. Me dije que debía de haber sido un accidente terrible. Pero me apartaron de allí y no tuve mucho tiempo para pensar en ello…”.

Repetiste la misma historia al cabo de un mes en otro coloquio parecido celebrado en California. El único problema es que en realidad no viste al primer avión estrellarse contra la torre: nadie lo vio en directo en la tele, ya que esas imágenes no se emitieron hasta el día siguiente. Pero es comprensible, esa mañana todos estábamos confundidos.

Entraste en la clase a eso de las 9.00, y el segundo avión impactó contra la torre sur a las 9.03. Al cabo de unos minutos, mientras escuchabas sentado a los niños, Andrew Card, el jefe de gabinete de la Casa Blanca, entró en el aula y te susurró algo al oído. Al parecer te comunicó lo del segundo avión y lo de que estábamos “siendo atacados”.

Fue en ese preciso instante cuando adoptaste esa expresión, no exactamente distante o perdida, sino paralizada en parte. No transmitía emoción alguna. Y luego…, te quedaste allí sentado durante nada menos que siete minutos, sin hacer nada. Fue, cuando menos, extraño. Escalofriante. Permaneciste sentado en la sillita, escuchando a los niños mientras leían en voz alta durante cinco o seis minutos, como si no hubiera pasado nada de nada. No parecías preocupado, no te excusaste, y ni tus asesores ni los del servicio secreto te sacaron del aula a toda prisa.

.George, ¿en qué estabas pensando?, ¿a qué le estabas dando vueltas?, ¿qué significaba esa expresión? De todas las preguntas que te he formulado, ésta es la que me tiene más perplejo.

¿Estabas pensando que deberías haberte tomado más en serio los informes que la CIA te había entregado hacía un mes? Te habían comunicado que Al Qaeda planeaba cometer atentados en Estados Unidos y que era posible que utilizasen aviones. Unos informes secretos previos mencionaban la intención de Al Qaeda de atacar el Pentágono. ¿Te estabas diciendo: “¡Gracias a Dios que no han atacado el Pentágono!”?

¿O es que estabas acojonado? Es normal que lo estuvieras, todos lo estábamos. No hay nada de malo en ello, salvo que habías asumido el papel de comandante en jefe, y eso quiere decir que tienes que tomar el mando cuando nos atacan y no quedarte petrificado en una silla.

O quizá estuvieras pensando: “¡Nunca he querido este trabajo! Se suponía que se lo darían a Jeb, ¡él era el elegido! ¿Por qué yo? ¿Por qué yo, papá?”. Eh, lo comprendemos. Y no te culpamos. Parecías un cachorrito perdido que sólo quería volver a casa. De repente, nada era lo que parecía, ya no eras director general / presidente, ahora tendrías que convertirte en guerrero / presidente. Y ya sabemos lo que ocurrió la última vez que tuviste que actuar como militar.

O… tal vez, quizá, estabas sentado en la clase pensando en tus amigos saudíes, tanto los de la realeza como los Bin Laden. Personas que de sobra sabías que no tramaban nada bueno. ¿ Empezaría la gente a hacerse preguntas? ¿Se despertarían sospechas? ¿Tendrían los demócratas agallas para investigar las relaciones pasadas de tu familia con los saudíes (¡no, no te preocupes, ni por casualidad!)? ¿Saldrá la verdad a la luz?

Bajo tierra

Menos de una hora después ibas a bordo de un avión, pero no de regreso a Washington para dirigir la defensa del país y tranquilizar a los ciudadanos asustados, ni siquiera a la cercana base de la Fuerza Aérea MacDill de Tampa, donde se encuentra el mando central del ejército. No, primero huiste a Luisiana y luego a Nebraska para esconderte bajo tierra. ¡Qué tranquilizador para el resto de la población! Durante las semanas siguientes, los tuyos y tú vinisteis con el cuento de que fue por tu seguridad porque tú eras el objetivo de Al Qaeda.

Por supuesto, cualquier tonto de remate sabe que si los aviones secuestrados se utilizan como misiles, lo menos aconsejable es estar ahí arriba montado en una gigantesca diana volante llamada Air Force One.

Quizá algún día sepamos qué ocurrió de verdad. A mí y a varios millones más nos pareció que estabas cagado de miedo. Y supongo que por la tarde te diste cuenta y comprendiste que lo mejor era volver rápidamente a la Casa Blanca para presentar un aspecto un poco más presidencial. En cuanto tu helicóptero aterrizó en el patio sur, tu presidencia se convirtió en algo que nadie se atrevería a cuestionar de nuevo.

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