Música

J. S. Bach: Variaciones Goldberg

Thomas Bernhard

Thomas Bernhard

Thomas Bernhard nació de padres austriacos en Holanda en 1931 y murió en Austria en 1989. Vivió su infancia en las duras condiciones de las posguerra europea en el lado de los vencidos. En su adolescencia enfermó de una tuberculosis que le acompañaría el resto de su vida. Estudió música en el Mozarteum de Viena: podrá observarse que su escritura es plenamente musical. Aborreció el nazismo larvado de la sociedad austriaca a la que criticó con ferocidad en toda su obra. Su odio fue tal que prohibió que sus libros fuesen publicados en Austria tras su muerte. Su novela El malogrado (1983) es una magnífica introducción a la complejidad de las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach (1685-1750) y a la histórica interpretación de las Variaciones que hizo el pianista canadiense Glenn Gould (1932-1982) en 1955. En ella narra cómo la vocación pianística y la propia vida de su amigo Wertheimer son destruidas tras entrar en contacto con el genio de Gould. Aquí tienes la interpretación de Gould:

Otras obras clave de Bernhard son el quinteto de su autobiografía, El origen (1975), El sótano (1976), El aliento (1978), El frío (1981) y Un niño (1982) y sus novelas Trastorno (1967), Corrección (1975), (1978), Tala (1984) y Maestros antiguos (1985).

Un suicidio largo tiempo calculado, pensé, no un acto de desesperación espontáneo.

También Glenn Gould, nuestro amigo y el más importante virtuoso del piano de este siglo, llegó solo a los cincuenta y un años, pensé al entrar en el mesón.

Sólo que él no se mató como Wertheimer sino que, como suele decirse, murió de muerte natural.

Cuatro meses y medio Nueva York y, una y otra vez, las Goldbergvariationen y Die Kunst der Fuge, cuatro meses y medio Klavierexerzitien, como decía Glenn Gould, una y otra vez, sólo en alemán, pensé.

Hacía exactamente veintiocho años habíamos vivido en Leopoldskron y estudiado con Horowitz, y (por lo que se refiere a Wertheimer y a mí, pero no, como es natural, a Glenn Gould) habíamos aprendido más de Horowitz, durante un verano totalmente echado a perder por la lluvia, que en los ocho años anteriores de Mozarteum y Wiener Akademie. Horowitz había dejado a todos nuestros profesores nulos y sin efecto. Pero aquellos profesores horribles habían sido necesarios para comprender a Horowitz. Durante dos meses y medio llovió ininterrumpidamente, y nos habíamos encerrado en nuestras habitaciones de Leopoldskron y trabajamos día y noche, el insomnio (¡de Glenn Gould!) se había convertido en nuestro estado decisivo, y profundizábamos de noche en lo que Horowitz nos había enseñado de día. No comíamos casi nada y tampoco tuvimos en todo el tiempo dolores de espalda, que por lo demás nos habían atormentado siempre cuando estudiamos con nuestros viejos profesores; con Horowitz esos dolores de espalda no aparecían, porque estudiábamos con tal intensidad que no podían aparecer. Cuando hubimos terminado las lecciones con Horowitz, fue evidente que Glenn era ya mejor pianista que el propio Horowitz, de pronto yo había tenido la impresión dé que Glenn tocaba mejor que Horowitz y, a partir de ese momento, Glenn fue para mí el más importante virtuoso del piano del mundo entero, por muchos pianistas que escuchara a partir de ese momento, ninguno tocaba como Glenn, y ni siquiera Rubinstein, al que yo había amado siempre, era mejor. Wertheimer y yo éramos igual de buenos, y también Wertheimer decía una y otra vez que Glenn era el mejor, aunque todavía no nos atrevíamos a decir que fuera el mejor del siglo. Cuando Glenn se volvió al Canadá, perdimos realmente a nuestro amigo canadiense, no pensábamos volver a verlo jamás, él estaba obsesionado por su arte de tal forma que, teníamos que suponer, no podría prolongar ya ese estado mucho tiempo y moriría en plazo breve. Pero dos años después de haber estudiado con él bajo Horowitz, Glenn tocó en los Festivales de Salzburgo las variaciones Goldberg, que dos años antes había practicado día y noche y repetido una y otra vez con nosotros en el Mozarteum. Los periódicos escribieron después de su concierto que ningún pianista había tocado tan artísticamente las variaciones Goldberg, así pues, escribieron después de su concierto de Salzburgo lo que nosotros habíamos afirmado y sabido dos años antes. Nos habíamos citado con Glenn después de su concierto, en el Ganshof de Maxglan, un mesón antiguo y querido por mí. Bebimos agua y no hablamos de nada. Sin vacilar, al volver a vernos yo le había dicho a Glenn que nosotros, Wertheimer (que había venido a Salzburgo desde Viena) y yo, no habíamos creído ni por un momento que lo volveríamos a ver a él, Glenn, siempre habíamos pensado únicamente que, después de volver de Salzburgo al Canadá, perecería rápidamente, por su obsesión artística, por su radicalismo pianístico. Realmente, yo había dicho radicalismo pianístico. Mi radicalismo pianístico, decía Glenn luego, una y otra vez, y sé que utilizaba también esa expresión, una y otra vez, en el Canadá y los Estados Unidos. Ya en aquella época, o sea, casi treinta años antes de su muerte, Glenn no amaba a ningún otro compositor más que a Bach, y en segundo lugar a Händel, a Beethoven lo despreciaba, y ni siquiera Mozart era aquel que yo amaba más que a ningún otro, cuando él hablaba de él, pensé al entrar en el mesón. Ni una sola nota tocó Glenn jamás sin cantarla al mismo tiempo, pensé, ningún otro pianista tuvo esa costumbre jamás. El hablaba de su enfermedad pulmonar como si fuera su segundo arte. Que habíamos tenido al mismo tiempo la misma enfermedad y la habíamos tenido luego siempre, pensé, y en fin de cuentas también Wertheimer contrajo esa enfermedad nuestra. Pero Glenn no pereció por esa enfermedad pulmonar, pensé. Lo mató la falta de soluciones en la que, durante casi cuarenta años, se metió tocando, pensé. No renunció al piano, pensé, como es natural, mientras que Wertheimer y yo renunciamos al piano, porque no lo convertimos en la misma monstruosidad que Glenn,…

Thomas Bernhard: El malogrado, pp. 13-15.

Bibliografía

  • Bernhard, T.: El malogrado. Sáenz, M. (trad.) Madrid: Alfaguara, 2003.
  • J. S. Bach: Variaciones Goldberg. Gould, G. (int.) Sony

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